Turno de palabra
Seminarios
España vista por los marroquíes: El peso de la historia e imperativo geográfico
La España musulmana. El colonialismo. Las reivindicaciones territoriales marroquíes. Los modernos conflictos de intereses
Introducción
¿Tiene Marruecos una imagen formada de España? ¿Si afirmativo, es una imagen única y estable o múltiple y cambiante? Comenzar por una interrogación, me podrán criticar con razón los profesionales de la comunicación, va contra una norma elemental de buen hacer periodístico. Sin embargo, para abordar un tema como el que se me ha propuesto, la imagen de España en Marruecos, me ha parecido muy oportuno como punto de partida.
La cuestión no es nada banal si de alguna manera coincidimos con Hugo Grotius en que la imagen que un país tiene de otro posee, en la práctica, la misma capacidad que los intereses de incitar a guerras o conflictos o de servir de fundamento a esos periodos de ausencia de guerra como algunos estrategas gustan definir lo que llamamos paz. Las reflexiones de Grotius sobre la política internacional se ven hoy confirmadas por los avances de la neurolingüística según la cual la mayoría de las personas actúa en función de la imagen que se hacen de los objetivos que quieren alcanzar y no de la naturaleza intrínseca de esos objetivos.
Abordo este trabajo de esbozo de lo que pudiera ser la imagen de España en Marruecos con ese espíritu neurolingüístico que implica la inutilidad de intentar convencer al otro de que su percepción es la mala, y convencido de las limitaciones de mi propia percepción. En todo caso mi experiencia con Marruecos me incita a coincidir con lo que un colega marroquí ha dicho alguna vez: las relaciones entre españoles y marroquíes lo que necesitan, sobre todo, es pasar por el sillón del siquiatra.
Es verdad que existen algunos diálogos y alguna que otra relación entre las sociedades civiles de ambos países, pero esos intercambios son casi siempre al precio de aceptar que los marroquíes llevan razón en todas sus dolencias históricas, modernas y en todos sus conflictos de intereses con España.
Como observador asiduo de la realidad árabe y marroquí, comienza a parecerme improductiva la terapia de grupo a que con frecuencia nos entregamos españoles y marroquíes en seminarios, coloquios y encuentros. Nosotros somos conscientes de la relatividad de nuestras percepciones hacia Marruecos, dudamos de nuestras razones incluidas las relacionadas con algunos de los expedientes más conflictivos entre los dos países como el Sahara, Ceuta y Melilla, la pesca, la inmigración, la historia, el futuro.
Los marroquíes y sus medios de comunicación, por el contrario, nos muestran un monolitismo, unas unanimidades, unos convencimientos de que sus puntos de vista son siempre los correctos que me recuerdan, en el terreno electoral, esos comicios tan frecuentemente ganados por un 99.9 por ciento que no es de este mundo.
La imagen de España en Marruecos es mala, como mala es la imagen de Marruecos en España. “Vender” España en Marruecos -o viceversa- no solo es difícil sino probablemente imposible porque no hemos descubierto todavía, ni se nos ha ofrecido, la posibilidad de presentarnos nosotros mismos ante los marroquíes ni de defender personalmente los puntos de vista que sostenemos.
Cualquier relación, incluida la diplomática, requiere una sutileza, una deferencia hacia ciertos protocolos tácitos, inmateriales, un ceremonial reverencioso y una trascendencia, que ya no son de uso en las relaciones con ningún otro país y que nuestros periodistas casi nunca respetan. El entendimiento choca asimismo con dos enfoques de partida contradictorios: el culto rendido a la sonoridad de las palabras, y la preferencia cartesiana por los hechos.
Sin la empatía necesaria para intentar una respuesta común a las preguntas que deben formularse los países que se proclaman aliados estratégicos, que están unidos por tratados de amistad, buena vecindad y cooperación, como es el caso de España y Marruecos, sólo nos queda la gran cuestión: ¿Somos realmente aliados permanentes, de esos que Raymond Aaron, decía que son “aquellos que no conciben ninguna situación en el futuro en que puedan estar enfrentados”?
Imágenes fragmentadas
A la luz de experiencias recientes y pasadas, creo que no es exagerado afirmar que la imagen de España en Marruecos -y la de Marruecos en España- o la percepción de los líderes de uno y otro país, ha sido y es determinante del estado de las relaciones hispano-marroquíes en cada momento histórico. Como ejemplo, nuestra “Splendid little War” por el islote de Perejil, que vista con la perspectiva que permite el paso del tiempo puede que no haya sido más que la determinación de dos hombres de “tocarse mutuamente las narices”.
La pregunta pertinente sería: ¿Es en verdad concebible que el orgullo y la arrogancia de dos hombres hayan puesto a dos países al borde de una guerra? La respuesta es, desgraciadamente, que sí. No a causa solamente de las dos personalidades en liza, sino de la densidad de imágenes encontradas, opuestas, enfrentadas, entre España y Marruecos en los últimos trece siglos en los que se incluye inmediatamente Perejil o cualquier otro episodio hispano-marroquí. Los dos países, los dos pueblos, los gobiernos y las prensas respectivas actúan como si cada conflicto fuese la ocasión de saldar una cuenta histórica pendiente.
La importante “jurisprudencia” acumulada sobre las relaciones hispano-marroquíes desde el año 711 hasta ayer nos permite concluir que existen muchas imágenes de España en Marruecos y que los préstamos entre ellas son importantes a la hora de actuar o pensar en sus vecinos españoles.
Existe una imagen histórica de España estructurada alrededor de once siglos compartiendo el mismo espacio geográfico desde posiciones vitales diferentes, con unas fronteras físicas y culturales cambiantes y unos espacios transfronterizos muy promiscuos y permeables, y una personalidad afirmada en contraposición con la del otro. Es una historia conflictiva en la que algunos españoles y algunos marroquíes, en su fuero interno, hubieran preferido quedar en un lado distinto al que la historia los envió.
La segunda imagen es la de la España colonial, protectora de un Norte bereber que ni nos creía capacitados para proteger nada ni estaba sicológicamente predispuesto a admitir un protectorado de parte de quienes en su percepción de la historia tuvieron que sacar de las tinieblas de la Edad Media. La visceralidad y la rudeza de los enfrentamientos coloniales puede que tenga algo que ver con esa percepción muy extendida en el Norte.
La primera imagen de España, la histórica, ha dado lugar a una cierta figuración de España y de los españoles que los marroquíes han interiorizado en su cosmogonía política, legendaria y sentimental. Esa imagen se estructura en torno a epopeyas marroquíes del pasado remoto como la aportación “a la atrasada España medieval” a través de las dominaciones almorávide y almohade. Su contrapartida es la idea española de la reconquista y del restablecimiento de su unidad religiosa y política contra la dominación musulmana.
La segunda es la imagen histórica reciente, la del caudillo rifeño Mohammed ben Abdelkrim vencedor de los “cruzados españoles” en numerosas batallas, que tiene a su vez su contraste en la retórica española del “Protectorado benefactor” y de “la labor civilizadora”, o en la imagen española de “los moros de Franco”.
Los intentos de superación de ese pasado de conflicto se articulan en torno a la retórica de la utopía necesaria de las tres culturas que vivieron en paz y armonía en el breve -en términos históricos- califato omeya de Córdoba por un lado, y de la “tradicional amistad hispano-árabe/marroquí” en realidad fundamentada en el hecho negativo de la política exterior española de no reconocer a Israel (hasta 1987) y tradicional amistad que, por cierto, los marroquíes ponen hoy en duda.
La reivindicación territorial, central en la política exterior marroquí
La imagen moderna de España en Marruecos, al igual que la imagen de los países vecinos, es tributaria de la prioridad de la cuestión territorial para la Monarquía, los partidos políticos y la política exterior marroquí. Es lo que en la lexicografía marroquí se describe como el “restablecimiento de Marruecos en sus fronteras históricas y auténticas del siglo XVI”1.
Esa reivindicación territorial fue formulada oficialmente por primera vez en forma de Carta en 1947 en “el primer pacto entre el movimiento nacional y la monarquía y comprendía a Mauritania y el Sahara por el sur, los territorios de Gurara, Tinduf y Tidikelt al este, Ceuta y Melilla y las islas Chafarinas al norte”2.
Los autores marroquíes coinciden en que todos los consensos entre marroquíes sobre política exterior anteriores o posteriores a la independencia de Marruecos, se han articulado alrededor de esa cuestión territorial3. Ese consenso se rompió en 1960 cuando la Unión Nacional de Fuerzas Populares, con Ben Barka a la cabeza, entendió que el desarrollo económico y democrático del país y la unidad del Magreb progresista eran prioritarios, pero fue restaurado en 1970 después de unos años llamados de “plomo”, cuando el rey Hassán II reclamó y obtuvo el apoyo de todas las fuerzas políticas del país para la “recuperación” del Sahara occidental.
De toda esa vasta reivindicación inicial, Marruecos solo ha insistido e insiste hasta el presente en los territorios que reclama a España. El abandono de las otras reivindicaciones que concernían a Mauritania misma y todo el Este argelino ha sido explicado oficialmente en Marruecos tanto porque en esos casos se trataba de países hermanos como por la necesidad de no entorpecer la construcción magrebí. La realidad, no obstante, recuerda que Marruecos sólo abandonó esas reivindicaciones cuando fue forzado a ello, a veces después de una guerra (1963 con Argelia). La permanencia de las reivindicaciones dirigidas a España ha sido atribuida, por el contrario al hecho de que éstas se enmarcan dentro de la descolonización.
En todo caso, el nacionalismo y la reivindicación territorial siguen siendo elementos constitutivos determinantes de la política exterior marroquí y de la percepción de España contra la cual están relacionadas o se dirigen aún hoy las principales reivindicaciones territoriales más activamente promovidas y las únicas que Marruecos espera aún solucionar a su satisfacción.
Estamos en presencia de un nacionalismo que, como reconoce el profesor Chauki Serghini4, “interfiere con la política exterior en varios aspectos: remite a la voluntad de resucitar el pasado glorioso del Reino; alimenta y explica las reivindicaciones territoriales; y permite soldar la unidad nacional sin la cual la diplomacia perdería, en las coyunturas difíciles, vigor y credibilidad”.
Lo paradójico de la percepción marroquí es que a pesar de sus importantes reivindicaciones territoriales contra sus vecinos del Norte, del Sur y del Este, Marruecos se presenta a si mismo, con frecuencia, en su prensa como un país sitiado y perturbado por el expansionismo de los países que le rodean.5
Las cautelas necesarias
Antes de analizar en detalle la imagen o imágenes de España en Marruecos y de explicar cuáles son sus elementos constitutivos, conviene formular algunas reservas necesarias en un tema que tanto se presta a la interpretación subjetiva.
La principal cautela es que esa imagen de España, debido a la densidad de la relación histórica entre la Península ibérica y el Norte de frica, está fundamentalmente, profundamente, y de manera determinante, inspirada en los acontecimientos de esa historia común, interpretada e interiorizada de manera diferente por marroquíes y españoles, y percibida como un choque latente y permanente de culturas que se alterna con periodos breves de tranquilidad.
Es una historia común que tanto en los siete siglos de dominación musulmana de España (711-1492) -diferenciando ciertamente la etapa árabe de la etapa marroquí-, como en los cuatro siglos siguientes en que el drama se escenifica en el Mediterráneo y en las costas mediterráneas de Marruecos, como desde la Guerra de Tetuán de 1859/1860, el Protectorado a partir de 1912, y la fase de la descolonización posterior a la independencia de Marruecos desde 1956, afecta principalmente a los Norteños marroquíes, aunque obviamente sea un asunto de Marruecos en su conjunto.
La segunda reserva consiste en que a esa imagen derivada de la historia se añadirá desde principios de la década de los años setenta y formalmente a partir de 1975 una nueva dimensión saharaui en la relación hispano-marroquí/magrebí debido a la confrontación por el Sahara occidental que desde antes de la firma de los Acuerdos Tripartitos de Madrid de noviembre de 1975 sigue vigente, aunque atenuada, hasta el presente.
La permanencia de ese conflicto, el valor moral que internacionalmente se concede a las opiniones de España en relación con él, y la trascendencia de lo que se juegan sus principales actores, constituye hoy uno de los factores de mayor incidencia en las relaciones de España con Marruecos y con el resto del mundo y la prueba por la que Rabat y los marroquíes hacen pasar sus filias y fobias hacia países terceros.
La tercera cautela está motivada por el hecho de que desde la independencia de Marruecos en 1956, que reunió a los dos exprotectorados francés y español en una misma unidad política y administrativa, la interlocución de España se amplió al resto del territorio antiguamente bajo mandato francés. De ello resultaría una nueva imagen de España muy mediatizada por la imagen de España y de los españoles globalmente negativa que transmitieron los intelectuales y los medios franceses fuertemente implantados en Marruecos durante y después del Protectorado hasta el presente6.
La imagen de España pasó desde 1956 por una influencia más, la del tratamiento de los expedientes de la descolonización espaciados en el tiempo, y de la estructuración de las relaciones poscoloniales.
De todo ello se ha derivado una suerte de dualidad o ambivalencia de la imagen de España en Marruecos: la de las actuales elites marroquíes, sin mayores referencias históricas y condicionada por la conflictividad de los expedientes del presente y por lo tanto coyuntural y cambiante, y la de los norteños marroquíes impregnada de una promiscuidad histórica probablemente sin igual, que encontramos en los análisis más profundos y más documentados de los universitarios marroquíes.
La cuarta reserva tiene que ver con la escasa influencia de los medios de comunicación marroquíes para producir imágenes, de España y de cualquier otro país, resultado del papel mismo que objetivamente desempeñan y pueden como estructuradores de la sociedad marroquí. A este respecto me remito a las apreciaciones de Jamel Eddine Naji7, con las cuales coincido.
La primera constatación de Naji es que « Con un kiosco de publicaciones nacionales de alrededor de un máximo de medio millón de ejemplares y una audiencia de las TVs nacionales de las más débiles en beneficio de la oferta de los satélites extranjeros -las dos cadenas nacionales no llegan ni al tercio de la audiencia televisiva total de cinco millones y medio de hogares- el interés de la imagen que producen los medios (marroquíes) es relativo”.
El periodista y exministro de la Comunicación, Larbi Messari, insiste en “La escasa importancia y la naturaleza de la presencia de España en la prensa, expresión de la elite, en comparación con la presencia entre la masa de gente ordinaria”. Esa percepción, sostiene Naji, “Es paradójica porque sobreentiende dos percepciones que no se completan: la de la elite que hace y consume los medios, y la percepción de la gran mayoría del pueblo marroquí”.
Para Larbi Messari “la mayoría de la elite marroquí sigue teniendo una opinión irrealista de España. Nuestra elite política dirigente - patrocinadora e inspiradora de la prensa en Marruecos- no se ha dado cuenta de que con el cambio democrático en España, la gestión de los asuntos públicos está dirigida por una nueva elite salida de las más importantes universidades españolas o americanas”8.
Esa actitud paradójica de los medios está también en contradicción, para Naji, con « la importancia real de España en la vida marroquí, desde las estanterías de los mercados hasta las industrias de primicias y las flotillas de pesca, pasando por las mesas de negociación de Bruselas y los pasillos de la comisión de descolonización de la ONU en relación con el Sahara”.
Según Naji « España no es un escenario de actualidad para los medios marroquíes y por eso caen la mayor parte del tiempo en lo factual negativo y en lo sensacional, sobre todo porque los hechos no faltan (pateras, alijos de droga, vandalismo contra exportaciones marroquíes, declaraciones provocantes o asesinas de responsables españoles de más o menos primer plano, medidas coercitivas contra los inmigrantes marroquíes o en las ciudades de Ceuta y Melilla (anexadas por España desde el siglo XV), etc.”
“En todo caso”, concluye Naji, “la imagen de España que resulta de nuestros medios es la de un país cotidianamente irritante, que nos hace objeto episódicamente de actitudes miserables, que no cesa, sin razón aparente o comprensible, de traernos el bien y el mal, que nos veja regularmente a la vez que nos quiere tranquilizar diplomáticamente, que nos coge con frecuencia al desprovisto, y que nos sorprende por sus virajes”9.
Yo añadiría a esos comentarios que lo verdaderamente sorprendente es la similitud de la valoración que puede hacerse de parte española de las actitudes de una buena parte de la prensa española en relación con Marruecos, con la salvedad de que en nuestro caso, la prensa sí que es un elemento importante en el establecimiento y fijación de imágenes del otro.
Otra característica de las percepciones marroquíes inducidas es su permanente apreciación positiva de los hechos en que ellos intervinieron o intervienen, el firme convencimiento que transmiten los medios de comunicación de que en todos los casos conflictivos llevan razón, y la ausencia total de apreciación crítica de las posiciones y actitudes propias.
En la vida cotidiana y en las relaciones tanto de los gobiernos, como de la sociedad civil o de los individuos, ello se traduce en la certeza marroquí, casi siempre expresada, de tener una idea clara de lo que debe hacer y lo que conviene al otro. Si el otro no sigue las recomendaciones que se le han prodigado ni actúa como quisieran los marroquíes que actuara, se explican sus actitudes como resultantes de una beligerancia o afán complotador contra Marruecos del otro.
A nadie escapa y menos en este seminario, la importancia de la percepción en un mundo globalizado en donde los capitales van, las ayudas se conceden, las puertas se abren o se cierran, y los conflictos de intereses se solucionan o se complican, según esos destellos fugaces e incompletos de las imágenes, que los medios de comunicación tienen la posibilidad de favorecer certificando su existencia.
Saber cómo son las imágenes que el otro tiene de nosotros es fundamental para establecer las políticas y las estrategias necesarias para corregirlas, mejorarlas, realzarlas o intentar cambiarlas.
El peso de la historia
Existe, en primer lugar un “corpus” de imágenes, determinantes, fuertemente ancladas en el imaginario colectivo de los marroquíes, probablemente decisivas, relacionadas con la historia común. Son las que podríamos llamar “hardcore” de las percepciones y están relacionadas con la España musulmana, Al Andalus, y los tres o cuatro siglos posteriores a la toma de Granada en 1492. Es una historia diferentemente apreciada e interpretada por españoles y marroquíes y probablemente el sustrato de nuestro permanente choque de culturas.
Son imágenes a su vez divididas entre las que conciernen a la España árabe-musulmana, el Califato omeya de Córdoba, que los españoles aprecian positivamente, y la España marroquí-musulmana a partir de la invasión de los almorávides de Yussuf Ibn Tachfin en 1086 en la que ponen énfasis los marroquíes.
Mientras que en España se celebran las efemérides omeyas, la cohabitación de las tres culturas en la Córdoba califal y omeya, la historia más o menos oficial de Marruecos10 pasa olímpicamente por alto ese periodo de más de dos siglos para concentrarse en la etapa siguiente que para los marroquíes es la del yihad, (término que podríamos considerar equivalente al de cruzada cuando se refiere a guerra de religión) y de la grandeza de la España musulmana que a fin de cuentas consideran obra suya.
Otros historiadores y otras grandes recopilaciones de la historia de Marruecos11 como la realizada por el profesor Hassán Sqalli, sí recogen los episodios desde el inicio de la invasión musulmana en 710/711, aunque para insistir en la condición de bereberes tanto de Tarik Ibn Ziad como de sus acompañantes12.
Esas imágenes están constituidas por grandes hechos de armas de significado contradictorio: derrotas de los empeños cristianos como Sagrajas/Zalaca en 1086, Uclés 1108, al Arch/Alarcos 1195, victorias cristianas como Las Navas de Tolosa/al Hisn al Oqab en 1212, que en opinión de la mayoría de los historiadores marca el inicio del declive de la dominación musulmana en España. En el imaginario colectivo de los españoles esa etapa es la de las grandes invasiones de España a través del Estrecho: 711 Tarik Ibn Ziad (los árabes); 1084 Yussuf Bin Tachfin (los almorávides); Abdel Mumen a partir de 1161 (los almohades); 1211 Annacir (los benimerines).
Después seguirán los episodios traumáticos de los enfrentamientos con los moriscos, de la Inquisición, de la guerra de las Alpujarras, la expulsión de los musulmanes y moriscos de España iniciada en 1502 y concluida con el decreto de Felipe III en 1609, el choque cristiano-musulmán en el Mediterráneo de los siglos XVI y XVII, y otros muchos episodios conflictivos entre el Islam y la Cristiandad que los marroquíes han interiorizado como las cruzadas particulares de España contra Marruecos.
Significativo a este respecto es la carta abierta que envió al Rey Juan Carlos el conocido historiador tetuaní marroquí, Mohamed Ibn Azzuz Hakim, en febrero de 2002, en la que proponía varios actos de desagravio en España ”con motivo de cumplirse el quinto centenario del primer edicto de expulsión de los moriscos de 14 de febrero de 1502 de los Reyes Católicos”. Según su propuesta, los actos deberían culminar en Granada “donde el Rey Juan Carlos pediría excusas a Mohamed VI por la deportación de los moriscos”.
Lo picante de la idea de Ibn Azzuz Hakim es que la concebía como parte de un esfuerzo de acercamiento entre Madrid y Rabat en el cual no ha figurado nunca, ni por su parte ni por la de ningún otro historiador marroquí o árabe, la más mínima sospecha de que la invasión musulmana de España a partir de 711 hubiera representado la ruptura de la evolución europea de España y su desgarramiento forzado entre Europa y el mundo musulmán durante siete siglos.
La carta de Ibn Azzuz obtuvo no obstante el efecto mediático quizá buscado y aparte de la prensa española que la recogió, el periódico integrista marroquí At Tajdid (El muro) la calificó de “audaz” y “necesaria por el perjuicio causado por Isabel la Católica a los musulmanes”.
Con independencia de la dudosa oportunidad de evocar, ya sea por cristianos o por musulmanes en nombre de los antaño afectados, reivindicaciones acrónicas y unilaterales como la de Ibn Azzuz Hakim, es difícil que éstas puedan unir y acercar a dos pueblos cuyas respectivas historias y leyendas se establecieron en oposición a las del otro. Otras versiones de esa historia, por ejemplo, recogen una expulsión en masa de judíos granadinos en 1066 y una deportación masiva de cristianos mozárabes a Marruecos en 1126 decretada por el hijo de Yussuf Ben Tachfin13.
La imagen de España en Marruecos más establecida mediante estudios, análisis e investigaciones de intelectuales marroquíes, es la que concierne a este largo periodo de dominación marroquí de España interpretado por los marroquíes, como refiere Claudio Sánchez Albornoz14, como despertar de una España medieval sumida en las tinieblas, y por parte española como la contribución de la España musulmana al resurgimiento artístico, arquitectónico y cultural de los reinos que constituían Marruecos a través de las experiencias de su estancia en España que almorávides y almohades trasladaron a su país de origen.
En ese entorno de confrontación permanente resulta de gran alivio encontrar momentos históricos como el del Tratado de Paz de 28 de mayo de 1767 entre Carlos III y Sidi Mohamed, en el que con razón insisten los historiadores marroquíes con el evidente y loable ánimo de realzar los momentos positivos de esa promiscua relación hispano-marroquí.
La guerra de Tetuán, ensayo del colonialismo en Marruecos
Siguen inmediatamente en el tiempo y también en importancia las percepciones generadas en un período que podríamos situar entre 1859/1860 (la primera guerra declarada hispano-marroquí después de Al Andalus) y el final del Protectorado español sobre Marruecos en abril de 1956. En ese período se generan nuevas percepciones negativas y de gran intensidad emocional principalmente en el mundo rifeño y yebali marroquí.
La guerra de Tetuán de 1859/1860 ha pasado a la historia de los marroquíes no solo como la de la gran crisis financiera debido a las sanciones económicas impuestas por España que empobrecieron al reino, sino como el inicio de las rebeliones que abrieron el camino a la colonización de Marruecos.
Después de criticar la acción de España y de Francia en el siglo XIX, el historiador Germain Ayache15 afirma que “El acontecimiento que, en opinión de los mismos marroquíes, desestabilizó sin retorno el antiguo edificio, fue en 1859/1860 la expedición española que terminó con la ocupación temporal de Tetuán”. “Ese asunto de Tetuán”, escribía veinte años después de la guerra de Tetuán el cronista marroquí Ahmed Ennaciri, “supuso la pérdida del prestigio del Magreb y la invasión del país por los cristianos. Nunca los musulmanes habían sufrido un desastre parecido”.
La aportación de Ayache al estudio de este episodio se basa en unos documentos del Vizir (ministro) del Sultán Mohamed Ben Abderramán, Taieb Bel Yamani, que arrojan luz sobre la trascendencia para Marruecos de la indemnización de cien millones de pesetas reclamada por el General O'Donell como resarcimiento. La crisis financiera del sultanato a que dio lugar, las revueltas tribales que siguieron a los nuevos impuestos decididos por el Sultán para hacer frente a la penalización, debilitaron tanto al país que hicieron posible la colonización, según esa visión16.
Son imágenes unidas al tópico, fuertemente enraizado en la percepción marroquí de España, del espíritu de revancha y de cruzada religiosa que sostienen que imprimió de forma indeleble en la personalidad española el Testamento de la Reina Isabel la Católica.
Es una visión que no repara en que los cuatro siglos siguientes a la toma de Granada los reyes españoles, a pesar del Testamento de Isabel, sólo se defenderán del empuje del Islam morisco/marroquí en el Mediterráneo occidental, y turco en el Mediterráneo oriental y central.
España estará durante cuatro siglos dedicada en cuerpo y alma a América y allí dará lugar a algo que la dominación musulmana de España no logró en siete siglos: la hispanidad, una misma raza, una misma lengua, una misma cultura y en el presente una veintena de naciones a las que unen con España todos esos vínculos inmateriales pero profundos.
Ni la dominación musulmana de España logró establecer un espacio humano permanente de islamidad o arabidad entre España y el Norte de frica que legar a la posteridad, ni la dominación española y portuguesa del Norte de frica a partir de la ocupación de Ceuta en 1415 por los portugueses logró hispanizar esa región, como parecía lamentar Fernand Braudel al referirse al reinado de Felipe II17.
No se trata en absoluto de disminuir el valor y la importancia del patrimonio histórico común con los marroquíes y el mundo árabe-musulmán, que por otra parte historiadores de la talla de Sánchez Albornoz reconocen sin ningún recelo, pero sí de señalar su carácter histórico y relativo y de sugerir que a partir de 1912 con el inicio del Protectorado, o de 1956 con su terminación, entramos en una nueva etapa..
Es una etapa que queremos pero no logramos construir sobre bases modernas, con los criterios que rigen en el presente las relaciones entre los estados, probablemente porque la constante recreación legendaria de la historia propia, y su permanencia en la visión marroquí a causa de Ceuta y Melilla, nos lo impide.
La idea de conciliar las visiones recíprocas de la historia compartida ha inspirado con frecuencia a intelectuales de uno y otro lado del Estrecho, y sigue teniendo una cierta actualidad, pero no se ha materializado nunca en nada concreto. Los arabistas españoles parecen haber renunciado a ello desde el principio, con motivo quizá, porque la historia -la de cada país por separado- encierra la epopeya de los pueblos, sus motivos de orgullo y el cimiento de su sentido patriótico y nacional.
Resulta que la epopeya marroquí está construida alrededor de los siete siglos de dominación musulmana de España, de Al Andalus y de su nostalgia, mientras que la epopeya española es mitad contra-epopeya marroquí y mitad epopeya americana.
La España musulmana es en la percepción de los marroquíes la gran obra histórica de Marruecos, su mayor gloria pasada y su auténtica empresa vital porque no se trataba, al decir de algunos autores marroquíes, de una simple empresa guerrera de conquista. La dominación musulmana de España estaba concebida -en su fase marroquí- para durar y para convertirse en algo nuevo que nos permite afirmar que de haber triunfado hubiera incluido a España en el Marruecos de hoy18.
El testamento de Isabel la Católica
Uno de los temas y tópicos más recurrentes en la imaginería de los marroquíes sobre España es la supuesta obligación de cruzada contra el infiel que legó a los españoles en su testamento la Reina Isabel la Católica, y que España -sostienen- cumplió con celo excesivo.
Es un tema que encontramos en casi todos los autores marroquíes, que elude el hecho de que España no es ni iniciadora ni parte importante de ninguna de las siete cruzadas históricamente reconocidas como tales, eminentemente francesas y en todo caso europeas. La presentación marroquí del testamento de Isabel la Católica tiende a confundir y reducir las cruzadas de la cristiandad contra el Islam a las acciones esencialmente militares que varios soberanos españoles principalmente Carlos I y Felipe II emprendieron por las costas africanas y en el Mediterráneo en los siglos XV y XVI con el propósito precisamente contrario de prevenir el yihad -al fin y al cabo cruzada también- del Islam turco y saletino contra las flotas y las costas españolas y europeas.
Un autor habitualmente tan comedido como Larbi Messari pretende que “Los españoles se lanzaron por los países del Norte de Africa, desde Túnez hasta las costas del Atlas en Marruecos, motivados por el legado de la reina Isabel la Católica bajo cuyo reinado se llevó a cabo la expulsión de los árabes de España”. Peor aún, cree que “La victoria de Franco es la del Ejército y la Iglesia, que son las fuerzas que consideraron siempre el legado de la reina Isabel como su segunda Biblia”19.
Sin proyección mediterránea por culpa de España
Una de las primeras imágenes de España fuertemente ancladas en los marroquíes es la imposibilidad histórica de Marruecos de tener una proyección mediterránea debido a la ocupación del Norte y de todos los puntos accesibles de su costa mediterránea por España y Portugal a partir de 1415.
De la misma manera que 1212 (Las Navas de Tolosa) marca el declinar de la presencia musulmana en España, 1415 (la toma de Ceuta por los portugueses) es una fecha clave para los marroquíes porque, según lo entienden, marca el final de la proyección mediterránea de Marruecos y el traslado obligado del epicentro del país al Atlántico.
El historiador Germain Ayache20 ya lo propone con una cierta rotundidad. “El comercio marítimo de Marruecos se efectuaba casi exclusivamente del lado del Atlántico ya que en el Mediterráneo, todos los puntos accesibles estaban, desde hacia siglos, en manos de los españoles o controlados por ellos”.
Otros intelectuales marroquíes, entre ellos Habib el Malki21, proponen una valoración más política de ese hecho con la misma conclusión. “Marruecos fue mediterráneo. Hoy es esencialmente atlántico (concentración de la infraestructura, de las actividades de cambio). Al periodo de auge y de prosperidad de Marruecos mediterráneo hasta el siglo XIV, sucedió un largo proceso de declive provocado por su apertura violenta al Atlántico como consecuencia de agresiones múltiples, de intentos de invasión y de ocupación colonial”...”La vocación mediterránea de Marruecos se ha visto siempre amputada por la dominación española de Ceuta y Melilla”.
Fatalá Ualalu22, uno de los economistas árabes más importantes y de los intelectuales más eminentes de Marruecos, actualmente ministro de Finanzas y de la Privatización, sitúa esta circunstancia en el marco “de la mentalidad tradicional de las Cruzadas, cuando Isabel la Católica, en el siglo XV, recomendaba la ocupación de las dos ciudades (Ceuta y Melilla) para contener el empuje del Islam y defender a la Europa católica”. El fue quizá el primero en sostener en Marruecos que “el estatuto político y administrativo de Ceuta y Melilla va tanto contra la adhesión de España a la CEE como contra su pertenencia a la Alianza Atlántica”.
La imposibilidad de proyección mediterránea marroquí es una idea que había esbozado con anterioridad la profesora Halima Farhat23 cuando afirmaba que “Durante toda la Edad Media, Marruecos tuvo una vida marítima y Ceuta fue uno de los grandes puertos mediterráneos hasta la ocupación portuguesa..centro del mercado del oro y plataforma del comercio entre el frica del Norte y la Europa medieval”. Para ella, como para la mayoría de los autores marroquíes, 1415 (toma de Ceuta) es un punto de partida en la historia de Marruecos a continuación del cual “desaparece la prosperidad de la ciudad, y se instalan comerciantes europeos, catalanes y genoveses”.
Tratándose de un país que se atribuye una proyección mediterránea tan activa antes de 1415 y cuyo ministro de asuntos exteriores portaba el título significativo de Uizir al Bahr (Ministro del Mar) resulta sorprendente, como la misma Halima Farhat nos recuerda, que Marruecos no pudiera dotarse de una flota mercante y de guerra aunque “Salé, Larache, Tetuán y Badis siguieron siendo puertos de guerra”.
Farhat atribuye los primeros intentos serios de construcción de esa flota al saadi Mohamed Ech Cheij a partir de 1554, aunque recuerda que ya en 1512 se construían barcos en Badis en el río Sebú, y en Salé con la ayuda de los turcos y aprovisionamientos ingleses, y que Al Mansur en 1583 ordenaba la construcción de sus galeras directamente a Inglaterra.
Sus conclusiones a este respecto, que coinciden con la mayoría de los autores marroquíes, es que “Hasta el periodo de los grandes descubrimientos, Marruecos estuvo integrado en el Mediterráneo” y cita en apoyo a Ibn Jaldún y al turco Saladino que apeló a los almohades para que unieran su flota a la turca para combatir a los Cruzados. La explicación de la inexistencia de una flota mercante marroquí es la misma: “Desde la Edad Media, los peregrinos y las mercancías eran transportados por barcos italianos y catalanes”.
Otro importante intelectual marroquí, Fuad Zaim, actualmente consejero del Primer Ministro Driss Jettu como lo fuera antes de Abderramán el Yussufi, sostiene24 quizá con mayor sutileza, que “El cierre precoz (siglos XV-XVI) por Portugal y España de los puntos más accesibles del litoral mediterráneo marroquí, las tradicionales dificultades de franquear el territorio montañoso rifeño, y la existencia en el litoral atlántico de las llanuras más “alimenticias” del país, contribuyeron a hacer bascular el centro de gravedad del país del interior hacia el litoral oceánico”. “Con anterioridad a esos siglos, la estructuración del espacio marroquí”, nos dice Zaim, “desde los idrissis a los merinidas, fue interior, y repartida entre un Norte estructurado desde mucho antes y un Sur reavivado por el comercio trans-sahariano”.
Más adelante Fuad Zaim añade que “Desde hace cinco siglos el Estrecho de Gibraltar es una frontera política. Fernand Braudel a su manera siempre singular, deploró que hubiese sido así y que la España de Felipe II (Siglo XVI), mitad Europa mitad frica, hubiese incumplido entonces su misión geográfica”.
Menciona también a F. Braudel, Abdelali Dumu en un artículo consagrado precisamente a ese tema25 en el que recoge la siguiente cita extensa de Braudel: “Es una catástrofe en la historia de España que después de las ocupaciones de Melilla en 1487, de Mers el-Kebir en 1505, del Peñón de Vélez en 1508, de Orán en 1509, de Mostaganem, Tlemcen, Tenes y el Peñón de Argel en 1510, esa nueva guerra de Granada no hubiese sido seguida con decisión; que se hubiese sacrificado esa tarea ingrata, pero esencial, a los espejismos de Italia y a las relativas facilidades de América”.
La imagen colonial: El Protectorado y la independencia
La otra imagen de España, la relacionada con el Protectorado y sobre todo con la pos-independencia de Marruecos, debería ser la que más nos interesase hoy porque es la de mayor incidencia en las relaciones modernas entre los dos países. Pero es una imagen mediatizada que refleja a su vez la imagen que los franceses se hicieron de España que los marroquíes interiorizaron como propia, y la que el régimen marroquí indujo en su elite, gracias al monopolio -hasta muy recientemente- de todos los instrumentos, prensa, radio, televisión, edición, etc., de producción de percepciones e imágenes del otro26.
En cualquier caso, parece demostrable, a través de las diferentes maneras de pensar en España y de tratar a España y a los españoles de los marroquíes del Norte y de los marroquíes del antiguo protectorado francés, que existe una dualidad de la imagen de España entre marroquíes que, a mi entender, reclamaría una política cultural y una estrategia informativa diferente para una y otra zona del actual Marruecos.
Por razones inherentes a la descolonización española del Norte de frica y al intento exitoso de Marruecos de integrar en su descolonización a todos los expedientes coloniales españoles (un intento similar con Francia no tuvo éxito) sobre el Norte de frica (Protectorado marroquí, Tarfaya, Ifni y Sahara occidental) a la imagen de España en Marruecos se incorpora por necesidad un fragmento más desde 1975, relacionado con las percepciones de España por los saharauis.
Lo paradójico de esas posibles percepciones de España de los saharauis es que sólo las intuimos a través de lo que unos marroquíes ajenos al Sahara, como son los intelectuales y periodistas que tienen acceso a la producción intelectual y a los medios de comunicación, refieren de ellas.
Sin prejuzgar cuál es o cuál puede ser la imagen auténtica de España entre los saharauis mientras no puedan expresarla libremente, es un hecho incuestionable que la percepción de España en relación con el conflicto del Sahara por los marroquíes, tiene en las relaciones humanas y sociales entre españoles y marroquíes el mismo peso que tiene en las relaciones políticas entre gobiernos la cuestión del Sahara.
El hecho que nos importa a les efectos de este trabajo, es que los saharauis (de Tinduf y del Sahara) constituyen, junto con los marroquíes del Norte de Marruecos, un bastión de la lengua y la cultura española en el Norte de frica que todavía no ha sucumbido totalmente ante el empuje del francés. A ellos debería dirigirse la atención preferente de la política cultural española hacia Marruecos.
Identificar la política de cooperación cultural y social susceptible de ser puesta en práctica con tan diferentes destinatarios es, dadas las circunstancias presentes, un empeño difícil de concretar pero necesario.
El Protectorado sobre Marruecos de 1912 y la implantación de Francia en Argelia desde 1830 y en Túnez desde 1881 fragilizó la proyección histórica de España hacia el Norte de frica y, en el caso de los dos últimos países citados, la hizo imposible.
La evolución y la importancia de la economía española en la actualidad, la perspectiva de una zona de libre cambio euro-magrebí para 2010 y la solución de los principales conflictos de la zona que presupone, permitirían a España intentar de nuevo una proyección mediterránea ciertamente diferente y sobre bases nuevas, pero en cualquier caso acorde con su importancia económica, política y militar.
Esa proyección iniciada con el Proceso de Barcelona de noviembre de 1995, ofrecerá el año próximo de 2005 en que se cumple el décimo aniversario del lanzamiento por España de la iniciativa de Barcelona, una excelente oportunidad para valorar sus logros, sus obstáculos, actualizar sus objetivos a los cambios ocurridos durante esa década, y decidir si vale la pena seguir en el empeño. Cualquier política al respecto, tendrá que incluir la recuperación de la lengua y la cultura españolas para ser sólida y permanente.
El equívoco marroquí de la II República española
El intelectual tetuaní marroquí Ibn Azzuz Hakim sostiene que el socialismo español y la República perdieron la ocasión de comprender anticipadamente la necesidad de apoyar al movimiento nacional marroquí a lograr la independencia del país. La II República española concibió la idea de intentar levantar a Marruecos contra el Ejército de frica, sublevado contra República en 1936. Esos intentos, tanto los encargados a Carlos de Baraibar como los emprendidos por su cuenta por la CNT, han sido ya historiados y documentados.
En este trabajo me refiero a ellos porque están en el origen de una incomprensión entre el nacionalismo marroquí y la República española y dieron lugar a las primeras percepciones modernas negativas de España. El apoyo del nacionalismo marroquí al general Franco, la participación de marroquíes a su lado en la guerra de España, tienen en parte que ver con aquella negativa de la República, en especial de los gobiernos de Largo Caballero e Indalecio Prieto, de intercambiar la promesa de independencia al Marruecos entonces bajo protección española por el apoyo, en realidad hipotético, a la sublevación de los marroquíes contra las tropas de Franco.
La historia nos ha dejado en la imposibilidad de saber si el nacionalismo marroquí estaba preparado para que la ayuda a los republicanos españoles que regateaban hubiera podido tener un resultado tan satisfactorio como para haber cambiado el curso de la guerra civil y con el de la historia de España como han pretendido algunos historiadores cenetistas. Lo cierto es que fracasó y dio lugar a un cierto rechazo de la República por los marroquíes que se convertiría con el tiempo en una relativa mimetización del franquismo por el movimiento nacional marroquí del Norte de Marruecos.
Es cierto, como sugiere la lectura de los archivos de Amsterdam de la CNT, que los dirigentes de esta organización que concibieron el proyecto de sublevar a Marruecos contra el Ejército de frica, compartían la visión colonialista de sus contemporáneos y difícilmente podían comprometerse en una empresa que implicaba la emancipación de la otra parte de la tutela colonial.
Todos los hechos históricos antes apuntados, las guerras que hasta 1924/1925 tendrán lugar para consolidar aquel mini protectorado que España recibió en 1912 como resultado de casi dos décadas de negociación con Francia, la personalidad del caudillo marroquí Abdelkrim el Jatabi, el episodio de la República española, la guerra civil española y la participación en ella de marroquíes del Norte, permiten considerar a la imagen de España en el Norte de Marruecos como un caso de estudio aparte.
La preeminencia del conflicto del Sahara en las relaciones hispano-marroquíes
A partir del inicio de la transición española en 1975, los conflictos de intereses darán lugar al tercer corpus de imágenes de España en Marruecos que desgraciadamente superan la legítima defensa de éstos por cada país y con el menor motivo adquieren una trascendencia insospechada. El pasado, el presente y probablemente las incertidumbres sobre el futuro, se superponen con frecuencia a cuestiones relativamente banales dándoles una dimensión desproporcionada, como si con ello los marroquíes quisieran abordar una especie de controversia histórica trascendente no resuelta27.
La confrontación a propósito del Sahara occidental, que se inicia con Marruecos en los dos o tres años que precedieron a la firma de los Acuerdos Tripartitos de Madrid dio lugar al primer y más duradero conflicto político entre España y Marruecos, que aún perdura. El Sahara ha condicionado y condiciona las posibilidades de proyección global de España hacia el Magreb; ha motivado las principales preocupaciones de seguridad de España -incluida la defensa política y militar de las Islas Canarias-; ha dilapidado muy prematuramente las posibilidades de cooperación española en el desarrollo del Sahara contempladas en los acuerdos tripartitos de Madrid; propició que la reivindicación marroquí de Ceuta y Melilla se expresase en un entorno de coyunturas políticas con frecuencia de enfrentamiento político que a su vez dividió a los españoles.
Donde más patente se hizo la repercusión de la evolución de las relaciones hispano-marroquíes con respecto al conflicto del Sahara fue en la pesca, íntimamente asociada desde los Acuerdos Tripartitos de Madrid a la evolución de ese contencioso.
La constante conflictividad en la interpretación, ejecución y control de los sucesivos acuerdos de pesca hasta el ingreso de España en la CEE en 1986 dio lugar a la percepción inducida por el gobierno marroquí de España como país neocolonial, y de un sector pesquero español predador, dedicado al pillaje de esa riqueza marroquí.
Asimismo, la irritación marroquí por las actitudes de los sucesivos gobiernos españoles con respecto a la cuestión del Sahara, está detrás también de la percepción, igualmente inducida, de las políticas migratorias de España anteriores y posteriores a la adhesión a la CEE. La emotividad del tratamiento de este asunto por los medios de comunicación marroquíes carece de la benevolencia mostrada en la percepción y tratamiento de las políticas migratorias de otros países europeos donde existen importantes comunidades de trabajadores inmigrantes marroquíes.
De ese conflicto se han derivado al menos tres imágenes de España que la prensa marroquí, fuertemente dirigida por el poder, intentará inducir entre los marroquíes. “España es un país que se aferra de manera anacrónica a sus últimos residuos imperiales”; “España es un país enemigo de Marruecos porque intenta crear un estado fantoche en un territorio que por razones históricas le pertenece”; España intenta resarcirse económicamente de la solución favorable a Marruecos adoptada en 1975 con la invocación y el intento de que le sean respetados unos supuestos derechos históricos a la pesca en aguas saharianas que invoca”.
Un año clave: 1979
El ministerio de Marcelino Oreja al frente de Asuntos Exteriores será realmente traumático a partir del momento en que distingue, en una entrevista concedida al diario francés Le Monde en 21 de agosto de 1979 entre cesión de soberanía y cesión de administración del territorio. El gobierno de UCD sufrirá más que ningún otro posterior los embates combinados de Argelia, Marruecos, y el Polisario, obviamente por motivos diferentes.
Por cierto que recordando el enfado marroquí por las supuestas amenazas proferidas por el entonces jefe del gobierno José María Aznar en 2001 después de la derogación del acuerdo de pesca por Marruecos, no está de más mencionar que a finales de la década de los años setenta el gobierno marroquí no sólo profería amenazas de retorsión contra España sino que buena parte de ellas las llevaba a efecto.
El diario oficialista Le Matin se complacía (24/08/1979) en recordar a los lectores marroquíes que las medidas de represalia por las declaraciones citadas de Marcelino Oreja” adoptadas por el Primer Ministro, han sido sometidas a la aprobación del rey Hassán II para su puesta en práctica”.
El diario Al Maghrib (23/08/1979), que dirigía el actual ministro de Asuntos Exteriores Mohamed Benaissa, un activo político en su comunidad norteña de Arcila, acusaba a España de “Confusión calculada, nostalgia y rencor de antiguo colonizador y el 28/08/1979 titulaba: “Reclamar Ceuta y Melilla. La población de Canarias, a pesar del esfuerzo ostentoso de asimilación, conserva sus fondos, trazos sociológicos, ritos y sentimiento insular”. Al Bayan (28/08/1979): “Tomemos medidas concretas en relación con Ceuta y Melilla, la pesca, los fosfatos de Bu-Craa, el contrabando. No podemos ser eternamente las víctimas de la duplicidad española.
El AOSARIO, una organización creada por Marruecos para competir con el Polisario pretenderá a su vez en un comunicado que “Los habitantes de Canarias no son más que colonos con un estatuto jurídico similar al de los Afrikaners en Sudáfrica”.
Las controversias de 1979
Prueba de que España se tomaba en serio las amenazas marroquíes, el 26 de agosto de 1979 la Marina española recomendaba a todos los pesqueros españoles que se retirasen de las costas saharianas para evitar eventuales represalias marroquíes.
Las declaraciones de Marcelino Oreja habían sido precedidas por apresamientos masivos de pesqueros españoles en febrero a su vez represalia contra otras declaraciones de Marcelino Oreja en Bruselas sobre el Sahara del 5/2/1979 en las que dijo “El Sahara espera aún su descolonización. Esta solo tendrá lugar cuando el pueblo saharaui ejerza su derecho a la autodeterminación”.
Marcelino Oreja había añadido sin embargo una frase conciliadora que la prensa marroquí pasó por alto: “”La posición del gobierno español”, dijo, “representa una alternativa y no pretende ir contra otras iniciativas en la región”. La explosión de una bomba en el Hotel Ulises de Ceuta el 5 de marzo de 1979 hay que situarla en lo que a percepciones concierne, en el contexto de esa polémica.
Como es habitual Marruecos respondió aireando su reivindicación de Ceuta y Melilla que logrará que sea apoyada por la Unión de Parlamentarios rabes en febrero y la Unión Internacional de Parlamentos en mayo. La entrevista de Adolfo Suárez con Mohamed Abdelazis durante su visita a Argel en abril y la visita de inspección del JEMET, teniente General Tomás de Liniers a Ceuta y Melilla ese mismo mes, serán contestadas -como síntoma de la gravedad de la situación entre los dos países-, con nuevos apresamientos de pesqueros y lo que es más grave por la explosión de sendas bombas en el retrete de una cafetería de Melilla y en el aeropuerto28.
Cuando el 3 de marzo de 1979 entrevisté al ministro de información marroquí Adelhadi Butaleb, sobre lo que parecía una aparente derogación unilateral por Marruecos de las contrapartidas en pesca contenidas en los Acuerdos Tripartitos, me respondió: “Estaban contempladas, pero a su vez implicaban el compromiso de España de financiar hasta concurrencia de 1.525 millones de pesetas ciertos trabajos de infraestructura del sector pesquero marroquí que no ha cumplido”, a la par que me recordaba que “El acuerdo firmado el 27 de febrero de 1977” (que eliminó las contrapartidas de los anexos de los Acuerdos Tripartitos), aunque no haya sido refrendado aún por el Parlamento marroquí, es el único marco legal existente”.
El 27 de abril de ese año el diario Al Bayan publicaba un artículo que merece ser citado in extenso porque confirma lo que en este mismo trabajo expongo de la mezcla por los marroquíes de sus percepciones de España derivadas de la historia con las percepciones “de combate” a causa de su apreciación de la actitud de España en lo que al Sahara concierne y de las defensas de legítimos intereses por ambas partes.
“La retirada del colonialismo franquista (N: del Sahara)”, señalaba el periódico, “no se hizo en las mejores condiciones porque ciertos medios de España jugaban a fondo la carta de la creación de un estado fantoche en El Aiún. Debido a una mala conciencia, la izquierda española y ciertos medios democráticos de Madrid, no se han distinguido jamás por un anticolonialismo militante. Se trata de una conjunción de simpatías entre la extrema derecha nostálgica del franquismo y una actitud poco honrada y versátil de la izquierda y los grupúsculos izquierdistas españoles..Todos los partidos españoles han establecido, por motivos de política interior, relaciones cordiales con los fantoches del Polisario...Los capitalistas españoles han vuelto a encontrar el camino de Argel...Nuestras relaciones no serán jamás sanas mientras la bota colonialista de España esté sobre la más mínima parcela del suelo nacional..Estamos estableciendo un nuevo consenso alrededor de la recuperación de Ceuta y Melilla..Nuestro problema de fondo con España es que ésta se niega a admitir la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla”.
El destacado dirigente del partido nacionalista Istiqlal, Abdelkrim Ghallab escribía a su vez por esas fechas: “Tomemos medidas enérgicas contra los que se libran al pillaje de nuestras costas. Debemos tener en cuenta solo los intereses de Marruecos. Marruecos no puede tolerar que su territorio sea objeto de marchandaje, ni siquiera de declaraciones que pongan en tela de juicio, directa o indirectamente, su integridad territorial soberana”.
Ya por el mes de agosto y a medida que iba subiendo la tensión, los diarios Al Alam y Le Matin comenzaron a hablar de “la similitud de las provincias vascas y las provincias saharianas” mientras que el Secretario General del Partido Istiqlal y ministro de Asuntos Exteriores, M'Hamed Bucetta afirmaba que las declaraciones de Marcelino Oreja constituyen una injerencia en los asuntos internos de Marruecos recordaba que el Consejo de Ministros marroquí había solicitado al rey que tomase medidas de retorsión contra España.
En la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento marroquí, su presidente Bechir el Figuigui decía sobre Ceuta y Melilla que “Se trata de ir mucho más lejos que el simple depósito de la cuestión ante una instancia internacional” y pedía que se combata el contrabando desde Ceuta y Melilla por los beneficios que reporta a esas dos ciudades, a la vez que amenazaba con que Marruecos no podía desinteresarse de las Canarias que “no son más que desgajamientos de la costa marroquí”.
El 29 de septiembre de 1979 en un artículo del diario nacionalista Al Alam se afirmaba que “España está enferma: su único remedio es la autodeterminación. España es un agregado de pueblos que no pueden en absoluto vivir en unidad ya sea bajo un régimen dictatorial o democrático..el Estado ha casi perdido el sentido de la autoridad” y afirmaba que “Cataluña, el País Vasco, Andalucía y Canarias pueden decidirse por la independencia, en cuyo caso la Península ibérica estaría compuesta por cinco estados, España propiamente dicha y Portugal, Cataluña, país Vasco y Andalucía” y añadía misteriosamente “ya que la suerte de Canarias y Ceuta y Melilla es conocida de antemano”.
En honor a la verdad histórica debo reseñar aquí que el primero en criticar esa asombrosa y beligerante nota del periódico nacionalista marroquí fue el diario Al Moharrer, órgano del partido socialista marroquí, que afirmará editorialmente29: “No comprendemos porqué Al Alam, órgano del ministro de Asuntos Exteriores (M'Hamed Bucetta) se permite una injerencia en los asuntos internos de España de una manera tal que todo el pueblo español corre el riesgo de levantarse contra nosotros y que el gobierno español puede convertirse en nuestro adversario e incluso enemigo implacable. El sentido común nos debería llevar a apoyar la unidad nacional de cualquier país...Esas afirmaciones irresponsables (de Al Alam) pueden acarrearnos problemas diplomáticos”.
Esa nota le valdrá una airada respuesta del periódico del partido del ministro de Asuntos Exteriores Bucetta que el 2 de octubre contesta así: “Para el periódico Al Moharrer la noción de oposición consiste en llegar hasta solicitar el socorro de terceros contra el interés del país..Nosotros proclamamos que la comprensión y la amistad en política no deben esperarse de una sola dirección. Seríamos estúpidos si fuésemos los únicos que aplicásemos normas de buena vecindad..En España existe una abundante literatura a favor de la autodeterminación (del Sahara) y un representante del Polisario en Madrid sin que a cambio exista una oficina de los separatistas vascos en Rabat”
Las primeras políticas españolas de la transición hacia la región serán calificadas de equilibrio, y cuando los equilibrios no dan resultado, se inventará el concepto de la equidistancia, simbolizada el reconocimiento del Polisario como “representante único del pueblo saharaui en lucha” que, por su estudiada ambigüedad, permitirá a España mantener un discurso diferente con Marruecos y con Argelia.
Equilibrio y equidistancia serán sustituidos por el gobierno socialista a partir de 1983 por un discurso de proyección “global” que dará resultados iniciales tanto por la importante cooperación económica con Marruecos decidida, como por algunas formas un tanto equívocas como la aceptación de una célula de reflexión, materializada en un Comité Averroes cuyos objetivos serán diferentemente explicados en Madrid y en Rabat.
Las islas Canarias en cuestión
Marruecos y los marroquíes han insistido mucho en que Argelia no dudó, en los momentos de controversia previos y siguientes a los Acuerdos Tripartitos de Madrid, en utilizar al movimiento independentista canario MPAIAC del abogado Antonio Cubillo como medio de presión contra España. Es verdad que bajo esa presión de Argelia la Organización de la Unidad Africana (OUA) tuvo bajo su consideración la africanidad de las Canarias y el apoyo a la independencia del Archipiélago que solicitaban los independentistas canarios.
Pero es cierto también que Marruecos, cuando le ha convenido, no ha dejado de sugerir que podría también interesarse por esas islas españolas. El Secretario General del Partido Istiqlal, que luego sería ministro de Asuntos Exteriores, M'Hamed Bucetta afirmaba en 1974 “¿Por qué no reivindicar las Canarias como reivindicamos Ceuta y Melilla?30” “La población de las Islas Canarias era bereber, aunque la operación de exterminio y liquidación de la misma la hizo correr un destino similar al de los pieles rojas de América”31.
La indefensión de la lengua y la cultura españolas
Uno de los aspectos menos considerados en los análisis de las relaciones entre España y Marruecos y por extrapolación de la imagen de España en Marruecos, es la notable indefensión de la lengua y la cultura españolas tanto por dejadez de España como por presión de los franceses. Parece sorprendente y cuando menos paradójico que los dos países y gobiernos coincidan en la importancia, en el carácter prioritario de las relaciones culturales entre ambos y que hayan demostrado, sobre todo después de la independencia marroquí de 1956, tan poco empeño y dedicación a mantenerlas.
El marco para la defensa y expansión de la cultura española lo proporcionaba el convenio cultural hispano-marroquí de 1956 que no obstante, no fue ratificado hasta mucho más tarde. El BOE lo publicará en 1980 y Marruecos no lo ratificará hasta septiembre de 1985.
En todos esos años la enseñanza de la lengua española en Marruecos continuará pero con manuales franceses como “Pueblo 1º y 2º”, “Qué tal Carmen” y “Adonde” que reproducirán la visión trasnochada y anacrónica de los viajeros franceses del siglo XIX. Serán los libreros, y sobre todo los profesores -los hispanistas franceses y los inspectores de enseñanza franceses en Marruecos- los primeros interesados en defender ese estado de hecho debido a los derechos de autor que percibían por sus manuales.
A ello se añadirá una cierta la falta de motivación española que se traducirá en ausencia de libros, revistas, cine español, cooperación entre las televisiones de los dos países, y la evidente y crónica ausencia de contactos entre los hispanistas marroquíes y España que parecen haber seguido una trayectoria parecida a la de los arabistas españoles, concentrados en el estudio de la España medieval.
Los intentos españoles de establecer una mínima cooperación en materia de televisión (por ejemplo visita de Pilar Miró a Marruecos con ese fin en agosto de 1987) chocarán con el férreo control de la televisión marroquí por el ministerio del Interior que la tenía bajo su tutela.
La desviación que durante la segunda legislatura del PP se producirá en los que se consideran consensos en política exterior en parte ya había sido anticipada por algunos autores marroquíes como Mustafá Sehimi que en el Seminario de periodistas hispano-marroquíes que organice ese mismo año de 1987 para la Asociación de Periodistas Europeos sostenía que “España, debido a su doble vocación atlantista y europeísta, está a la búsqueda de un espacio autónomo en la región”.
En ese entorno de malentendido con la II República, de guerra civil española, del franquismo y la visión positiva de éste por el nacionalismo norteño, y del abandono -por las circunstancias que fuere- del esfuerzo cultural en Marruecos inmediatamente posterior a la independencia de 1956, se forjará o será recreada la imagen de España en Marruecos que se resume con el tópico de que Europa comienza en los Pirineos.
Será la nueva imagen en los dos exprotectorados, francés y español, fuertemente tutelados por Francia desde 1956, tutela en la que se apoyará la monarquía bajo Hassán II para prevalecer en el pulso que le echará el nacionalismo progresista de la UNFP primero y de la USFP después de su escisión.
En esos años difíciles el Norte y los norteños culparán a España en su fuero interno de la marginación de que son objeto en la administración y en la política marroquí, que no comenzará a remitir hasta muy entrada la década de los años ochenta, cuando España se afirme como segundo socio comercial de Marruecos y el tejido en creciente ascenso de las relaciones económicas traiga consigo una mayor demanda de quienes posean la lengua española y quienes estén más familiarizados con la cultura y la idiosincrasia de los españoles.
La segunda ampliación de la CEE
La segunda perturbación de las relaciones entre España y Marruecos después del inicio de la transición española, tiene lugar en los años que preceden y en los que siguen a la adhesión de España a la entonces Comunidad Económica Europea a partir de 1986.
La movilización en Marruecos por este motivo será importante; los círculos económicos la considerarán una catástrofe para Marruecos, y sus economistas así la describirán en seminarios, coloquios, declaraciones y artículos de prensa. La razón es sencilla: con la entrada de España, Grecia y Portugal, principalmente de España, la CEE se convierte en autosuficiente en prácticamente todas las exportaciones tradicionales de Marruecos hacia la Comunidad Europea.
Los ajustes a que necesariamente deberá proceder la economía marroquí a partir de 1986, que en realidad suceden a los ajustes a que ya tuvo que proceder con motivo de sus primeros acuerdos de 1969 y 1976 con la Europa de los seis y la Europa de los nueve, serán en este caso descritos y percibidos por la elite marroquí como consecuencia de la rivalidad agrícola de España32.
La pesca constituye el tercer elemento de la confrontación de intereses entre España y Marruecos que prácticamente comienza cuando los problemas en realidad debieron concluir: tras la firma de los Acuerdos Tripartitos de Madrid de 1975 que incluyeron importantes contrapartidas en este dominio a favor de España.
Algunas torpezas de España, resultado probable de la disconformidad de un sector del establishment político español y sobre todo de la opinión pública española, con la solución adoptada, permitirá a Marruecos retractarse progresivamente y en tiempo relativamente breve de las contrapartidas de pesca consentidas en los acuerdos de 1975.
La conflictividad en este dominio será realmente importante hasta la primera legislatura socialista a partir de 1982 durante la cual se firmará el primer acuerdo de pesca entre España y Marruecos a cierto largo plazo y en el cual Marruecos fijará los principios que deberían regir en adelante sus relaciones pesqueras con España.
Esa estrategia marroquí se articulará en torno a unas exigencias claras: la necesaria contribución de España al desarrollo tecnológico y científico de la actividad pesquera en Marruecos incluida la mejora de sus infraestructuras portuarias y formación profesional de sus marinos pescadores; la progresiva constitución de sociedades mixtas de pesca; la paulatina y sustancial disminución del esfuerzo pesquero español en aguas marroquíes que, desde 1975, incluían a las aguas del Sahara.
El acuerdo de 1983 será un importante éxito del gobierno socialista que logrará con él la “pacificación” del ejercicio de la actividad pesquera española y la terminación de un ciclo infernal de declaraciones y actuaciones de los gobiernos españoles anteriores, de la prensa o de la sociedad civil en relación con los saharauis o con el expediente del Sahara, siempre contestadas con apresamientos de pesqueros, multas más o menos arbitrarias, y continuo desgaste de la acción diplomática y política española.
El precio de ese éxito será la derogación en la práctica por Marruecos de las contrapartidas anejas a los acuerdos de 1975 en materia de pesca y un considerable deterioro de la imagen de España y de sus pescadores y armadores que el acuerdo de 1983 no logrará acabar. Pillaje de los recursos haliéuticos de Marruecos, vandalismo de los pescadores, depredación de la fauna marina marroquí, egoísmo español, y otras frases acuñadas por el estilo, le serán ofrecidas en bandeja a la elite marroquí para describir el comportamiento de España hacia Marruecos.
La adhesión de España a la CEE en 1986 colocará la negociación de los acuerdos -de pesca incluido- de la Europa de los nueve con países terceros bajo la responsabilidad de la Comisión y esta circunstancia, tanto como el acuerdo de 1983, será la que sustraiga de la relación hispano-marroquí buena parte de la conflictividad derivada de la pesca y limite los estragos causados hasta entonces en la imagen de España por las constantes acusaciones que le dirigía la prensa marroquí.
Un artículo de la entonces directora de la revista izquierdista Lamalif, Zakya Daud33, resume perfectamente esa percepción de España. “No solamente España parece incapaz de proponer y sobre todo realizar ningún proyecto de cooperación con Marruecos, sino que sigue combatiendo encarnizadamente a su turismo, impidiendo el paso por carretera de sus agrios, y perturbando la situación de sus trabajadores emigrados, y sobre todo quiere, a pesar de todos los acuerdos concluidos, seguir el pillaje de las riquezas haliéuticas marroquíes”.
La imagen de España a través de los propios españoles
Con la intención probable de sugerir a los marroquíes un afán de objetividad en la presentación de España, la Agencia de noticias marroquí MAP, la única fuente de información directa de España durante muchos años, ha utilizado con frecuencia opiniones y testimonios de políticos, intelectuales, asociaciones y organizaciones españolas, en algunos casos creadas indirectamente por Marruecos, cuando favorecían sus propias posiciones sobre los conflictos que le enfrentaban a España.
Esas opiniones, por marginales que fuesen en el contexto español las personas que las emitían, fueron con frecuencia presentadas en la prensa marroquí como ilustrativas del apoyo general del pueblo español a las tesis marroquíes. El hecho de que la Agencia MAP fuera confiada durante prácticamente toda su existencia en Madrid a periodistas originarios del Norte, no es ajeno a un reporting en exceso negativo y vindicativo.
Ceuta y Melilla, el último episodio
Los marroquíes, informados o no, reclaman por igual la soberanía de Ceuta y Melilla. Salvo menciones de carácter general sobre la necesidad de preservar los intereses políticos, económicos y culturales de los españoles, no abundan las propuestas concretas de cómo podría Marruecos satisfacer esa reivindicación y a la vez cumplir la garantía de los intereses españoles que prometen.
Tampoco existe, con la excepción de un libro de Rachid Lazrak34 sobre el tema, un esfuerzo histórico científico de fundamentar la reivindicación marroquí más allá del puro voluntarismo político y el argumento geográfico.
En un texto anteriormente citado, Fatalá Ualalu propone, en el caso de que Marruecos lograra tener éxito también en este expediente abierto a España, que sería útil tomar como referencia el acuerdo de China y Gran Bretaña a propósito de Hong Kong, y el de Portugal y China en relación con Macao.
Otros autores marroquíes, como el profesor Mohamed Bennuna35 son más radicales y para él “La liberación de Ceuta, Melilla, las Chafarinas y los Peñones de Vélez y Alhucemas no puede ser dudada y solo es cuestión de la elaboración de un calendario político firme y preciso, separado en cuanto sea posible de la coyuntura de las relaciones hispano-marroquíes.”
Por cierto que en el mismo artículo el Profesor Bennuna sostiene que “Es cierto que esos enclaves, cuya ocupación es ilegal, no pueden producir ningún efecto jurídico en el mar. Da fe de ello el trazado de las líneas de base marroquíes para el cálculo del mar territorial...”
La economía del Norte de Marruecos en peligro debido al contrabando desde Ceuta y Melilla
Una idea muy extendida en Marruecos, utilizada con frecuencia como elemento de presión permanente contra las dos ciudades españolas, es la de que el régimen económico y fiscal de Ceuta y Melilla atenta, a causa del contrabando que generan, contra la posibilidad de desarrollo del Norte del país. La revista izquierdista Lamalif compartía esa misma opinión y entendía que “La existencia de Ceuta y Melilla condiciona todo el desarrollo del Norte de Marruecos”36
Para Fatalá Ualalu, “en el marco de la “recuperación de Ceuta y Melilla, Marruecos debería emprender un amplio programa de promoción económica del conjunto de regiones del Norte particularmente alrededor de los ejes que unen Ceuta y Melilla a las otras ciudades marroquíes como Tánger, Al Hoceima, Nador, y Uxda. El objetivo sería reducir la marginación del Norte de Marruecos, concretar las políticas de descentralización regional, y atenuar el impacto determinante de la economía de contrabando alimentada por las dos ciudades (Ceuta y Melilla) y abrir Marruecos al Mediterráneo”. Para lograrlo Ualalu creía posible “una importante participación activa de España” que recuerda en cierto modo a la participación activa prometida a España en el marco de la descolonización del Sahara occidental.
Esa participación activa de España, según Ualalu, le permitiría “asegurar sus intereses económicos en las dos ciudades, reforzar su posición en el seno de la CEE, convertirse en un socio privilegiado de Marruecos y en un importante pivote entre su economía y Europa”.
Otros políticos marroquíes, entre ellos Abderrahim Buabid, hablaron al autor de este trabajo de la posibilidad de una soberanía compartida, de una soberanía marroquí con un arriendo a largo plazo a España de ambas ciudades, de la concesión de la doble nacionalidad a todos los habitantes de ambas ciudades que así lo deseasen y la garantía de sus bienes, propiedades y comercios, pero nada a mi conocimiento fue propuesto en otros marcos que no fueran éste periodístico citado, y probablemente destinado a sugerir una disposición marroquí difícil de corroborar oficialmente.
Lo único concreto a este respecto es, como indica Habib el Malki37 que para los marroquíes “Ceuta y Melilla son ciudades marroquíes de acuerdo con la historia, la geografía, y el derecho”.
En el ánimo de los españoles se ha instalado en los últimos años la convicción de que finalmente Ceuta y Melilla seguirán siendo españolas porque el asentamiento definitivo de España dentro tanto de la Unión Europea como de la OTAN respaldan la firmeza oficial política y militar de España de los últimos años frente a las reivindicaciones marroquíes.
Salvo esporádicas y esperpénticas apariciones de movimientos de liberación de Ceuta y Melilla y amenazas de nuevas marchas verdes para “reconquistar las dos ciudades”, la concentración de Marruecos en el expediente del Sahara ha podido inducir la impresión española de que la intensidad de la reivindicación ha remitido en Marruecos.
En mi opinión se trata de impresiones que la experiencia histórica no confirma. Lo que si confirma esa experiencia es que Marruecos no muestra ninguna predisposición a abrir frentes simultáneos en cuestiones territoriales (recuérdese la fragmentación del expediente territorial con España) y que en el presente concentra todas sus energías en concluir a su favor la fase delicada por la que atraviesa la cuestión del Sahara. La reivindicación de Ceuta y Melilla es demasiado profunda y demasiado permanente entre los marroquíes como para esperar que pueda ser olvidada.
La esperanza no está en esa supuesta evolución de Marruecos sino en la posible transformación de los escenarios en el Mediterráneo para el horizonte 2020 o 2025 que a su vez dependen de cómo se solucionen los actuales conflictos palestino-israelí, Sahara, terrorismo, relaciones interculturales, movimientos migratorios, cooperación y solidaridad con el Sur, extensión de la democracia en el Sur, disminución de los diferenciales de renta entre Norte y Sur y como resultado de todo ello de la integración económica y de objetivos vitales entre las dos orillas del Mediterráneo.
Si esa integración es un éxito, si los pueblos del Sur llegan a percibir algún día sin ambigüedad que el bienestar, la libertad, el estado de derecho, la democracia, forma parte sin posibilidad de retorno de la estrategia de sus gobiernos, puede que el Mediterráneo llegue a ser por primera vez en su historia ese utópico lago de paz que en verdad nunca fue. En ese escenario los viejos conflictos territoriales deberían perder su razón económica de ser. Esta es la verdadera utopía para el futuro, realizable o no, pero en cualquier caso preferible a la utopía de la dominación y de la imposición al otro de patrones culturales, religiosos, y políticos ajenos.
Remitir la reivindicación marroquí de Ceuta y Melilla al veredicto del paso del tiempo es lo que todos los gobiernos españoles han hecho hasta ahora. Como estrategia de Estado deja mucho que desear, pero como estrategia de gobiernos siempre sometidos cada cuatro años a la voluntad de las urnas resulta comprensible. En teoría, es una reivindicación que España no debería ignorar, a la que tendría que responder, que no le conviene eternizar y sobre las cual es necesario lograr con Marruecos un acuerdo definitivo para que cese.
No es posible que las relaciones entre los dos países permanezcan hipotecadas por esas exigencias territoriales en el siglo XXI. No obstante, las necesidades geoestratégicas de Marruecos, sus argumentos económicos, y las alianzas políticas y estratégicas que es necesario tejer para hacer frente a los grandes desafíos como el terrorismo y el crimen organizado, merecen el esfuerzo de encontrar un acomodo que sin modificar la soberanía sobre esas ciudades, no impida su dedicación a un territorio geográfico cuyo desarrollo económico de alguna manera perturban y cuya proyección exterior en parte limitan.
Conviene seguir el consejo de una de las escasas voces marroquíes que han hablado de ello y hacer como proponía el escritor A. Ghallab en su “Dafanna almadi”, “Enterremos el pasado” y construyamos el futuro porque las generaciones futuras que son también las presentes, no perdonarán tanta pérdida de tiempo en querellas históricas o secundarias.
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