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Turno de palabraSeminariosLos modos y los medios: reflexiones para un periodismo interculturalMedios y mediadores ante la diferencia.IntroducciónEl polemista francés Gastón Bouthoul sostenía que uno de los resortes de la vida social es el miedo. “El sentimiento de una fragilidad esencial, la percepción confusa de una amenaza latente pero omnipresente, contribuye poderosamente a soldar a los grupos humanos”1. La afirmación, válida en 1976, ha de ser matizada hoy no porque la inseguridad y el miedo como corolario, hayan dejado de ser ese aglutinante social de que hablaba Bouthoul, sino porque la naturaleza del temor, y de la ausencia de temor -la seguridad-, han cambiado sustancialmente. Desde que G. Bouthoul escribiera esa frase hace 29 años -un breve período de tiempo en perspectiva histórica- la humanidad se ha liberado de la gran angustia de la destrucción masiva y reciproca que, al menos como hipótesis de trabajo, era plausible mientras dos sistemas antagónicos tuviesen la posibilidad de apretar el disparador del arma nuclear. En estos 29 años se han producido cambios de importancia equivalentes a la -por ejemplo- caída del imperio romano en el siglo IV; el paso del Estrecho de Gibraltar por Tarek Ibn Zyad en 711, la toma de Damasco por Saladino en 1174, o el acuerdo Sykes-Picot de 1916, etc. La dificultad para percibir el cambio actual estriba en que ningún hecho único por separado lo simboliza ni es suficiente para dar cuenta de él pero la caída del sistema comunista, la revolución tecnológica, la globalización, el desarrollo de las telecomunicaciones y como consecuencia de ello la sociedad de la información, son quizá los elementos más destacados de ese cambio. El nuevo enemigoNo es, por supuesto, objetivo de este trabajo entrar en consideraciones otras que las que marcan el título de este coloquio y en particular de esta comunicación. Sólo intento explicar que el gran miedo que debimos tener y no tuvimos a la amenaza de un holocausto nuclear y al enemigo del siglo XX identificado como comunismo, ha dejado paso a auténticos y expresos sentimientos de “fragilidad esencial”, por seguir la terminología de G. Bouthoul, y a la reaparición de temores de alta o baja intensidad pero múltiples. El neoterrorismo “de masas” del presente figura por derecho propio en la cabeza de la lista, más por el impacto psicológico del terror, de su arbitrariedad y de la aparente impotencia para prevenirlo, que por análisis cuantitativos y comparativos de víctimas humanas y daños materiales con otras formas más convencionales de guerra. En la lista está también la incertidumbre que arroja sobre el comercio internacional la irrupción con fuerza de nuevos actores como China, India y otros, la inevitable confrontación en perspectiva por el acceso a las fuentes de una energía cada vez más demandada como es el petróleo y, la poco perceptible aún pero no menos importante preocupación por el acceso a unos recursos acuíferos en progresivo agotamiento. Entre los muchos temores de este presente complejo pero acreditado ya como transición hacia una nueva etapa están, como no, los temores que se derivan de una constante y creciente presión migratoria y las situaciones de promiscuidad cultural y el impacto sobre las percepciones sociales que provocan unos índices de población extranjera en constante ascenso. Por qué se nos propone al mundo árabe-islámico, de forma abierta o subliminal como ese enemigo de sustitución, no puede ser explicado por un solo motivo. Los informes del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sitúan al mundo árabe-islámico como una de las regiones del mundo a la zaga en un conjunto de más de doscientos indicadores con los cuales miden lo que han convenido en llamar desarrollo humano, estrechamente vinculado con la “gobernanza” o buen gobierno. Constituyen, según sugieren los informes, una buena indicación de la resistencia a la introducción de los que podríamos calificar de elementos comunes de civilización, como los derechos humanos, el estado de derecho, las libertades públicas y privadas y entre ellas y en lugar destacado la libertad de expresión. Son ilustrativos de lo que no cambia o cambia con gran parsimonia en un área humana de extraordinaria importancia para Europa que definimos por dos elementos que le son comunes, uno cultural, el Islam, y otro étnico, la arabidad. La procedencia de esa área humana de buena parte de los actores del actual neo-terrorismo masivo contribuye a crear una percepción de partida poco inclinada a distinguir entre lo coyuntural y lo permanente, a la que fácilmente sucumben los lenguajes políticos y periodísticos. Conviene encontrar con urgencia las causas profundas de ese intento de convertir al mundo árabe-islámico en el nuevo enemigo necesario, que se origina en la sociología norteamericana, en los centros norteamericanos de producción de pensamiento estratégico, e incluso en el cine. Sin por ello invitar a una contemplación angélica de la cultura árabe-islámica, que a simple vista no parece estar en una evolución muy distinta a la de cualquier otra cultura, es necesario encontrar un modo de continuar conviviendo con ella porque algunos gobiernos, algunos sistemas regionales, los periodistas y ciertas sociedades civiles, comenzamos a cometer hacia esa cultura una más de las varias injusticias históricas que ya hemos consumado. Estamos en presencia de una civilización cuyos momentos estelares y cuya aportación al progreso de la humanidad España está en una situación histórica privilegiada para apreciar. En Occidente tenemos una marcada tendencia a analizar los acontecimientos históricos poniendo de relieve nuestras contribuciones y minimizando las de los otros. Pero sea cual sea el análisis y la retórica explicativa que lo envuelva, no podemos ignorar que la línea de fractura del presente no es principalmente ideológica ni cultural sino que viene expresada, a escala internacional, por el PIB per cápita, y dentro de cada país por qué porcentaje de la población se apropia de qué porcentaje de la producción nacional de riqueza. En el Mediterráneo, que es donde convivimos euro-cristianos y árabe-islámicos la diferencia de renta per capita es de un insultante 14 a 1 (en el caso de España y Marruecos) que desafía a cualquier retórica de la prosperidad compartida. En Marruecos a su vez, según datos probablemente no muy científicos pero manejados por sindicatos e intelectuales marroquíes, el 20 por ciento de la población tiene a su disposición el 80 por ciento de la renta nacional, y dentro de ese 20 por ciento el 4/5 por ciento acapara a su vez más del 70 por ciento de la renta disponible para ese 20 por ciento. El Norte y el Sur, en términos de desarrollo humano, concierne no solamente a Europa y sus vecinos árabes. Cada país árabe por separado padece a su vez una fractura tipo Norte/Sur propia. Periodistas en tiempos de “choque” o de “alianza” de civilizacionesUno de los cambios más importantes de finales de siglo XX en esta zona del mundo mediterránea ha sido la pérdida de visibilidad del poder soberano del estado nacional y como consecuencia la dificultad añadida, entretenida por los gobiernos, de percibir las responsabilidades que le son inherentes. La satisfacción de la sociedad con los gobiernos se medía en cada consulta electoral y se traducía por la sustitución o la reconducción del gobierno existente y eso tenía consecuencias nacionales. Pero la proliferación actual de poderes -autonómicos, nacional, comunitario (sin contar los llamados fácticos)- y la posibilidad real y realizada de que al frente de cada uno de ellos lleguen, en el mismo período de tiempo, familias ideológicas diferentes, da lugar a un hecho nuevo importante: que sea cual sea el resultado de una elección, el partido político desautorizado por los electores puede continuar gobernando parcialmente a través de algunos de los otros dos gobiernos restantes. Es un hecho legítimo, positivo en mi opinión, si cada gobierno se circunscribe a la competencia que le corresponde, pero que tiene algunas consecuencias importantes. La primera de ellas es que ninguna elección es ya percibida como una auténtica victoria o derrota electoral; la segunda es que lo procesos electorales se convierten en auténticas “citas a ciegas” en las que el ciudadano más que concurrir para elegir a un partido que entiende que le gobernará mejor, acude para castigar al partido que cree que le ha gobernado peor. La experiencia europea del último cuarto de siglo parece sugerir que casi todos los gobiernos, unos más que otros, por supuesto, decepcionan a los electores y que el ciudadano de a pie, sin auténtica posibilidad de influir en los programas que los partidos les proponen, solo tienen la opción de quitar al partido que más les disgusta. Dos legislaturas seguidas comienzan a ser el período de tiempo ideal para que un partido canse a los electores. En un país tan complicado como España e el que las visiones y las opiniones de los ciudadanos parecen casi siempre divididas a partes iguales sobre todos los problemas que se les presentan, ello tienen las consecuencias que en la actualidad estamos viviendo: que un partido que ha perdido las elecciones en buena lid se esfuerce por continuar gobernando desde la calle o al menos impidiendo que e gobierno legítimo gobierne. En mi opinión se trata de un bipartidismo muy destructivo que ya tuvo consecuencias nefastas en la historia de España. Puede que hoy, como entonces, el país necesite reglas del juego que impidan que los gobiernos impriman giros copernicanos a cuestiones que son fundamentales y tal vez sea necesario cambiar las reglas del juego, no el juego en sí mismo. La Constitución debería ser esa regla del juego, pero las constituciones deberían poder ser modificadas cuando la evolución de la vida misma lo haga necesario. Aquellos que son ya considerados principios universales de civilización, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Carta Europea de los Derechos y Libertades y todos los principios que España como país se ha comprometido en las Naciones Unidas a observar, deberían ser el límite para cualquier cambio. Cambios en la manera de informar y de informarseEn estos tiempos de cambio el periodismo y los periodistas han cambiado también. La concentración acelerada de medios, la entrada del capital financiero, con frecuencia transnacional, en la propiedad de los medios ha modificado sustancialmente los modos y las formas de trabajar. También han modificado la forma de informarse del ciudadano que ha logrado a este respecto una autonomía que nunca antes había tenido. El periodista, con la exclusión de los “happy few” en quienes gobiernos y políticos parecen haber delegado su obligación de hacerse entender directamente, se ha convertido en un asalariado que trabaja la mayoría de las veces en cadena, por turnos, sin ninguna influencia real ni sobre la línea política del medio ni sobre el menú informativo diario. Han perdido incluso la posibilidad de investigar autónomamente - que constituía el principal atractivo de la profesión - en parte porque los gobiernos, la oposición, los partidos políticos, y las grandes empresas, se describen y presentan a sí mismas a través de sus propios departamentos de prensa. Sin que sepamos a ciencia cierta si en verdad en algún momento tuvimos ese cuarto poder que se nos atribuía y que no fuimos porque con frecuencia nos limitamos a ser una capacidad más -la de informar- del verdadero del segundo poder, ahora hablamos ya de un quinto poder que supuestamente comenzamos a ejercer mediante la contestación individual de las creaciones colectivas de los medios para los que trabajamos pero en los que no podemos influir. En esos medios concentrados la obligación de negocio ha sustituido su función social tradicional. El panorama ha cambiado sustancialmente, pero los periodistas seguimos por inercia percibidos por los poderes y la sociedad como si nada hubiese ocurrido. Se nos requiere para que contribuyamos a lo que en el pasado contribuíamos, a la vertebración y a la cohesión de la sociedad pero como esa vertebración se aleja, somos recriminados por los poderes públicos y por la sociedad porque no cumplimos -porque no podemos- la función social que históricamente desempeñó nuestra profesión. Es verdad que “no todo se ha perdido” y que en cualquier caso los periodistas tenemos que aportar nuestra contribución al conocimiento y al entendimiento de los ciudadanos y las culturas que se instalan entre nosotros y a facilitar su integración con la única arma que está a nuestro alcance, la verdad y la responsabilidad. Pero lo que podemos hacer solo puede ser complementario de lo que deben hacer los gobiernos, las instituciones y esos pueblos, esos ciudadanos, que siempre damos por supuesto que adoptarían las mejores actitudes si estuviesen bien informados. Sea lo que sea, la acción de los periodistas a éste y a cualquier otro respecto es la más escrutada, la mejor regulada y, eventualmente, la más reprimida de todas las actividades. Nuestro trabajo se desenvuelve siempre entre dos aguas: el derecho y la ética. Existen numerosas leyes que regulan el derecho a la intimidad de las personas; la protección de la infancia y los colectivos más desprotegidos; la obligación de no discriminar por motivo de raza, sexo o condición; el respeto de las creencias de todos; etc. Adicionalmente y para todo aquello que en nuestra profesión, como en algunas otras, depende del comportamiento ético del periodista profesional, nos hemos dotado de códigos deontológico que nos obligan, entre otras muchas cuestiones, a no usar malas artes para obtener la información, a preservar el secreto de las fuentes, a ser rigurosos con los hechos, a respetar la verdad, a presentar los hechos con la misma ponderación que nos son relatados y no según nuestras preferencias, etc. La pluriculturalidad fracasadaTodas las grandes experiencias multiconfesionales o multiculturales - Alejandría, Tánger, Chipre, Líbano, Israel, los Balcanes- del Mediterráneo han fracasado. Pero no es la pluralidad de confesiones ni la pluralidad de culturas al convivir en un mismo espacio administrativo, político, nacional, la causa del fracaso sino una combinación de conflictos políticos, intereses económicos, dominación de unos grupos por otros o marginación deliberada de alguno de ellos. La pluralidad cultural contribuyó en mayor o menor grado al conflicto solo en la medida en que los ciudadanos de diferente cultura intentaron buscar soluciones no en el derecho sino en la movilización defensiva de confesión y cultura. Brevemente, de los seis casos mencionados, solo los dos primeros - Alejandría y Tánger- perduran en el imaginario colectivo de quienes fueron protagonistas como dos grandes nostalgias de aquel “tiempo pasado” que Jorge Manrique nos quiso hacer creer que “siempre fue mejor”. La razón de la supervivencia de aquella utopía, que sigue alimentando una floreciente literatura sobre la supuesta convivencia en armonía de judíos, cristianos y musulmanes, puede que provenga de que ninguna de las dos experiencias fracasaron por si mismas, sino que fueron engullidas por el estado nacional tras la independencia de la colonización o del protectorado. Esa muerte natural nos ha permitido a quienes vivimos algunas de aquellas dos experiencias escamotear un dato fundamental: que el autóctono, el marroquí y el egipcio, fue convidado de piedra en aquel experimento. Es una injusticia histórica a la que al menos ahora, en la reconstrucción virtual de aquellas vivencias a través de Internet o en encuentros puntuales, estamos subsanando. Los casos de Chipre, Líbano e Israel, están ya inscritos en la historia política del Mediterráneo como los más sonados fracasos de experiencias multiculturales, cuando en realidad no lo son. Israel como intento multicultural fracasó porque desde su misma creación en 1948 su constitución le define como estado judío a pesar de que en sus fronteras originales los palestinos constituían casi la mitad de la población. La constitucionalización de la personalidad judía del estado de Israel tiene, como no podía ser de otra manera, consecuencias tan injustas como, por ejemplo, que cualquier ciudadano procedente de la antigua URSS o de cualquier otra parte del mundo, tenga automáticamente derecho a la nacionalidad israelí por el hecho de ser judío, mientras que se le niega a miles de palestinos que vivían ya allí cuando se constituyó el estado de Israel y que tienen una relación afectiva con la tierra tan milenaria como la que los mismos judíos reclaman para sí mismos. Luego están multitud de causas de fracaso sobre las que no me extenderé por ser de sobras conocidas, pero ninguna de ellas tiene una clara relación con la pluralidad cultural o confesional a pesar de que la confrontación actual más radical tanto entre palestinos e israelíes, como de éstos con sus respectivos gobiernos, tenga como protagonistas principales a los grupos islamistas radicales palestinos y a los judíos ortodoxos radicales. Chipre y los Balcanes y en cierta medida Malta son, por su estructura demográfica, reminiscencias de encuentros históricos y sucesivas recomposiciones territoriales de los dominios del imperio otomano y de la cristiandad. Constituyen una de las causas de la percepción equivocada de las consecuencias de una probable integración de Turquía a la Unión Europea basada en la Turquía que fue -el imperio otomano- y no en la que es, una Turquía moderna, que abolió el califato en 1924, aunque su población sea mayoritariamente musulmana. El “no” francés al proyecto de constitución europea del pasado mayo puede que sea el resultado de la pervivencia subliminal de aquellos choques del pasado, de esos temores míticos que surgen de lo más profundo del alma y que, inasequibles a cualquier análisis empírico, rechazan la posibilidad de todo cambio y de toda evolución. También es verdad que la adhesión de Turquía introduciría un dato nuevo de primera importancia en la Unión Europea y que como sólo se puede profetizar el pasado sin temor a error y las ciencias sociales solo son exactas cuando el paso del tiempo lo demuestra, nada ni siquiera la realidad, puede modificar ese temor. Líbano es un caso diferente, pero igualmente ilustrativo de que son intereses contrapuestos los que hacen fracasar la convivencia y no el pluralismo cultural. A causa de esos intereses enfrentados Líbano entró en la historia como país con una absurda constitucionalización de su diversidad confesional, que no se limitó a consagrar la igualdad de las 17 confesiones que en él viven, sino que organizó el estado, el poder y la administración en base a una minuciosa transposición del equilibrio demográfico confesional original (el censo de población de 1932) a la distribución de los puestos y cargos disponibles, desde la jefatura del Estado a la dirección de cualquier departamento banal de la administración. Por incomprensible que pueda parecer, el sistema libanés ha funcionado durante tres cuartos de siglo y el único intento de armonización con los sistemas políticos modernos, el Acuerdo de Taif de noviembre de 1989, ha fallecido de muerte natural por la persistencia de las realidades y las tradiciones. Líbano, al igual que Tánger y Alejandría, ha logrado superar los problemas de la aplicación de 17 estatutos personales diferentes dejándolos a la competencia exclusiva de los tribunales confesionales. Pero ello implica cerrar los ojos a posibles violaciones de los derechos humanos que determinadas tradiciones culturales admiten, pero que son imposibles de admitir en estados laicos como los europeos que respetan y observan esos mismos derechos. La pluralidad cultural en EuropaComo el Mediterráneo en su conjunto, Europa es un espacio pluricultural -además de plurilingüístico- desde tiempos inmemoriales. Si la pluralidad cultural y la diferencia preocupa hoy y ánima todo tipo de análisis y debates, es porque la inmigración y la presión migratoria procedente de nuestro entorno árabe-islámico aporta una diferencia que es percibida como de difícil integración en nuestras propias diferencias y, en muchos aspectos, culturales y jurídicos, como francamente incompatible con los principios de derecho en que nos movemos. La perspectiva de la integración de Turquía en la UE, y la certeza de la modificación de los equilibrios que induciría la aportación masiva y repentina de más de 60 millones de musulmanes, ha exacerbado la percepción negativa de la diferencia árabe/islámica que ni los políticos ni los medios pudieron o supieron contestar. Cada país contempla con particular atención a una inmigración en particular: Alemania, Grecia y los países del Esta europeo a la turca por razones históricas. Francia, Italia, Portugal y España a la norteafricana y muy especialmente, en el caso de España, a la marroquí. En el caso de España y Marruecos se ha propuesto enmendar la visión de “choque” de civilizaciones de nuestros respectivos relatos de esa historia común que precisamente han reaparecido de nuevo en algunos libros publicados durante la última legislatura del PP y en el propio discurso del ex-presidente del gobierno, José María Aznar, durante algunas de sus conferencias en Estados Unidos. Pero no es solamente la historia lo que tenemos que revisar para acercar la presentación que de ella hacemos lo más posible a la realidad de lo que fue. Para convivir con Marruecos debemos encontrar también entendimientos para la gestión de las dos fronteras comunes, la marítima y la terrestre, y el enorme espacio común de promiscuidad humana y de ósmosis cultural que constituyen Andalucía y el norte de Marruecos, que deberíamos poder transformar en espacio de cooperación económica y humana y en puente entre civilizaciones diferentes. En tiempos recientes se aprecian tres maneras de hacer frente a la diferencia marroquí: una en cierto modo angelical, teórica, parece confiar en que la exaltación del pasado común sea suficiente para exorcizar a los fantasmas del futuro; otra segunda, se limita al rechazo visceral del otro, se recluye en el lenguaje despectivo y en el rechazo; y una tercera, pragmática, tiende a combinar mecanismos de cooperación y de ayuda al desarrollo con intentos de acercamiento cultural entre los dos países. La primera y la tercera son las únicas moralmente válidas, las que mejor definen la acción del actual gobierno español y del gobierno autonómico andaluz, pero probablemente no son suficientes. La principal contradicción se va a escenificar aquí, entre nosotros, en el contacto de las comunidades de inmigrantes con la sociedad española, así es que se ha de encontrar una dialéctica para ese inevitable encuentro. Los medios de comunicación podrán ayudar pero no podrán jamás sustituir la intervención de los poderes públicos. Una tendencia que ya se observa en España, como en los demás países europeos, es a la concentración de esas poblaciones de inmigrantes tanto para su habitación como para su ocio o incluso su comercio, en espacios urbanos precisos, acotados, que poco a poco comienzan a ser desertados por las otras comunidades, en especial la española. Será muy difícil integrar a esas comunidades árabe/musulmanas si el único espacio compartido es el del trabajo y el resto funciona como suerte de ghettos espontáneos. Paradójicamente, es la religión a través de las mezquitas, y el comercio con sus tiendas de productos especializados, los que han comenzado una saludable integración al menos espacial en las grandes ciudades, lo cual parece confirmar indirectamente que, una vez más, no es la diferencia cultural la causa del desencuentro, sino el estatus social íntimamente relacionado con el estatus económico. Las políticas migratorias actuales como la contratación in situ, la tolerancia cero con el tráfico de seres humanos, la persecución de las situaciones laborales irregulares con sus consecuencias positivas sobre la dignidad e igualdad salarial, la protección social, van en el buen sentido. Pero ningún país europeo podrá garantizar esas condiciones si persiste la actual presión migratoria, y ésta depende casi totalmente de que en el país de origen los ciudadanos dejen de pensar que el riesgo incluso de muerte del intento de emigrar es siempre mejor que el de permanecer en sus países. Me sentiría inclinado a concluir que un mundo más justo y menos egoísta es esencial para que las cosas comiencen a cambiar, pero no puedo dejar de pensar que también un país más justo, una distribución más equitativa de la riqueza nacional, y una participación real en la determinación de los destinos propios, es fundamental para la vertebración de una nación y de que sus ciudadanos sientan que pertenecen a ella y no deseen abandonarla. Nada de ello está asegurado ni garantizado de antemano, así es que mientras eso sea así, solo podemos predicar con el ejemplo sin dejarnos llevar, a riesgo de equivocarnos por supuesto, por ese hobbesianismo que nos ha invadido últimamente y que pretende justificar la insolidaridad con el argumento de que la condición humana ha sido siempre así y así seguirá siendo. |