Conferencias
Intervención en Seminario de la Academia Militar de Zaragoza
21 de Septiembre de 1995
Vivimos un presente desconcertante. Las referencias habituales han desaparecido o tienen escaso valor. Existe una cierta falta de consideración hacia las instituciones legítimas, y como consecuencia de ello una cierta subversión de las legitimidades.
Paradójicamente y en medio de una sociedad con una gran abundancia de medios materiales a su disposición, se mantienen bolsas de empobrecimiento cultural y en materia de información.
La perdida de credibilidad de determinadas instituciones, con razón o sin ella, se ha traducido por un fenómeno inverso y desproporcionado en favor de la credibilidad de las informaciones, de los informadores y de los medios del lugar de origen de los sucesos.
La televisión sobre todo, las emisoras de radio y los periódicos, son el vehículo principal no sólo ya de información sino de formación de la sociedad, desde niños a adultos, y dispensadores de la verdad en sustitución de otras instituciones, Estado, partidos, parlamento, gobiernos, instituciones religiosas, etc., que desempeñaban esa función de referente hasta ahora.
La sociedad civil parece valorar como verdades absolutas y generales todo aquello que reciben de nosotros, los mediadores entre la realidad y ellos, ya sea en soporte escrito, gráfico, audiovisual o radiofónico, y tenga la entidad que tenga. Ese fenómeno me parece un hecho sociológico de primera magnitud. Se suele decir, entre nosotros, que lo que no sale en televisión no existe, y eso es muy serio.
Nadie, por otra parte, tiene hoy tiempo de hacer bien aquello que se supone debe hacer: quien gobierna, no lo tiene para gobernar, quien dirige, no lo encuentra para dirigir en cualquier sector de actividad y a cualquier nivel. Además, estamos cada día más convencidos de aquello que decía Sartre al principio de su carrera: "L'Enfer c'est les autres", "los malos son los demás".
Los periodistas no escapamos a ese signo inequívoco de modernidad que es la falta de tiempo para hacer nada bien, y paradójicamente creer que sólo nosotros lo hacemos bien.
Supongo que ese desconcierto no se limita al mundo civil. Los ejércitos, los armamentos, las estrategias, y la formación de los militares y fuerzas de Seguridad, se han articulado en Occidente, desde la 2ª Guerra Mundial hasta mediados de la década de los ochenta, alrededor de la respuesta a dar a las exigencias de la guerra fría.
Aunque ya sabíamos a finales de los años ochenta que el equilibrio del terror, el de los arsenales nucleares, no podía ser utilizado sin una disposición previa al suicidio colectivo, da la impresión como si aún hoy no supiéramos muy bien responder a la naturaleza de los conflictos actuales. La respuesta a las guerras étnicas, a los enfrentamientos tribales, al fanatismo religioso, al terrorismo, deja mucho que desear.
Pero incluso lo militar se presenta hoy día como en parte tributario de la publicidad. La televisión acompaña en la actualidad a determinadas guerras o acciones como la del Golfo o el desembarco en Somalia para dar preferencia a unos conflictos que deseamos que sean conocidos, y presentarlos de la manera que nos conviene.
Es muy posible que todo esto les parezca un circunloquio fuera de lugar en este seminario. Sin embargo creo que una parte de la dificultad para comprender qué pasa con la pesca entre España y Marruecos, o hasta qué punto el islamismo es una amenaza, un riesgo, o no es nada, se debe a las circunstancias que concurren en la percepción de esos fenómenos: falta de tiempo para reflexionar sobre ellos, para investigar sus causas e informar en profundidad. La presentación que de ellos hacen los grandes medios de comunicación es consecuencia de esa falta general de tiempo.
En lo que a la pesca respecta, nuestras relaciones con Marruecos son tributarias no sólo de una cierta desinformación que existe en torno al hecho de qué se discute en cada ocasión "cuánto pescado, cuánto dinero, cuánta cooperación, o cuánta asociación", sino de factores que se derivan de una historia de las relaciones, de una repetición de escenarios, de una acumulación de visceralidades, de juegos de intereses políticos ajenos a lo que se debía discutir.
En el conflicto actual influyen, complicándolo, por un lado la capacidad de los pescadores de bloquear los puertos, de impedir el paso de camiones, de pescar con la mente puesta solamente en el interés más inmediato. Del lado marroquí confirmamos la inevitable tentación ante la que siempre sucumbe el rey Hassan II de aprovechar en su favor los momentos que cree de debilidad histórica del vecino para solventar los problemas que él considera pendientes con España o sacar ventajas que en un juego normal de intereses no podría obtener.
Los partidos nacionalistas marroquíes no le van a la zaga y se comportan como si quisieran imponer en cada ocasión un correctivo a los españoles en lo que se asemeja mucho a una especie de ajuste de cuentas siempre pendiente.
No importa que la pesca en aguas marroquíes, con toda su importancia, sea hoy sólo una parte de nuestra relación con Marruecos. Cada vez que entre España y Marruecos o entre españoles y marroquíes ocurre un conflicto, por limitado que sea, alguien siempre toca, en ambos bandos, a zafarrancho de combate.
La prensa interviene y al intervenir suscita declaraciones y reacciones de parte de los gestores del contencioso, provocando a sus vez las inevitables reacciones y respuestas a las reacciones en una aburrida y repetida pero costosa secuencia de acción-reacción, que siempre concluye, como también ocurrió en este caso, con los negociadores haciendo antesala ante el palacio real marroquí.
El bloqueo de las actuales negociaciones pesqueras, que desde hace ya casi una década no son -teóricamente- negociaciones hispano-marroquíes sino euro-marroquíes, se ve agravado por todos esos factores externos mencionados.
Las opiniones públicas respectivas terminan solidarizándose con todos los comportamientos "nacionales", por irracionales que algunos de ellos puedan parecer y, en Andalucía por ejemplo, con alguna razón se preguntan: ¿Si los agricultores franceses pueden volcar nuestros camiones de fresas para defender sus intereses, estén justificados o no por los acuerdos entre países miembros de la Unión Europea, por qué no vamos a poder hacer nosotros lo mismo con los camiones marroquíes?
Ni las autoridades franceses actúan contra sus agricultores aunque después compensen a los camioneros españoles por las pérdidas sufridas, ni las españolas reprimen los excesos locales.
A ello se añade la insuficiente explicación de los acuerdos de pesca anteriores, incluyendo el primero a largo plazo (4 años) firmado por España en 1983, que fijaba los principios básicos de los acuerdos posteriores, en especial el de febrero de 1988. El acuerdo de 1988 firmado con toda solemnidad por el entonces presidente de la Comisión Europea, Hans Dietrich Genscher, se convirtió al decir de Genscher, en el más importante firmado hasta entonces con terceros por la Comunidad. Pero la falta de información, en ambos lados, hace que las opiniones públicas respectivas se sientan timadas con motivo de cada negociación.
Sin embargo, tanto Genscher como el propio Jacques Delors confirmaron que la UE se comprometía a garantizar el acceso de los productos industriales de Marruecos y sus exportaciones agrícolas tradicionales a la Comunidad, mientras que el convenio recogía explícitamente la concesión a Marruecos de un contingente de 17.500 toneladas de conservas de sardina para los mercados comunitarios.
El acuerdo de 1983 sentaba con cierta claridad el principio de la reducción progresiva de las capturas y el aumento progresivo de los cánones, y aceptaba, de manera un tanto más ambigua debido a la impopularidad del asunto, el tránsito por España de determinados productos agrícolas marroquíes destinados a la Unión Europea.
En una región como Andalucía, que considera que su agricultura fue sacrificada en aras del ingreso en la entonces Comunidad Europea, con una parte importante de su población activa viviendo de subsidios comunitarios, es lógico que asuste que otra parte de esa población activa deba pasar a esa desmoralizante situación de subvencionados que cobran sin trabajar porque los acuerdos con la UE les han dejado sin trabajo. Bien es verdad que el problema no es exactamente así, pero que más da, si es así como se percibe y sobre todo como se padece.
No tiene nada de particular que los sentimientos regionalistas o los "nacionalismos regionales" se refuercen y que la idea de un estado único y solidario sufra los efectos de la erosión ambiente, ya que a fin de cuentas se van reforzando las convicciones de que existen regiones sacrificadas o menos consideradas. Las regiones piden gobiernos, policía, profesores, periodistas, intelectuales, y hasta obispos que sean naturales de la región.
En el caso de Andalucía, la región menos regionalista hasta hace unos años, esos sentimientos son cada vez más fuertes. Como decía un dirigente de la oposición en estos días "Es que a Andalucía le ha tocado todo lo negativo: la destrucción de una parte de su agricultura, el cierre de Santana, de Gillette, Intelhorce, Hytasa, Puleva, Santa Bárbara, la reestructuración de los astilleros, la sequía, y ahora el paro de la pesca".
Lo cierto es que en el presente, y para volver al tema de la pesca, los marroquíes se comportan en abierta contradicción con lo que su rey dijo un día en relación con otro tema recurrente como Ceuta y Melilla: "Hay que crear tal colchón de intereses que Ceuta y Melilla se conviertan en un problema secundario entre nosotros".
Todo es hoy día en las relaciones con Marruecos, y considerado por separado, un asunto si no secundario, si un asunto más entre otros muchos, al haberse multiplicado los asuntos importantes de interés común. Sin embargo Marruecos, y el rey Hassan II como estratega de las negociaciones de sus gobiernos parece llevar siempre la ventaja porque siempre lucha por cada asunto como si Marruecos no tuviera nada que perder con sus actitudes.
Los hechos concretos demuestran que esto no es así. En los cuatro primeros meses de ruptura de las negociaciones, Marruecos ha perdido, según fuentes comunitarias, unos 7000 millones de pesetas en asistencias financieras, cánones pagados por las licencias de pesca, salarios de los cerca de 1.000 pescadores marroquíes que trabajan en los pesqueros españoles, y gastos incurridos para desviar sus mercancías del puerto del Algeciras a otros puertos franceses.
La diferencia está en que el monarca marroquí no tiene que responder a ninguna presión insoportable de sus medios de comunicación, que sus pescadores no pueden establecer barreras para impedir el paso de -por ejemplo- los turistas españoles, y que es capaz de controlar a sus afectados.
La verdad de fondo, alguien tendrá que decírsela algún día a la nación y a sus pescadores, y es que España tiene la primera flota de pesca europea y la segunda del mundo, que los caladeros son cada día más escasos y protegidos y que hay que contar con terceros países para pescar. Cuando por primera vez se firmó un acuerdo de pesca a cierto largo plazo con Marruecos en 1983 se dijo que había que aprovechar los cuatro años de respiro que daba el acuerdo par reestructurar el sector pesquero. Doce años después seguimos diciendo lo mismo.
Las posibles explosiones marroquíes no serán pues por el acuerdo de pesca con la UE, ni por la implantación de un régimen islámico radical, sino como todas las pasadas, sociales y económicas. El político de la oposición marroquí Abderrahman el Yussufi me decía hace unos años con motivo de las revueltas de 1984 que observara como los ciclos de explosión social se iban acercando cada vez los unos a los otros en el Magreb. Ahora tenemos todos los ojos puestos en el islamismo político como amenaza sustitutoria, por eso es más pertinente que nunca la pregunta ¿es el islamismo político una amenaza para Occidente, como el mismo se proclama o como se presiente?
Ante todo, creo que debemos hacer una distinción elemental: hablamos indistintamente de Islam político e integrismo, entendiendo por ambos el mismo fenómeno. En lo que a mi respecta diré que entiendo por Islam político, uno de los dos temas que debo abordar hoy, los intentos de determinadas fuerzas de un país de llegar al poder con la religión -en el sentido extenso que tiene en el mundo árabe musulmán- como sustrato ideológico aglutinador.
Son circunstancias que se dan a la vez dentro de cada Estado, en relación con las fuerzas que juegan en su propio escenario, así como en las relaciones entre Estados. El resultado es una inestabilidad interior y una crispación de las relaciones externas. El círculo de la incongruencia queda completado por el hecho, sabido, de que no es posible hacer política ni gestión a partir de teorías y concepciones abstractas, sino de las realidades concretas.
En primer lugar tendríamos que saber si existe un islamismo político como tendencia coherente y movilizadora. Nuestra primera dificultad es que las sociedades musulmanas son sociológicamente muy diversas, no existe unidad de criterios ni de pensamiento entre los islamistas en cuanto a la traducción social y política del mensaje coránico cuyo retorno postulan, ni entre los intelectuales lacizantes que se oponen a ellos. Pretender desgajar unas líneas generales de pensamiento para concluir en unas posibles líneas generales de actuación es más que nada un ejercicio de voluntarismo. En 1995 están en el poder los mismos regimenes que ya lo estaban cuando el islamismo político iraní llegó al poder de la mano del ayatolá Jomeini. Una guerra opuso en 1991 a dos países musulmanes y Occidente tomó parte en defensa de uno de ellos, y el mundo musulmán se polarizó en ella en los dos campos enfrentados. Sólo en Irán y Sudán existen regimenes que se proclaman islámicos -todos en sus constituciones de todas maneras se proclaman islámicos- de tendencia radical, y ambos hacen agua. Las presiones y tensiones sociales son en ellos muy fuertes y si por momentos se aplacan es porque los ayatolas que gobiernan hacen concesiones en dirección a lo que existía antes del advenimiento de la revolución islámica. La llamada economía islámica, allí donde la han proclamado, no ha pasado de ser sea un estatalismo anacrónico, sea un liberalismo de carácter más especulativo que productivo.
Desde el punto de vista social toda la producción intelectual del islamismo -para los occidentales- invita a una también anacrónica aceptación de dogmas de fe sobre una base voluntarista y siguiendo el impulso de unos imanes y jeques que parecen creer que basta que se proclamen unos principios morales para que la sociedad, las instituciones y los individuos, se transformen en instituciones y seres virtuosos.
En lo político, social, y económico, el islamismo no ha pasado de ser una retórica circunstancial, falta de proyecto de sociedad perdurable y desde luego no constituye ningún elemento geoestratégico a tener en cuenta en las relaciones internacionales por sus planteamientos básicos.
Esto sin embargo, no explica ni la persistencia del fenómeno, ni la violencia con que se manifiesta, ni el terrorismo que lo acompaña, ni su expansión a las metrópolis occidentales con poblaciones musulmanas importantes, ni mucho menos las posibilidades reales que los islamistas parecen tener de llegar al poder en algunos países de nuestro entorno inmediato.
¿Qué es lo que falla, pues, en este razonamiento, y sobre todo como puedo decir que el islamismo no constituye ninguna amenaza geoestratégica y reconocer al mismo tiempo que está en condiciones de llegar al poder en varios países, incluso por las urnas, y convertirse en un riesgo? ¿De que riesgo estoy hablando?
Como decía antes, en la mayoría de los países musulmanes y árabes del mediterráneo, son los mismos regimenes los que están en el poder no sólo desde la revolución jomeinista, sino en muchos casos desde su propia independización de los protectorados o del colonialismo: Los mismos hombres siguen al frente de los destinos de su país detentando un poder en la mayoría de los casos de forma absoluta. Los reyes Hussein de Jordania y Hassan II de Marruecos se encuentran en sus tronos desde la independencia de sus países, y han sobrevivido a todos los atentados organizados contra sus reales personas. La familia real saudí desde Feysal a nuestros días, sólo fue decapitada por las enfermedades o por la edad. La solidez del presidente Hafez el Assad de Siria sólo parece puesta a prueba por los dramas familiares y su salud. Saddam Hussein, en el poder desde hace dos décadas-----es un caso muy especial y su futuro lo pone en peligro no el Islam político, sino su error de invadir Kuwait y perturbar un orden establecido en el Golfo que las potencias occidentales no podían aceptar.
El régimen militar argelino cometió el error de agotar su legitimidad en el corretaje en los negocios, pero incluso en el presente, cuando está prácticamente contra las cuerdas, algunos intelectuales no precisamente comprometidos con él comienzan a afirmar, en contra de las tesis que dominaron durante todo el período Chadli Benyedid, que no todo lo que la revolución bumedianista hizo fundamentalmente desde el punto de vista económico, estuvo tan mal hecho. De Libia llega muy poca información, pero la suficiente para constatar que el errático Muamar el Gadafi, en el poder desde 1967, se siente aún lo suficientemente fuerte como para arremeter, por cierto con crueldad, contra sus islamistas. Egipto es un país en donde todo parece tan inmutable como las propias pirámides y templos faraónicos. El país está o mejor dicho estuvo, casi de rodillas económicamente porque los atentados terroristas acabaron con el turismo, la segunda fuente de ingresos del país después de las transferencias de los trabajadores egipcios emigrados. Es un país tan enorme, tan importante, tan sui generis, que nadie, islamistas o gobiernos, parecen estar en condiciones de cambiar nada y todo lo más lo que pueden es perturbar el presente. Líbano un país destruido por 15 años de guerra civil, se islamiza lentamente, pero la islamización no es el fruto del Hizbulá ni los otros grupos radicales del sur, sino de la invasión de petrodólares saudíes.
Si algo constituye una amenaza para este sufrido país confesional, con la mayor proporción de cristianos en su población de todo Oriente Medio, no es el Islam radical, sino el Islam moderado y sus intentos de aprovechar la debilidad de los cristianos para hacer del Islam una religión dominante. Los países del Golfo no cuentan en esta representación más que como grandes perturbadores y falseadores de la ecuación islamista al querer comprar con petrodólares a grupos islamistas que consideran moderados, más como seguro de vida propio que con intención realmente proselitista.
El hecho concreto y paradójico es que si existe una internacional islamista en alguna parte, esa es la que financian los países del Golfo a través de los diferentes Consejos mundiales que son los únicos que han levantado una estructura mínima pero estructura al fin y al cabo, de carácter internacional. Los dos Yemen, uno republicano y otro socialista, aunque unidos en una única república, están tan enfrentados por las pugnas políticas y tribales de sus dirigentes, que el islamismo en ambos resulta secundario aunque no sea desdeñable.
El Magreb es un caso muy especial. Muy cerca de Europa, con unas elites locales ambivalentes culturalmente o formadas en las metrópolis, inundados con la presentación cotidiana del "modo de vida europeo", y viviendo en medio de parodias de democracia, todos tienen en su seno a un islamismo que se refuerza constantemente. En mi opinión, ese refuerzo del islamismo no es del Islam como teoría política del Estado y de la sociedad, sino como sustitutorio de una necesidad de luchar contra el presente, nada halagüeño, y aspirar a una inclusión en la modernidad técnica que representan las sociedades de consumo, al estilo occidental, pero sin la modernidad cultural de éstas, que consideran inmorales.
En el Magreb se trata sobre todo de una revuelta social contra el peso ominoso del poder, la falta de esperanzas y expectativas económicas, la incapacidad de los regimenes para dar una respuesta ilusionante a unas poblaciones extremadamente jóvenes, y la ausencia de salidas democráticas. Es el presente económico y político de esos países el que constituye una amenaza, y no los integristas de turno aunque sean estos quienes se dispongan, llegando al poder, a acometer la necesaria reforma de sus sociedades.
Desde un punto de vista estrictamente occidental, europeo, conviene prepararse a esos inevitables cambios de poder y evitar, como ya surgen voces en Francia pidiéndolo, entrar en las controversias entre islamistas. Bien es verdad que para Francia es difícil evitarlo, pero también es cierto que los franceses han entrado al trapo islamista a fondo. La llamada guerra del "foulard" o pañuelo islámico en las escuelas por las chicas, polarizó a una parte de los intelectuales franceses que llegaron a pretender que incluso la República surgida de la muy laica revolución francesa estaba en peligro. La guerra argelina entre islamistas y gobierno militar, ha encontrado una extensión en suelo francés, de la misma manera que la tuvo la guerra del FLN contra Francia en los años cincuenta y sesenta.
La Unión Europea tiene ante si dos tipos de desafío para organizar sus relaciones con el sur y hacer frente a los futuros retos mediterráneos: el primero es como organizar sus relaciones con estos países de manera que los importantes intereses en juego queden preservados. A este respecto me parece que la creación de mecanismos de consulta y prevención de crisis, con quienes quiera que estén en el poder, son esenciales.
El segundo es cómo desdramatizar los problemas de convivencia con las comunidades musulmanas inmigrantes, que en el presente se aglutinan sobre la base de una pertenencia confesional securizante, y cómo estructurar la presencia de estas en nuestra sociedad.
A mi modo de ver, tan perjudicial puede ser el angelismo beato o izquierdista, como el tratamiento policial de los problemas. Debemos, sin prejuicios de ningún tipo y con seriedad, identificar las cuestiones que afectan a la convivencia social debido a las diferencias que nos separan, con vistas a solucionarlas en el marco adecuado para cada problema.
La idea del consistorio interconfesional francés no me parece mala, siempre que se identifiquen interlocutores validos y aceptados en cada parte, y que los problemas tengan el tratamiento adecuado por las instituciones adecuadas. Los laborales con las autoridades laborales, los religiosos con las religiosas, los políticos con las políticas y los de seguridad con los organismos competentes.
Se trata pues de un consistorio flexible y amplio que incluya por parte española a todas las instituciones relacionadas con cada tipo de problema posible, y por parte de las comunidades de trabajadores extranjeros no sólo a los representantes islamistas, sino a los sindicatos o asociaciones profesionales, gremiales, civiles, etc. que también les representan.
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