Domingo del Pino
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Conferencias

Islamismo fin de siglo

Comunicación presentada al coloquio Convivencia Mediterránea “Mediterranean partnerships” patrocinado por el Phillips Morris Institute y celebrado en Madrid los días 5 y 6 de octubre de 1995

Vivimos un presente desconcertante. A las puertas del siglo XXI, todo parece estar por reconsiderar. Las referencias habituales desaparecen o pierden atractivo. Algunos valores e instituciones pierden credibilidad y los gobiernos, del signo que sean, terminan casi todos rechazados por sus electores. Ello se acompaña por una santificación de los medios de comunicación, principalmente de la televisión. La revolución de las telecomunicaciones lleva lo que éstos aportan a los lugares más recónditos del planeta.

Signo de la época es también que nadie tiene hoy tiempo de hacer bien aquello que se supone debe hacer: quien gobierna no lo tiene para gobernar; quien dirige no lo encuentra para dirigir; y quien informa, no siempre verifica y contrasta sus informaciones. Hasta mediados de la década de los años ochenta hemos vivido en un mundo bipolar, antagónico. En el presente los conflictos son enfrentamientos tribales, fanatismo religioso, terrorismo, y nacionalismos que paradójicamente coinciden con la aparición de grandes grupos regionales, fundamentalmente económicos.

En medio de ese desconcierto, otra cultura, otra civilización, cercana a la europea, parece en ebullición y preocupa e inquieta. La manera de proyectarse por el mundo sus elementos extremos obliga a considerar si constituye o no una amenaza para Occidente, en oposición al cual, sobre todo, se definen. ¿Cual es la realidad?

Radio, Televisión, Satélite

La radio primero, la televisión por satélite después, y la revolución de las telecomunicaciones ahora, han hecho patentes para todos los ciudadanos del mundo dos hechos de suma importancia en este siglo:

  1. que numerosos pueblos deciden sus destinos en urnas y parlamentos, y
  2. que una parte de los países del planeta han logrado un grado de evolución y desarrollo que permite extender a una inmensa mayoría seguridad y libertad, estabilidad económica, y satisfacción de las necesidades básicas.

En todas partes, en el mundo musulmán incluido, los seres humanos se mueven por las mismas aspiraciones de base: trabajo para jóvenes y mayores, hombres y mujeres, educación para los hijos, estado de derecho, y cotas mínimas de libertad y de seguridad. En el mundo musulmán los islamistas exigen un plus de lo que consideran moralidad y rechazan el modo de vida occidental y la actuación internacional de Occidente, pero no su tecnología ni su "savoir faire".

Ninguno de los regimenes que gobiernan a los musulmanes en el presentes es homologable con los occidentales desde el punto de vista del estado de la democracia, aunque se dan notables diferencias entre ellos en cuanto al margen de libertades que permiten y el grado de desarrollo económico que han alcanzado. Todos se caracterizan por la longevidad de hombres y elites que detentan el poder y la influencia, existe un escaso relevo generacional, una pobre gestión económica que se combina con una demografía galopante, y un menguado respeto del estado de derecho.

En casi todos ellos, agotadas sin éxito todas las experiencias ideológicas -nacionalismo, baasismo, dictaduras sin etiqueta, democracia a la occidental- han surgido movimientos que sugieren volver a las fuentes primeras, a las del mensaje inicial, para regenerar a la sociedad y la política. ¿Texto o pretexto?

Más patente en unos movimientos que en otros, esos grupos, que por comodidad de esta exposición llamaré islamismo político, buscan el poder por la violencia o por las urnas.

La diversidad de islamismos es proverbial. En primer lugar, todos los regimenes -con excepción de Yemen- se autodefinen como islámicos en sus constituciones. Tenemos entre ellos regimenes donde se encuentra en el poder una autentica clase dirigente integrista, pero que nunca han sido una preocupación para Occidente (Arabia Saudi, Kuwait, y otros países del Golfo), países en donde ha triunfado (por vía de plebiscito o por golpe de estado) el islamismo político, como Irán y Sudán, o donde puede triunfar, como Argelia, y países donde los regimenes están sometidos al abordaje de una combinación de integrismo-islamismo, en mayor o menor grado, como Jordania, Egipto, Marruecos, Libia, Mauritania, Yemen, etc.

La diversidad de respuestas también es proverbial. Argelia, Jordania (en un principio Túnez) optaron por dejar que esos grupos de intereses pudieran concurrir a las urnas bajo etiquetas religiosas. Otros países, como el Túnez de Ben Ali, y Marruecos, no lo aceptaron, mientras que unos terceros países, como Egipto, practican una combinación de prohibición y tolerancia al no admitir partidos religiosos, pero permitir que los islamistas puedan figurar como independientes en otras listas electorales. En el resto de los países árabes la ausencia de elecciones ahorra una consideración de este tipo.

Frente a esa diversidad, Occidente también actúa de forma diversa, a veces incomprensible: se preocupa por la situación de la mujer en Irán pero no en Arabia Saudi; que el integrismo llegue al poder en Argelia, pero no que esté ya en él en Riad; acusa a Irán de financiar al 80 por ciento de los grupos islamistas del mundo, pero finge ignorar que Arabia Saudi y Pakistán tienen montada una autentica red de carácter internacional de Bancos islámicos, Ligas Islámicas, Consejos de Mezquitas a través de las cuales se financian otros grupos similares. Y si no le preocupa esa financiación por regimenes considerados amigos, mucho menos preocupa la islamización a la que proceden desde arriba los propios gobiernos para ganar espacios a sus islamistas.

Entre la Unión Europea y Estados Unidos (y los países anglosajones en general) existe una notable diferencia de apreciación del riesgo. Para la UE, y sobre todo para Francia, el advenimiento de un régimen islamista en Argelia sería un desastre de primera magnitud en el Magreb. Estados Unidos, por el contrario, sostiene que hay que dialogar con esos islamistas así como con los del resto del Magreb y de Egipto. Por el contrario Estados Unidos se muestra intratable en lo que concierne a Irán y Sudán, a los cuáles ha impuesto incluso un bloqueo económico, mientras que la mayoría de los países europeos y Japón, que dependen para sus abastecimientos energéticos de Irán y Libia (otro pais bloqueado), intentan suavizar el cerco.

Las diferencias son de tal naturaleza que algunos europeos piensan que forman parte de la guerra comercial entre grandes grupos mundiales y han afirmado que Estados Unidos desea establecer un pie economico y de influencia en el Magreb, en donde no tiene ninguna tradicion de presencia (su interes por el gas argelino es ya hoy notable y sera casi dependencia a principios del proximo milenio). Las diferencias se extienden tambien al caracter y extension del bloqueo decretado contra Irak de cuya actual necesidad los europeos estan menos seguros.

La historia reciente, divide tambien a los unos y los otros. En el Magreb el islam ha convivido perfectamente antes y despues de las independencias del colonialismo con casi todos los regimenes y fue aliado de la lucha de los nacionalistas por las independencias. En algun momento, sin embargo, de la historia reciente, quiza desde que Zbigniew Brzezinski dirigiera el Consejo Nacional de Seguridad, cambio la actitud hacia ese islam militante, se interfirio en el, y se le utilizo, como decia Brzezinski, como baluarte de apoyo contra el comunismo.

Pero todo esto no son mas que consideraciones además al islamismo en si. Lo importante ahora es saber ¿Que quieren los islamistas? ¿Constituyen un riesgo o una amenaza para Occidente? La pregunta no es fácil de contestar: desde un punto de vista estrictamente doctrinario y teórico los islamistas desean fundamentalmente influir sobre las mentalidades y por eso en la mayoría de los casos, se contentan con pugnar por el control de los ministerios de Educación y de Información allí donde quieren llegar al poder. ¿Que significa un estado auténticamente islámico realmente? Sin duda modificaciones importantes en lo que concierne al derecho de familia -situación de la mujer y su papel, transmisión patrimonial, custodia de los hijos, etc - que es lo que está explicito en el Corán.

En lo económico, toda la teoría económica islamista gira alrededor de dos pilares clásicos: la Zakat o redistribución -voluntaria- de la riqueza, el equivalente a nuestros impuestos, y la Usura o prohibición de prestar a interés, explícitamente prohibida por el Corán y que afectaría al sistema bancario en general.

La realidad de los países musulmanes en el último siglo demuestra que si bien en los Códigos de Familia y en la gestión de la sexualidad se ha seguido el Corán al pie de la letra, en lo que concierne a los otros dos aspectos Impuesto coránico y Usura, los regimenes árabes, incluso los mas estrictos como el saudí, han sido bastante flexibles. Los bancos islámicos hacen piruetas contables para no llamar intereses a los rendimientos del capital, pero el efecto final no difiere en nada de la práctica bancaria occidental. Mucho menos se aplica la ley coránica en lo que concierne a la Zakat, y ni un solo régimen, excepto los de renta petrolera que se lo pueden permitir, ha renunciado a la recolección de impuestos, ya sea directa o indirectamente, porque éstos son la base del funcionamiento del Estado. La Zakat ha quedado como una tradición que se practica con motivo de algunas festividades importantes del calendario musulmán, pero sin incidencia real sobre el sistema impositivo. Que los regimenes islámicos existentes o por existir apliquen o no el Código de Familia tal como lo entiende la jurisprudencia islámica es algo que sin duda les alejará de las convenciones internacionales sobre derechos humanos y de la mujer y de la evolución de la mayor parte de la humanidad a este respecto, pero concierne sobre todo a los ciudadanos de cada país.

Queda, en verdad, como elemento de riesgo para Occidente, el indudable rechazo del orden internacional -occidental- en que se desenvuelve nuestro presente y eso puede realmente ser preocupante. Preocupante para los gobiernos. Ahora bien, ¿podemos continuar siempre con este ordenado desorden internacional occidental? Es decir, se puede seguir castigando, bloqueando, invadiendo, marginando a otros países solo porque Occidente se haya constituido en árbitro de la moralidad internacional?

La guerra fría ha concluido. El mundo ya no esta constituido por dos bloques ideológicamente antagónicos aunque persistan las diferencias de intereses entre los antiguos bloques. Ahora tenemos conflictos tribales, guerras de exterminio étnico, terrorismo religioso o sectario y no solamente islámico, fanatismos en general, y sobre todo ansia de los pueblos de liberarse de gobiernos corruptos o incapaces, de vivir en libertad, de satisfacer las necesidades mínimas de educación, cultura, ocio y bienestar material.

Podemos intentar crear mecanismos de Seguridad en el Mediterráneo, pero mientras estos no vayan acompañados a la vez por cambios estructurales en los países del Sur y un enfoque solidario de la cooperación internacional por parte del Norte, ningún mecanismo pondrá a Occidente al abrigo de las revoluciones. Para el año 2025 la ecuación humana en las orillas norte y sur del Mediterráneo se habrá invertido y los países del norte se verán sumergidos por ejércitos de inmigrantes a los cuales no podrá contener.

A la marginación nacional, a los parados de cada país, se unirán los inmigrantes que ya hoy, en Francia, buscan un entorno securizante en las barriadas periféricas de inmigrantes donde al paro y sus secuelas se une la inadaptación.

España, como primera frontera de la Unión Europea con el islam, tiene el mayor interés en que se encuentre una solución común para la inmigración, que se normalicen los mecanismos de acogida e integración de los inmigrantes, que se pacte con los países del sur una actitud hacia ese trasiego de poblaciones, que la estancia de estos en la Unión Europea no sea traumática, y que los conflictos de unos no se transfieran a los otros. Tan perjudicial es el exceso de bondad, muy de izquierdas y muy ecologista, como el afán de considerar que el problema se resuelve con medidas policiales.

Conviene que sepamos que somos diferentes, cada día más diferentes y posiblemente más adversarios, porque solo de ese conocimiento de las diferencias y de lo que nos opone puede surgir la propuesta de coexistencia. Conviene también que sepamos que la coexistencia con regimenes islamistas será más difícil, pero no más difícil de lo que fue con los nacionalismos de los años cincuenta y sesenta. Debemos saber también que la islamización de los regimenes no será sin violencias nacionales que introducirán un factor de inestabilidad. Argelia es un ejemplo claro: pase lo que pase, esté quien esté en el poder, la nación como tal quedará dividida por mucho tiempo.

Los países occidentales, a empezar por Estados Unidos, con siete millones de musulmanes en su suelo, solo pueden crear las condiciones para una coexistencia sin cheques. Y para no chocar es necesario tolerancia y respeto para las diferencias, pero también respeto para los sistemas políticos y jurídicos de los países anfitriones. Aunque parezca lo contrario, los estados deberían estar interesados en lograr que sus inmigrantes se doten de organismos representativos aceptables y aceptados. La tolerancia y la coexistencia no puede ser solo el efecto de los estados y las políticas de los gobiernos, sino que tiene que involucrar a toda la sociedad civil a través de organizaciones y mecanismos homologados.

Creo, para concluir, necesario que se creen mecanismos de consulta y evacuación de problemas de emigración, de trabajo, de asentamiento, de religión y cultura, pero soy escéptico en cuanto a las posibilidades de éxito de la transposición al Mediterráneo de algo así como la CSCE. Europa ha mostrado y muestra una debilidad manifiesta para intervenir en escenarios de conflicto incluso si estos son europeos y probablemente descubrirá que existe un flanco sur aguardando a la OTAN.

Creo también que los estados deben animar la concertación de su sociedad civil y los inmigrantes y estimular la aparición de foros o consistorios amplios interculturales donde se debatan las fricciones que plantea la coexistencia diaria que muchas veces llegan a la categoría de problemas solo por desconfianza y desconocimiento reciproco.