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Conferencias
Comunicación y mundialización: entre la confusión y el caos
"La Comunicación en la Sociedad Globalizada"
Universidad de Granada. Centro Mediterráneo de Almuñecar
Almuñecar (Granada), 23 al 27 de julio de 2001
Miércoles 25 de julio
Hace dos o tres años en este mismo marco y en estas mismas jornadas tuve la ocasión de hablar sobre lo que llamé "El Cuarto Poder del Segundo Poder". Traté entonces de explicar que el Cuarto Poder, que es como coloquialmente calificamos al que atribuimos a la prensa o a los medios de comunicación en general, tiene con frecuencia tendencia a convertirse en un poder más del segundo poder Ejecutivo. Dentro de esa comunicación tuve asimismo la ocasión de extenderme sobre lo que llamo información precocinada, que es tanto la que se sirve en esos "supermercados" de la información que son las grandes agencias (actualmente sólo unas cuatro merecen ese calificativo) productoras de noticias y los múltiples gabinetes de prensa de gobiernos, partidos, administraciones, instituciones y empresas públicas y privadas. Unas y otras han contribuido a que el "pequeño comercio" de obtención de información en su fuente, que tradicionalmente correspondía a los periodistas, quede reducido a su mínima expresión. Mi intervención de hoy, que responde al tema central de estas jornadas sobre La Comunicación en la Sociedad Globalizada, no es más que un complemento y continuación actualizada de aquella reflexión. Ese enunciado general al que responde el tema de mi intervención, hace aconsejable, por pura conveniencia metodológica, una breve consideración sobre lo que comúnmente se entiende o se puede entender por "sociedad globalizada" o globalización.
El término globalización no es el único utilizado para definir lo que de una manera general se considera una situación nueva -nueva en el sentido de que su desarrollo y sus consecuencias aún están en plena evolución- de la historia de la humanidad. Pero aunque no fuese nuevas, es verdad que somos, como dice Anthony Giddens1, la primera generación de uno de esos cambios de rumbo de la historia de la humanidad que incidirá o modificará -ya lo está haciendo- las relaciones de los seres humanos entre sí, de los seres humanos y los poderes tradicionales, del trabajador con el empresario, de los poderes tradicionales entre sí, de los estados con sus regiones, de las regiones con los grupos regionales de Estados, del ser humano con su entorno, de la forma de emplear el tiempo libre, etc. Nos encontramos en mi opinión, aunque no descubro nada nuevo puesto que ya lo han dicho también un buen número de pensadores y filósofos de nuestro tiempo, ante una etapa que sin duda será tan trascendental para el progreso y para la humanidad como lo fue la revolución industrial del siglo XVII y XVIII. El citado Giddens afirma que la globalización, tal como la estamos viviendo, en muchos aspectos "no es sólo algo nuevo, sino revolucionario". El sociólogo catalán Manuel Castells2, a quien el Wall Street Journal describió como "el primer filósofo del ciberespacio", aunque advierte que buena parte de lo que llamamos economía globalizada no es más que economía internacional o regional, sostiene que lo que define la globalidad es el "trabajo como una sola unidad en tiempo real a escala planetaria". Creo, como han señalado otros sociólogos e historiadores contemporáneos, que lo que quizá describe mejor lo que al menos la prensa considera comúnmente como globalización, es la sensación de que el entorno de conocimiento e información en que nos movemos ha dejado de ser local e incluso nacional para convertirse en mundial. Sociedad globalizada o global quiere decir, para mí y aplicado a la prensa y a la comunicación que es el campo en que se desenvuelve nuestra actividad profesional, que el Frente Moro filipino, los grandes flujos migratorios que en Africa producen las guerras o las inundaciones en Mozambique, se han convertido en tan familiares para nosotros como la situación de los pescadores y armadores andaluces, el terrorismo de ETA, o la acampada que llevan a cabo en Madrid en defensa de sus derechos los trabajadores de SINTEL. Lo que ha hecho posible que nuestro horizonte deje de tener la proximidad que en las escuelas de periodismo nos enseñaron que era necesaria que tuviera la información para que nos interesara y ha permitido la instantaneidad de la noticia, que junto con esa globalidad son probablemente las características mas definitorias de la sociedad global, al menos en comunicación, ha sido la revolución de las telecomunicaciones principalmente a lo largo de la última década. La tercera característica que me parece importante de esta sociedad global es la masividad de información disponible en el que puede ser el invento medular de esta nueva etapa, Internet.
En un breve y como tal incompleto repertorio de términos empleados para designar esta evolución registraremos como calificaciones supuestamente coincidentes y en cualquier caso empleadas indistintamente por la prensa, "globalización", "mundialización", "internacionalización", "nuevo orden mundial", "sociedad global", o "aldea global". Los opositores a este cambio, que no son pocos, añaden "imperialismo", "americanización", "hegemonismo imperial" "pax americana". Estos últimos y sobre todo los países que en vez de beneficiarse de ella la sufren, argumentan que más que globalización lo que parece es "occidentalización" o más concretamente "americanización" del presente y lo que es peor aún del futuro. Señalan, en efecto, que Estados Unidos es la única superpotencia dominante y que las expresiones de ese nuevo orden o caos mundial parecen por el momento dominadas en lo económico, lo cultural y lo militar por Estados Unidos. Para ellos, los símbolos más concretos hasta ahora de la sociedad global son la presencia de la Coca Cola y los McDonalds en cualquier parte del planeta y la claudicación de las culturas nacionales y en parte las locales ante la expansión de la cultura de la nación dominante. Anthony Giddens añade que a esta percepción contribuye el hecho objetivo de que la mayoría de las compañías multinacionales, incluidas las productoras de cultura, son norteamericanas y las que no lo son pertenecen a países del Norte.
Existen otras designaciones directamente relacionadas con el tipo de "globalización" de los mercados, más economicistas y precisas pero parciales como "E-commerce" o comercio electrónico, "B2C", Business to consumer" y "B2B" "Business to Business" o, si la descripción la hacen los opositores, "paraísos fiscales" "capitales golondrinas" o "dinero trashumante". A esto último se refiere Manuel Castells cuando considera que lo más claramente globalizados son los tres trillones (3000000 millones) de dólares (unas tres veces el presupuesto de Gran Bretaña) que se mueven a diario y libremente por los mercados financieros mundiales.
Todos estos últimos calificativos, en mi opinión, son intentos de definir de manera sectorial lo que ocurre y se me antojan como referidos en el lenguaje habitual a la intensificación de las relaciones económicas mundiales y al acceso generalizado para ese Norte a los recursos del mundo, simbolizados en el triunfo por K.O. técnico de las leyes de mercado. Son términos que remiten a un cierto tecnicismo que disminuye o tiende a disminuir y a camuflar el alcance de las consecuencias que la nueva situación entraña y de las oposiciones que provocan los hechos reales que ocultan.
Es cierto que al igual que la revolución industrial en sus primeros tiempos, la revolución de la información, como también se la llama, está dando lugar en esta primera andadura a efectos tan desastrosos para una buena parte de la humanidad como lo tuvo la sustitución del músculo por la máquina en la revolución industrial. Anthony Giddens reconoce3 que las estadísticas al respecto son aterradoras. La renta global de la quinta parte de la población mundial más pobre ha caído en los últimos diez años del 2,3 por ciento al 1,4 por ciento de la renta mundial. La renta global de la quinta parte de la humanidad más rica, por el contrario, ha aumentado en el mismo periodo de tiempo del 70 al 85 por ciento del total global. Manuel Castells lo explica así: "A nadie le interesa hoy lo que ocurre en Africa, en la medida en que su gente no tiene valor ni como productores ni como consumidores, más bien son un problema y, si desaparecieran, sería beneficioso para el sistema. No hay razón alguna para gastar en esas zonas donde no se pueden obtener ganancias, cuando invirtiendo en Internet se puede triplicar el capital cada año. Ahora bien, Castells, un hombre que se declara comprometido con la izquierda añade: "lo que yo considero una utopía neoliberal es pensar que el planeta puede funcionar excluyendo a un 40 por ciento de su población"4.
Aquellos a quienes tanto Castells como Giddens consideran escépticos con la globalización, que para ellos se sitúan "grosso modo" entre las izquierdas más conservadoras y menos innovadoras, sostienen que no existe nada nuevo y que la globalización es tan antigua como el primer intento de una sociedad de dominar económica, cultural y militarmente a su entorno. Las expediciones de Alejandro Magno por Asia, el Imperio Romano, o como señalaba recientemente en una entrevista a una emisora de radio el ex-presidente del gobierno, Felipe González "la primera nave que surcó los mares con destino a América" eran ya, según ellos, globalización. Esta última es la tesis desarrollada por el conocido sociólogo de izquierda Samir Amin5 cuyas teorías tienen tanto predicamento en el "mundo perjudicado y marginado por la globalización" como la tienen Castells o Giddens en el "beneficiado". Sostiene Amin que " La conquista imperialista del planeta por los europeos y sus hijos norteamericanos, se realizó en dos fases, y quizás esté entrando en la tercera. La primera fase de esta empresa se organizó en torno a la conquista de las Américas, dentro del marco del sistema mercantil de la Europa Atlántica de aquella época. El resultado claro fue la destrucción de las civilizaciones indígenas y la Hispanización /Cristianización o simplemente el genocidio total sobre el que se construyó los Estados Unidos". Para Samir Amin "La segunda fase de la devastación imperialista se basó en la revolución industrial y se manifestó en la sujeción colonial de Asia y de frica".
La tercera fase que llamamos globalización es, para Samir Amin, "la ola de devastación del mundo por la expansión imperialista, apoyada por el colapso del sistema soviético y de los regímenes nacionalistas populares del Tercer Mundo. Los objetivos de este imperialismo siguen siendo los mismos, controlar los mercados, saquear los recursos naturales de la tierra y superexplotar las reservas de trabajo de la periferia". Amin entiende que el discurso ideológico que acompaña esta tercera fase imperialista, diseñado para asegurar el dominio de los pueblos por lo que el llama la "tríada central" (Estados Unidos, Europa y Japón) se articula en torno al "derecho a intervenir", cuya duplicidad considera flagrante, y al hegemonismo militar de Estados Unidos que le consolida a él mismo y a los otros dos miembros de "la tríada central". El lado más perverso de esta tercera fase, según Amin, es la respuesta entusiasta de la opinión pública occidental a las justificaciones ideológicas de esta fase lo mismo, añade Amin, que ante las primeras fases del imperialismo.
La "sociedad global" forma ya parte del lenguaje político común y por supuesto del objeto de las preocupaciones de políticos, filósofos, sociólogos, periodistas y ensayistas de nuestro tiempo. La importancia de la atención que se le presta en los medios en los dos últimos años, es decir con cierto retraso, es consecuencia del carácter episódico con que la prensa trata los problemas de este planeta y se debe quizá a la reciente coincidencia, matemáticamente inevitable, de que cada diez fines de siglo coincidan con un fin de milenio, que proporciona lo que los periodistas llamamos "gancho" y "percha" para ocuparse de ello. Eso no debe impedir recordar, para constancia, lo inconsistente y norteamericanocentrista o eurocentrista de la proposición. Una simple ojeada a otros calendarios que no sea el nuestro gregoriano, que nos sitúa en el año 2001 del nacimiento de Cristo basta para comprenderlo. El hebreo va por el año 5761, el islámico por el 1422, el persa por el 1380, el copto por el 1717, el etíope por el 1993, y así sucesivamente.
Repensar la democracia
Telegráficamente, porque tampoco es el tema de mi intervención aunque esté relacionado con ella, creo que la democracia surgida con los estados naciones a que dio lugar la revolución industrial, que tuvo unos hitos decisivos en "El espíritu de las leyes" de Montesquieu y en la revolución francesa del 14 de julio de 1789 (por situar su inicio arbitrariamente en la toma de la Bastilla), y la proclamación de los derechos del hombre y ciudadanos, ha cumplido su ciclo histórico y necesita ser repensada, mejorada y adecuada a las nuevas realidades. Ha llegado el momento de trascender aquella definición un tanto cínica pero realista que de ella dio Winston Churchill como "el menos malo de los sistemas políticos". Anthony Giddens sostiene que la ambición democrática es quizá la idea más poderosa y estimulante del siglo XX y fue el ideal inspirador de las revoluciones francesa y americana. Sin embargo, añade, la paradoja de la democracia es que al mismo tiempo que se extiende por todo el mundo, en las democracias maduras que el resto del mundo se supone que están copiando, existe un desencanto muy extendido sobre el proceso democrático. Añade que ha descendido en la última década la confianza en los políticos, en los periodistas, en los parlamentos e incluso en las elecciones. Mientras él afirma que son cada vez más los que consideran la política como algo corrupto, Castells señala en su famosa trilogía sobre La Era de la Información que "lo que afirmo, en base a investigación empírica, no es tanto que los partidos políticos estén superados sino que en estos momentos no son agentes de innovación política, social y cultural". Añade que quienes militan en los partidos son personas poco representativas de la realidad, y que se han convertido en apparatchiks como cuadros de partido y de máquinas mediáticas como formas de llegar a un poder que cuando lo alcanzan lo utilizan fundamentalmente en beneficio de los propios miembros del partido, para situarles en posiciones de privilegio, mientras las políticas con las que se gobierna se parecen cada vez más. Para Castells los partidos deben encontrar nuevas formas de apertura a la sociedad y la sociedad debe encontrar nuevas formas de control permanente de los partidos. "El problema, dice Castells, no es que existan partidos, sino que sólo existen partidos, y dentro del partido sólo existe la dirección y el aparato". Cómo no recordar, pues, el diagnóstico de Trotski sobre la temprana evolución de la primera revolución comunista del mundo: "el partido", decía Trotski, "se apropia de la representación del ciudadano; el comité central de la del partido; y el secretario general de la del comité central".
Es necesario que los partidos integren las numerosas y nuevas aspiraciones que en el presente abanderan organizaciones y colectivos ciudadanos y ONGs al margen o al menos independientes de ellos. Me refiero, por ejemplo, a las inquietudes sobre el deterioro del medio ambiente, sobre la necesidad de intervenir sobre los incontrolados flujos de capitales que con un simple clic del ratón pueden abandonar en un instante un país determinado y conducirlo a la bancarrota, la tendencia del estado/nación central que conocemos a laminar los derechos culturales y lingüísticos de las regiones, o ignorar los derechos de colectivos marginales o minoritarios. Sin olvidar, por supuesto, los derechos y obligaciones cívicas, políticas y económicas, que no pueden circunscribirse a la rutinaria y nada participativa concurrencia a las urnas cada cuatro años o a la beatifica esperanza de que los poderes elegidos, sean del signo que sean, mejoren por si mismos la distribución de la riqueza creada. Tampoco pueden los partidos mostrarse pasivos o complacientes con la creciente posibilidad de eludir la fiscalidad que propician los incontrolados movimientos de capitales y los refugios fiscales, un dominio en que la única alternativa existente hasta ahora, la famosa tasa Tobin sobre las transacciones financieras internacionales, no es iniciativa de ningún partido. Y dado que somos beneficiarios de un sistema internacional injusto con buena parte del resto del planeta, los partidos deberían incorporar como aspecto importante de su acción política la debida solidaridad con el resto del mundo que depredamos.
En esta confusión generalizada, los estados nación que conocemos han perdido sin duda soberanía, fundamentalmente en el dominio de la economía en parte como consecuencia de las políticas de liberalización que sus gobiernos aprobaron. Peor aún, el campo de actividades sustraídas a la posibilidad de control e intervención de los gobiernos se amplia constantemente incluso en la ahora pequeña escala del estado nación que nos queda. Si bien es verdad que la administración y las grandes instituciones empresariales, bancarias, de servicios en general, funcionan mejor, también es cierto que cuando no funcionan o funcionan de manera que pueda resultar inaceptable para sus sociedades, resulta muy difícil obtener reparación. Lo impide el "tempo" de la justicia, el coste de la defensa y la dificultad cada vez más generalizada de situar la responsabilidad y los responsables.
Como consecuencia de esa impotencia de los partidos de incidir en cuestiones importantes como el modelo de desarrollo y la distribución de la renta, y de los sindicatos de realmente garantizar la defensa de los trabajadores en cuestiones trascendentes como por ejemplo los despidos a que dan lugar las macrofusiones y la volatilidad que causa en el mercado laboral la constante creación de empresas "a prueba"6, sufre la democracia interna de éstos. El sociólogo conservador norteamericano Daniel Bell resume así la situación: "El estado nación es demasiado pequeño para resolver los grandes problemas, y demasiado grande para resolver los pequeños problemas".
Valores, ocio y tiempo libre
Para concluir esta extensa introducción y por estar también relacionado con el tema específico de la prensa que a mi me corresponde, debo decir algo sobre la actual creación de valores, el ocio y el tiempo libre que los medios de comunicación ayudan a fomentar y organizar. Repensar el modelo de gestión del ocio y del tiempo libre me parece tan necesario como reflexionar sobre la creación de valores. La práctica desaparición del teatro, de los grandes conciertos y de buen número de entretenimientos culturales que a partir del siglo XVIII fueron considerados elitistas pero que en su origen no lo fueron, llama considerablemente la atención. En este presente absolutamente "pesetizado" contrasta de manera insultante los, por ejemplo, 12.300 millones de pesetas que puede "valer" un jugador de fútbol como Zinédine Zidane y la práctica ausencia de cotización de otros cientos de miles de profesionales de un ocio y cultura diferentes pero no menos importante.
En lo que concierne a la comunicación de la cultura concretamente, aquella que puede ser vehiculada por la televisión y por los medios audiovisuales en general, llama poderosamente la atención también la rendición total que se observa ante la demanda, que implica el sometimiento de las señas de identidad culturales a la ley del mercado, dominada por la mayoría.
En uno de estos mismos seminarios de la Universidad de Granada, Rosa Villacastin señalaba la importancia de la prensa rosa o del corazón en la formación de opinión pública o al menos de patrones de comportamientos imitables. Reconocía que la "prensa rosa" tiene una influencia "aculturadora" y que convertía el éxito alcanzado por algunos personajes en el modelo a seguir para una buena parte de la sociedad. Confesaba no obstante que "es ingenuo e irreal suponer que es la sociedad la que decide espontáneamente cuáles son sus arquetipos" y explicaba que "ciertos personajes se convierten en populares o famosos, en arquetipos o paradigmas sociales, por alguna misteriosa razón que no se nos alcanza nunca por completo". "Muchas veces", decía Rosa, "la prensa -rosa o no- promociona a determinado personaje -o cierta moda, o algún fenómeno artístico o cultural- sin verdaderas razones objetivas para ello e introduce nuevos valores que son exaltados colectivamente y acaban convirtiéndose en nuevos arquetipos".
No me corresponde explicar cuáles son esas misteriosas razones a que aludía Rosa o quien mueve los hilos de la trama general pero podemos imaginar que tiene algo que ver con la transformación de los medios audiovisuales y la prensa de un servicio social en un negocio privado. Como daño colateral de esa transformación, el periodista antaño motivado ha dejado paso a un trabajador industrial más que forma parte de una cadena de montaje ahora multimedia y que funciona en la mayoría de los casos en sesión continua, sin más horizonte que los controles de audiencia y los intereses del grupo que le emplea. El caso explicado por Villacastin sobre la artificialidad de la creación de arquetipos y la inexplicable promoción de personajes, es fácilmente extrapolable a la política y la economía y permite suponer que los tiburones del sector de la comunicación pueden sentir y de hecho sienten, la tentación de modelar el mundo de la política a la conveniencia de sus intereses particulares.
La bipolaridad a que se ha llegado en política tiene su correspondencia en el dominio de la prensa escrita en especial y de la comunicación en general. En el presente resulta difícil discernir en ese a veces inextricable panorama de participaciones cruzadas en los medios quien ostenta la precedencia o los controla, o si sus propietarios anónimos en la mayoría de los casos sirven a la sociedad y a la política o se sirven ellos de ambas. Gracias a la ingeniería empresarial y accionarial que rige en los medios tendremos que convenir que existe, al menos en teoría, la posibilidad de que un poder no elegido ostente toda la capacidad de influencia que sin duda conservan los medios de comunicación.
Para resumir y concluir con esta introducción necesaria añadiré que las transformaciones a que la "era de la información" está dando lugar pueden ser equiparadas en importancia con la aparición de la imprenta. La revolución de la información parece no obstante tan imparable como lo fue la revolución industrial porque como aquella, es objetivamente contentiva de elementos de progreso. De la misma manera creo, y puede que con ello os sorprenda, que lo que Samir Amin descalificaba en su totalidad como vulgar empresa imperialista desde la conquista de América hasta revolución informática, pasando por la revolución industrial, independientemente de sus consecuencias nefastas, también introdujo elementos de progreso para los pueblos sobre los que se ejerció. En cualquier caso intelectualmente me resisto a considerar que la depredación del mundo sólo existe cuando la inicia Occidente y que otros procesos de expansión históricos similares iniciados por países que hoy padecen esta situación fueron benéficos. Esta interpretación maniquea de la historia, que considera malos a unos y bondadosos a otros me parece que es consustancial con un izquierdismo siempre doliente y quejoso que tiende a ocultar y oculta la parte de responsabilidad de algunos pueblos, de algunos líderes y de algunas ideologías en su propia historia.
El desafío del presente no está en la revolución de la información en sí misma sino en cómo lograr que se distribuyan los beneficios que pueda producir y cómo evitar que los sufrimientos que implica, esos que los políticos de guardia califican eufemísticamente de "daños colaterales", recaigan siempre sobre los mismos. La cuestión esta vez es crucial porque de ella dependerá la supervivencia misma de millones de seres de nuestro planeta.
La revolución de la información
Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, cree que el periodista es una de las muchas especies de este planeta en vías de extinción "El sistema ya no quiere más periodistas. En este momento, puede funcionar sin ellos o, digamos, con periodistas reducidos a meros obreros de una cadena de montaje" afirmaba en un artículo de hace algo mas de dos años7. Sin llegar a ese extremo, es necesario reconocer que nuestra profesión de periodistas comunicadores, la globalización en general y las nuevas tecnologías en particular la han transformado ya radicalmente. Las transformaciones no han acabado y continúan en la medida en que continúa la evolución misma de la globalización. A tal punto, que creo que ya es pertinente plantearse la pregunta de cuál es en verdad nuestra profesión, en qué consiste y qué trabajo se espera que hagamos.
Me resulta difícil responder a estas interrogantes sin recordar previamente cuál y cómo era nuestra profesión y qué papel desempeñábamos. Mi trabajo consistía en recolectar información, contrastarla para garantizar que se ajustase a la verdad y a los hechos, redactarla con determinada técnica para ganar el interés del lector a que iba dirigida y entregarla al medio que me empleaba para ser distribuida a su consumidor final, el lector. Aunque llegué al periodismo de una manera casual pues inicialmente había estudiado derecho, lo cierto es que este rumbo de mi vida profesional se debió a una inquietud y a un deseo primero de participar y luego de contar los problemas de mis conciudadanos, de éste país y del planeta. Lo que había escogido era, pues, un "trabajo de intención política" con el que pretendía, ante todo, dar salida a mis inquietudes y subsidiariamente ganarme la vida. Cuando yo comencé a trabajar como periodista colaborador a mediados de los años sesenta, y como asalariado de los que entonces se llamaban "en plantilla" desde principios de los setenta, todas las opiniones y todas las sensibilidades políticas, que eran muchas, se abrían camino con relativa facilidad en las páginas de los diarios, que por otra parte se distribuían de manera más equitativa los lectores existentes. Todas las causas, por minoritarias que fueren, encontraban eco en la prensa a pesar del régimen político imperante en el país. Aquello que no lograba hacerse divulgar en la prensa autóctona, buscaba un camino alternativo hacia los periódicos de Paris, Londres o Roma. El mundo parecía entonces más solidario con las causas que concernían al progreso de los hombres en particular y de la sociedad en general en cualquier parte del mundo.
Inclinaciones personales me llevaron hacia la información internacional y en consecuencia a Cuba, Guinea, Mozambique, Angola, Marruecos, el Sáhara, Eritrea, Beirut y otros lugares hasta entonces poco transitados por corresponsales españoles pero en donde en mi opinión el mundo se jugaba que su futuro fuese en una dirección u otra. Visto con la perspectiva que dan los veinte o veinticinco años transcurridos, aquel mundo que entonces llamábamos tercero y que hoy designamos como "en vías de desarrollo", parece haber perdido tanto las muchas batallas como la guerra que libró por mantenerse enganchado al carro de la modernidad. Entonces, claro, los periodistas que a él dedicábamos nuestros esfuerzos, no sabíamos ni creíamos que pudiera ser derrotado.
El mundo entero parecía opuesto a la continuidad de las colonias, los protectorados, y las neocolonizaciones que iban sustituyendo a esos sistemas. Los pueblos se habían levantado contra las metrópolis y tanto Che Guevara, como la declaración final de la primera Conferencia Tricontinental de La Habana, proclamaban que "esta humanidad ha dicho basta y ha echado a andar". Mao Tse Tung, Chu en Lai, Modibo Keita, Julius Nyerere, Nelson Mandela, Amilcar Cabral, Sekú Turé, Patricio Lumumba, Agostinho Neto, Ben Bella, Huari Bumedien, Fidel Castro y otros muchos, llevaban la bandera de esa liberación que nunca llegaría. La guerra de Vietnam, como ninguna otra, simbolizó esa lucha sin cuartel de lo que entonces resumíamos como una ecuación muy simple: pueblos contra imperialismo. Che Guevara también creía que la única manera de vencer era crear "uno, dos, tres, muchos Vietnams..." pero aquello no sucedió, y Vietnam perdió finalmente una guerra que había ganado.
Los periodistas fuimos regresando poco a poco a nuestros lugares de origen tanto porque nuestros medios perdían interés por esos escenarios, como porqué las mismas luchas se iban desinflando y sus dirigentes sucumbiendo frente a sus enemigos y frente a ellos mismos. Los corresponsales fueron progresivamente desviados por sus periódicos hacia las capitales occidentales trasladando el interés hacia éstas y reduciendo el mundo conocido al mundo que se quería dar a conocer. En mi caso, como en el de otros muchos colegas, las energías dedicadas a informar sobre esas cuestiones sensibles de la humanidad fueron cediendo el paso a las batallitas por establecer y luego consolidar posiciones en las redacciones de los periódicos, una tarea en la que el éxito está con frecuencia condicionado a la proximidad con el poder, a la tranquilidad y previsibilidad que personalmente logremos inspirar y a los "grupos" periodísticos o políticos a los que se pertenezca.
En lo que a medios de trabajo respecta aún recuerdo las dificultades de los teletipistas egipcios o surafricanos para entender lo que a toda prisa había escrito en mi pequeña Adler portátil. A mi memoria vienen las horas de angustia pasadas en las centrales telefónicas de Teherán, Conakry o Kinshasa, porque cerraba el periódico para el que trabajaba y no lográbamos comunicación con Madrid. Y, cómo olvidar el cuidado y el morbo de redactar informaciones que pudieran decirlo todo y al mismo tiempo pasar la criba de las censuras casi siempre militares, pero también civiles, que teníamos que sortear. Y lo peor, las auténticas batallas campales y golpes bajos entre colegas cuando medio centenar de periodistas teníamos que disputarnos el único teléfono que funcionaba en un hotel de Beirut durante la guerra civil en ese país. Soy pues parte de una generación de periodistas que como los viajeros románticos de los siglos XVIII y XIX descubrían y se apasionaban por el mundo que iban conociendo. Un mundo por cierto igualmente global en tanto y en cuanto sus luchas por una vida mejor nos interesaban todas.
Cualquier comunicador presente en esta sala habrá comprendido ya que se trata, no tanto como afirmaba Ramonet, pero si de una especie en plena mutación. Los ordenadores que comenzaron a aparecer a finales de la II Guerra Mundial pero en verdad a usarse masivamente en la prensa en España a partir de finales de la década de los años setenta y la generalización de las pantallas en las redacciones, han modificado por completo el instrumental de trabajo y facilitado enormemente la tarea del comunicador. La información, excepto para el periodismo de investigación, que es una afortunada reminiscencia del periodismo de antaño que era todo de investigación, se encuentra en la red disponible y superabundante. Hace 30 o 40 años los gobiernos, las instituciones, los organismos públicos y privados e incluso los individuos mismos, realizaban para ocultar información el mismo esfuerzo que en el presente llevan a cabo para producirla. Hoy todos quieren dar y dan su versión de lo que hacen y su explicación de lo que dejan de hacer. El comunicador ya no tiene que buscar la información porque ya está hecha y mucho menos contrastarla porque cada organismo que la produce reclama para sí y de hecho impone la "presunción de veracidad" en todo aquello que comunica.
Los ingresos por publicidad, hoy fundamentales para todo medio, contribuyen a estrechar más aún el campo de libre circulación de la información. Una de las primeras lecciones de supervivencia de un comunicador en un medio actual, sea nacional o local, consiste en aprender con rapidez cuál es el origen de la publicidad que hace vivir a su medio y en no mencionar para nada excepto para la alabanza, que es la mejor manera de no equivocarse, a aquellos grandes anunciantes en su periódico. Sólo así se comprende que Telefónica una empresa con la que dos de cada tres de sus clientes por lo menos parecen estar descontentos, no sea criticada casi nunca en los medios, una parte de los cuales controla. Lo mismo ocurre con los bancos, con las grandes superficies comerciales y con otras grandes empresas que sea cual sea la imagen que tenga de ellas la opinión pública, jamás serán presentadas de manera desfavorable. Nadie se explica tampoco cómo es posible que tanto los periódicos económicos como la prensa en general sigan cantando las bondades de ese capitalismo popular que dicen que supone la inversión en bolsa y que no se mencione para nada el descalabro de la bolsa y la merma patrimonial sufrida este año por cientos de miles de pequeños ahorrantes.
A escala nacional el periodismo y con él la política y la cultura, está polarizado por dos grandes espacios multimedia en el centro de uno de los cuales está la empresa editora y el diario El País, asociado en la percepción popular con la actual oposición y la izquierda y en el otro con la empresa editora y el diario El Mundo que se cree refleja las posiciones de una derecha y centro próximos al gobierno. Sólo ellos parecen tener ese poder que sí tiene realmente la prensa, como es el de influir en algo que seguimos llamando opinión pública y que en mi opinión hoy no pasa de ser la manifestación de la satisfacción o no rechazo por parte del ciudadano con la gestión general del gobierno de turno.
Jamás en ninguna otra época de la historia de la información lo que se omite ha sido tan importante y trascendente para la comprensión general del mundo y el posicionamiento individual ante los problemas, sean nacionales o internacionales, como en el presente. A ese mundo que ya tiene una geometría variable que depende de la porción que en cada momento excluyan las grandes instituciones productoras de información original, se añade, según una investigación de una universidad norteamericana que se publica en verdad un 10 por ciento de la información disponible y que el publico retiene e interioriza solamente un 10 por ciento de la información que le ha sido proporcionada. La cuenta es muy fácil: retenemos solamente el uno por ciento de la información disponible de un mundo ya recortado en el inicio.
Las razones para ese monopolio de la producción de información original son múltiples. La obtención de la información es cara y las empresas privadas de comunicación están concebidas como negocio. Ambos hechos unidos, han resultado en la especialización de unos pocos en la búsqueda o producción de esa información que ha quedado en manos de grandes cadenas globales de televisión como CNN, Skynews, BBC, etc y las tres o cuatro grandes agencias de noticias mundiales como AP (Associated Press), UPI (United Press International), Reuters, AFP (Agence France Presse) y la española EFE por su importancia para todo el mundo latino.
El mundo que de ello resulta es de una recurrente geometría variable que responde al menú informativo que cada día proponen esas grandes cadenas mundiales de televisión o esas agencias de noticias. De las pautas noticiosas que ellos imponen depende la información que cada día nos llega ya sea por televisión, radio, prensa escrita o por todos ellos a la vez. La uniformidad de los contenidos -en general solo varían las presentaciones- y lo que cada medio en particular retiene u omite, autorizan a afirmar que el famoso "Big Brother" que George Orwell situaba en los regímenes totalitarios, el denostado pensamiento único, está en verdad entre nosotros.
Esos pocos productores de información mundial se han convertido en una suerte de supermercados de horario continuo que abren incluso todos los fines de semana, en donde cada cual puede despacharse a gusto a condición de que pase por caja. ¿Mucha información es sinónimo de más o mejor información? La verdad es que no sabría dar una respuesta tajante a la pregunta. Como sostiene el sociólogo Amando de Miguel, creo que la información en bruto y en tiempo real como la que en el presente se nos ofrece, es menos importante de lo que en principio parece a la hora de formar una idea del mundo o de la realidad política y social que nos rodea. Yo no podría suscribir sin más el aserto de algunos de que la repetición de una información crea el hecho mismo ni corroborar sin mayor reflexión lo que en algún momento de mi vida profesional y en algún medio decíamos: "lo que no sale en nuestro medio no existe". Creo que la vida real, las experiencias que vivimos en nuestro quehacer cotidiano, las relaciones individuales con el poder o los poderes, con la administración, con los centros laborales, o los intercambios sociales, condicionan, más que la información misma, nuestra particular demanda de información. De todas maneras la superabundancia de información es ya tan inseparable del presente informativo que ya se habla de "acoso textual".
El fenómeno internet
Internet como vehículo barato de producción y de circulación de información tanto global como individual, hace posible, al menos en teoría, la corrección de la parcialidad o de la insuficiencia de la información facilitada por las agencias y las grandes cadenas audiovisuales. Tanto la empresa con grandes medios como el último ciudadano sin más herramienta que su ordenador, tiene la posibilidad de colocar en la red de redes la información que le parezca conveniente. Con ello se suplen las lagunas informativas de los productores industriales de información y se facilita la pluralidad que estos no proporcionan. Es verdad que el ordenador no está tan generalizado ni mucho menos como la televisión, por ejemplo, pero es cierto que Internet puede ayudar a solventar ese desequilibrio noticioso de nuestro tiempo. Como han señalado los sociólogos que a lo largo de esta intervención he mencionado, las nuevas tecnologías acortan los tiempos de afianzamiento de las innovaciones. Por ejemplo en Estados Unidos los 40 años que la radio tardó desde su aparición en ganar una audiencia de 50 millones, se redujeron a quince años para lograr el mismo número de usuarios de ordenadores personales, y se ha reducido a cuatro años para lograr el mismo número de usuarios de Internet.
Ahora bien ¿es Internet ese instrumento que iba a hacer posible la transformación de la comunicación por la confluencia de información y televisión en un mismo medio tecnológico o que iba a generalizar el teletrabajo? Manuel Castells lo niega. Para él "la utilización de la capacidad de banda de transmisión de Internet para transmitir el enorme volumen que representaría toda la televisión que se transmite hoy es simplemente impensable, carísimo e ineficaz". Lo que sí está logrando Internet, según Castells, es convertirse en el corazón de articulación de los distintos medios multimedia y está cambiando, "en contra de lo que la gente piensa" a los medios de comunicación escritos. El modelo de ese cambio es el introducido por el Chicago Tribune desde los años sesenta y que hoy aplican otros periódicos norteamericanos y por supuesto españoles y que consiste en que la información llegué en tiempo real a su destinatario, que siga siendo procesada en tiempo real y que además sea interactiva, es decir que los usuarios puedan formular preguntas, criticar, debatir sobre un tema e incluso dialogar con los autores de una información. Castells también enfatiza la posibilidad que ofrece Internet de "cortocircuitar" a los grandes medios de comunicación mediante la posibilidad que ofrece a cada ciudadano de "crear su propio sistema de comunicación en Internet, decir lo que quiera y comunicarlo". El único problema de una red así concebida y frecuentada, para Castells es de credibilidad. "La credibilidad de un medio de comunicación", dice, "se convierte en su única forma de supervivencia en un mundo de interacción y de información generalizada".
Ese mundo, sin ninguna duda, viene de camino, pero aún no ha llegado. La provisionalidad de la situación existente está condicionada por el uso del ordenador para acceder a Internet que al menos en España aún no está suficientemente extendido aunque es lo que proporcionalmente más ha aumentado en los últimos años. Según datos de mayo de este año, 33 millones de personas tienen ordenador en España, y 20.6 millones lo utilizan para acceder a Internet. A escala mundial (global) frente a los 500 millones de usuarios de Internet en todo el mundo, la cifra de tres millones y medio de usuarios en toda Africa (menos que Suecia) justifican la afirmación de que si Internet es la vía para engancharse y beneficiarse del progreso general que supone esta era de la información, está claro que Africa ha quedado completamente fuera de él.
Información y poder siguen estando asociados en la percepción de la revolución de la información por el gran público. Ya desde 1994 el catedrático de Lógica y Filosofía de la Universidad del País Vasco, Javier Echevarria, afirmaba que "el poder se concentrara en los puntos de acceso a las telepistas" y agregaba que para que ese futuro sea democrático "es necesario el control social de los nodos de acceso"8. El es quien más ha hablado en su libro Telepolis de la "ciudad planetaria", el "teletrabajo", la "telecompra", el "teletexto", el "teledinero", la "teleescuela", y otras aplicaciones de la red, muchas de las cuales en esos cinco años transcurridos desde la aparición de su libro ya se han convertido en realidad.
Por el momento y en ausencia de una sistematización de los análisis sobre Internet y sus consecuencias, y para concluir, solo puedo añadir mi experiencia personal como usuario ya hace más de una década del PC y de Internet. Para mi es absolutamente cierto que en lo profesional ha transformado mi manera de trabajar, que me permite hacerlo desde casa, y que ha hecho posible que libere tiempo incluso para recuperar el antiguo modo de trabajar que consistía en buscar información propia. Es igualmente cierto que me permite encontrar en la red una gran variedad de versiones de los hechos distinta a la transmitida por los medios dominantes, y sobre todo encontrar hechos y temas que no transmiten en absoluto esos medios convertidos en referencias dominantes. En lo personal es indudable su utilidad para gestiones administrativas que antes era necesario realizar personalmente, relaciones con los bancos, con las administraciones, con Hacienda, y hasta para las compras que a diario efectuamos en el supermercado y que pueden ser tramitadas por la red y recibidas en casa y sin salir de ella. Ello sin mencionar la facilidad que supone para mantener la correspondencia al día la existencia del correo electrónico, probablemente el servicio más usado entre los muchos que ofrece Internet.
La otra cara de la moneda y para ser totalmente sincero es que en la práctica no logro liberar todo el tiempo que podría porque esa misma facilidad que la red de redes supone me incita constantemente a emprender un número cada vez mayor de actividades que sin Internet no hubiera emprendido. Creo, finalmente, con Castells y con todos los que en el siglo pasado teorizaron con ánimo positivo sobre la revolución industrial, que la perversidad de los adelantos, incluidos los relacionados con la comunicación, no está en los adelantos técnicos y científicos mismos, sino en la manera de utilizarlos y repartir los beneficios que aporten. En ese sentido la sociedad global seguirá necesitando, como en todos los tiempos, de la vieja democracia, aunque haya que revisarla, globalizarla y actualizarla y de los viejos partidos pero modernizados. Nada puede sustituir los contactos físicos y los intercambios personales en lo que a las relaciones humanas concierne, y ese contacto físico y personal siempre devolverá esa "sociedad global" impersonal a una dimensión espaciotemporal cercana y familiar. En lo que a los medios de comunicación concierne, de la misma manera que no ha desaparecido el libro, también subsistirán los periódicos y los periodistas, aunque sea modificados, reformados, completados por la información digitalizada en red y repensados para que de nuevo constituyen un servicio a la sociedad o a la humanidad, promocionando valores morales que también son ya globales o universales.
Vivimos pues una etapa importante del conocimiento y de la evolución de la vida sobre este planeta pero igualmente sometida, como todas las etapas importantes anteriores, a esa dialéctica permanente que como síntesis aporta en cada ocasión un paso de progreso, de bienestar y de mejora en las condiciones de vida aunque el reparto de estos beneficios sea desigual. El desafío está en eliminar las desigualdades y para ello en el presente resultan insuficientes la prensa y la comunicación, los gobiernos, los parlamentos, los partidos, los sindicatos y todos aquellos contrapoderes en su forma conocida.
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