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Españoles y marroquíes. Percepciones mutuas mediatizadas

Intervención en el Centro de Información y Documentación Africana

Martes, 23 de octubre 2001

El 11 de septiembre constituye un nuevo punto de partida en las relaciones entre Occidente y el mundo árabe-musulmán. Sus efectos sobre unas percepciones mutuas históricamente delicadas no dejarán de hacerse notar en los próximos meses y años. España tendrá que contar con ello en sus futuras relaciones con sus vecinos del sur.

Las acciones emprendidas desde entonces afectarán poderosamente, sin duda, a unas relaciones que se insiste en considerar desde el prisma de la civilización y de la religión y no de la democracia y de la libertad.

En qué sentido evolucionarán esas relaciones depende de cómo sean llevadas, que alcance tengan, que sentimientos despierten, que muros levanten y a que repliegues securitarios den lugar por parte de Estados Unidos y Occidente en general. La reacción al 11/S acaba de comenzar y según el Presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, durará años, por lo tanto es prematuro anticipar sus consecuencias. Algunas, como los repliegues en materia de seguridad, los balizamientos culturales, las desconfianzas mutuas, son ya perceptibles e influirán sobre el conjunto de visiones comunes y percepciones mutuas entre occidentales y musulmanes.

En el caso concreto de las percepciones entre españoles y marroquíes, por construirse sobre una intricada relación/cohabitación/enfrentamiento de más de ocho siglos, con su propia dinámica, más fuerte y continuada que la que pueda existir entre ningún país occidental y otro árabe-musulmán, las consecuencias del 11/S puede que se diluyan mejor en un pasado tradicionalmente conflictivo y sean menos dramáticas que para otros países, o por ese mismo hecho puede que repercutan menos que en ningún otro caso. Es una incógnita que no hay más remedio que dejar abierta y lo único que procede por el momento es recordar que España es un país especial para el mundo árabe-musulmán.

España y Marruecos han sido interlocutores privilegiados, principales, el uno del otro desde antes que ambos surgieran como naciones, hasta el presente. Esa relación ininterrumpida, aunque menguada en el largo y decisivo paréntesis del descubrimiento de América y proyección americana de España, se extiende sobre varios períodos históricos importantes en el devenir de ambos países que constituyen los “genes” impresos de las visiones recíprocas.

El primer gran período es el de la invasión árabe de España. El segundo gran período -y advierto que esta división en períodos en absolutamente arbitraria y sólo a efectos de organizar esta exposición- es la que unos llaman reconquista y otros primera guerra civil española que llega, para fijarle también un final arbitrario, hasta la expulsión de los últimos moriscos de España. La tercera etapa sería la de la guerra con los turcos en el Mediterráneo y más especialmente con la república pirata de Salé, las primeras auténticas relaciones entre ambos países hasta la guerra de Tetuán de 1860. El cuarto gran período es el que transcurre entre la guerra de Tetuán, la última guerra y pérdida de Cuba en 1898 y a partir de ahí el renovado interés de España por Africa. Aquí de nuevo es necesario introducir una importante precisión: Africa para España siempre quiso decir fundamentalmente Marruecos, el Protectorado y las guerras subsiguientes hasta la independencia de Marruecos en 1956.

Después de la independencia se inicia el quinto período, el más interesante porque de él se derivan la mayor parte de las percepciones actuales -sobre las cuales se inscribe la problemática herencia “genética”- muy afectadas por el fraccionamiento del contencioso territorial con Marruecos y como consecuencia de ello la prolongación en el tiempo de los enfrentamientos por problemas territoriales. De este quinto periodo se deriva el equívoco del presente de que España da por cerrado ya ese capítulo de contenciosos territoriales con Marruecos, mientras que para los marroquíes ésta cuestión sigue inconclusa porque mantienen abierto un contencioso territorial con España por Ceuta y Melilla.

Esa es la parte que podríamos llamar histórica de las percepciones hispano-marroquíes. A partir de 1975/1976 en que queda apurado al menos para España, el último contencioso territorial con Marruecos a propósito del territorio del Sahara occidental, comienza la que pudiéramos llamar etapa moderna de las relaciones entre los dos países y consecuente con ella una nueva era y una nueva forma de percepciones mutuas.

Tantos siglos y tantos períodos de relaciones en conflicto, tanta promiscuidad histórica, no es baladí. España mantiene con Marruecos una relación de conflicto más persistente y más dilatada en el tiempo que con ningún otro país de su entorno. La última etapa descrita se ve perjudicada por la tendencia de los dos países a concebirse a sí mismos como partes integrantes de dos conjuntos de civilización diferentes y de dos sistemas políticos, religiosos y jurídicos templar distintos. Con ello sufre y se retrae la idea de siglos anteriores de que entre el Mediterráneo norte y sur se estaba produciendo una suerte de convergencia global entre civilizaciones.

La barrera del idioma es un impedimento más en esas relaciones en las que no es posible que la literatura y el pensamiento respectivo sea conocido por la otra parte como lo es en el caso de los países del norte entre ellos. Nuestras dos historias, no obstante comunes, han sido interiorizadas y elaboradas por separado por españoles y por marroquíes, cada cual anclado en su propia versión histórica, y la barrera de la lengua impidiendo permanentemente una aproximación sincrética.

Otro motivo de diferenciación en esta última etapa, muy importante para las percepciones mutuas, es la que podríamos llamar actitud relativamente a-nacionalista de los españoles sobre los problemas exteriores de su país, frente a un unanimitarismo nacionalista realmente sorprendente por parte de los marroquíes. A ello se añade que los españoles parecemos tener siempre una visión critica de nuestra propia nuestra historia, mientras que los marroquíes transportan ese unanimitarismo a la visión de su propia historia. El resultado es que los marroquíes parecen cómodos y se colocan con una ausencia de critica ante su historia, y los españoles no, lo cual da lugar a dos actitudes diferentes a la hora de percibir al otro.

Esto es evidente en la valoración de los siglos de presencia árabe-musulmana en España, percibidos por los marroquíes solo con tintes altamente positivos y la mayoría de las veces sin la menor concesión ni reconocimiento del carácter puramente español (aunque islámico) de numerosas experiencias de Al Andalus, mientras que toda, absolutamente toda la acción hispana a lo largo de todos los siglos de relación histórica, desde las guerras de conquista o reconquista -aceptemos ambos términos para contentar a todos- la cristianización/recristianización de España, pasando por la expulsión, por la expansión de la España ya cristiana por el Mediterráneo, del Protectorado e incluso la de solución del expediente territorial, es considerada negativa o muy negativamente por los marroquíes.

De ello se derivan dos predisposiciones para las percepciones mutuas modernas. Una la del español a considerar críticamente las relaciones de los sucesivos gobiernos españoles con Marruecos y otra quizá subconsciente, la inclinación marroquí por considerar negativamente las actitudes españolas incluso hasta en el inevitable y legítimo juego de intereses entre naciones independientes y soberanas.

Otro hecho importante también por su influencia en las percepciones mutuas es la existencia en Marruecos de un millón o millón y medio de hispano-parlantes, mientras que el conocimiento de la lengua árabe está reducido en España a un millar de arabistas. Los medios sin fronteras como la televisión y la radio influyen pues en una sola dirección y mientras los marroquíes o al menos los marroquíes del Norte pueden seguir por televisión las incidencias de la vida política española, los españoles disponemos de muy escasos medios, por no decir ninguno, para estar informados regularmente de la vida en Marruecos.

Que ello facilite el conocimiento de España por los marroquíes es una posibilidad teórica que en la práctica está por demostrar. A una sociedad unanimitaria y menos familiarizada con el pluralismo en sus medios de comunicación de masas como la marroquí, la contemplación diaria del espectáculo del pluralismo español, de la confrontación española de ideas y proyectos, lo que parece sugerirles no es tanto el carácter incontestablemente democrático de la vida española, sino que los españoles no están satisfechos con su sistema político ni sus instituciones, ni con la marcha de los asuntos políticos y económicos que tanto debaten y critican.

No existen, no obstante, estudios científicos sobre las percepciones mutuas y sus causas y es de lamentar que los gobiernos no lo hayan querido o podido acometer. Por eso, en ausencia de estudios científicos, sólo podemos hacer inventario de los factores que hoy, en tiempos modernos, pueden condicionar e influir sobre la visión del otro y su representación en el imaginario colectivo nacional.

Primero está, de una manera general, la conciencia clara y en creciente ascenso debido a las circunstancias internacionales, de pertenencia a dos mundos diferentes que lo son por civilización, religión, sistemas políticos, cultura, lengua y desarrollo económico. En segundo lugar, la globalización ha tenido y continúa teniendo como resultado la disminución del papel de los estados en una parte importante de las relaciones internacionales y por lo tanto la pérdida de referente inmediato en aras de una supranacionalidad que comienza ser, en el Sur, identificada como la de la Superpotencia dominante.

Como consecuencia de esa pérdida de referentes “nacionales” se han perdido o están en proceso de perderse también los referentes concretos de los antagonismos clásicos entre naciones, que ahora se trasladan a un antagonismo pero de probables peores consecuencias como es el de Norte-Sur, Islam-Occidente, que tiende lógicamente a aumentar la inseguridad o la percepción racional de la propia seguridad.

Por eso quizá y desde hace tiempo, el Sur y Marruecos por supuesto, sostienen y defienden en todos los foros internacionales el carácter global y no exclusivamente militar del concepto de Seguridad. Seguridad, han dicho los marroquíes en incontables ocasiones, es un concepto global, a la vez alimentario, cultural, ambiental, social, laboral, migratorio, militar, etc. Bien es verdad que la seguridad, en el caso hispano-marroquí, continúa muy condicionada por la vecindad geográfica y la persistencia por parte de Marruecos en mantener abierta una reivindicación territorial hacia España, lo que da lugar a que en los dos países se vean gigantes donde solo existen molinos de viento.

Las relaciones hispano-marroquíes y las percepciones mutas no tienen pues solamente sus propias razones de antagonismo, sino que sobre ellas se incrustan las que se derivan de la confrontación global en, por ejemplo, la Guerra del Golfo, Kosovo, Bosnia, Albania, Oriente Medio, y ahora, después del 11 de septiembre, Afganistán, el terrorismo y los otros conflictos que sin duda seguirán.

Para hablar de las percepciones españolas de los marroquíes iba a caer en la tentación de referirme a las varias encuestas realizadas en España sobre cómo ven los españoles a los marroquíes -según una última del CIS es a la comunidad de inmigrantes que aparentemente peor ven- pero lo he evitado a tiempo. Creo que las encuestas no son el mejor método ni el más exacto para dar una idea de las percepciones hispanas. Por varias razones, pero la principal y fundamental de ellas es que se pide a los encuestados que opinen fundamentalmente sobre un colectivo muy específico que es el de los marroquíes trabajadores en España e inmigrantes.

Las respuestas son necesariamente negativas y esto no es un fenómeno exclusivamente español: creo que toda inmigración, toda pobreza y la inmigración suele ser pobre, en la escala más baja social y económica, despierta siempre un sentimiento negativo en la comunidad anfitriona. La inmigración no es una referencia fiable para deducir cómo percibe el español a los marroquíes.

En contra de esta impresión puede argumentarse que el turista español siempre ha sacado, de forma general, buena impresión de sus viajes a Marruecos. El hombre de negocios que viaja ocasionalmente o que tiene empresas y negocios con Marruecos, tiene una impresión aún mejor. Los funcionarios del gobierno y de la administración que en estos 40 años de independencia marroquí, sobre todo en los últimos, han tenido que tratar con sus homólogos marroquíes, saben bastante de la preparación y competencia de sus interlocutores.

Quienes hemos vivido en Marruecos o compartido durante muchos años con colegas marroquíes en seminarios, coloquios y otros encuentros, sabemos también que en el marroquí encontramos una proximidad, una cercanía y una cierta química que circula entre ambos.¿Dónde fallan, pues las relaciones? Por supuesto a escala global, entre pueblos y sociedades, porque los contactos son mínimos, difíciles por el idioma y la cultura, y en el caso marroquí acentuados por la dificultad de desplazamiento que ha recluido a las elites académicas, literarias, artísticas y otras marroquíes en una especie de ghetto norteafricano al que los europeos nos podemos acercar con facilidad, pero del que ellos no pueden salir con la misma libertad.

Esta queja de enclaustramiento la he oído en decenas de seminarios y coloquios, como también he oído, a muchos de esos antiguos colegas con los que solíamos departir e intercambiar hace tan sólo una para de décadas, que no están dispuestos a someterse a la humillación de las colas en los consulados para obtener el visado ni a los controles subsiguientes para desplazarse a Europa. Yo propuse, en una reunión que tuvimos en marzo de este año en Rabat los periodistas hispano-marroquíes, que conjuntamente, nos dirigiéramos a las autoridades competentes europeas y españolas con vistas a pedirles que arbitraran una fórmula de discriminación positiva para actividades académicas y culturales que facilitará los visados y permisos de estancia para que no se rompiera de manera irrecuperable esa cadena de contactos académicos, profesionales, culturales y científicos que tan beneficiosos fueron para ambas partes en el pasado.

Los partidos políticos y los parlamentarios, que pudieran con su ejemplo y con su poder para impulsar determinadas políticas cambiar bastante las cosas en este campo de los intercambios y como consecuencia de las percepciones, tampoco parecen muy interesados o por lo menos muy dispuestos a favorecerlos. Salvo algunos intercambios protocolarios, hoy día menos frecuentes aún que en un pasado reciente, las relaciones interparlamentarias al igual que las que pudieran existir entre partidos políticos, son casi inexistentes.

Conviene pues que nos dejemos de sollozar sobre nuestros desencuentros y que seamos conscientes de que las civilizaciones puede que no estén condenadas a chocar como pretende una cierta sociología actual norteamericana, pero si se desconocen o se ignoran y si no dialogan, nadie podrá evitar las fricciones o los choques.