Domingo del Pino
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Diálogo Mediterráneo

nº 34 Septiembre 2004

Aprender de nuevo a convivir con el islam

El terrorismo, que nuestros medios de comunicación, nuestros dirigentes y nosotros mismos con frecuencia, calificamos sin mayor distinción de “islamista” o “de origen islámico”, nos ha obligado a plantearnos la cuestión de “cómo convivir con el Islam”. Para aquellos que como yo, hemos pasado 25 años de mi vida profesional en países árabes y musulmanes y a quién ningún hecho externo incitó nunca a hacerse esa pregunta porque estaba ya conviviendo, el planteamiento me parece un tanto retórico pero enormemente realista.

Mis primeros trabajos en el mundo árabe-musulmán coincidieron con la expansión de los nacionalismos, del pan-arabismo, del baasismo y de otras varias ideologías supranacionales. Lo que entonces llamábamos guerras de liberación incluía luchas guerrilleras, atentados, asesinatos, golpes de estado militares o no y terrorismo. Incluso tuvimos, al menos en América Latina, una “teología de la liberación” y numerosos sacerdotes empuñando las armas junto a los guerrilleros.

Los primeros “civiles” árabes combatían a sus regímenes de la misma manera que en Occidente también se combatió en los últimos siglos contra la tiranía, contra las dictaduras. El terror fue utilizado Estados y gobiernos y por aquellos que pretendían derrocarles.

Mis últimos años en el mundo árabe, han ido paralelos al auge de lo que hoy llamamos islamismo, fanatismo o terrorismo islámico. En esa segunda etapa los clérigos fueron sustituyendo paulatinamente a los civiles que habían fracasado. Sus objetivos políticos ya no eran tan claros y a veces parecían limitarse a la táctica del Visir Iznogud: “Ser Califa en lugar del Califa”. Occidente a veces les animó, pero no tenía nada que ganar con ellos como confirma el respaldo moral o a veces la incitación que muchos proporcionan al actual terrorismo.

Cuando los clérigos también fracasaron, cuando el nuevo relato de la liberación desde posiciones y justificaciones religiosas agotó igualmente sus posibilidades, surgió lo que tenemos hoy, cientos de versiones a veces contradictorias de ese relato libertador seudo-religioso, grupos y grupúsculos que anárquicamente luchan contra todos, una prostitución generalizada de causas que hubieran podido ser legítimas si defendidas de otra manera, y finalmente un recurso al terror que recuerda los métodos -hasta que no quede piedra sobre piedra- de las guerras bíblicas.

Vistas desde fuera las dos etapas parecen completamente independientes y sin relación, pero como periodista sobre el terreno me resultó difícil precisar dónde estaba la ruptura entre una y otra. La diferencia más visible es que los primeros movimientos iban dirigidos contra los regímenes árabes con frecuencia impuestos que iban sucediendo a los Protectorados y ahora es Occidente sobre todo y esos mismos regímenes los que se encuentra en la diana de esos terroristas.

Hemos simbolizado en Osama Ben Laden y al Qaeda toda la diversidad de grupos que existen, de objetivos que buscan, de discursos con que justifican su acción, y de matices con que se proyectan en la escena internacional. Ben Laden y Al Qaeda han terminado recordándonos a aquellos “hachichin” que hace diez siglos vivían en las montañas de Alamut en una especie de limbo, con sus voluntades alienadas por las drogas que les suministraban unos clérigos supuestamente justicieros que periódicamente les enviaban al mundo de los vivos a asesinar a los Califas y Visires que se habían desviado de la religión.

El gran escritor libanés Amin Maaluf sacó este relato del olvido en su magnifica novela “Alamut”, pero hoy no se trata de ficción sino de una realidad que supera con creces la historia de Alamut.

Ahora tenemos que combatir a ese terrorismo desde numerosos frentes simultáneos.

El más importante, claro está, es prevenirle, reprimirle y destruirle por los medios clásicos de inteligencia y policía y evitar así todas las tragedias humanas que puedan ser evitadas. En segundo lugar, debemos lograr que aquellos minoritarios que les ofrecen apoyo moral, por limitado que sea, desde el “mihrab” de mezquitas clandestinas o no y desde confortables posiciones oficiales en las instituciones de algunos países islámicos, dejen de arroparles.

Sin embargo, no podemos olvidar que lo que ocurre en el presente, y que los hachichin de Al Qaeda se esfuerzan en presentar como una oposición entre Cruzados y Cristianos, es un lamentable y a veces forzado desencuentro entre el mundo árabe-islámico y Occidente que requiere ser tratado.

El tratamiento de ese desencuentro comienza a escapar de las manos de Europa, pero por mucho motivos -promiscuidad histórica, evolución de los equilibrios demográficos en Europa; inmigración irregular en auge; un futuro previsible con Turquía como miembro de la UE; y contigüidad geográfica y de intereses económicos, políticos y estratégicos compartida en el Mediterráneo- la UE debería intentar recuperar la iniciativa. Aprender de nuevo a convivir con el Islam como se convivía hasta avanzada la segunda mitad del siglo XX parece imperativo.

La urgencia de este empeño se ve reforzada por las implicaciones para el futuro del secuestro de dos periodistas franceses en Irak y la inusual exigencia planteada por los secuestradores. Hasta ahora casi todos los secuestros llevados a cabo por terroristas en Irak habían incluido la misma petición: que las fuerzas o expertos del país del secuestrado abandonaran el país.

En el caso de los periodistas franceses, por primera vez los secuestradores han exigido que un país soberano como Francia, que para mayor paradoja no tiene tropas en Irak y se opuso a esa guerra, anule una ley legítimamente adoptada por su Parlamento, en un asunto, la prohibición de los signos ostentosos de la religión en las escuelas, que no concierne ni de cerca ni de lejos a la guerra de Irak.

Podemos dudar de la oportunidad de la ley, de su sensatez, del impacto real que pueda tener el velo -en realidad un pañuelo que cubre el cabello- cuando lo portan las musulmanas sobre el carácter laico del Estado, pero lo que está fuera de toda duda es la soberanía del Estado francés en este dominio y en todos los que conciernan a Francia y los franceses, incluidos los franceses musulmanes.

Hecha esta salvedad, conviene precisar que el velo llamado islámico es peccata minuta en relación con los problemas que ya confronta y sobre todo que tendrán que confrontar conjuntamente Europa con los colectivos de confesión musulmana que en proporción creciente constituyen y constituirían el tejido social de la Europa del futuro.

Combatir los signos externos de la religión, al menos en España, perjudicaría sobre todo a la religión mayoritaria que ha mostrado siempre con gran vitalidad, signos externos de religiosidad incluido el velo. Si los signos religiosos de la propia cultura no nos llaman la atención, los signos externos equivalente del Islam o de cualquier otra religión deberíamos aceptarlos también aunque sean diferentes.

No son los signos externos de religiosidad ni los sermones en mezquitas o iglesias los que van a desestabilizar la convivencia. La interpretación fundamentalista del Islam propaga valores y tradiciones que chocan frontalmente con valores considerados como universales y objeto de convenciones internacionales que han sido firmadas también por la mayoría de los países árabe-musulmanes.

En esos países estos valores, que incluyen de parte de los islamistas una concepción del poder y de la estructuración de la sociedad también diferente, se viven con naturalidad no exenta de una importante contestación sobre todo en lo que concierne al derecho de familia y al estatuto de la mujer, porque es su propia cultura. En culturas diferentes puestas a convivir en un mismo Estado, que por ese mismo hecho se convierte en pluricultural, los choques están garantizados.

No es el lugar aquí de hacer el inventario de todo lo que puede hacernos chocar. La tendencia en Europa es a considerar que las leyes europeas se extienden a todos sus huéspedes extranjeros. Pero cuando en Europa vivan cien millones de musulmanes, una perspectiva que la adhesión de Turquía acerca, ese planteamiento será insostenible. Cuando ciudadanos españoles o europeos musulmanes adquieran legítimamente la capacidad de proponer nuevas leyes o modificar las existentes, esa posibilidad será inevitable.

Para organizar ese futuro, para inventariar las posibles diferencias, y para codificar las posibles soluciones, se necesita un gran pacto de convivencia entre Islam y Europa y entre Europa y sus comunidades de musulmanes y una redefinición del Estatuto de las religiones. Pensar en ello en las circunstancias presentes puede parecer ilusorio, pero es inevitable.