Domingo del Pino
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Periodistas FAPE

Sobre las caricaturas de Mahoma

Estado de derecho y seguridad en entredicho

Nº 4 Marzo 2006

Las violentas repercusiones en todo el mundo árabe musulmán y en Europa por la publicación de unas caricaturas de Mahoma en un periódico danés trascienden con mucho lo relacionado con la libertad de expresión y la ética del ejercicio del periodismo. Ponen en entredicho dos aspectos de primera importancia para la seguridad de Europa y para la estabilidad de las relaciones internacionales. En las democracias occidentales las controversias sobre conculcación de derechos, incluido el de la presentación de las religiones y su imagen, se resuelven ante la justicia. Todos los ciudadanos y colectivos tienen derecho a recurrir a ella pero al mismo tiempo están en la obligación ineludible de aceptar las decisiones judiciales.

Las revueltas callejeras, las amenazas de muerte e incluso asesinatos como los que ya han tenido lugar en Europa por motivos similares, constituyen una clara amenaza para la seguridad europea. La calle árabe-islámica, al exigir a Dinamarca y Occidente una excusa colectiva, una penitencia colectiva, y una responsabilidad colectiva por una actuación que en última instancia es responsabilidad de los caricaturistas y de los periódicos que publicaron las caricaturas, han introducido un precedente inquietante que tiene tres antecedentes: los atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington; los del 11 de marzo de 2004 contra Madrid; y los de julio de 2005 contra Londres.

Los imames (representantes religiosos) de Dinamarca actuaron correctamente cuando el 27 de octubre, menos de un mes después de la publicación de las caricaturas, denunciaron al periódico Jylland-Posten ante un juzgado de Viborg por una presunta violación de los artículos 140 y 266b del Código Criminal danés. El primero de esos artículos prohíbe ridiculizar o insultar los dogmas de cualquier comunidad religiosa con existencia legal en Dinamarca y el segundo considera un crimen el amenazar o criticar a personas o grupos por su pertenencia religiosa. Sin embargo, no solo no esperaron el dictamen judicial sino que viajaron por el mundo árabe-islámico con la intención de sublevar y así lo consiguieron a los ciudadanos de esos países en definitiva no solo contra las caricaturas y sus autores, sino contra el gobierno danés algunas de cuyas embajadas en países islámicos fueron quemadas y contra otros países en donde las caricaturas fueron reproducidas.

Las caricaturas pueden ser ofensivas, y el periódico danés Jyllands-Posten que las publicó pidió finalmente excusas por ello. Pero el tema que esta sobre la mesa es si unos jeques e imames extremistas, o algunos terroristas, pueden tomarse la justicia por su mano. Desde la fatua (edicto religioso) del imam Jomeiny que en 1989 condenó a muerte al escritor Salman Rushdie por su libro Los Versos Satánicos, hasta el asesinato en Amsterdam del cineasta Theo Van Gogh en noviembre de 2004, los imames (doctores en religión) se han aficionado a emitir fatuas que con frecuencia acaban con la vida de aquel a quien van destinadas.

Otros casos que recibieron gran publicidad son el de un profesor de Copenhague amenazado de muerte en 2004 por el simple hecho de querer leer pasajes del Corán a no-musulmanes; el de la diputada de origen somalí del partido liberal holandés VVD Ayaan Hirsi Ali condenada a muerte por escribir el libreto que Theo Van Gogh convirtió en el documental Sumisión; el del escritor francés Michel Houllebecq, no obstante exculpado por la justicia; el de la escritora bengalí Taslima Nasreen condenada a muerte por el grupo Consejo de los Soldados del Islam por haberse declarado atea; el del escritor turco Aziz Nesin, y otros muchos.

Ayaan Iris Ali no es el único aforado europeo sobre el que pesa una condena a muerte decidida por los islamistas radicales: el alcalde de Amsterdam, Job Cohen, y su adjunto, Ahmed Abutaleb, fueron amenazados por el simple hecho de que los extremistas consideran que un ciudadano de origen árabe no puede colaborar con un alcalde de origen judío. El diputado danés Naser Khader, de origen sirio-palestino, circula fuertemente protegido por haber creado una red de musulmanes moderados y proclamar que lo que está en juego no es ninguna guerra de civilizaciones sino un combate entre democracia y antidemocracia. El diputado holandés Geert Wilders también ha recibido numerosas amenazas de muerte por haber colocado en su página web las caricaturas de Mahoma.

Lo peor es que esas fatuas, que en tanto que edictos religiosos son irrevocables, se han vuelto frecuentes y están dando lugar a un cierto terror psicológico que comienza a devolvernos a los tiempos de los “hashishin justicieros” de Alamut.

Cada pueblo, cada cultura, se construye su propia interpretación y percepción de lo sagrado y establece sus propias líneas rojas a no traspasar. Para los musulmanes esa línea roja es su profeta, su Corán y un buen número de tradiciones y costumbres. Están en su derecho de exigir respeto y es obligación de buena convivencia concederlo pero la lista de los temas sagrados y tabúes debe tener un límite; el terrorismo tiene que cesar y todos los ciudadanos, nativos o extranjeros, que vivan en la Unión Europea, tienen la obligación de respetar sus leyes y sus costumbres.

Al igual que árabes y musulmanes, los occidentales también tenemos derecho a establecer cuales son nuestras cosas sagradas, a definir nuestras líneas rojas, y a exigir respeto para ellas. Nuestro sagrado por excelencia, es el ser humano, el ciudadano/a, es decir el sentido laico de la política que no implica en absoluto ningún impedimento para la espiritualidad. Un ser humano es un voto y ambos constituyen la base de todo nuestro sistema. Alrededor del ser humano y de su voto pivotan las elecciones, las instituciones elegidas, los estados de derecho, y nuestros instrumentos de convivencia que son las constituciones.

El ser humano, la vida humana, están en la cima de nuestras cosas sagradas y por ello cuando se degüella en Irak o en donde sea, delante de las cámaras, con un afán manifiesto y morboso de publicidad, y se reproducen en la red las imágenes bárbaras de unas cabezas y unas vidas sesgadas, unos musulmanes, los que cometieron esas atrocidades, han ofendido también lo que nosotros consideramos más sagrado. Cuando se colocan bombas en unos trenes, se vuelan edificios con todos sus ocupantes dentro, o alguien se inmola en medio de un grupo de ciudadanos escogidos al azar, se ofende también a nuestras convicciones más sagradas.

En Occidente hemos salido en millones a las calles contra el terrorismo pero no contra ningún origen específico de ese terrorismo. Incluso hemos cuidado, desde los gobiernos y desde la sociedad civil, establecer una distinción entre el terrorista, el ofensor de nuestro sagrado, y los degolladores, y sus orígenes y procedencias étnicas, confesionales o nacionales.

Las diferencias con el mundo árabe-islámico no se resuelven ya con simples alianzas de civilizaciones. Los gobiernos árabes e islámicos deben sentir que ya no pueden eludir sentarse a discutir con Europa sobre la situación, cambiando su manera de gobernar y entendiendo de una vez por todas que el progreso económico, la libertad y el estado de derecho para todos, es el único antídoto contra radicalismos y extremismos.