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Cuadernos de Periodistas

Nº 1 Octubre de 2004

Bipartidismo, biperiodismo, prêt-à-porter

Escribía J.J. Servan-Schreiber, fundador del semanario francés L'Express, en su libro Le Pouvoir d'Informer (El poder de informar) que “existe un tema sobre el cual la prensa escrita y hablada apenas si informa al público: la prensa misma”. En el mismo libro Servan-Schreiber sostenía que “el poder de los gobiernos parece estrellarse ante la complejidad de la máquina social, el de los políticos es cuestionado o hecho fracasar por los electores, el de los sindicatos regularmente desbordado por la base” y añadía que “El único que va en crecimiento constante es el poder de informar gracias a los adelantos técnicos”.

No existe periodista que en algún momento de su vida no se haya referido al filósofo conservador irlandés Edmund Burke y a su expresión “cuarto poder”, que tanta vitalidad ha aportado al ego de todos los periodistas durante los dos últimos siglos. Pero sobre ese pretendido “cuarto poder” existe, en mi opinión, tanta incertidumbre como sobre la paternidad de la expresión, sobre la cual nadie ha encontrado traza en la obra escrita de Burke. Sólo el filósofo conservador Thomas Carlyle en su obra sobre Los Héroes, asegura habérsela oído.

El cuarto poder que se le supone a la prensa y por abusiva extensión a los periodistas, constituye una de esas cláusulas de estilo de todo trabajo sobre la función de la prensa, cuya veracidad parece confirmada por el simple hecho de ser muy repetida. Cuarto poder o no, lo que convendría es interrogarnos sobre la calidad y la claridad de nuestra aportación al juego democrático. En cualquier caso, y en los últimos años sobre todo, en contra de lo que pretendía Servan-Schreiber, la prensa sí habla sobre ella misma.

François Henry Vrieu (La mediocracia) afirma que los medios “ son una realidad social que a la vez prolonga y refuerza a los otros poderes, perturba sus relaciones tradicionales y da un peso considerable a nuevos actores”. Viene a decir, en suma, que los medios pueden conceder certificados de nacimiento o defunción, lo cual corresponde a la percepción un tanto pretenciosa de nuestro “poder” y el de los medios en que trabajamos, claramente contenida en la expresión que circula por muchas redacciones de que “lo que no sale en mi medio no existe”.

Una salvedad: me refiero en este trabajo a la información política en general y no a otro tipo de actividad multimedia, como el entretenimiento o las tertulias del “corazón”, sobre cuya catalogación no me pronuncio aunque comprendo y admito que la influencia o el cuarto poder es hoy algo mucho más complejo que no se agota en la función de informar.

Desde la gran recomposición del panorama mediático español de finales de la década de los años noventa, los periodistas no solo nos limitamos a trasladar a la sociedad el debate gobierno-oposición de los políticos sino que hemos institucionalizado un debate paralelo que podríamos caracterizar como de periodistas/gobierno-periodistas/oposición. Esto no es un juicio de valor sobre la calidad y la honradez de los protagonistas de ese debate organizado, sino simplemente una constatación de su existencia. Las emisoras de radio y la prensa escrita llevan lo esencial de ese enfrentamiento dialéctico entre periodistas, aunque en los últimos tiempos esta evolución se haya extendido a la televisión pública central y a la autonómica.

Absortos en esa pugna dialéctica dominante, el periodismo independiente - entendiendo por independiente el que no está adscrito a ninguno de los dos grandes grupos mediáticos y equipos periodísticos- ha perdido campos en que pastar y posibilidad de ejercer desde una sinceridad y un convencimiento por lo menos igual, una cierta saludable y necesaria función crítica. Dicho con otras palabras, se pierde en ese ejercicio casi monopolístico, en ese “biperiodismo”, la posibilidad de presentar a las audiencias una actitud más critica y a la vez más sincrética de las gestiones y actuaciones de gobiernos y oposiciones y por consiguiente de propiciar una estructuración plural de la sociedad.

¿Quién no ha tenido la tentación alguna vez de constituirse su gobierno ideal e imaginario, por ejemplo con un poquito de las políticas económicas del PP, un poquito de las políticas sociales del PSOE, y algunas recetas de otras formaciones, o un Gabinete a la medida con los ministros que le parezcan más eficaces ya sea sacado de los partidos o de la sociedad civil no partidaria? Es verdad que esto concierne más al sistema electoral que a los partidos mismos, pero también es cierto que el sistema electoral es o puede ser lo que los legisladores decidan.

Lo concreto es que el bipartidismo existente, consecuencia lógica de una visión utilitaria de los procesos electorales, se completa ahora con un biperiodismo resultado a su vez de una polarización pragmática de los mediadores en torno a los medios que pueden ofrecer una plataforma solvente de proyección personal. El resultado es que se reduce la oferta política a las dos opciones mayoritarias, se pierde distancia de gobierno y oposición, y desaparece buena parte de la apreciación crítica de la realidad que no sea la destinada a confirmar o negar las opciones de los patrocinadores.

La vida política queda así reducida a dos partidos, lo cual en definitiva puede conducir a un turnismo tácito o declarado, y en todo caso a que las mayorías se sucedan unas a otras -salvo el caso excepcional de esta última contienda electoral en que el partido saliente rompió de una manera demasiado brusca y radical el entendimiento existente en política exterior- por cansancio del electorado más que por la existencia de proyectos políticos innovadores y diferenciados. Se pierde lo que el Mayo 68 pretendía, llevar un poco de imaginación al poder.

En lo que a nuestra profesión concierne, las transformaciones ocurridas desde que comenzamos en ella quienes por edad tenemos una cierta seniority, son enormes. No puedo abarcarlas todas en este artículo pero me referiré a las dos que me parecen más notables. La primera de ellas es que entre los mediadores clásicos, los periodistas, y los políticos o las instituciones, los poderes y las empresas en general, surgió un nuevo mediador de mediadores, los jefes de prensa o los gabinetes de prensa. Ellos han sustituido la función investigadora propia del periodista por la comodidad de unas informaciones que precocinan y cuyo contenido controlan. Es una situación que parece convenir a todos, a los grupos multimedia porque les ahorra costes, y a los productores de información porque la producen ellos mismos de la forma que más les conviene.

El director de EFE Carlos G. Reigosa ya había alertado sobre ello, en alguno de sus trabajos consagrados al periodismo, cuando señalaba hace unos años que en la propia agencia EFE se había encontrado con que sus periodistas preferían casi siempre la facilidad de una información precocinada al esfuerzo de “cocinarla”. Si consideramos que las agencias de noticias suministran lo esencial de las informaciones de que se nutrían los informativos de las emisoras de radio y televisiones, y las redacciones de los diarios, comprenderemos fácilmente la inquietud de Reigosa ante esa situación.

La segunda evolución me parece consecuencia, aunque no solamente de ello, del bipartidismo y el biperiodismo reinantes. Me refiero al encogimiento del mundo servido a la consideración de la sociedad. Todo aquello que no forma parte del “ombligo” nacional e internacional sobre el cual al gobierno y a la oposición les complace recrearse, como las dos terceras partes de la humanidad restante, lo hemos sacado de la historia por el método expeditivo de no hablar de ello.

El resultado, que también ha convenido a todos, es que los corresponsales españoles en el extranjero se han reagrupado en las capitales occidentales, y han abandonado aquel mundo que de vez en cuando recuerda dramáticamente su existencia.

Afortunadamente el periodismo, la información para ser más precisos, es como la economía globalizada o ese “trabajo como una sola unidad en tiempo real a escala planetaria” que según Manuel Castells define a la globalización. Podría citar también la utopía de la “aldea global” de McLuhan, pero precisamente esta historia que omitimos la ha maltratado en grado sumo.

El terrorismo, las pateras, las guerras étnicas y seudo religiosas, los conflictos perennes como el Sahara occidental y el palestino-israelí, nos recuerdan cada día , no obstante, que existe un “mundo real” al que nadie puede poner puertas. La claridad de sus mensajes, sin embargo, no nos ha incitado aún a dejar de presentar esos fenómenos como disociados de los problemas de los pueblos en cuyo nombre hablan o pretenden hablar y siguen percibidos como ajenos a una historia de la que en gran parte somos responsables.

Hace años todo esto nos parecía lejano y ajeno y nos producía un cierto aburrimiento cómplice. Al aburrimiento sucedió el fastidio cuando las imágenes de los niños africanos famélicos y enfermos, por ejemplo, se colaban en nuestros almuerzos o cenas. Puede que entonces recordáramos fugazmente aquel 0.2, 0.3, o 0.7 por ciento del PIB que nuestros gobiernos habían prometido donar. Hoy el aburrimiento y el fastidio han cedido la vez al miedo. Ya no vemos solo niños y mayores hambrientos. Lo que tenemos en nuestras pantallas son seres humanos degollados o que van a degollar quienes les han secuestrado y cuerpos que saltan en pedazos bajo el efecto de las bombas.

La barbarie original de los tiempos sin historia vuelve a reaparecer, pero ahora ya no les ocurre a “otros”; sucede entre nosotros y cualquiera puede ser víctima. Y sin embargo seguimos sin ver la gradualidad ascendente de esta evolución. Mientras, persiste el egoísmo de los gobiernos y las instituciones financieras internacionales y se mantiene nuestra pasividad ante un mundo a todas luces injusto. Es un egoísmo que no remite ni siquiera ahora que la cooperación internacional no parece tener más objetivo que ayudarles para que se queden donde están.

Grandes teóricos de la comunicación como Robert Putnam han hablado ya de “democracias desafectas” para describir el “spleen” que se ha extendido por las democracias occidentales y la falta de participación ciudadana. Los diagnósticos en ese sentido abundan. Más cerca de nosotros los eurobarómetros y algunas investigaciones del CIS apuntan a una notable falta de visibilidad por la sociedad civil de lo que hacen los políticos y como resultado de ello a una cierta desmotivación por la política. Aunque existen opiniones bien fundamentadas en sentido contrario, la creciente aparición de medios alternativos, espontáneos y ciudadanos de información y comunicación confirma, aunque sea por defecto, una falta de confianza en el periodismo y la política tradicionales.

La pregunta pertinente es: ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo hemos podido llegar a este punto? En lo que concierne estrictamente a la percepción del mundo circundante y a pesar de que no existen estudios científicos que lo confirmen o lo desmientan, no sería descabellado pensar que la ausencia de periodistas españoles de los grandes escenarios en los que en definitiva se debate el destino de la humanidad, ha contribuido de una manera notable a la percepción en Occidente de un resto del mundo lanzado al asalto de nuestro bienestar, terrorista, antidemocrático, que amenaza nuestro modo de vida y nuestra seguridad.

En los años cincuenta, sesenta y parte de los setenta, por una feliz coincidencia la sociedad española aspiraba a vivir en democracia y nuestros vecinos del sur a liberarse de la colonización. Entonces les comprendíamos y las personas circulaban con relativa libertad de una orilla a otra del Mediterráneo. La intuición hacía que la solidaridad con las luchas por la descolonización fuera una manera de reforzar nuestra propia ambición democrática, hacía posible la simpatía con que les veíamos.

Algunos periodistas, entre los cuales me cuento, nos lanzamos a descubrir y a contar las historias del mundo que despertaba y que al liberarse nos ayudaba a liberarnos. Los veíamos y los presentábamos con comprensión. Yo escogí Cuba como primera experiencia y allí me fui en 1963. Los “comandantes” cubanos que quería entrevistar me daban cita en el Turf de El Vedado, una especie de Oliver de La Habana; en el Monseñor donde tocaba el piano el gran Bola de Nieve, y en la Habana Vieja por cuyas esquinas sonaba la voz ronca y melosa de Moraima Secades. En Tropicana bailaban las mulatas más esculturales que he visto en mi vida, demostración vibrante de las ventajas del mestizaje que los descendientes de los descubridores hispanos hemos sido únicos en propiciar.

Los periodistas familiarizamos a nuestros compatriotas con la abortada experiencia de Salvador Allende, con los tupamaros, los montoneros y más recientemente con los nicas de Daniel Ortega. De Africa dimos a conocer a Sekú Turé, Nkwame Nkrumah, Julius Nyerere, Jomo Kenyatta, Amilcar Cabral y Agostinho Neto, Nelson Mandela, y otros muchos.

Por su mayor proximidad, los españoles tuvimos una cierta preferencia además de por Cuba, que sigue despertando pasiones encontradas, por el marroquí Ben Barka y el argelino Ben Bella. En los años setenta nos entusiasmamos con el Frente Polisario que, curiosamente, después de Mustafá el Uali no ha “producido” ningún dirigente cuya reputación logre traspasar las fronteras del Sahara.

Las llamábamos guerras de “liberación” y sus luchas y sus medios nos parecían legítimos porque combatían una ilegitimidad incuestionable que era la colonización. Había cierto respeto en la percepción del africano y dignidad reconocida de los objetivos de sus luchas y de las personas que las encabezaban. En Europa recibíamos a sus líderes, nuestras universidades abrían las puertas a sus intelectuales y a sus estudiantes, y las empresas empleaban a sus trabajadores emigrantes.

Como resultado de aquellas décadas promiscuas, somos millones los europeos que hemos vivido en el sur, y millones los ciudadanos del sur que han vivido vivieron y viven entre nosotros. Sabemos que hemos convivido en paz y que se puede convivir en paz. Además, en los años 50/60, cuando nuestras puertas aún estaban abiertas, éramos más pobres que hoy y el trabajo escaseaba. Hoy tenemos estudios científicos que aseguran que les necesitamos para compensar la falta de fuerza de trabajo, detener nuestro propio descenso demográfico y deshacer la amenaza que pesa sobre las prestaciones sociales y su financiación. Pero les cerramos las puertas.

La cuestión es hoy cómo transformar el odio actual hacia Occidente en una convivencia como la pasada. Como periodista se me ocurre que comencemos por prestarles atención como en el pasado, que más allá del terrorismo sepamos ver a unas sociedades que tienen las mismas aspiraciones y las mismas necesidades básicas que nosotros teníamos en los años cincuenta, y que recuperemos la comprensión y la solidaridad de los años de la descolonización. Sobre todo, como decía Catón a sus pares del Senado, que “no nos prevengamos haciéndoles a ellos lo que creemos que ellos nos harían a nosotros”. Si los periodistas no apoyamos el entendimiento, el cuarto poder no pasará de ser un irrelevante prêt-à-porter de la información y de la política.