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Revista Española de Defensa

Mayo 2003

Convivir con el islam, un aprendizaje necesario

Desde Estambul a Argel, en las montañas en rebeldía, en las calles con su capacidad de movilización, o en los Parlamentos con sus sucesivos avances electorales, por la violencia o por la persuasión, el islamismo conquista posiciones cada vez más sólidas.

Aprender a convivir con él, que parece estar en la cresta de una gran mutación histórica, es una necesidad urgente. Para ello es útil, previamente, distinguir entre lo contingente de lo trascendente, entre lo que esta mutación tiene de anecdótico y espectacular y probablemente pasajero, y lo que es la esencia de una nueva era en gestación.

Conocidos hasta ahora en Occidente por sus manifestaciones más radicales aunque menos representativas, al menos por un amplio público consumidor de medios de comunicación instantáneos, esos movimientos de los países islámicos inquietan. En el presente algunos casos son ya considerados una amenaza.

Nunca, sin embargo, esa potencial amenaza ha estado menos definida, nunca los planteamientos ideológicos, políticos o religiosos y humanos que sustentan ese supuesto peligro han sido menos conocidos, y jamás los hombres y nombres de quienes producen esa tormenta histórica nos resultaron menos familiares, cuando no absolutamente extraños.

Dos aspectos del problema se superponen y en definitiva confunden las pistas para mejor comprenderlo: la aparente confrontación Islam/Occidente, y la menos clara pero sin embargo determinante controversia islamo/islámica que desde finales del siglo XIX, pero no sólo desde entonces, enfrenta en el mundo islámico a -por describirlos en nuestra terminología- liberales y conservadores. Argelia, donde ninguno de los dos contrincantes, Ejército e islamistas, parecen ni en condiciones de acabar el uno con el otro, ni predispuestos a dialogar sobre bases aceptables para ambos, es la realidad percibida con un mayor componente de amenaza.

Las repercusiones para todo el norte de Africa, que a grosso modo realiza el 65 por ciento de sus intercambios exteriores con la Unión Europea, de un posible poder islamista, inquietan en el Norte.

Si Argelia es el país más próximo a la Unión Europea en el Mediterráneo occidental, Turquía, donde el partido islamista Rafah logró en marzo pasado un importante avance en las elecciones municipales, es el país no sólo más próximo, sino aliado, en el Mediterráneo oriental.

Numerosos analistas árabes predicen ya, anticipando que en las legislativas de 1995 los islamistas puedan mejorar los resultados de las municipales de este año, un período de inestabilidad para Turquía.

La influencia turca es importante en la Europa del Este en parte islamizada como herencia del antaño Imperio Otomano, y en las antiguas repúblicas de Asia Central con poblaciones de predominio étnico turco.

Para los islamistas orientales, además, la abolición del califato por Kemal Ataturk en 1924 y la implantación de un régimen laico, constituye una tragedia comparable a la pérdida de Al Andalus tras la toma de Granada por los Reyes Católicos en 1492.

Nada en el presente de Turquía parece apoyar el optimismo de la Primera Ministra Tansu Ciller que el pasado mes de mayo, después de las elecciones, decía a una revista francesa que el 90 por ciento de los turcos son favorables a un estado laico y democrático. Nada le permite sostener, tampoco que "no cambiaremos los principios básicos, laicidad y democracia".

Cuatro mil muertos en 1993 en la guerra que se libran el Ejército y el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, en una confrontación que cuesta 7.000 millones de dólares al año, es un dato altamente preocupante. Pero no es el único: el auge del islamismo se ve favorecido por los malos resultados de la gestión económica del gobierno.

El déficit comercial alcanzó los 14.000 millones de dólares en 1993, la deuda exterior aumentó a 70.000 millones de dólares en el mismo período, cuando en 1992 era de 55.000 millones, y la inflación prevista para fines de 1994 es del 137 por ciento.

A ello se añaden los persistentes informes aparecidos en la prensa desde mediados de 1993 sobre corrupción de miembros de los partidos de la coalición gubernamental, el Partido del Camino Verdadero, y el Socialista Democrático Popular.

Al igual que en Argelia, una intervención del Ejército en la vida política del país no está descartada si la creciente confrontación entre islamistas y laicos abre un período de caos social y de inestabilidad política.

Otro país clave del mundo árabe musulmán cuyo régimen se encuentra asediado por el islamismo es Egipto, en donde el movimiento regeneracionista iniciado a finales del siglo XIX por Yamal Eddin Al Afgani, Mohamed Abdu, Rachid Reda, y otros, tuvo un relevo a partir de principios de este siglo en los Hermanos Musulmanes de Hasán al Bana, esta vez por la instauración de un estado islámico y en pos de un lema: "El islam es la solución".

Después de la pausa histórica nasserista, y traídos de nuevo de la mano del no obstante asesinado por ellos Presidente Anuar Sadat, que quiso combatir al izquierdismo de su tiempo con un islamismo que creía poder dominar, los Hermanos Musulmanes están presentes en el Parlamento a través de otros grupos políticos.

Obviamente subrepresentados, se ven hoy desbordados, superados, en las calles y ciudades de Egipto por numerosos grupos más radicales. Para estos últimos, la violencia y el terrorismo constituyen un medio lícito para oponerse a un poder que quieren que tenga sus referencias en el Islam original, puro y duro, de los tiempos del Profeta Mahoma.

Fuera de estos tres países, que constituyen el pivote político del Mediterráneo sur, sólo hay países afectados en grado diverso por un islamismo al que ninguno puede sustraerse.

Por la edad y salud del Rey Hasán II, porque éste es esencial para el delicado y complicado juego político por el poder, del que mantuvo alejadas a las elites más dinámicas y representativas de las dos generaciones posteriores a la independencia, Marruecos sería uno de los principales afectados por la instauración de un poder islámico en Argelia.

Abdesalam Yasin, un antiguo inspector de enseñanza secundaria, que dirige una organización de Beneficencia, porque el poder no le autoriza a convertirla en partido político, partidario, frente a quienes piden "modernizar al Islam", de "Islamizar la modernidad", es la figura emblemática del espacio islamista marroquí, que no obstante comparte con una veintena de grupos y figuras menos conocidas.

En Libia sólo la dureza con que el líder de la Yamahiria, Muamar el Gadafi, ejerce ese poder que teóricamente no ostenta, mantiene a raya a unos islamistas que aguardan su hora, frustrados y reprimidos.

En Túnez, que cuenta con los dirigentes islamistas, Rachid Ganuchi, y con menor influencia Salah Eddin el Yurchi y Hamuda En Neifer,más moderados y progresistas, la islamización de la sociedad es un hecho, y la cuestión de la participación en el poder depende de la evolución general en el Magreb.

El rey Husein de Jordania, contra la opinión de sus homólogos orientales, autorizó la existencia de partidos políticos islámicos que dominaron el primer parlamento elegido después de haber sido autorizados. En el nuevo Parlamento jordano elegido en noviembre del año pasado, los islamistas son menos numerosos (23 diputados frente a 38 en el Parlamento anterior, de un total de 80 diputados), pero ello no se debe a una pérdida de influencia en la sociedad, sino a una inteligente reforma de las circunscripciones electorales en los últimos comicios, en virtud de la cual, en algunas circunscripciones dominadas por los islamistas fueron necesarios hasta 70.000 votos para elegir un diputado, mientras que en otras tradicionalmente favorables al Rey Husein, un diputado pudo ser elegido con sólo 1.500 votos.

Aunque la OLP y el influyente movimiento islamista palestino Hamas llegaron a un acuerdo para no enfrentarse entre ellos, la autonomía palestina está amenazada desde sus inicios por dos integrismos contrapuestos, el judío y el palestino, que se oponen con la misma virulencia a la paz.

Si Argelia estuvo dominada desde la independencia en 1962 hasta 1988 por un "partido único", en Siria todo estuvo articulado en los últimos treinta años por lo más parecido que existe al partido único, que es el "hombre único". La dominación del Presidente Hafez el Asad sobre la sociedad siria ha sido tal que su sucesión, al igual que la del rey Hasán II de Marruecos, resulta de lo más problemática. Entre todas las fuerzas reprimidas en esos años, las más duramente tratadas fueron los islamistas, que han pagado con miles de muertos sus ocasionales intentos de rebelión.

La salud de Hafez el Asad es tan precaria o más que la del rey de Marruecos, y su sucesión, en particular después de la muerte este año en accidente automovilístico de su hijo Basil, abrió la puerta a todas las incertidumbres sucesorias.

Los reyes y jeques de los ricos países petroleros del Golfo, que durante años financiaron a la mayoría de los movimientos y grupos islámicos del mundo, particularmente a los que consideraban más conservadores, porque creían que les ayudarían en su clásica e histórica confrontación con los nacionalistas laicos o laicizantes, se encuentran hoy sumidos en las mayores incertidumbres.

La guerra del Golfo, y la solidaridad que con raras excepciones el islamismo en general aportó a Sadam Husein, no obstante el último exponente del arabismo laicizante, les impulsó a una dolorosa reflexión.

Las fricciones del Rey Fahd de Arabia Saudí el año pasado, con sus ulemas, sobre la creación de un Consejo Consultativo, y sobre otras cuestiones relacionadas con la moral nacional, y la privación este año de la nacionalidad al rico hombre de negocios y constructor saudi Bin Laden, son claros síntomas de que la inquietud también ha ganado a los jefes del petróleo, que por sus generosas dádivas y por su natural conservadurismo se creían al abrigo de los embates del islamismo.

El parlamento -esa institución de tan escasa tradición en el Golfo- kuwaití es escenario en el presente de una importante controversia, impulsada por los islamistas, sobre las actuaciones de la familia gobernante Al Sabah durante la guerra de liberación del Emirato.

Irak, otro de los últimos bastiones del arabismo laico, se encuentra amenazado, debido a los grandes sufrimientos que la posguerra y el bloqueo económico decretado por la ONU mantiene para toda la población, por el islamismo de los chiis del sur.

El régimen multiplica a través de un lenguaje simbólico por el momento, inscripción en la bandera nacional de la divisa Alá ua Akbar, Dios es el más grande o presentación iconográfica ocasional de Sadam Husein en la típica vestimenta del "hach" (peregrino), los gestos amables hacia ese islam adormecido. La prolongación del bloqueo económico, convertirá al pais en igualmente vulnerable para el islamismo.

Pero si el islamismo progresa en todos aquellos países en donde se encuentra reprimido y perseguido, en aquellos donde está en el poder, como Irán y Sudán, empieza a ser objeto de contestación por algunos sectores de la población.

El férreo control de la sociedad que imponen los ayatolas de Teherán no ha logrado impedir que trascienda el descontento cada vez más general de la población ante las crecientes dificultades económicas, y contra el permanente "esfuerzo de guerra" que se les sigue exigiendo.

La mujer, víctima este año de nuevas exacciones públicas en la campaña desatada con el consentimiento de gobierno contra ellas por los comités revolucionarios islámicos, que se tradujo en muchos casos incluso en castigos corporales en las comisarías por cuestiones que en Occidente consideraríamos nimiedades como llevar los labios pintados bajo el velo, o utilizar gafas de sol, fueron las primeras en mostrar signos de rebeldía.

Más pobre, con menos recursos, Sudán, otro país dominado por los islamistas desde el golpe de estado de junio de 1989, que llevó al poder a una junta militar salida de las filas del "Yabha al Islamia al Qaumia" (Frente Islámico Nacional) de Hasán Turabi, se encuentra al borde del colapso.

La influencia de Turabi, uno de los actuales líderes islamistas de Oriente más preparados, entre sus correligionarios de Oriente Medio y del Magreb, es sin embargo contemporánea de la aparición de una contestación intelectual interna de lo que ya en Sudán comienzan a ser calificados como "nuevas fuerzas".

La aplicación de la Charia o ley islámica impuesta a todo el país desde 1983, dio lugar a un fuerte rechazo en el sur, de mayoría animista y cristiano. La controversia nacional, que gira todavía en torno a esa cuestión central, mantiene a un sur en rebeldía y al borde de la secesión.

Sudán, antaño uno de los países agrícolas más ricos y productivos de Africa, es hoy uno de los menos desarrollados y pobres del mundo. Ignorado además por todas las instituciones internacionales donantes de ayuda o proveedoras de capitales para inversiones, la economía de Sudán se encuentra en verdadero estado de colapso permanente.

Sólo Irán ha venido en su ayuda, pero Irán sufre a su vez los efectos de la crisis económica y su ayuda resulta a todas luces insuficiente.

Pero todos estos datos no son por si solos suficientes para describir lo que ocurre en el mundo árabe. No es posible dar la impresión de que se trata de un asalto al poder establecido por corrientes islamistas, como tampoco se ajusta a la realidad la impresión que se desprende de que existe algo común y uniforme en todo el mundo árabe que proyecta a esos grupos, radicales o no, hacia el poder.

El cuadro general está incompleto si concluimos, además, que todo esto ocurre sin más oposición que la de los gobiernos y regimenes enfrentados a una sociedad que supuestamente actúa como un todo.

Hemos aceptado, por facilidad del lenguaje, que islamismo es "la utilización de la religión para el asalto al poder". Esta explicación, instrumental en la prensa, donde prima la economía de palabras en beneficio de los hechos, es absolutamente insuficiente.

Aunque no es nada fácil encontrar una definición única para describir lo que ocurre en los diferentes países árabes musulmanes, yo diría que el islamismo es la respuesta multiforme a las interrogantes que se plantea el mundo árabe musulmán desde finales del siglo XIX y principios del XX sobre su identidad, su pasado, su presente y su futuro.

Si en el siglo transcurrido hemos dejado de percibir la manera acuciante en que estas interrogantes se han presentado, se debe a que la dominación colonial primero o los nacionalismos de las pre y posindependencias impidieron las manifestaciones vociferantes de esa angustia vital árabe e islámica.

El hecho de que Occidente y los occidentales, la mayoría de las veces en total ignorancia de la civilización islámica, de su lengua y su cultura, sólo se haya acercado a esta a través de las elites occidentalizadas formadas en la mayoría de los casos en nuestras universidades, o hablando y expresándose en nuestros idiomas, no ha facilitado la percepción de esas corrientes históricas.

Desde los orientalistas románticos que se dejaron embelesar por el exotismo del mundo que descubrían, hasta la versión a la carta y al instante de los hechos que transmiten los medios de comunicación, la forma predomina sobre el fondo, y el continente sobre lo contenido.

En los primeros tiempos, a finales del siglo pasado, los musulmanes estaban interesados en saber cuál era el secreto de Occidente del poder y la fuerza de Occidente. Discutían sobre qué debían recoger de la civilización occidental para lograr el aggiornamiento musulmán y entrar en la modernidad sin temor. Esa reflexión les llevaba incluso a preguntarse qué era lo que debían conservar del Islam por ser esencial, y qué debían abandonar por ser contingente.

Si la colonización no se hubiera interpuesto, las dos civilizaciones habrían encontrado sin duda un marco de entendimiento.En el presente esto no es posible. Nadie se pregunta ya desde el Islam qué se debe abandonar.

Salah Ed Din el Yurchi, uno de los islamistas más progresistas tunecinos, expresa el sentimiento general con toda crudeza: "Para rechazar a Occidente no debe hablarse ni su lengua, ni su lenguaje..Es hora de que abramos los ojos y nos demos cuenta de que corremos detrás de una ilusión llamada Occidente...Para romper nuestra dependencia tenemos que dejar de galopar tras él, y luego derribar cultura rechazándola en todas sus expresiones..El retorno al Islam como cultura y como modo de vida es nuestra única posibilidad de salir del subdesarrollo".

Francois Burgat, un estudioso francés, califica de "tentación autárquica" la que desde el argelino Ali Belhach a los emires de las Yamaas (Asambleas) egipcias pide la aplciación exclusiva y literal, inmediata, de la Charia (ley islámica) de los tiempos del Profeta, reaccionaria, que lógicamente suscita los temores de quienes no pueden avenirse a ella.

Incluso un Abasi Madani, moderado y progresista hoy en el panorama relativo del islamismo argelino, sueña con la "mezquita donde se nombraba al Califa, donde éste pronunciaba sus discursos políticos, de donde partían los ejércitos para enfrentarse al enemigo, y se trataban todos los asuntos de la Umma (comunidad)"

Tareq el Bichri, vicepresidente del Consejo de Estado egipcio, e islamista moderado lo ve así: "El combate no es entre progreso y reacción, sino entre lo endógeno y lo exógeno, lo heredado y lo importado, Occidente e Islam".

El asesinato del intelectual liberal egipcio Farag Fuda por los islamistas, las amenazas de muerte que pesan sobre el también ikntelectual liberal Nasr Abu Zeid, y las numerosas listas que circulan de nombres de personalidades e intelectuales del mundo árabes "condenadas a muerte" por algunos islamistas que se toman al pie de la letra la exigencia del Corán a cualquier musulmán de combatir el mal donde quiera que lo vean, demuestran por si solas que este auge del islamismo no tiene lugar sin reacción.

Aunque todos en el presente pagan tributo de boquilla a los ritos y formas que las circunstancias exigen, no por ello dejan de definirse. El intelectual egipcio Hasán Hanafi afirma que "lo religioso o el vocabulario religioso, no es más que la logística ideológica de las independencias políticas, la prolongación cultural de las rupturas nacidas con la descolonización".

Fuad Zacaria, que no ha dejado de polemizar con los islamistas, señala que la "sacralización del patriotismo histórico, la ausencia de sentido histórico, y la amalgama entre pensamiento y religión, son componentes estructurales de la debilidad temática islámica".

Pero ya es tarde para buscar diálogos a los que o nadie acude o quienes acuden no son representativos. Toda esta evolución ocurre cuando Occidente se encuentra ideológicamente desarmado y preocupado por otros asuntos que le exigen más atención.

"Mandar nunca da tiempo", titulaba recientemente El País un artículo de Claude Riviline, cofundador de la Escuela de Gestión de Paris. "Los próximos 30 años serán caóticos", anticipa Immanuel Wallerstein, del Centro Fernand Braudel de la Universidad de Binghamton (EE.UU.). "Las personas que ostentan el poder tienen dificultad en el presente para valorar las consecuencias de sus decisiones", afirma Alvin Toffler, el ideólogo de la sociedad tecnológica.

Esas son las características preocupantes de un tiempo presente en que el mundo está, no obstante, en plena recomposición, en que las relaciones internacionales, un tanto caóticas, aguardan aún el nuevo orden internacional y en que en nuestro contexto geográfico inmediato, el Mediterráneo, el avance del islamismo en el Sur es elemento importante de ese caos que anticipa Wallerstein.

Todo eso ocurre, además, cuando la percepción del fenómeno islamista es a su vez subsidiaria de otro factor perturbador de nuestro presente, la capacidad de los medios de comunicación de trasladar inmediatamente los hechos de una área de civilización a otra, y de forzar a quienes no tienen tiempo para mandar a forjarse ideas en el momento, y tomar decisiones inmediatas, sin más base que lo contingente.

El resultado general de la combinación de los tres factores indicados al inicio, falta de tiempo, inestabilidad, imposibilidad de medir las consecuencias de las decisiones, unidos a la presión de los medios para un decisión inmediata sobre hechos contingentes, es una relaciones internacionales contempladas como a través de unos enormes cascos para gozar, si es que en este caso de goce se trata, de la realidad virtual.

Esto es particularmente ostensible en lo que concierne al avance de lo que hemos convenido en llamar islamismo. Para quien, como es mi caso, pasa la mayor parte de su tiempo en el mundo árabe-musulmán, los viajes de vacaciones se parecen cada vez más a un cambio de planeta. Uno de esos dos mundos, el occidental o el musulmán, o tal vez los dos, no pueden ser reales, me digo cada vez al constatar como se representan mutuamente no sólo por los grupos extremistas, sino en sus respectivas prensas y medios de información en general.

La realidad virtual del islam que proyectan los medios de comunicación en Occidente, concentrada en las manifestaciones más espectaculares, el terrorismo fanático y militante, el relegamiento de la mujer, los castigos corporales e incluso la mutilación de miembros, es, como mínimo, mistificadora.

Esa visión reductora de esa realidad virtual tiene no obstante la fuerza suficiente para llevar a los Estados Mayores de la sociedad occidental en su conjunto a confundir lo contingente y transitorio con lo permanente y trascendente. El resultado es que se percibe como preocupante o amenazante aquello que realmente no lo es, o al menos no es lo más importante, y se descuida lo fundamental.