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Política Exterior

Nº: 110; Marzo/Abril 2006

Tres años después de la guerra de Irak

La democracia, más necesario que nunca en el mundo árabe

Las repercusiones en todo el mundo árabe musulmán de la publicación de unas caricaturas de Mahoma han puesto de manifiesto la enorme fragilidad de lo que Europa cree haber construido en las últimas décadas con esa área de civilización tan próxima. Lo que la calle árabe percibe que son o deben ser esas relaciones parece no tener nada que ver con lo que los gobiernos árabes y la Unión Europea pretenden que son. Que un hecho, fortuito o no, pueda causar tanto quebranto a esfuerzos diplomáticos, políticos, económicos y culturales sostenidos durante décadas, invita a una reflexión en profundidad sobre el carácter de la relación con un mundo que siempre se propone como el doliente y el ofendido.

Occidente aparece incluso a nuestros ojos occidentales como criticable y nosotros mismos le criticamos con asiduidad. Las fotos que con cierta frecuencia nos muestran nuestros propios medios de comunicación sobre los abusos y las torturas que supuestamente en nuestro nombre se cometen en Irak o en otras guerras menos televisadas y filmadas, nos remiten constantemente a un mundo que entre todos están convirtiendo en un lugar poco agradable para vivir, y en una humanidad en la que una parte cada vez más numerosa de sus miembros actúa con notoria inhumanidad.

Nos criticamos con dureza a nosotros mismos cada vez que creemos merecerlo, y nos auto-flagelamos con una devoción angelical y ritual cada vez que la otra civilización nos acusa o se declara ofendida por los actos de alguno de nuestros ciudadanos. Aún así, nunca una civilización como la árabe musulmana ha mantenido contra otra como la occidental una secuencia histórica tan constante de dolencias y nunca ha estado tan homogéneamente, tan persistentemente, convencida de la justeza absoluta de su percepción de la historia y de los hechos.

Cada pueblo, cada cultura o cada civilización, construye su propia percepción de lo sagrado y establece las líneas rojas que no se deberían traspasar. Para los musulmanes esas líneas rojas son su profeta, su Corán y un buen número de tradiciones y costumbres más que surgen o desaparecen según las circunstancias históricas o las coyunturas políticas.

Están en su derecho de exigir respeto y es obligación de buena convivencia concederlo. Sin otra consideración que los hechos desnudos, las caricaturas de Mahoma constituyen una ofensa innecesaria a la gente que le tiene entre sus cosas sagradas. Es dudoso además que constituyan una manifestación de la libertad de expresión que nuestras propias leyes no consideran un derecho sin limitaciones.

Pero como los árabes y musulmanes, los occidentales también tenemos derecho a establecer cuales son nuestras cosas sagradas, a definir nuestras líneas rojas, y a exigir respeto para ellas. Nuestro sagrado por excelencia, es el ser humano, el ciudadano/a, es decir el sentido laico de la política que no implica en absoluto ningún impedimento para la espiritualidad. Un ser humano es un voto y ambos constituyen la base de todo nuestro sistema. Alrededor del ser humano y de su voto pivotan las elecciones, las instituciones elegidas, los estados de derecho, y nuestros instrumentos de convivencia que son las constituciones.

Cuando se degüella a un occidental en Irak o en donde sea, delante de las cámaras, con un afán manifiesto y morboso de publicidad, y se reproducen en la red las imágenes bárbaras de unas cabezas y unas vidas sesgadas, unos musulmanes, los que cometieron esas atrocidades, han ofendido también lo que Occidente considera sagrado.

Cuando se colocan bombas en trenes, se vuelan edificios con todos sus ocupantes dentro, o alguien se inmola en medio de un grupo de ciudadanos inocentes, se han ofendido también nuestras cosas más sagradas. Los occidentales así lo sentimos y por ello exigimos el fin del terror. Hemos salido en millones a las calles contra el terrorismo pero no contra ningún origen específico de ese terrorismo. Hemos cuidado desde los gobiernos y desde la sociedad civil, establecer una distinción entre el terrorista, el violador de nuestro sagrado y el degollador, de su procedencia étnica, confesional o nacional.

No se trata de sugerir que compensemos unas ofensas con otras, aunque el degüello, el terror y la muerte que trae, nos parezca una ofensa superior por su carácter irreparable. Se trata de recordar a los políticos, a los gobiernos, a las dictaduras y a las democracias, y -porqué no- a los ciudadanos, que estamos convirtiendo al planeta en un campo de batalla en el que probablemente pocos sobreviviremos pero donde mientras sobrevivimos no queremos vivir amenazados de muerte no natural.

Aparte de sacar al ejército a la calle y grandes despliegues policiales y de seguridad, visibles, ostensibles, no se puede decir que los países árabes y sus gobiernos estén haciendo nada por establecer la dimensión correcta de los hechos desencadenados por las caricaturas y mucho menos intentar explicarlos. Están más atraídos por la posibilidad que de nuevo se les ofrece de diluir las reformas políticas y económicas que se les exigía en este nuevo agravio occidental.

Un paso más hacia esa guerra de civilizaciones en que no creemos ni queremos creer en esta zona norte del Mediterráneo, está siendo dado por quienes actúan como si todo lo que hace un occidental, un cristiano o un cruzado, unos calificativos que los terroristas han puesto de actualidad, comprometiese a toda la ciudadanía y a todos los gobiernos occidentales. En consecuencia se nos pidió una excusa colectiva, una penitencia colectiva, y una responsabilidad colectiva.

¿Se trata de algo nuevo motivado por el furor causado por las caricaturas? Puede que no. Viene de atrás. Se encuentra patente en unas agendas cargadas que todos los jefes de estado árabes parecieron de repente tener ocupadas cuando se convocó la Cumbre de Barcelona de noviembre pasado. Se celebraba, no obstante, el décimo aniversario de un proceso en el que todos a ambos lados del Mediterráneo parecíamos comprometidos. Hasta jefes de estado considerados amigos y ejemplos de una visión no maniquea de Oriente y Occidente, encontraron que unos compromisos anteriores les impedían estar presentes en Barcelona.

A quien se estaba castigando ¿A España como país anfitrión? ¿A la presidencia británica de la Unión Europea? ¿A la Unión Europea en bloque? El proceso euro-mediterráneo es, con todas sus posibles deficiencias, el único proyecto entre árabes musulmanes y Occidente que a través de la economía, de la cooperación, de la seguridad compartida, y de la cultura, de sus tres cestos en suma, que se propone acercar a estas dos áreas de civilización. La silla vacía de los líderes árabes fue un mal mensaje para los pueblos y las sociedades árabes y musulmanas.

Señales inquietantes desde Oriente Próximo

Pero no es esta la única “buena noticia” de los últimos tiempos. El abrumador avance electoral de los grupos radicales e incluso terroristas, que se ven legitimados por las urnas, confirma desde una óptica democrática la gravedad del momento histórico presente. La abrumadora mayoría obtenida por la organización terrorista palestina Hamás en los comicios del 25 de enero dejó a Occidente en estado de choque por un tiempo. En un Parlamento de 132 diputados, conseguir 76 es un resultado sorprendente.

A continuación se produjo la no menos sorprendente victoria de los chiíes en Irak el 15 de diciembre, en unas elecciones que les dieron 128 diputados en un Parlamento de 275. Con el apoyo de los 53 diputados de sus aliados de la Alianza del Kurdistán, los chiíes superaron ampliamente la mayoría absoluta necesaria para gobernar.

En 2005 otro proceso electoral en Irán dio la victoria a los conservadores y extremistas religiosos e invirtió la tendencia a favor del reformismo que había llevado al poder al presidente, Hashemi Rafsanyani en 2000. Su sucesor, Mahmud Ahmadineyad, ha hecho subir varios grados la gravedad del enfrentamiento global en Oriente Medio al incluir la posibilidad de que un estado hostil pretenda dotarse de armas nucleares y de destrucción masiva (ADM).

La guerra de Irak fue iniciada en marzo de 2003 con el pretexto de buscar unas ADM que no pudieron ser halladas. Ahora que puede que si estemos ante un caso real de intento de dotarse de ADM, la indefinición de la guerra de Irak y las repercusiones globales de la guerra, nos deja peor preparados para hacer frente a lo que puede ser un peligro real.

Uno de los hechos más preocupantes es la aparición de una frontera interior europea con el Islam

En otros países árabes como Argelia, Jordania, Líbano, Marruecos y Túnez, los islamistas, radicales o moderados, están presentes como partidos con un número significativo de diputados en los Parlamentos o camuflados como diputados independientes cuando la ley prohíbe a las formaciones de base confesional concurrir a as elecciones. Todas las encuestas confirman que, de producirse unas elecciones totalmente libres o sin unos resultados previamente pactados, los islamistas podrían obtener resultados parecidos a los egipcios o los palestinos.

En las monarquías y sultanatos hereditarios del golfo Pérsico, el islamismo ya está en el poder, y de los ciudadanos de esos países procede muchas veces la financiación de los grupos islamistas radicales, con frecuencia violentos. Los países del golfo constituyen el mejor “caso de estudio” de lo que puede ser un poder autocrático en el islam, de la misma manera que Irán es un ejemplo de en qué puede convertirse una revolución islámica cuando llega al poder.

Incluso en la cercanía de la UE, en Turquía, las elecciones de noviembre de 2002 otorgaron un claro triunfo electoral al Partido de la Justicia y del Desarrollo (357 escaños de un Parlamento de 550). Cuando los ciudadanos europeos maduren su percepción de las consecuencias de las caricaturas danesas de Mahoma, puede que la estrategia europea para la adhesión de Turquía se vea perjudicada.

Más allá de los avances electorales de los diferentes radicalismos árabes e islámicos, uno de los hechos más inquietantes de los últimos años es la aparición de una frontera interior europea con el islam. Las tendencias a la integración de las comunidades árabes e islámicas en Europa comienzan a invertirse espontáneamente en beneficio de espacios urbanos segregados, islamizados y arabizados.

Partiendo de estadísticas de los países europeos, el Instituto Central de los Archivos del Islam estima el número de musulmanes en Europa en 53 millones, pero esa cifra incluye a Rusia, la parte europea de Turquía, Bulgaria, Albania, Bosnia-Herzegovina y otros países que no forman parte de la UE.

Ese instituto calcula que en la Unión viven 14 millones de musulmanes, aunque precisa que ese número crece a un ritmo del 6,5 por cien anual. En Francia viven 5,5 millones, en Alemania 3,2 millones, en Reino Unido 1,5 millones y en Italia un millón. Las cifras españolas son difíciles de precisar, pero el secretario general de la Comisión Islámica de España, Mansur Escudero, calculaba que el número de musulmanes en el país se acerca al millón, y añadía que en 15 o 20 años serán entre cuatro y cinco millones.

El número de musulmanes, como de protestantes, ortodoxos, budistas, o sintoístas en Europa no tiene por sí mismo implicaciones políticas o de seguridad. Lo que sí las tiene es la repercusión sobre ellos de los numerosos conflictos entre Occidente y el mundo árabe-musulmán y, en primer lugar, el árabe/palestino-israelí. También tiene implicaciones la percepción por las comunidades inmigrantes de que el diferencial de renta entre las orillas del Mediterráneo se prolonga parcialmente en su situación salarial y social en Europa.

La dificultad para encontrar trabajo y medio de vida digno, de integrarse o de ser aceptado, de respetar las costumbres y creencias ajenas y ser respetado en las propias, tienden a convertir a los musulmanes de la frontera interna de Europa con el islam en una “confesión-clase” que se cree privada de los beneficios del bienestar, de la modernidad técnica y de la aceptación por el hecho de ser musulmanes.

Las relaciones entre Occidente y el mundo árabe-musulmán están sufriendo ya las consecuencias de una democratización que parece reducirse a que la gente vote. Serán, no obstante, los hombres y mujeres de los países arabo-musulmanes que en el último siglo confiaron en Occidente quienes más sufran los efectos. Sin dejar de ser musulmanes, estaban empeñados en un mismo proyecto humano de convergencia de sistemas morales, sociales y jurídicos, en un ijtihad (adaptación a los tiempos) de la doctrina fundadora.

Impostergable democratización del mundo árabe

Con la reticencia de Europa en algunos casos y con su colaboración en otros EE UU sigue adelante con su proyecto de democratización del mundo árabe, y no cabe duda de que está propiciando que los procesos electorales en esos países se vuelvan más abiertos y libres. Como resultado de ello, emergen fuerzas latentes que han permanecido en un segundo plano durante décadas. Pero la democracia no se reduce al hecho de votar.

Tres años después del inicio de la guerra de Irak parece tiempo suficiente para preguntarse qué quiere decir realmente democratizar el mundo árabe. Lo evidente hasta ahora es que todos los países que se mantuvieron firmes frente a Israel, que rechazaron la existencia del Estado israelí o que no aceptaron que en las negociaciones de paz Israel impusiese nuevas condiciones, han sufrido “desestabilizaciones” (Irak) o pueden sufrirlas (Siria, Irán y, tal vez, Líbano si la alianza de los dos grupos chiíes, Amal y Hezbolá, con Damasco y Teherán se convierte en un peligro para Israel).

Desde la expansión colonial de Europa por Oriente Próximo y el Mediterráneo de mediados del siglo XIX, o incluso desde la confrontación con el imperio otomano en los tres siglos anteriores, nunca un sólo país había abierto tantos frentes al mismo tiempo como EE UU en el presente. Salvando las distancias y diferencias históricas, la política exterior y militar estadounidense es comparable con la de Carlos I en el siglo XVI.

La primera potencia de hoy -como la primera de entonces - no sólo impone su ley por las armas y arbitra conflictos, sino que justifica su acción con un discurso regeneracionista y moralista al que no todos otorgan credibilidad. En parte porque resulta curioso que en el punto de mira de la democratización sólo estén países en conflicto con Israel, mientras que en las monarquías del Golfo las familias gobernantes se transmiten el poder de forma hereditaria, y en muchos de ellos no se admiten elecciones ni partidos políticos.

En casi todos esos países se ignora que las mujeres no tienen los mismos derechos que el hombre. En muchos de los Estados del Golfo la igualdad de la mujer no parece ser una demanda urgente de las propias mujeres, pero sí lo es de un mundo que camina hacia una convergencia de sistemas jurídicos, de libertades, de derechos humanos y de estatutos de la persona.

Sea lo que fuere, las actuaciones de EE UU en esta región complementaria del espacio de seguridad de Europa nos afectan y nos afectarán, cualquiera que sea la actitud que adoptemos sobre ellas. El tiempo para las consideraciones morales y las controversias sobre la guerra de Irak, sobre su legalidad, ya ha pasado. Tres años después de la entrada de tropas de la coalición internacional en Irak, cuando parece que ese modelo pudiera repetirse, la cuestión que hay que responder es si se está ganando la batalla global emprendida, y si las fuerzas que emergen son portadoras de modernidad y de soluciones, o van a traer más sufrimientos y pérdida de tiempo histórico para la región.

Las renuncias de Occidente

Una de las primeras lecciones que ofrece la radicalización del mundo árabe es que no existe estabilidad ni seguridad posible con el estómago vacío, sin trabajo, con injusticias por reparar y con un futuro invisible. La verdadera tarea está en proporcionar visibilidad y esperanza de solución para esos problemas o, por lo menos, en ayudar a que los seres que sufren sus consecuencias sean los dueños de sus propios destinos.

Los gobiernos pueden intentar convencer de que los problemas políticos son independientes de los económicos, pero la realidad les desmiente día tras día. Resulta difícil de entender por qué durante el último medio siglo Europa apoyó y apostó por los grupos sociales y políticos que recorrían caminos inversos al de los islamistas actuales, hacia la laicización de las instituciones y de las relaciones políticas y sociales, y ahora ha de sumarse a lo contrario.

Las consultas electorales son parte integrante de la democracia, no son por sí solas la democracia. El resultado de esa estrategia es que los progresistas, los modernistas, las elites que podrían constituir y constituían un puente de civilización y de cultura en un espacio de referencias y de lenguaje común para los diálogos, han quedado abandonados a su suerte.

Es cierto que en unas elecciones libres hoy los integristas y radicales llegarían al poder legitimados por las urnas, pero ¿no se van a preguntar los gobiernos occidentales por qué ocurren estas radicalizaciones? ¿No van a reflexionar porqué el conflicto palestino-israelí se encuentra en un callejón sin salida? ¿No se les ocurrirá que las relaciones internacionales necesitan un mínimo de justicia y equidad para que sean duraderas y pacíficas?

En la actualidad se invita a un pragmatismo hobbesiano tanto en la vida social, como en la política. Los estados, sobre todo si son tan fuertes como EE UU, Israel, o la UE, sólo aspiran a ganar en todas las etapas y hacer aceptar sus propios puntos de vista. Aunque la historia de las relaciones internacionales avale ese planteamiento, la historia demuestra que ningún conflicto mal resuelto se ha podido enterrar para siempre.

Radicalismo con 'hijab'

Lo que subyace en filigrana en el avance electoral actual de los radicalismos islámicos no es sólo un retorno del integrismo doctrinal y de sus formas de expresión integrista -velo, legislación, estatuto de la mujer, aristocratización del poder, etcétera, sino una reparación política de injusticias históricas que podían haber sido atendidas sin tener que llegar a esa vuelta al pasado ni a los tiempos superados que promueven los integrismos.

En Egipto, en Irak, en Irán, en Líbano, en Argelia y en otros países del Magreb, la fuerza de los islamistas radicales se debe en parte a las filtraciones de que han sido objeto desde los radicalismos marxistas, comunistas, baazistas, revolucionarios y laicos de los años sesenta a los cuales el final de la guerra fría ha dejado sin empleo.

Lo que las elecciones han conseguido en Irak no es llevar al poder a ciudadanos con una idea unitaria y moderna de su país, sino a los más votados por las comunidades que más votos pueden proporcionar. El equilibrio dentro del Parlamento responde al equilibrio numérico real de las confesiones.

Es más justo así, pero no es la democracia ni la garantía de supervivencia del Irak que figura en nuestros mapas. Es, sobre todo, la reparación de una injusticia histórica con chiíes y kurdos, pero en unas circunstancias históricas que tienden a la creación de facto de tres naciones, chií, kurda y suní. Como la distribución de la riqueza se corresponde con la distribución espacial de dos de esas confesiones, las elecciones pueden haber abierto la puerta a la fragmentación del país. Lo único que mantiene a las comunidades relativamente unidas es el deseo de todas de combatir la presencia de Estados Unidos.

En todas las orillas y espacios del Mediterráneo, han vuelto los radicalismos violentos que caracterizaron a la etapa de liberación de la colonización y de la guerra fría. Transcurrido el compás de espera tras la derrota del comunismo, y sin llegar los dividendos de la paz prometidos, la región ha vuelto a los enfrentamientos de siempre, aunque en otras circunstancias.

El islamismo ha añadido su toque personal: uso del hijab; consagración de la sharia sin ijtihad, sin actualizar, como única base de las legislaciones; revalorización de la shura (consulta) como forma ideal de participación, que conviene perfectamente a los Estados teocráticos y a las monarquías de tendencia absolutista; confusión entre religión y cosa pública; reaparición o refuerzo en algunos casos de las penas uhud, los castigos corporales, establecidos en la sharia, fundamentalmente para el adulterio, el hurto y otras contravenciones de la ley que la democracia occidental ha resuelto de forma humanitaria.

Así es que Occidente está ante la misma confrontación que le plantearon los nacionalismos, el baazismo y el comunismo, desde los primeros tiempos de la colonización sólo que el proyecto de sociedad que ahora proponen los radicales islamistas es peor que el de los progresismos vencidos.

En ese islamismo triunfante subyace un intento de reinvención del poder, de la relación de la autoridad delegada de Dios (el jalifato) con los ciudadanos y las instituciones, que vuelve sus ojos a los salafs (los antepasados idealizados) y esquiva, por considerarla contaminante, a la democracia o a cualquier intento de adaptarla al islam como hicieron los modernistas, los moderados y aquellos musulmanes que todavía reconocían la importancia de la lógica y de la razón. No son solamente los musulmanes modernistas y occidentalizados los que pierden.

También pueden perder los musulmanes que aspiran moderada y pacíficamente a vivir en sociedades que reconozcan sus señas de identidad y sus creencias en el respeto, la consideración y la aceptación de las diferencias en un mundo que ya está o que camina hacia el mestizaje de las ideas, de las religiones y de los hábitos sociales en los espacios físicos compartidos.

La lección del retorno a Sefarad

El conflicto palestino-israelí es el mejor ejemplo de pervivencia de un problema mal resuelto desde que el imperio romano expulsara a los judíos de su tierra natal por primera vez muchos años antes de la era cristiana. La historia siguiente en todas partes y en todas las etapas incluye alguna represión contra los judíos, hasta la hecatombe del holocausto nazi.

Los árabes han negado a los judíos el derecho a la existencia como Estado y han percibido siempre la implantación del Estado de Israel, en 1948, como la culminación de un proceso integrado en la acción colonial de Europa en la región. Por ello, ni siquiera quieren oír hablar del algún derecho de los judíos a compartir los espacios históricos, simbólicos, sentimentales, donde transcurrieron las historias fundadoras del judaísmo, por cierto las primeras en el tiempo de las tres aventuras de civilización que nacieron en lo que hoy es Oriente Próximo.

El cristianismo, que se ha realizado en la mayor parte de los países europeos, no ha sentido esa necesidad de retorno que, sin embargo, nunca abandonó a los judíos. El Estado de Israel es la culminación de ese proceso, pero tiene que tener en cuenta un hecho insoslayable: se ha construido en tiempos modernos en un territorio que ya tenía un pueblo viviendo en el.

La historia de los judíos sefardíes ofrece un ejemplo edificante sobre cómo mantener una relación sentimental ininterrumpida con los orígenes, tanto en entornos árabes y musulmanes como europeos y, más recientemente, sobre cómo lograr una reinserción individual y colectiva, física y espiritual, sin traumas para nadie, en los espacios de su propia historia. Ellos también fueron expulsados, perseguidos, matados y maltratados, pero nunca perdieron las raíces.

La simpatía con que hoy se contempla el retorno a Sefarad, la España actual, dice mucho a favor de la convivencia con la diferencia que en esta parte del mundo intentamos construir.

El diálogo intelectual con Estados Unidos

Lo paradójico de la situación presente es que el mundo árabe ya no distingue, como lo hizo durante toda la etapa de la guerra fría, entre Europa y EE UU. La UE es percibida de una manera más identificada que antaño, cuando no como parte, de las políticas y estrategias de Washington en la región. Por ese motivo, los europeos son candidatos a padecer las consecuencias de los actos políticos y militares de EE UU o de sus iniciativas, en una zona del mundo que tiene para este país una importancia secundaria entre los muchos escenarios en que se desenvuelve su política exterior y militar.

Tres años después de la guerra de Irak, y muchos después del protagonismo exclusivo de EE UU en el conflicto árabe-israelí, la ostensible pérdida de influencia de la UE en la remodelación actual de ese espacio vital para su seguridad se confirma en la incapacidad demostrada durante los últimos sesenta años para garantizarse por sí misma el acceso a los recursos energéticos de Oriente Próximo.

La retórica al uso pretende que el Mediterráneo es el resultado de una considerable promiscuidad histórica, religiosa, cultural y humana entre Europa y los países de la otra orilla. Por qué Europa no ha logrado una integración con el Mediterráneo parecida a la de EE UU con América Latina es algo que no se explica sólo por su incapacidad de dotarse de una política exterior y de defensa creíble.

El fracaso de la Conferencia Euromediterránea de Barcelona de noviembre de 2005 no es más que la última expresión de esa incapacidad europea. La seguridad de la UE, y el carácter mismo de la relación con EE UU, sugiere la necesidad imperiosa de crear mecanismos intermedios de diálogo y reflexión en las dos direcciones, que involucren a las sociedades civiles, a las universidades y a los centros de reflexión, públicos y privados, europeos y estadounidenses.

Para España es vital porque EE UU tiene puesto el contestador automático al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Los medios y los institutos españoles adecuados para ello existen pero, a juzgar por la producción intelectual, se da la paradoja de que actúan como vehículo del pensamiento de EE UU hacia España, pero no en la otra dirección.

Vehiculamos ideas estadounidenses hacia nosotros -lo cual está muy bien - pero no reflexiones europeas, o al menos españolas, hacia EE UU. Tenemos, no obstante, puntos de vista razonables que defender, necesidad de acomodar y hacer valer nuestros intereses en un mundo diseñado en Washington porque, al fin y al cabo, estamos en el mismo proyecto humano, político, social y económico.

La acción exterior, política y militar, de EE UU hacia esta región tan importante para nuestra seguridad, no es siempre perfecta ni indiscutible. El ejemplo más claro de fracaso de la política estadounidense concierne al expediente que más empeño ha puesto en defender en los últimos 50 años: Israel. Sesenta años después del reparto de Palestina de 1947, Israel no parece tener otra opción que fijar unilateralmente sus fronteras y encerrarse detrás de un muro de separación.

Fuera del muro estarán los palestinos, sin esperanza y siempre dispuestos a quemar las últimas naves, unas sociedades árabes cada vez más hostiles, y unos gobiernos radicales y violentos legitimados ahora por las urnas. Si la defensa de los intereses propios es lo único que guía a las relaciones internacionales, como corresponde a ese realismo hobbesiano al que se nos pide regresar, seamos al menos consecuentes y tratemos de que los resultados estén a la altura de los proyectos. Si diseñamos políticas y estrategias solo para ganar, ganemos.