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Política Exterior y Economía Exterior
Nº 103. Enero/Febrero 2005
La guerra de Irak, una visión alternativa
Puede que el futuro de Irak lo decida y organice EE UU, pero sus consecuencias -negativas o positivas - se repartirán entre todos. Es el momento de restablecer la cooperación entre Europa y EE UU, en esta coyuntura crucial para la historia de Occidente.
A 30 de octubre de 2004, más de 100.000 iraquíes habían muerto desde la invasión de su país en marzo del año anterior. Esa cifra por sí sola permite ya dudar de que liberar al pueblo iraquí de la tiranía le vaya a ahorrar sufrimiento. Peor que esa cifra de muertes puede ser para el futuro la batería de terribles imágenes que han quedado grabadas en las retinas de orientales y occidentales, y que alimentarán durante muchos años la narrativa de los horrores cometidos por los dos bandos contendientes. La televisión ha desempeñado un papel importante y ésta es quizá la primera gran guerra en la que la cadena árabe Al Jazira, auténtico fenómeno de trascendencia sociológica para los árabes, ha roto el monopolio occidental de la información y de las imágenes. Convertida en la referencia dominante para el mundo árabe-islámico, Al Jazira es un elemento a tener en cuenta de ahora en adelante. Por el momento ha permitido que occidentales y árabes veamos dos guerras diferentes que habrán confirmado a muchos en sus odios y temores ancestrales del otro. El presente y el futuro previsible contribuirán a acreditar la idea de que está en marcha un choque de civilizaciones, cuando lo único que existe es un enfrentamiento entre dos fundamentalismos intransigentes. Uno es terrorista y está empeñado en imponer por el terror su visión reductora de Occidente; el otro es dogmático y está convencido de que la universalidad y superioridad de su sistema político, económico y social merece ser impuesto por la fuerza de las armas. Volver ahora a las controversias que precedieron y acompañaron al estallido de la contienda sería un ejercicio inútil porque el futuro puede ser aún peor que el presente y eso es lo que conviene prevenir. Cualquier comentario del tipo “teníamos razón” sería hoy inoportuno. La reelección del presidente George W. Bush el pasado noviembre, recuerda también, sin perjuicio de cualquier otra valoración, que europeos y norteamericanos tienen dos percepciones opuestas sobre la necesidad y legitimidad del recurso a la violencia para garantizar la propagación de valores y, ¿por qué no?, para defender unos intereses vitales para ambos. Dos urgencias invitan a dejar de lado las diferencias sobre este pasado inmediato. La primera es cómo imponer la democracia, la paz y la concordia entre todas las componentes étnicas, culturales y religiosas de Irak, un país que en sus 72 años de vida independiente no ha sido gobernado jamás por un gobierno surgido de la voluntad popular. La segunda se refiere a cómo lograr una cooperación política entre Europa y Estados Unidos que pueda desembocar en una conferencia internacional sobre Irak, cuando la supremacía militar norteamericana impide cualquier otra colaboración que no sea la del asentimiento automático a todas sus decisiones. Junto a esas dos urgencias existe una realidad económica que tiene que ver, como no podía ser menos, con el petróleo, que convierte a esa región en una zona de importancia estratégica vital para EE UU y para Europa. En las circunstancias presentes, y sobre todo en las futuras previsibles, es posible que interese a Europa y a EE UU explorar otras vías de garantizar sus abastecimientos energéticos distintas a la dictadura del mercado o de la guerra. Antes de intentar imaginar el futuro es necesario hacer un breve inventario del presente. Las armas de destrucción masiva (ADM) que supuestamente poseía Sadam Husein, justificación central de la intervención en Irak, no se han encontrado; la pretendida cooperación del régimen del dictador iraquí con Al Qaeda no ha podido ser probada; el precio del petróleo, que se prometía más barato para la posguerra, ha pasado de 25-30 dólares/barril antes de la invasión de Irak a 47-52 en la actualidad: el pronóstico es que se estabilice en 42 dólares/barril; la crisis humanitaria del pueblo iraquí, que se pretendía remediar, aunque ahora tiene otro carácter, se ha agravado; es dudoso, en contra de lo que se sostiene, que las Naciones Unidas hayan visto reforzado su papel; y la supuesta victoria sobre el terrorismo al poner fin al régimen de Sadam Husein tampoco se ha producido.
Organizar la democracia y traer la paz La preocupación prioritaria de quienes nos denominamos demócratas y civilizados debería ser poner fin a la guerra y a los sufrimientos del pueblo iraquí, acabar con el odio y la violencia, traer la paz y organizar una democracia en el país. EE UU afirma que quiere intentar una solución democrática, pero a simple vista parece difícil que lo logre solo y con sus actuales métodos. Ayudarle sería una forma de ayudarnos porque puede que hoy nadie tenga capacidad para influir en sus decisiones, pero sus decisiones sí que nos afectarán a todos. Algo importante se ha logrado no obstante: el dictador ya ha desaparecido de la escena política de su país y de la de Oriente Próximo, y eso es un alivio. Sin embargo, la guerra que continúa y sus consecuencias previsibles permiten dudar de que el mundo vaya a ser más seguro ahora como se pretendía. Veamos primero cuál es la historia de los intentos norteamericanos de intervenir en Irak y el balance de esos intentos. La primera idea fue desalojar a Sadam Husein del poder mediante la fórmula clásica del golpe de Estado. Fue la que prevaleció después de la guerra de Kuwait, pero entonces Arabia Saudita y otros países productores de petróleo convencieron a EE UU de que Irak sin Sadam sería pronto pasto de los independentismos latentes en las comunidades chií y kurda. Las otras primeras opciones intentadas por EE UU se remontan al final de aquella segunda guerra del Golfo (1990-91) después de la experiencia de la invasión de Kuwait por Irak. A partir de entonces, Washington intentó promover una gran alianza de los grupos iraquíes del exilio. Los primeros en unirse fueron los dos partidos kurdos, el Partido Democrático del Kurdistán (PDK) de Massud Barzani y la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) de Jalal Talabani, que en 1992 establecieron el Congreso Nacional Iraquí (CNI) con los importantes grupos de oposición chií y otros opositores menores. Ahmed Chalabi, banquero de confesión chií, apoyado por el Pentágono y reclamado por la justicia jordana por fraude, exiliado desde la caída de la monarquía en 1958, fue elegido para presidir el CNI. La figura intelectual de ese heterogéneo agrupamiento sería el intelectual iraquí Kanaan Makiya, el mismo que en 2002 convenció a EE UU de que una invasión de Irak sería recibida con flores y guirnaldas. Tal vez influido por él, Bush llegó a decir que “el plan” (invasión de Irak, derrocamiento de Sadam Husein y democratización del país) estaría completo “a principios de 2003” y añadió que “en semanas, no en meses”. Desde la aprobación en 1998 de la Irak Liberation Act por el Congreso de EE UU, otras opciones comenzaron a ser valoradas por los estrategas norteamericanos, relacionadas con la posibilidad de lograr que el exilio iraquí constituyera una alternativa viable al vacío de poder que dejaría el dictador. EE UU estaba convencido para entonces de que sería necesaria una guerra para desalojar al dictador, pero ninguno de los grupos de exiliados iraquíes, monárquico, militar o político, tenía o tiene implantación alguna en Irak debido a la naturaleza misma del régimen. El único grupo con alguna ascendencia dentro de Irak, el confesional chií, parecía presentar más inconvenientes que ventajas para el futuro del país. Esas circunstancias no sólo no han cambiado, sino que posiblemente han empeorado debido a la guerra, lo que introduce un interrogante sobre la posibilidad de que prospere en Irak una auténtica democracia, resultante de unas elecciones libres y democráticas como las que EE UU prometió para enero de 2005, a menos que se le conceda asistencia exterior política y militar durante años. Algunas otras evoluciones aportan una inquietud añadida sobre el futuro. Por ejemplo, y aunque la colaboración anterior del régimen iraquí con Al Qaeda no pudo demostrarse, la presencia actual de Al Qaeda en Irak sí es un hecho comprobado. Vino de la mano de la cooperación establecida por Ansar al Islam (originalmente Jund al Islam, ejército islámico), la organización radical del chiísmo kurdo. La manifestación más inquietante de su existencia son los asesinatos salvajes de rehenes que se le atribuyen y su presencia en el territorio chií del Kurdistán, convertido al parecer en su santuario. Esta expansión de Al Qaeda es un dato a tener en cuenta en cualquier escenario futuro. Asimismo, los kurdos, tanto del PDK como de la UPK, se han acostumbrado a vivir en una autonomía cómoda y protegida, y puede que la perspectiva de un Estado federal ya no les seduzca. En realidad, la tranquilidad y estabilidad de la que han disfrutado desde que EE UU y Reino Unido impusieron la zona de exclusión aérea en 1991 sobre Kurdistán para protegerlos del exterminio del régimen iraquí, puede que sea la mejor época de toda su historia de los kurdos iraquíes. La propuesta norteamericana de organizar el futuro del país partiendo de una Constitución federalista que permita acomodar el gran mosaico étnico, cultural y confesional iraquí dentro de un Irak unido y democrático puede que haya quedado devaluada, para kurdos y chiíes, por las ventajas de la autonomía actual no declarada en que viven. Por otra parte, el mundo chií, diverso y equilibrado antes de la guerra, además de haberse concienciado de su superioridad demográfica, se ha radicalizado políticamente y decantado en beneficio del grupo radical de Muktada al Sader, lo que introduce un imponderable más en el panorama político de cualquier proceso democrático que puede complicarse cuando kurdos y chiíes se den cuenta de que el petróleo iraquí se encuentra en sus respectivas regiones, y no en las zonas de la minoría suní que siempre les ha gobernado. Una opción norteamericana, aparentemente fracasada, fue la monárquica. Poco después de la caída de Sadam apareció por Bagdad el cherif (N: descendiente del profeta Mahoma) Ali Husein, en el exilio desde 1958 cuando tenía dos años de edad y toda la familia real fue masacrada en el golpe militar que acabó con la monarquía. Desde entonces, Husein no había vuelto al país, lo que presentaba bajo una luz un tanto angelical su ingenua pretensión de llegar a Bagdad y ser aclamado como rey. Su propuesta de convertir a la monarquía y a su persona en el paraguas de un Irak unitario y a la vez garantía de su pluralidad, no fue ni siquiera considerada. Sólo unas 1.000 personas, reunidas por los servicios norteamericanos y británicos en Bagdad, acudieron a presentarle sus respetos, pero eso era demasiado poco para ofrecerle la corona. EE UU exploraría otra posibilidad monárquica en la persona del príncipe Hassán ben Talal, hermano de Husein de Jordania y emparentado con el rey Ghazi I de Irak, el segundo de la breve historia monárquica iraquí, pero esta alternativa tampoco parece haberse abierto camino. Por último, EE UU también pensó utilizar a los cuatro o cinco generales iraquíes exiliados en Europa, tal vez convencido de que por la trayectoria histórica militarista de su país los iraquíes no se acostumbrarían a respetar a un presidente no uniformado. Con el optimismo que ha caracterizado siempre al exilio iraquí, uno de esos generales, el más joven y probablemente mejor preparado, Najib al Salhi, decía antes de la invasión de Irak al escritor y periodista Amir Taheri, autor de varios libros imprescindibles sobre Irak, que “para que Irak pase de un régimen baasista a otro democrático, el hombre de la situación debe ser una personalidad árabe sunita que haya hecho su carrera en el ejército”. Aparte de que la descripción de “salvador” le convenía perfectamente, el general Al Salhi ponía en primera línea de sus ambiciones para Irak algo que los otros grupos confesionales y étnicos no podrían aceptar jamás de una futura Constitución democrática: la continuidad del predominio histórico de la comunidad minoritaria suní. Otros generales del exilio fueron descartados, como Nazar al Khazraji, de 64 años, porque estuvo implicado en el exterminio de la población kurda de Halabja en 1988 y no sería aceptado por los kurdos. El general Fawzi al Shamari, 59 años, que había tomado parte en todas las masacres contra los kurdos ordenadas por Sadam Husein entre 1970 y 1990, fue pronto invitado a esmerarse en la atención a los clientes del restaurante que poseía en Washington. Otros militares menores pasaron sin pena ni gloria. Pero las dificultades que encontró hasta ahora y que encontrará EE UU para la reconstrucción política de Irak sobre bases democráticas se deben más que a la debilidad de la oposición en el exilio y a la falta de implantación en el país, a los cambios sociológicos operados por la larga historia militar y baasista de Irak. Lo que parece necesitar el país es la existencia de una mínima sociedad civil antes que una democracia como condición previa para que ésta funcione. Desde su independencia en 1932, los regímenes militares de Irak -llegados todos al poder tras cruentos golpes de Estado- lograron la militarización de la sociedad reprimiendo y suprimiendo a los primeros partidos políticos y ejecutando a los líderes civiles. Se trata de una tendencia que Sadam Husein, nombrado general sin tan siquiera haber hecho el servicio militar, trasladó al campo de la política hasta convertir al partido Baas en uno de los más eficaces instrumentos policiales y paramilitares que más tarde quedó a su servicio. Sadam entró con fuerza en la escena política iraquí en 1963, cuando Michel Aflak, fundador del baasismo árabe, lo impuso como jefe del Consejo del Comando Regional del Baas en Irak. Esa circunstancia histórica resulta a posteriori curiosa tanto por la trayectoria futura de Sadam Husein, como por la del propio Aflak, intelectual impulsor del socialismo árabe y a la vez admirador de Hitler. Entre 1964 y 1966, Sadam creó, organizó y estableció las misiones y cometidos del aparato secreto de poder del Estado y a la vez de la sección iraquí del Baas, el tristemente célebre Jihaz al Khas (aparato especial), más conocido como Jihaz al Janeen (aparato de la nostalgia). A través de esos órganos el dictador adquirió una experiencia única en maquinaciones secretas y en el ejercicio de la violencia terrorista. La Guardia Nacional en que Sadam convirtió posteriormente al Baas fue en los años siguientes un contrapeso al ejército y le sirvió en 1968 para dar el golpe contra el general Abderramán Aref, que abrió el camino del poder al Baas. La trayectoria criminal de Sadam Husein y su régimen era bien conocida aunque Europa y EE UU hubiesen fingido a veces ignorarla. A efectos de este artículo sólo interesa reflejar las transformaciones sociológicas que supuso el monopolio del Baas sobre la vida política de Irak y de Sadam sobre el partido. Son transformaciones y atavismos que durante mucho tiempo aún perturbarán la eclosión de una auténtica democracia en Irak. Su historia moderna está marcada por dos hechos fundamentales: la preponderancia del ejército hasta 1968, y el dominio absoluto que ejerció a partir de esa fecha el partido Baas y, con él, Sadam Husein . Hablar de partido es un puro eufemismo. Sadam lo convirtió en los 10 años siguientes en una maquinaria policial y de seguridad implacable. Cuando, en 1978, Sadam derrocó al presidente Ahmed Hassán al Bakr y le sustituyó en el cargo, ya tenía bajo su control a las dos únicas fuerzas organizadas de Irak, presentes en todos los rincones del país: el ejército y el aparato policial y paramilitar del Baas. La consecuencia de esos dos hechos será la “estatalización” extensiva, única en el mundo árabe, de la población iraquí. Es un fenómeno típico de las sociedades comunistas, pero insólito en un país que ni era comunista ni realmente baasista (socialista) sino sólo “sadamista”. Kanaan Makiya, autor bajo el seudónimo de Samir al-Jalil de una docena de libros de cabecera sobre Irak, se refiere en uno de ellos a esos profundos cambios sociológicos de la población iraquí durante las sucesivas dictaduras. De acuerdo con los datos que aporta, la relación de efectivos militares de Irak con la población era de cuatro por mil habitantes al principio del régimen monárquico. Pasó a 11 por mil en los años cuarenta con el auge del arabismo, llegó a los 16 por mil cuando el Baas tomó el poder, y Sadam Husein elevó esa proporción a 24 por mil desde el comienzo de la guerra de 1980-88 contra Irán, hasta alcanzar en 1984 el 42 por mil. Se trata de una concentración de la actividad de la población en lo militar sólo superada por el encuadramiento de la población en las actividades del Estado y en los aparatos de seguridad y policiales. Al comienzo de la monarquía, tres de cada 1.000 personas trabajaban para el Estado, un porcentaje que a la caída del régimen monárquico en 1958 no había cambiado. Cuando Sadam Husein llegó a la vicepresidencia de la nación en 1968, esa relación era ya de 26 por mil, y a principios de la guerra con Irán había llegado a la proporción de 63 por mil. La otra particularidad de Irak es que aunque a principios de la guerra de Irán 835.000 civiles trabajaban para el Estado, a la vez que el Baas tenía ya un millón de miembros activos, la mayoría de ellos empleados por las múltiples policías y servicios secretos paralelos y en el cuerpo paramilitar de la Guardia Nacional. Irak era ya un Estado policial ni siquiera igualado por algunas dictaduras del Este. Es esa extensiva participación de la población en la represión y el control de la otra parte de la población no estructurada en el Baas ni en el ejército, lo que puede explicar las dificultades encontradas por EE UU en la actual guerra de Irak, el dinamismo y la organización de la llamada insurgencia o resistencia, y la importancia de los medios con que ésta cuenta. Es también la que anticipa los problemas que tendrá que vencer en su camino cualquier intento de estructurar y hacer viable un régimen democrático homologable para el que no existen demasiados demócratas disponibles ni una gran demanda de democracia.
EE UU-Europa: ¿cooperar sobre qué base?
Antes de poder realmente cooperar de nuevo, Europa y EE UU deberán establecer una base de acuerdo que permita transformar sus respectivas quejas en cooperación. Lo que sigue son sólo algunos elementos para conciliar al menos los principios y valores que compartimos y que nos proponemos defender. Sin que ello pueda interpretarse como una aprobación de la guerra, es un hecho que, como sostenía el propio Presidente Bush, Irak fabricó y utilizó ADM y, que de haber seguido Sadam en el poder, hubiera podido fabricarlas de nuevo y utilizarlas. Está igualmente fuera de toda duda que el mundo y, sobre todo, Irak, está mucho mejor sin Sadam pero es difícil compartir la impresión norteamericana de que también es más seguro. Sadam no fue un simple dictador, un dictador más. Sadam hizo de la violencia y el terror no sólo el leitmotiv de su propia vida sino el eje de al menos la mitad de la población iraquí. Es verdad asimismo, porque existe una abundante documentación sobre ello, que aunque no se haya podido demostrar una relación del régimen iraquí con Al Qaeda, una organización relativamente reciente en los anales del terrorismo, sí está demostrada no sólo la relación de Sadam Husein con otros terrorismos anteriores a Al Qaeda sino también la implicación directa y a veces personal del dictador en cientos de actuaciones terroristas. Pero ese terrorismo está demostrado desde los años sesenta, no sólo desde 2003. La invocación de principios morales por parte de algunos países europeos para justificar su rechazo a la guerra, especialmente en el caso de Francia (y Reino Unido aunque haya participado en ella), debería ser considerada con cierta circunspección. Esos dos países son, en buena medida, responsables de algunos de los grandes traumas que ha vivido el mundo árabe-islámico desde el siglo XVIII e incluso antes. Lo que realmente se puede objetar a la caída forzada de Sadam es que no forme parte de un propósito similar de acabar con todos los dictadores -desde luego por otros medios - y sobre todo que para algunos Estados o gobiernos, los dictadores sólo se vuelvan incómodos cuando ponen en peligro los intereses occidentales y no cuando los garantizan. Derrocar a Sadam, como derrocar a cualquier otro dictador no amigo, no es en esas condiciones ningún acto moral. En lo que a Estados Unidos respecta, hay que reconocer que sus actuaciones son, como mínimo ambivalentes. Por un lado, su proyecto de “Gran Oriente Medio” tiende a la implantación forzada, militarmente si es necesario, de la democracia en un conjunto de países y de líderes, hasta ahora recalcitrantes a probar los beneficios del respaldo popular y el respeto a las urnas. Aun reconociendo los aspectos positivos que tendría la aplicación de la democracia a los países árabe-islámicos desde Afganistán al Atlántico, la traumática y poco concluyente experiencia afgana y la menos edificante aún de Irak, hace temer que si EE UU cae en la tentación de repetir el modelo con Irán, Siria o cualquier otro país, sus resultados no sean mejores que los logrados en Irak y que el mundo pueda entrar en un cierto caos imprevisible. Pero EE UU, es cierto, no se limita a esa visión autoritaria del mundo y de ahí la complejidad para entenderle. Toda la trayectoria histórica en el mundo árabe-musulmán de sus instituciones culturales sugiere la importancia que siempre ha concedido a la educación, a la cultura, al progreso económico y a la libertad. Sus colegios y universidades en ese mundo han sido y son ejemplares. Algunas instituciones, como la Universidad Americana de Beirut, han desempeñado un formidable papel en el despertar de la conciencia árabe y han sido criadero de nacionalistas y defensores de la independencia contra la colonización. En numerosos países árabes como Marruecos, Túnez, Egipto, Líbano, etcétera, EE UU financia numerosas asociaciones de la sociedad civil para ayudarlas a familiarizarse con la democracia, a promover la igualdad de la mujer, el aprendizaje y la aparición de una ciudadanía responsable, y a familiarizar con el estado de derecho. Así es que, con independencia del discurso autoritario norteamericano, la cooperación con la Unión Europea debería ser posible. En especial con la Nueva Política de Vecindad, que a fin de cuentas se propone los mismos objetivos pero por otros medios y con una visión más global porque incluye el concepto de prosperidad compartida y solidaridad. Al mismo tiempo, es imposible olvidar que los dos grandes problemas del momento de Oriente Próximo, el conflicto palestino-israelí y la guerra de Irak, tienen un origen remoto en la dominación colonial de Inglaterra y Francia. La autorización de crear un Hogar Nacional para los judíos en Palestina, dada por lord Balfour en 1917, un año después de que Francia y Reino Unido en los acuerdos conocidos como Sykes-Picot hubieran esbozado los principios y las líneas de reparto del imperio otomano, es el antecedente profundo del conflicto árabe-palestino-israelí. Esto es cierto también en relación con uno de los problemas externos más graves causados por Irak: la invasión y anexión de Kuwait en 1990. Los diferentes regímenes iraquíes, desde la independencia de 1932, sostuvieron que Kuwait siempre formó parte de Irak durante el imperio otomano y que fue Reino Unido el que lo separó en 1913 para convertirlo en protectorado británico. El mismo rey Ghazi I, segundo entre tres de una monarquía extranjera impuesta a Irak por Reino Unido, reivindicó el emirato. En los años cincuenta, el primer ministro iraquí, general Nuri Said, propuso como transacción para solucionar el problema la creación de una federación entre Irak, Kuwait y Jordania, bajo la dinastía hachemí. En los años sesenta, el general Abdelkrim Kacem, quien acabó con la monarquía en Irak, llamaba al jeque Abdalá al Salim al Sabah “alcalde de Kuwait” y sostenía, con documentos históricos en su apoyo, que Kuwait era un distrito de Basora. El general Kacem ya intentó ocupar Kuwait, pero tuvo que desistir ante la llegada de las tropas británicas. En realidad, la historia moderna de Irak había comenzado con mal pie cuando Reino Unido, después de haberse repartido con Francia los restos del imperio otomano, decidió en 1921 instalar al frente de ese país una monarquía ajena y extranjera como la hachemí, importada del Hedjaz (hoy Arabia Saudí), de donde había sido a su vez expulsada debido a otra intervención británica a favor de la familia Saud. En el momento en que Reino Unido y Francia se interesaron por Oriente Próximo, Reino Unido estaba ya instalado en Egipto, que había invadido en 1882 con el pretexto de cobrar las deudas contraídas por el Khedive Ismail con ciudadanos británicos. Ambos países se repartieron las provincias del imperio otomano a principios del siglo XX porque Turquía había apostado mal al apoyar a Alemania en la Primera Guerra mundial y había perdido. Sin embargo desintegraron aquel Imperio con tanta despreocupación por las realidades geográficas e históricas de los pueblos involucrados, que muchos de ellos echaron de menos el sistema turco de marcas y la representación nacional que los Jóvenes Turcos habían puesto en marcha desde 1908. Pero la Primera Guerra mundial había puesto de manifiesto, con la mecanización de los transportes de armas y hombres de los ejércitos comenzada por entonces, la trascendencia que supondría el petróleo en el futuro. El trazado de algunas fronteras, la creación de algunos países, tendría más que ver con la intención de los dos colonizadores de repartirse equitativamente el acceso al petróleo y el control de las grandes rutas comerciales que con el interés de los pueblos afectados. Cuando se lanzaron a la conquista de Oriente Próximo, Reino Unido poseía colonias que se extendían sobre más de 30 millones de kilómetros cuadrados (123 veces su superficie actual) y Francia más de 14 millones de kilómetros cuadrados (26 veces su superficie actual). Entre los dos controlaban lo esencial del mundo colonizado. Hasta que apareció EE UU como referencia dominante en los asuntos de Oriente Próximo y el Mediterráneo, Francia y Reino Unido protagonizaron numerosas actuaciones que no difieren de las que posteriormente han criticado a EE UU. Uno de los problemas que dificulta hoy la percepción de la narrativa democrática de EE UU por los europeos es la marcada intervención de la ideología al valorarla. No obstante, es un hecho histórico que tanto en la conferencia de Versailles como en la posterior de San Remo de 1920, el presidente Woodrow Wilson se opuso al reparto del imperio otomano entre Francia y Reino Unido e instó a consultar a las poblaciones afectadas sobre qué destino querían para sí mismas. La exigencia de preguntar a los pueblos coloniales o dependientes fue una constante de la actitud de EE UU hasta la Segunda Guerra mundial, durante y después de la cual animó a los países coloniales a buscar su emancipación. Si las independencias de los años cincuenta y sesenta fueron un éxito se debió en parte al apoyo prestado por EE UU a los movimientos independentistas. En 1956, la agresión franco-británica-israelí contra Egipto en castigo por la nacionalización del canal de Suez tuvo que ser interrumpida debido al ultimátum de EE UU y la URSS a los agresores.
El petróleo como telón de fondo
El petróleo desempeña un importante papel en el trasfondo de las crisis y guerras en Oriente Próximo. El golfo Pérsico o Arábigo, según se prefiera, es una zona de importancia estratégica para EE UU y para Europa. Sus respectivas economías dependen en porcentajes elevados de los suministros energéticos. En el caso de Europa están más concentrados en los países productores del Golfo y norte de frica. Se trata de una dependencia tanto de Europa como de EE UU destinada a crecer en los próximos 20 años en competencia con una demanda en la que han irrumpido nuevos países muy poblados y con un consumo creciente de energía para satisfacer las exigencias de unos crecimientos económicos importantes. El caso más notable es el de China, cuya demanda ha ido aumentando a un ritmo del siete por cien en los últimos años. Pero las nuevas demandas no son sólo el único factor de perturbación en el mercado petrolero. En realidad la creación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en 1960 y la recuperación siguiente por los países productores de sus riquezas cambió por completo la relación entre productores y consumidores. Las guerras, sin embargo, son las que han modificado los precios de un petróleo que rara vez recupera los niveles anteriores a cada conflagración. La guerra árabe-israelí de 1973 es un ejemplo. Antes de ella el precio del barril oscilaba entre los dos y cuatro dólares. A principios de 1974, menos de un año después de la guerra, el precio se había multiplicado por tres hasta alcanzar los 12 dólares el barril. Sin volver a su nivel anterior, la llegada del ayatolá Jomeini al poder en Irán en 1979 y la guerra lanzada contra este país en 1980 por Irak, multiplicó en poco tiempo el precio del petróleo por tres. En 1981 el barril de petróleo costaba ya 25 dólares. En 1986 los precios del barril descendieron bruscamente a 12 dólares, pero fue una decisión unilateral de Arabia Saudí que, en discrepancia con el sistema de cuotas impuesto por la OPEP aumentó su producción dando lugar a la caída de 13 dólares el barril con respecto al precio de 1981. Pero fue una situación pasajera pues Arabia Saudí regresó pronto al sistema de cuotas. Poco antes de la invasión de Irak en 2003, el barril de petróleo había recuperado su precio de 1991, 25 dólares. Las dificultades iniciales de la guerra, su prolongación y la ausencia de solución, casi duplicaron el precio del barril y en la actualidad los analistas creen que se estabilizará alrededor de los 42 dólares. La cuestión es importante porque el Fondo Monetario Internacional estima que un aumento duradero de 10 dólares del precio del barril puede reducir en un 0,6 por cien el crecimiento de la economía mundial y acercar el espectro de la recesión a las economías europea y japonesa.
Conclusiones
El petróleo, la necesidad de ganar la guerra contra el terrorismo, reducir el abismo siempre creciente entre riqueza y pobreza, y la urgencia de alcanzar un mínimo entendimiento entre las naciones, deberían incitar a un rápido restablecimiento de la cooperación entre Europa y EE UU. La razón es simple: la guerra y el futuro de Irak puede que lo decida y lo organice EE UU, pero sus efectos negativos o positivos, se repartirán entre todos. El proyecto norteamericano de implantar una democracia en Irak lo complementa el plan de reconstrucción del país, con el apoyo del G-8. Se trata de la apoteosis final que en lenguaje coloquial equivale a pedir a quienes se han opuesto a la guerra que financien los daños causados por ella. Aparte de la dificultad de imaginar cómo se pueden reconstruir las vidas perdidas, el broche final del sinsentido de la retórica de los partidarios de la guerra lo pone el paralelismo que algunos estrategas establecen entre la destrucción y reconstrucción prevista de Irak con la destrucción y reconstrucción de Alemania y Japón durante la Segunda Guerra mundial y después. El pacto entre civilizaciones que proponía a mediados de año el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, descartado como retórico de inmediato por la oposición “hobbesiana”, tiene algún sentido si se recuerda que existe, porque se le está ayudando a crecer, un choque fundamentalista disfrazado de choque de civilizaciones, una legítima pugna de intereses entre productores y consumidores de petróleo que podría ser transformada en una cooperación global que evite las grandes fluctuaciones desestabilizadoras a la vez de los precios del petróleo y de los precios de los productos industriales y, sobre todo, que permita prevenir las amenazas al abastecimiento energético que las guerras siempre introducen. Los ciudadanos de las democracias consolidadas tienen derecho a ser informados verazmente por sus gobiernos y a exigir que decisiones tan importantes como la paz o la guerra sean el resultado de las argumentaciones que se invocan para comenzarlas. El ejercicio del derecho a la legítima defensa, mucho más si es preventiva, debería ejercerse sólo en el marco de unos principios morales y legales muy por encima del apoyo o del rechazo de las guerras por los ciudadanos en coyunturas políticas particulares. Una imagen vale más que mil palabras y las últimas que hemos contemplado de la guerra de Irak, concretamente del asalto a Faluya y a algunos barrios de Bagdad, puede que sean las primeras que occidentales y orientales interpretemos de la misma manera: no estamos defendiendo valores de ningún tipo, estamos simplemente escenificando uno de los muchos dramas de la humanidad. En este momento crucial de la historia de Occidente en el que por primera vez las contradicciones no son con el resto del mundo sino entre Europa y EE UU, cómo no recordar la muwatta del imán Malek (1037-89), el teórico del rito malequita, quien según una cita escuchada en alguna ocasión al rey Hassán II de Marruecos decía que “si el cuerpo social tiene un miembro enfermo, hay que extirparlo, aunque eso suponga extirpar a la tercera parte de la sociedad”. Al recordarlo nuestra simpatía no puede menos que inclinarse por Catón, que en su discurso Pro rhodiensibus preguntaba a sus pares del Senado sobre los proyectos de algunos de los procónsules para aquel pueblo dominado por Roma: “¿Vamos a prevenirnos de ellos haciéndoles primero lo que decimos que ellos tienen la intención de hacernos a nosotros?”.
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