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La Clave, 9-15 agosto 2002
Ceuta y Melilla, el último acto
Lo más fastidioso de las crisis con Marruecos no son los choques verbales o mediáticos, los dimes y diretes, o los equívocos por mala interpretación de los hechos reales, que ya es mucha, sino el tono paternalista, fraternal, la mano echada por el encima del hombro y el susurro meloso al oído con el típico “no pasa nada hombre, ves como llevábamos razón” cuando se prepara la reconciliación. Es lo que habrá sentido el ministro Josep Piqué si leyó la reseña de la agencia marroquí MAP de su reciente entrevista con su homólogo marroquí, Mohamed Benaissa, en la ONU. Benaissa afirmó, según la MAP, que su encuentro con Piqué fue “franco, directo y global” que le expuso todos los expedientes del contencioso hispano-marroquí como”base de diálogo para una cooperación real en lo económico, político y social”, que encontró a Piqué “dispuesto a discutirlos todos” y que por fin espera que “España cambie de actitud y de visión con respecto a Marruecos”. “No es normal”, añadió, “que Marruecos siga siendo objeto de ataques contra su dignidad, sus instituciones sagradas y sus símbolos” y declaró no comprender a los medios españoles que “atacan a un país vecino, árabe y musulmán en un momento en que todo el mundo está llamando al diálogo entre civilizaciones”. Por supuesto que dijo que “Marruecos no guarda ningún rencor hacia España” y que espera -como se suele decir en estos caso- que entre los dos países se establezca una cooperación real y sincera, basada en la buena vecindad, la amistad y el respeto mutuo. Naturalmente que no era el momento de recordar la ruptura del acuerdo de pesca y el consiguiente desguace de la flota pesquera española; la presión migratoria ilegal en la que Marruecos si podría hacer un poquito más por controlarla, ni las alusiones de la prensa marroquí a una posible cooperación con la organización terrorista ETA en contrapartida por la simpatías que una parte de los españoles siente por el Polisario que, hasta ahora no figura en ninguna lista de organizaciones terroristas. Tampoco se le debió ocurrir pensar que si bien es verdad que en estos momentos todo el mundo llama al diálogo entre civilizaciones, lo que verdaderamente se exige de los gobiernos es que corten radicalmente toda actitud indulgente hacia grupos terroristas o quienes les apoyan, que controlen sus cuentas bancarias y medios de financiación, que formen una piña con todo el mundo democrático para erradicar esa lacra de la humanidad y no que amenacen a otro país con apoyar a un movimiento terrorista. Pero no es cuestión de preocuparse por una incongruencia más o menos. El embajador marroquí sigue retirado –la falta de explicación coherente no permite saberlo con claridad- porque España mantiene hoy la misma postura que mantuvo en los últimos 20 años con respecto al Sahara o porque muchos o pocos españoles simpatizan con el Polisario. España ha sido objeto de los mismos ataques a su dignidad en la prensa marroquí porque un periodista confundió una carta al director de un periódico pidiendo que se arme al Polisario con una actitud oficial española; el gobierno acaba de recibir una protesta formal de Marruecos sin que parezca, a juzgar por las primeras explicaciones que han aparecido en su prensa, que sabe muy bien por qué está protestando porque unos diarios dicen que es por la expulsión de cuatro periodistas marroquíes que querían “cubrir los actos en Sevilla” donde participó el líder del Polisario Mohamed Abdelazis, y otros que “por la expulsión de España de los miembros de la “Asociación Sahara marroquí”. Uno de esos periódicos, precisamente el más influido por el ministerio de Exteriores marroquí, afirma que la Asociación expulsada contempla denunciar ante los tribunales a España por el “comportamiento injustificado de las autoridades de Sevilla” mientras que, como expresión cimera de la vindicta, el diario Al Bayan, en su edición en árabe, preconizaba “una nueva marcha verde para recuperar los territorios todavía ocupados”. Lo que sobran son ejemplos de la “moderación” de la prensa marroquí hacia España. Baste recordar solamente el nombramiento del exembajador español en Marruecos, Jorge Dezcallar, como director del CESID. Mientras que la mayoría de los países acogen con agrado que aquellos que han sido embajadores de otro país entre ellos accedan a un alto cargo, la prensa marroquí lo tomó casi como una ofensa. Un periodista marroquí le dedicó varias notas. Una decía que “Marruecos es objetivo de los Servicios de Inteligencia de Madrid porque todos los estudios estratégicos españoles le consideran como la fuente esencial de peligro”; otro que Dezcallar había sido elegido seleccionado “por su extenso conocimiento de Marruecos, país que España pretende que es la fuente de peligro para su futuro debido a la cuestión de las dos ciudades ocupadas de Ceuta y Melilla, de la emigración y del trafico de droga”; un tercero explicaba que Marruecos es “el país que más agentes españoles tiene” muchos de ellos “ocultos detrás de instituciones culturales y comerciales”.
Estas acusaciones terminaron por convertirse en el leit-motiv de la prensa marroquí por esos días hasta el punto de que el periodista y dirigente del partido nacionalista Istiqlal, Naim Kamal, escribía: “ El espía estaba entre nosotros. No venía del frío, sino del país de la Costa del Sol. Perdonen mi ignorancia pero no creo que se pueda pasar de embajador a patrón de los Servicios de Espionaje y a coordinar todos los servicios de información sin una base sólida en la materia”. Después añadía que “de ahora en adelante, cuando me encuentre con algún español en los salones de la capital, dudaré en tomarme una copa con él por temor a que me saque información”.
Lo que no es admisible, como deja entrever la protesta marroquí por los hechos de Sevilla, es que los marroquíes puedan comenzar a intentar reventar en España actos políticos que no son de su agrado o ejercer aquí contra los periodistas españoles las mismas presiones que se ejercen en su país incluso contra ellos mismos como confirma el reciente encarcelamiento del periodista Ali M’Rabet. Tampoco parece proporcionada la queja marroquí por los presuntos “ataques de la prensa española a la dignidad de Marruecos, sus instituciones sagradas y sus símbolos”, sobre todo teniendo en cuenta que en los últimos veinte años, este mismo mes, los verdaderos ataques demoledores contra Marruecos y sus instituciones sagradas han procedido no sólo de artículos de prensa sino de una ya abundante bibliografía francesa sobre Marruecos que cuenta entre otros títulos con “Descartes no era marroquí”, “Nuestro amigo el rey”, o el recién aparecido “El último rey; el crepúsculo de una dinastía”, del periodista francés Jean Pierre Tuquoi. Este último explora uno de los dominios que la propia monarquía más han intentado proteger: la vida del Serrallo, en el interior de los palacios reales. Aunque la prensa marroquí le ha criticado, no lo ha hecho ni con la mitad de la virulencia que emplea, por ejemplo, contra las vacaciones de los niños saharauis en España o cualquier otro acto solidario con el Polisario. Y desde luego el gobierno marroquí no ha presentado al francés ninguna protesta formal, que se sepa.
La amistad, la buena vecindad, la fraternidad, los ocho siglos de historia común y toda la retórica habitual, es o debe ser una autopista de dos direcciones. Y lo que parece que va siendo hora entre españoles y marroquíes no es una nueva marcha verde contra Ceuta y Melilla, sino que ambos se tiendan en el sofá del siquiatra y comiencen a intentar averiguar el porqué de esa sensibilidad a flor de piel y de esa imposibilidad de admitir que el otro sea diferente, piense de forma diferente y actúe como le plazca.
Desgraciadamente las perspectivas a corto o medio plazo parecen ser otras. Lo que comienza a estar claro es que la última, esperada y anunciada confrontación con Marruecos por motivos territoriales, puede estar al llegar. Las conversaciones hispano-británicas y el acuerdo de principio entre Londres y Madrid para retroceder a la soberanía española la colonia de Gibraltar, han puesto en el disparadero la reivindicación marroquí de Ceuta y Melilla. Al socaire de la guerra del Sáhara a principios de los años setenta, Marruecos intentó sin éxito que la ONU incluyera a las dos ciudades entre los territorios por descolonizar. Era una excelente presión para que España resolviera el conflicto, como lo resolvió, a favor de Marruecos. Después de los Acuerdos Tripartitos de 1975, Marruecos puso sordina a su reivindicación por un tiempo. Para justificarlo el rey Hassán II decidió asociar el destino de la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla con el de la española sobre Gibraltar. El planteamiento, que desde el punto de vista militar había dejado hacía tiempo de tener sentido, era que una sola potencia no podía controlar las dos orillas del Estrecho de Gibraltar.
El partido nacionalista Istiqlal se mostraba quizá más impaciente que ningún otro y cuando logró colocar a uno de sus dirigentes, Abdelhak Kadiri, como embajador en Madrid, expuso la doctrina de que Gibraltar y Ceuta y Melilla eran dos cosas diferentes y que Marruecos no tenía porqué esperar a que España solucionase su problema para intentar solucionar el suyo sobre Ceuta y Melilla. Por esos años el entonces secretario general del istiqlal, M’hamed Buceta, en el calor de una campaña electoral, llegó a proponer reeditar la Marcha Verde esta vez en dirección a Ceuta y Melilla.
En estos días la prensa marroquí ha acusado a España, con muy mal tono, de estar obsesionada por “destronar a Francia del Magreb”. Convendría recordar que fue el mismo Ahmed Buceta, cuando era ministro de Asuntos Exteriores, el que presionó y convenció a España para que se volcase en Marruecos porque, según el decía siempre que encontraba a un periodista español, Marruecos tenía que sustraerse de su dependencia exclusiva de Francia y equilibrar más sus relaciones internacionales.
El momento interno actual de Marruecos, en vísperas además de unas elecciones legislativas, es el menos propicio a los entendimientos. La monarquía se encuentra fragilizada, los fantasmas del pasado, Ben Barka, la familia Ufkir, el general Dlimi, los condenados de Tazmamart, los asesinados o desaparecidos, los torturados, han salido del armario y reclaman reparación. Las mujeres exigen sus derechos, los sondeos indican que el integrismo cuenta con el 30 por ciento de la intención de voto, el gobierno socialista ha sido desacreditado por el propio monarca que no le ha dejado gobernar ni siquiera en las escasas parcelas que le había asignado, los marroquíes jóvenes siguen en su mayoría pensando cómo marcharse del país. La transición se hace esperar y desear. El Ejército, libre del contrapeso del ministerio del Interior, cobra posiciones e influencia. En esas circunstancias puede prosperar la tentación de hacer de Ceuta y Melilla el pegamento que la nación hoy parece necesitar.
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