Domingo del Pino
Indice
Pluma en ristre
Mi turno de palabra
Habana club
Rincón tanyaui
Mis pinturas
Mis fotos
fin de menu

La Clave

El islamismo, sacudida del mundo árabe en el final del milenio

El islamismo, entendido como la utilización de una cierta visión del Islam para fines políticos y morales, es ya sin duda uno de los elementos importantes, perturbadores, de este fin de milenio cristiano-occidental. Es también un factor significativo a tener en cuenta en unas relaciones internacionales en plena mutación, a la búsqueda de una nueva estructuración y de mecanismos que garanticen mejor la estabilidad y la seguridad.

Desde Marruecos, pasando por el siempre agitado Próximo Oriente, la consigna es la misma: "el islam es la solución", "el Corán nuestra constitución", y "la Charia nuestra ley". Los instrumentos prácticos de esa acción son parecidos:"Yamaas (Asambleas) al islami", "Yihads (guerra santa) al Islami", "Hizbs (partidos) al islami o Allah" y "Harakats (movimientos) al Muitamaa al Islami, HAMAS".

Las tácticas y las estrategias son parecidas: violencia intelectual y física contra toda oposición, penetración de todas las células organizativas básicas de la sociedad, asociaciones benéficas, deportivas, gremiales, profesionales, sindicales; perturbar la economía para agravar las crisis y propiciar la caída de los gobiernos refractarios al islamismo; máxima utilización del juego democrático cuando éste les es permitido; culto por el martirologio que resulta del uso de la violencia y la inevitable contra violencia.

Ningún sector de la sociedad escapa a esa compulsión que con frecuencia reviste la forma de terror. Esa evolución, que por el momento nadie se atreve a conjeturar que pueda ser una tendencia organizada, estructurada, dirigida desde uno o varios centros comunes, es por lo menos de una coincidencia en sus fines extraordinaria, aunque los métodos varíen radicalmente de un país a otro.

El islamismo ya ha logrado poner a trabajar juntos a los hijos de las dos grandes ramas del Islam, sunís y chiís. Ha cohibido a los gobiernos y gobernantes, que se sienten obligados a exteriorizar su propia espiritualidad y a ofrecerla en espectáculo. Ha limitado considerablemente la libertad de acción todos aquellos que producen o transmiten ideas, informaciones o diversión.

Pero lo más significativo para el futuro, es que ha logrado que todos los sectores de la sociedad, de los gobiernos, políticos, religiosos, artísticos, culturales, se definan en relación a los planteamientos islamistas y rindan pleitesía, aunque sea verbal, a los símbolos externos de la religiosidad que los islamistas aspiran a administrar y sancionar en exclusiva.

En el haber de los ideólogos del islamismo es necesario añadir la gran habilidad con que han logrado que lo que es ante todo una confrontación existencial con actores de sus propias sociedades, aparezca también como enfrentamiento entre la autenticidad que ellos reivindican en exclusiva, y la imitación mimética de una civilización ajena como la Occidental.

La existencia en numerosos países, principalmente europeos, de importantes comunidades de trabajadores emigrantes musulmanes, con frecuencia mal retribuidos, discriminados, mal o nada integrados, y permanentemente agredidos, aunque sea involuntariamente, por un entorno de civilización totalmente diferente, ha facilitado esa percepción de choque entre civilizaciones diferentes que oculta el gran y antiguo debate del mundo musulmán, sobre todo árabe, que aún no ha hecho su Reforma ni iniciado su Renacimiento.

El islamismo no se encuentra en la misma etapa en todos los países islámicos. En unos como Irán y Sudán, está en el poder, en cierta medida en conflicto con el resto del mundo. En otros, como los países del Golfo, está también en el poder, no menos rígido y anacrónico, pero más reconciliado con su propia sociedad y se contenta, al menos en esta ultima fase, con limitar sus incursiones en países ajenos a lo que podríamos llamar su "necesaria autodefensa".

En Argelia y Egipto el islamismo, que mantiene una presión constante sobre el poder y sobre la sociedad, ha colocado al primer país al borde de la guerra civil, y al segundo en una situación económica más difícil aún de lo que normalmente sería. En el caso de Argelia el presente es incierto; en el de Egipto lo es el futuro.

En Occidente se insiste mucho acerca de esos gobiernos sobre la necesidad de facilitar rápidamente cauces de auténtica expresión política y democrática para que las corrientes que recorren a la sociedad puedan todas expresarse. Se piensa que el respeto de los derechos humanos, el multipartidismo, una auténtica libertad de expresión, y la extensión o la aplicación de la democracia, ahorrará traumatismos y restará violencia al diálogo político y social.

Es necesario tener en cuenta, sin embargo, que en buena parte de los casos, como en Argelia, la aplicación del principio de un hombre un voto llevaría al poder o al menos a los Parlamentos, en posición de fuerza, a los representantes de esa visión extrema del Islam. Otra cosa, por supuesto, es saber si ello es necesariamente perjudicial para Occidente, y si lo es, en qué aspectos.

Una respuesta clara a ese interrogante en el presente no es posible. Sólo parece factible avanzar algunos elementos de información y de reflexión.

Los países que parecen haber resistido mejor al empuje de ese islamismo, Marruecos y Jordania, no son paradigma de libertades y democracia. Además, Hassán II y Hussein de Jordania, adoptaron actitudes opuestas con respecto al islamismo.

El primero, que prohibió la creación de partidos islámicos, reina sobre un país en donde el extremismo islámico es insignificante y en donde se comienza a ver, según expresión del rey, "el final del túnel" de las dificultades económicas. Por ello se puede permitir el lujo, hoy raro para la mayoría de los gobernantes musulmanes, de encomendar la gestión de los asuntos corrientes del estado a tecnócratas liberales poco o nada preocupados por los impuestos coránicos, la prohibición del interés y la usura que establece el islam, el impacto demoníaco que según los islamistas tienen las antenas parabólicas sobre la sociedad, la presencia de la mujer en el mercado de trabajo, la inclusión de un ministro de confesión judía en su gabinete, y otros muchos asuntos que son debate corriente en el mundo árabe oriental. El país goza hoy de una estabilidad inigualada en el resto del mundo árabe-musulmán.

El rey Hussein, por el contrario, permitió desde 1988 el pleno juego de los islamistas en el escenario político de Jordania a través de una participación electoral que les dio incluso la mayoría en el Parlamento anterior pero que han perdido en las últimas elecciones del pasado 8 de noviembre.

Su país, con un 65 por ciento de población de origen jordano, situado en el ojo del huracán desatado en Oriente Próximo por los acuerdos de paz firmados entre la OLP e Israel, a los cuales se oponen los islamistas, es por razones obvias, menos estable que Marruecos, pero mucho más que cualquier otro de Oriente Próximo.

Sin embargo, los expertos coinciden en que la experiencia democrática comenzada hace cuatro años podría verse en entredicho, si ese islamismo decidiera jugarse en la calle, donde sigue siendo mayoritario el triunfo de sus opciones contra la paz con Israel, que ahora no tienen posibilidad de ser respaldados por la Cámara. Aunque el Frente de Acción Islámica perdió escaños, debido sobre todo a la utilización por el gobierno de su potestad para redistribuir las circunscripciones electorales, y la introducción del sistema de un hombre un voto, su implantación en el país no ha menguado.

Nada de esto sin embargo, impidió que Jordania se haya convertido en uno de los países mejor organizados y administrados de Oriente Próximo, y que su rey goce de una gran popularidad, incluso entre sus opositores islamistas, inigualada por ningún otro dirigente de la región.

Pero el éxito de los dos monarcas no puede ser atribuido exclusivamente al indudable "savoir faire" de ambos. Es necesario resaltar que los dos ejercen el poder en función de unas legitimidades históricamente bien establecidas, y que este ejercicio, más en el caso del rey Hassán II que en el de Hussein, se adapta bien a la idea que los islamistas se hacen del poder.

El rey Hassán II, en particular, puede tener éxito en demostrar que se puede islamizar todo lo que es islamizable incluso, o sobre todo, el poder, ya que los islamistas, al igual que el rey, sostienen que éste tiene un origen divino y como representante de Dios en la tierra es irresponsable.

La única limitación que los islamistas ponen a ese sistema es el de los casos de despotismo extremo, pero entonces, según ellos, ya no hay que rectificar nada, sino simplemente dar muerte al déspota.

El rey ha podido mantener al margen de ese proceso a lo que no tiene necesariamente por qué ser afectado por esa islamización como la gestión económica en general o la convivencia con el resto del mundo que el monarca se reserva como dominio exclusivo de su actuación personal, entre otras cosas porque a ese respecto sería difícil decir en qué consiste islamizar.

Por qué eso no ha sido y no es posible en Argelia quizá se explica porque no se dan las circunstancias de legitimidad del poder que concurren en el rey Hassán II, y porque ese poder argelino no ha sido capaz o no ha podido manejar el arsenal de lo simbólico y de lo espiritual con la misma habilidad que el monarca marroquí.

En Argelia las soluciones parecen estar hoy más lejos que nunca y la confrontación se ha hecho lamentablemente extensiva a los extranjeros, amenazados de muerte si permanecen en el país. El diálogo que el régimen había admitido finalmente, es rechazado por los islamistas del FIS que afirman ahora que "no aceptamos nada que no sea un estado islámico".

Ello pone en entredicho las posibilidades de éxito de la Comisión para el Diálogo, que integran ocho miembros, entre ellos tres generales que pretende convocar una conferencia nacional de todas las fuerzas políticas para crear una plataforma política de transición durante dos a tres años, antes de celebrar nuevas elecciones legislativas.

Al igual que en Egipto los Hermanos Musulmanes, el FIS ya se ha visto ampliamente desbordado por el MIA (Movimiento Islámico Armado) y por el GIA (Grupo Islámico Armado), que han introducido, con sus intentos de sabotear el gasoducto entre Argelia e Italia a través de Túnez y sus amenazas de muerte para los extranjeros, la dimensión occidental en su confrontación con el régimen.

Como en Egipto también, los intelectuales y los periodistas, han sido objetivos privilegiados, y más de siete fueron asesinados desde mediados de este año, mientras que el total de víctimas de la violencia se acerca ya a las dos mil.

Otros intelectuales como Rachid Buyedra y Rachid Mimuni, están amenazados de muerte por expresar opiniones contrarias a los islamistas.

Pero ¿cómo se pueden organizar unas nuevas elecciones y evitar que se reproduzca la situación de 1991 si antes no se ha derogado el precedente establecido por Chadli Benyedid de aceptar que concurran partidos islámistas?. Y al mismo tiempo, cómo se puede garantizar la estabilidad de la sociedad si a la vez no se está dispuesto a sincerar el escenario político y permitir que las corrientes islamistas puedan y desde luego deban plasmar en programas sus propuestas y presentarlas desde dentro de otros partidos o en partidos propios con objetivos temporales, que son la razón de ser de la política.

En Egipto, y excepto por los medios que utilizan, a veces resulta difícil distinguir entre el islamismo y el Islam oficial. Los islamistas asesinaron al intelectual laico Farag Fuda el 8 de mayo de 1992 y tienen a una buena parte de la intelectualidad egipcia, incluído el Premio Nobel de Literatura, Naguib Mahfuz, en sus listas negras.

Tres meses después del asesinato de Fuda, el doctor Mohamed Ali Magub, ministro de Bienes Religiosos, afirmaba que "En Egipto no existe, y no existirá, un partido laico, porque eso es contrario a la Charia y a la constitución".

Peor aún, el también moderado Jeque Mohamed Al Gazali, una de las más importantes autoridades religiosas del país, llamado por el tribunal que veía el caso de Farag Fuda a dar su opinión , dijo: "El que mata a un apóstata comete un crimen ante el Estado, pero no un pecado ante Dios. Un apóstata tiene derecho a que se le de una oportunidad de arrepentirse, pero si no lo hace, su presencia en la comunidad constituye una amenaza para la nación, y debe ser dada por terminada". Los asesinos habían justificado su crimen diciendo que Fuda era un apóstata.

Hace seis años, cuando el islamismo comenzaba su nueva etapa ascendente, el periodista Abdel Satar al Tawila escribía en la revista Rose al Yusef que "el gobierno ha acogido con los brazos abiertos a esta corriente extremista y le permite que se exprese y que encuentre su lugar bajo el sol".

Seis años después, en noviembre de 1993, un informe de 93 páginas del Consejo de la Shura o Senado egipcio, advertía que los islamistas lograron infiltrarse en varios cuerpos gubernamentales y que su influencia en esos cuerpos se hace sentir cada vez más. El informe añadía que varios de los más destacados representantes del islam oficial, de hasta entonces reconocida moderación, comienzan a apoyar indirectamente a los islamistas en sus escritos en la prensa gubernamental y a través de la radio y la televisión estatales.

Más que Argelia, Egipto es un país donde todas las condiciones, históricas, culturales, científicas, humanas, e incluso institucionales, están reunidas para que triunfe el islamismo. Que su triunfo pueda abarcar a todas los ámbitos del Estado, por ejemplo a la banca, las finanzas, y la economía en general, es más que dudoso. Esto no es más que una contradicción aparente, porque las ambiciones de los islamistas, en la práctica, parecen reducirse casi siempre a controlar a la familia en general y la mujer en particular, y a imponer su peculiar concepción de la moral. La estricta separación de sexos, acabar con los video-clubs, los establecimientos que expenden bebidas alcohólicas, los teatrillos populares, los cabarets hoy día circunscritos al sector turístico, y lograr que la televisión sea destinada solamente para noticieros, sermones religiosos y como máximo programas de animales o de avances industriales y tecnológicos, son sus primeras y claras reivindicaciones.

Los observadores occidentales se han asombrado siempre, en Argelia, Egipto, e incluso en los países donde el islamismo está en el poder, como Irán o Sudán, de la ambigüedad, por no decir ausencia, de proyectos de estado, políticos y económicos de los islamistas, que contrasta con la prolijidad del programa familiar y moral que proponen.

La explicación es bien sencilla, el Corán y la Charia no son En verdad explícitos más que en lo que concierne a la familia. El magistrado egipcio y consejero del Estado, Said al Ashmaui, afirma que el Corán, del que los islamistas quieren hacer derivar toda legislación, es más bien un compendio de recomendaciones morales, y no un corpus jurídico estructurado.

Como afirma al Ashmaui, "de los 6000 versos de que consta el Corán, sólo 200 pueden considerarse reglas legales, pero la mayoría de esos 200 ya han sido invalidados o derogados, con la excepción de 80". El islamismo campea por sus respetos en Líbano, en cuyo valle de la Bekaa se codean extremistas chiís y sunís, pasdarans iraníes, hizbulás libaneses, Hamas palestinos, junto con otros extremismos de izquierda, revolucionarios o nacionalistas.

Está en ascenso en Turquía, en donde la matanza de Sivas este año vino a recordar, inesperadamente, su vigor. Sin embargo, el principal factor de inestabilidad para el gobierno de Tansu Ciller, por el momento, no es el islamismo, sino la inestabilidad en el Kurdistán y el pulso lanzado al gobierno por el Partido de los Trabajadores del Kurdistán, PKK.

La reislamización bajo la influencia de Irán de las antiguas repúblicas soviéticas con población musulmana de Asia Central, de que tanto se habló con posterioridad al derrumbe del sistema comunista, no se ha producido.

La revolución jomeinista no resultó finalmente tan contagiosa para aquellos 40 millones de musulmanes sunis que hoy se reparten en los cuatro estados independientes de Tayikistán, Uzbekistán, Kirguisistán, y Turkmenistán. La mayoría de ellos prefiere la intervención del ejército ruso antes de caer en la esfera del islamismo.

Solamente en Tayikistán, en donde más de cinco millones de tayiks tienen importantes lazos históricos, linguísticos y culturales con Irán, se instaló en el poder hace más de un año un gobierno islámico. Pero ese gobierno islámico no pudo nada frente a las tropas uzbecas y rusas llamadas por los kuliabis opositores. La mayoría de los islamistas huyeron a Afganistán, donde encontraron el apoyo de Gulbudin Hekmatyar, y hoy se limitan a una guerra de guerrillas desde la frontera afgana. Pero incluso esta guerra, para los expertos, tiene más que ver con un enfrentamiento étnico que otra cosa.

En Oriente Medio, solamente existe un dominio en donde el islamismo se perfila como una amenaza, aunque no la única, a corto y medio plazo: la paz de la OLP con Israel. Después de que los dos principales interesadas, OLP e Israel, decidieran explorar la aventura de convivir entre ellos, el islamismo medio oriental en general, apoyado por los países donde el islam está en el poder, como Irán y Sudán, tomó la bandera de la lucha sin cuartel contra Israel.

En las circunstancias precarias en que la convivencia futura se negocia, por la desconfianza que persiste entre las dos partes, por las enormes dificultades, entre ellas las económicas, que esa paz conlleva, ese islamismo, que en los 45 años de beligerancia soportada por la OLP no dio señales de vida, aspira ahora a movilizar a sus huestes por una causa hoy totalmente descartada tanto por la OLP como por los países árabes como es la de "establecer un estado palestino islámico sobre toda la tierra palestina, incluída aquella donde se asienta el Estado de Israel".

Los islamistas no son los únicos que se oponen a la paz, porque también están las diez organizaciones palestinas que tienen su sede en Damasco, pero si son los únicos que le oponen un proyecto totalitario, de una manera concertada.

No es posible predecir ni valorar hoy la capacidad del islamismo para tomar el poder en las sociedades donde se manifiesta, como tampoco es posible predecir, de lograrlo, que grado de riesgo o amenaza ello representa para Occidente. Es indudable que uno o varios poderes islámicos representan un entorno internacional más hostil, mayores problemas de choques de culturas y civilizaciones, y probablemente una mayor tensión en las relaciones internacionales. Parece fuera de duda que los islamistas están al diapasón de los sentimientos de una mayoría de las masas árabes, pero lo que no es claro es la capacidad de los islamistas de tomar el poder, y mucho menos de mantenerse en el.

En cualquier caso, cómo se echa de menos en el presente a una Rabia al Adawiya, que allá por los años 790 de n.e. se paseaba por las calles de Basora con una antorcha en una mano y un balde de agua en la otra. La antorcha, para prenderle fuego al paraíso, y el balde de agua para apagar las llamas del infierno. Ya es hora de que los seres humanos se entiendan sobre esta tierra, decía ella, y que dejen de hacer las cosas sólo por la ambición del paraíso, o el temor del infierno.