La Clave, 19-25 abril 2002
Nuevo objetivo para Marruecos
La reivindicación de Ceuta y Melilla ha sido el último órdago de Mohammed VI, detrás del cual se esconde su objetivo primero: el Sáhara. La ONU sigue señalando otro camino.
El mismo día en que hablaba el Rey alauí, el Consejo de Seguridad de la ONU, que debatía sobre las cuatro propuestas del Secretario General sobre el Sáhara Occidental, optaba por posponer hasta enero de 2003 cualquier decisión sobre las mismas por falta de quórum. Desde su independencia en 1956 Marruecos ha mantenido una importante reivindicación territorial sobre todos sus vecinos y otros países que no eran fronterizos con él, dando lugar a una importante inestabilidad en el Magreb que medio siglo después se mantiene y contribuye a impedir la democratización del Norte de frica, el desarrollo económico a que los pueblos tienen derecho y permite a unos Gobiernos autoritarios posponer las reformas necesarias para ingresar en la modernidad que sus pueblos esperan. El conflicto del Sáhara es el que mantiene a Marruecos desde 1984 fuera de su escenario natural de la Unión Africana, por haber reconocido ésta a la RASD, y paraliza a la Unión del Magreb Árabe.
El Gran Magreb de Allal el Fasi, el fundador del partido nacionalista Istiqlal, del que proceden los principales partidos políticos marroquíes actuales, asumido desde 1958 por la dinastía alauí, es quizá el sueño poscolonial de mayor envergadura jamás planteado por ningún país africano. Para cumplirlo pretendía cambiar las fronteras coloniales e históricas de otros cuatro países más. De haberlo logrado, Marruecos se hubiera convertido en el Imperio Jerifiano que nunca fue.
De esa vasta reivindicación subsisten su pretensión en exclusiva sobre el territorio del Sáhara Occidental, sobre las provincias españolas en frica, otra subyacente que envenena sus relaciones con Argelia desde que ese país accedió a la independencia a principios de los años sesenta, sobre la zona de los oásis del Sáhara sur oriental argelino, y una última que aparece en la filigrana del discurso territorial marroquí y que podría algún día englobar a las islas Canarias. Esto no puede descartarse de antemano.
En septiembre de 1979, otro año fatídico en las relaciones entre los dos países, en la comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento marroquí se proclamaba que "en lo que concierne a Ceuta y Melilla se trata de ir mucho más lejos que el simple depósito de la cuestión ante una instancia internacional. Marruecos no puede desinteresarse de esas Islas (Canarias) que no son más que una prolongación de la costa marroquí". Un mes más tarde el diario Al Alam, órgano oficial del Istiqlal, pretendía que "España está enferma. Es un agregado de pueblos que no pueden vivir juntos ni bajo un régimen dictatorial ni bajo otro democrático. Si pudieran decidir libremente la Península ibérica estaría compuesta por cinco estados: Portugal, España propiamente dicha, Cataluña, País Vasco y Andalucía, ya que la suerte de Ceuta y Melilla y las Canarias es conocida de antemano".
Por qué Mohamed VI ha querido colocar sobre la mesa toda su artillería reivindicativa territorial contra España, cuando la prudencia aconsejaría mantener un tono conciliador al menos para no agotar de antemano las posibilidades de normalización de las relaciones que los dos ministros de Asuntos Exteriores han pactado acometer a partir de septiembre, comienza a estar relativamente claro. Se trata de intentar ocupar a la diplomacia española en el juego de dimes y diretes sobre conflictos territoriales que para países lejanos que sólo tienen el mapa como referencia pueden parecer razonables. Mucho más si España se ve obligada, como en el caso del Islote de Perejil y los amagos de unas patrulleras marroquíes sobre otros islotes de las Islas Chafarinas, a desalojar por la fuerza a los ocupantes marroquíes y proyectar fuerza en el entorno de Ceuta, Melilla y las Canarias.
Un periódico marroquí tan valiente como el semanario 'Demain' afirmaba que España había caído en una trampa que le había sido tendida por Marruecos en Perejil. La tesis no es descabellada y la retórica marroquí posterior parece darle la razón. Se trataba de provocar un incidente sobre un tema menor que obligara a España a intervenir militarmente para poder desacreditarla después y descalificarla como interlocutor válido y de referencia para los miembros de la ONU y el Consejo de Seguridad cuando debatan de nuevo sobre el expediente del Sáhara Occidental.
El petróleo, la gran cuestión
Marruecos ha presentado aquella reacción española como "resabios colonialistas" y la actuación del gobierno español de "impulsos autoritarios de reminiscencias franquistas". Teniendo en cuenta que a partir del primero de enero de 2003 España ocupará uno de los escaños que quedarán vacante entre los diez rotativos del Consejo de Seguridad, la estrategia marroquí parece lógica porque forzaría a España a inhibirse en las discusiones. Es lo que preconizaba el diario 'L’Economiste' en este mes de julio contra Argelia: "Marruecos debe convencer al mundo de que Argelia no es un país fiable y que su estado de debilidad y de incoherencia la descalifica para dar lecciones a nadie y como interlocutor".
Después del discurso del rey Mohamed VI del martes 30 de agosto y siguiendo ese cálculo marroquí, España no solo tendría que ceder gratuitamente sobre el Sáhara Occidental, sino que además debería responder a una reivindicación territorial que Marruecos, inseguro de sus derechos históricos, desea mantener como asunto bilateral y no plantear ante unos organismos internacionales que pudieran no darle la razón.
Lo único concreto es que el gesto unilateral marroquí de ocupar el islote de Perejil ha tenido consecuencias realmente desproporcionadas con lo que estaba en juego. Marruecos ha conseguido poner a prueba, con resultado desfavorable para la Unión Europea, la solidez de su Política Exterior y de Seguridad común en construcción, ha anticipado la incapacidad de la UE de ser un interlocutor válido en conflictos que conciernen a uno de sus estados miembros y, de pasada, introdujo por la puerta grande a Estados Unidos como actor principal en el escenario del Estrecho de Gibraltar tan vital y decisivo para la propia Europa y en una Zona de Libre Cambio que competirá con la que la propia UE tenía prevista para el 2010. Para un rey novato no está mal.
Los mapas publicados por algunas revistas especializadas en petróleo vienen a recordar en estos días que prácticamente toda la costa Norte del Sáhara occidental, la antigua Sakiet el Hamra, le ha sido concedida a la petrolera norteamericana Kerr McGee, y la costa sur, el ex Río de Oro, a la francesa TotalFinaElf. Un eventual reparto del territorio del Sáhara entre Marruecos y el Polisario, al que Marruecos se opone tajantemente a pesar de que lo aceptó en 1975, tendría el inconveniente de dejar a la reciente concesión a Francia dentro del territorio que quedaría bajo la soberanía del Polisario.
La crisis de Perejil ha cogido a los partidos políticos españoles con sus papeles históricos parcialmente cambiados. Mientras que el PP por iniciativa del presidente del Gobierno, José María Aznar, patrocina el Grupo parlamentario de Amistad con Marruecos, el Gobierno defiende la política de siempre de no considerar completada la descolonización del Sáhara hasta que el pueblo saharaui haya ejercido su derecho a la autodeterminación, lo que le enfrenta a Marruecos.
Por el contrario, el Grupo parlamentario Paz para el Pueblo Saharaui lo patrocinan diputados del PSOE y otros partidos nacionalistas y de izquierda, sin el PP, pero la dirección del PSOE, desde su Secretario General, José Luis Rodríguez Zapatero, pasando por el diputado Manuel Marín y el senador Jordi Solé Tura, abogan claramente, en aras de la 'realpolitik', por apoyar la tesis del enviado especial del Secretario General de la ONU, James Baker III, de concederle una autonomía temporal al territorio pero bajo soberanía marroquí.
Esa autonomía es, junto con el referéndum de autodeterminación, el reparto del territorio, o la retirada de la MINURSO, una de las cuatro opciones presentadas por el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, a la decisión del Consejo de Seguridad en el cual, tres miembros permanentes tan decisivos como Estados Unidos, Francia e Inglaterra, apoyan el Acuerdo Marco o Plan Baker.
El 11S, que tanto ha traumatizado a Estados Unidos, ha sido utilizado por numerosos países para solventar muchas contestaciones internas legítimas por la vía expeditiva de tratarlas como terrorismo. Ante las insinuaciones del Polisario de que de no haber acuerdo con Marruecos proseguiría la lucha, Marruecos ha respondido a través de su ministro de Asuntos Exteriores, Mohamed Benaissa, que solicitaría la inclusión del Frente Polisario entre las organizaciones terroristas. Bien es verdad que el Polisario, con los viajes de este año de Mohamed Abdelaziz a Cuba y Venezuela, y sus declaraciones de que "Cuba es el ejemplo a seguir", no ha contribuido mucho a hacerse comprender mejor por los grandes países occidentales.
El discurso del rey Mohamed VI, como ya respondió el Gobierno español, no contiene en verdad nada nuevo con respecto a Ceuta y Melilla. La novedad está en el contexto en que se produce, cuando España y el Reino Unido parecen próximos a lograr un acuerdo de soberanía compartida sobre Gibraltar.
Si Marruecos es consecuente con la estrategia trazada a este respecto por el rey Hassán II —"a cada paso de avance en el contencioso hispano-británico sobre Gibraltar debe corresponder otro avance similar en el marroquí-hispano sobre Ceuta y Melilla"— es lógico suponer que independientemente del conflicto por el Sáhara Occidental y de todos los otros expedientes conflictivos entre España y Marruecos como la pesca, la inmigración ilegal, las negociaciones agrícolas con la Unión Europea, desde la óptica de Rabat ha llegado la hora de echarle un último pulso a España por Ceuta y Melilla.
El rey Mohamed VI es más proclive que su padre a dar por logrados objetivos que, en realidad, aún dista de haber alcanzado. Ya dijo al periódico 'Le Figaro' en septiembre del 2001: "he logrado solucionar el conflicto sobre el Sáhara Occidental". Es de esperar que ahora, después de su 'hábil jugada' de Perejil, no presente a su pueblo como resuelta su reivindicación de Ceuta y Melilla. En cualquier caso España debe prepararse para esta última confrontación histórica con Marruecos y comprender que una cosa son los derechos históricos y otras los escenarios posibles y concretos sobre el terreno que, como recuerda la Marcha Verde de 1975, Marruecos sabe muy bien preparar. Lo que resulta aterrador en el caso del Sáhara occidental es que Marruecos gaste desde hace 26 años un millón de dólares diarios por mantener el territorio, que la MINURSO haya gastado 400 millones de dólares, que Argelia, presumiblemente, gaste una cantidad parecida a la marroquí en apoyo del Polisario, y que sin embargo los 120000 saharuis originarios del territorio tengan que vivir desde 1975 miserablemente en campos de refugiados alrededor de Tinduf.
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