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La Clave, 28-4 octubre 2001

Nueva York: una nueva etapa del terrorismo mundial

El 6 de septiembre de 1970, George Habache, jefe del Frente Popular palestino, ordenó el secuestro simultáneo de cuatro aviones que se dirigieran a Nueva York. Una palestina llamada Leila Jaled, ya tristemente célebre por haber secuestrado con éxito el año anterior un avión de la TWA, tenía que entrar la primera en acción secuestrando un avión de la línea israelí El Al en ruta hacia Nueva York vía Amsterdam.

El secuestro fracasó porque cuando los secuestrados le apuntaron con una pistola, el piloto efectuó una operación brusca de picado y lanzó a los terroristas por tierra. Leila Jaled fue detenida y entregada a la policía británica. El segundo avión secuestrado, un Boeing 747 de la Pan Am, fue volado en El Cairo ante la imposibilidad, por su tamaño, de aterrizar en la pista jordana de Zarqa, donde estaba previsto que fueran a parar los cuatro aparatos. Otros terroristas cumplieron con éxito su misión de capturar un DC8 de la Swissair y un Boeing 707 de la TWA, y ambos fueron obligados a cambiar de rumbo y llevados a Jordania.

Un espontáneo simpatizante del Frente Popular, la organización palestina a la que pertenecía Leila Jaled, tomó la iniciativa de secuestras a un quinto avión para paliar el fracaso del primer intento y de paso intercambiarlo por su compañera Leila Jaled. En 1970 los palestinos habían constituido un auténtico Estado dentro del Estado jordano, como luego lo constituirían en Líbano y la presencia simultánea de cuatro aviones secuestrados en suelo en Zarqa agotó la paciencia del rey Hussein, que poco después lanzaba a su ejército contra los hermanos palestinos hasta echarlos de su país.

Aquel año yo acababa de llegar a Beirut como corresponsal en mi primer trabajo y esa operación, que fue justificada por el Frente Popular como represalia por la ayuda militar de Estados Unidos a Israel, había llenado de entusiasmo no solo a los palestinos, entonces empeñados en una guerra abierta para la destrucción del Estado de Israel, sino a la inmensa mayoría de los árabes, incluyendo a los maronitas (cristianos) libaneses que unos años después tomarían las armas para también expulsar a los palestinos de Libano.

Aquella fue la primera y espectacular operación de secuestro masivo de aviones que demostraba al mundo la vulnerabilidad de este tipo de transporte, pero algo en ella debió indicar a los cerebros de la operación la utilidad que tendría para este tipo de terrorismo que quienes llevasen a cabo esas acciones supiesen pilotar los modernos aparatos. Cuba y otros países del Este Europeo entonces comunistas fueron contactados por el Frente Popular para que admitiesen a sus hombres en las escuelas militares de aviación.

Treinta y un años después la operación se ha repetido al detalle y otros cuatro aviones fueron secuestrados simultáneamente en vuelos internos de Estados Unidos. La fiereza de la operación la convertirá sin duda, cuando el número de víctimas pueda ser establecido, en la más bárbara de la siniestra historia del terrorismo. La lección es la misma que en 1970: los Estados pueden defenderse de otros Estados y sus Servicios de Inteligencia pueden anticipar las intenciones hostiles de un país contra otro, pero para ambos es prácticamente imposible prever y mucho menos evitar, la acción de un solo terrorista provisto de material de destrucción sofisticado y con buen apoyo logístico.

Este parece ser el caso del ataque el pasado martes 11 contra las torres gemelas de Nueva York y el Pentágono, los dos lugares más emblemáticos en lo económico y en lo militar de la primera potencia mundial.

A simple vista, la precisión de objetivos de la operación, la limpieza con que fue llevada a cabo, la coordinación de los cuatro grupos que necesariamente tuvieron que ajustar sus relojes en el país más y mejor vigilado del mundo, y el logro de los objetivos que ya los expertos preveían que serían los de futuros actos terroristas, causar el mayor número de víctimas y daño material posible, sugiere que la tragedia de Nueva York trasciende a cualquier grupo terrorista de tres al cuarto.

En días venideros sabremos seguramente más sobre quien o quienes la ordenaron, quienes la apoyaron y cómo –desde un punto de vista técnico- la realizaron, pero ahora conviene preguntarse qué causas y que circunstancias pueden llevar a tanta barbarie. Alguno de los múltiples conflictos sin solucionar de Oriente Medio, y muy en especial el palestino-israelí, viene inmediatamente a la mente. Destruido el proceso de paz por la intransigencia de unos y otros, los palestinos han perdido la esperanza de poder construir un estado propio en una tierra que se le había señalado y prometido en negociaciones, Por el mismo motivo, los israelíes perdieron la confianza en vivir una vida normal, dejando jugar a sus niños en el parque y yendo al teatro sin temer saltar por los aires, que parecía alcance de la mano por primera vez en los últimos sesenta años. El conflicto palestino-israelí parece cada día más lejos de solución y nadie puede anticipar lo que puede ocurrir, aunque todos podemos temerlo, si el origen del atentado de Nueva York estuviese en alguna facción del entorno palestino.

Los palestinos, sin embargo, no son los únicos de Oriente Medio que tiene ganas de vérselas con Estados Unidos de una vez por todas. Oriente Medio es quizá la región del mundo que en lo que va de siglo y en el pasado más guerras y violencia ha vivido. Es también la que ha producido mayor número de grupos y grupúsculos terroristas pero al mismo tiempo aquella en que más Estados han recurrido contra otros Estados o contra nacionales y ajenos a violencias que no siempre pueden distinguirse de lo que habitualmente se entiende por terrorismo. Las numerosas guerras árabe-israelíes desde principios del siglo XX, las guerras entre emiratos y sultanatos del Golfo, entre estados marxistas o revolucionarios y estados conservadores en toda la larga etapa de la confrontación Este-Oeste, los problemas de fronteras, las batallas a que dio lugar en tiempos muy recientes el choque entre las civilizaciones persa y árabe, y persa y asiática, la guerra de Irak contra Irán o de Irak contra Kuwait, el apoyo de Irán a los grupos extremistas islámicos de la región, o la persecución del opositor en muchos casos hasta la muerte, dentro y fuera de su país, están todavía demasiado presentes como para no ser inquietantes. La división de la región entre los productores y los no productores de petróleo y el juego de las grandes potencias en defensa de sus intereses, añade un plus considerable de conflictividad a una zona que ya tiene la violencia inscrita en su imaginario colectivo.

Los árabes e israelíes se enfrentaron en 1948, 1956, 1967, 1970, 1973 y 1982. La década de los ochenta fue de un largo peregrinaje palestino desde la expulsión de Beirut al exilio tunecino hasta llegar al césped de la Casa Blanca para firmar una paz que en verdad no llega. Esas guerras, que podríamos llamar oficiales, estuvieron precedidas por una larga revolución iniciada en los años treinta por el Mufti de Jerusalén contra la implantación judía en Palestina durante el Mandato británico y, después de la firma de los primeros acuerdos de paz palestino-israelíes de los noventa, por dos Intifidas populares. La última de ellas aún está en marcha y que demuestra hasta que punto los protagonistas creen que esté lejos esa paz que Europa al menos creía tan cerca.

Irak, antes de la guerra de 1994 la primera potencia militar de la región fue derrotada militarmente pero no en sus ambiciones. La supervivencia del régimen que invadió Kuwait con la intención de anexarlo favorece la supervivencia de las causas de aquella guerra. El duro embargo que le es impuesto al país tiene a la economía de rodillas después de que los bombardeos aliados la hicieran retroceder un siglo y afecta sobre todo al pueblo iraquí. En la ONU se puede seguir discutiendo si las sanciones refuerzan al régimen de Saddam Hussein, como pretenden unos o si acabarán por hacerle caer como sostienen otros, pero mientras tanto los iraquíes sufren y padecen y de paso acumulan un odio contra Occidente que será muy difícil extirpar.

Sobre la participación de Libia como Estado en el terrorismo internacional, fundamentalmente en la destrucción en vuelo de un avión de la Pan Am sobre Escocia en 1988, y otro de la compañía UTA 772 sobre Chad en 1989, existe algo más que una duda razonable. Lo mismo que subsiste sobre la los atentados violentos que le costaron la vida a un número considerable de opositores libios radicados en el extranjero. La sanciones impuestas contra el país no son precisamente lo que más le agrada a Gaddafi de Occidente y en especial de Estados Unidos.

En Irán no se ha resuelto aún con claridad la pugna entre radicales que parecen conservar intacta toda su capacidad de intervención en los asuntos mundiales y mediorientales a través de los varios Hizbulás que controlan y financian, y moderados que quieren introducir modestas reformas en el sistema, que necesitan acercarse a Occidente para ello, pero a quienes los extremistas consideran demasiado favorables a Estados Unidos para su gusto. En ese entorno radical iraní está quizá la más clara y decidida oposición a la existencia misma del Estado de Israel que obligadamente les enfrenta con Estados Unidos.

Sudán, con una inacabable guerra civil en marcha, figura en la lista de los Servicios de Inteligencia occidentales, junto con Libia y Afganistán, como uno de los países que prestan su territorio para entrenamiento de grupos radicales y terroristas de todo el mundo islámico. Estados Unidos ya le bombardeó en una ocasión para destruir la planta farmacéutica Shifa donde afirmaba que el famoso, el temido y el omnipresente millonario saudí Osama Bin Laden fuinanciaba la producción de gas nervioso VX. Por cierto que el tan traído y llevado Bin Laden no es, según los propios servicios secretos occidentales, el único millonario Saudí o de otros ricos emiratos o sultanatos petroleros del Golfo que financia a grupos islámicos terroristas y extremistas. El objetivo parece ser muy simple: expulsar a todos los extranjeros, incluída por supuesto Israel, de todas las tierras del Islam.

Afganistán es otro país, esta vez de Asia que fue también bombardeado por Estados Unidos que intentaba destruir supuestos campos de entrenamiento militar de terroristas árabes también financiados y apadrinados por Bin Laden.

De la misma manera que todas las sospechas recaían hace una década en el famoso terrorista Carlos, que parecía estar detrás de cada acción terrorista que se llevase a cabo, Osama Bin Laden es percibido hoy, gracias a la difusión que dan los medios occidentales a sus supuestas acciones, como una especie de superman ubicuo del terrorismo internacional.

Su historia es quizá mucho más interesante que la de Carlos y en cualquier caso es un hombre que, a diferencia del anterior, tiene que resultar familiar a una CIA que sin embargo no logra cazarle. Según todos los indicios, Bin Laden fue un hombre clave en la guerra sin cuartel que la CIA apadrinó contra la presencia soviética en Afganistán en la segunda mitad de la década de los años setenta y primera mitad de los ochenta. Bin Laden tuvo tiempo para eso y para ser un próspero y riquísimo constructor de bellos y lujosos palacios en Arabia Saudi, con los cuales ganó la enorme fortuna que parece disponer para poder financiar tantas actividades terroristas y ejércitos de “muyahidines” (combatientes) islámicos como se le atribuyen.

La historia de la intervención de la CIA en Afganistán en toda aquella etapa merece que algún agente arrepentido la cuenta algún día porque los “afganos” (ciudadanos árabes) entrenados para todo por la CIA en aquellos años, han sido acusados de ser los iniciadores del terrorismo islámico en Egipto, se les ha creído ver entre los fieros emires de la guerra de Argelia, en los campos de entrenamiento de Sudán, en la Legión árabe que patrocina Gaddafi e incluso entre los más modestos islamistas marroquíes. A la espera de esa revelación, Bin Laden no es un personaje de ciencia ficción ni de leyenda que puede que no haya estado en tantos lugares donde se dice que ha estado, ni organizado tantas acciones terroristas como se le atribuyen, pero en lo que sí coinciden los expertos es en que desde el ataque contra el World Trade Center de Nueva York en 1993 parece tener una especial obsesión con destruir intereses de Estados Unidos. Ello le convierte en uno de los primeros sospechosos de la acción terrorista más espectacular de todos los tiempos contra Nueva York y que desde el martes pasado marcará un ayer y un mañana en la historia de la percepción y el combate del terrorismo por parte del mundo democrático.