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La Clave, 26-1 agosto 2002
Mohamed, en el laberinto
El conflicto de Perejil desvía la atención en Marruecos de los casos de corrupción en los que están implicados mandos de la cúpula militar y aleja el debate sobre la Constitución democrática.
Los gobiernos en Madrid y Rabat proclaman cada uno por su lado su satisfacción y su victoria en el conflicto por el islote de Perejil, en estos días que siguen a la mediación —facilitación según la diplomacia española— del secretario de Estado norteamericano, Colin Powell. Nadie parece pensar que restablecer la normalidad entre España y Marruecos, va a ser asunto de muchos años, aunque los hombres de negocios a uno y otro lado del Estrecho expresan ya un cierto temor por el medio plazo. El hecho es que la crisis de Perejil es y puede seguir siendo, a pesar de la mediación Powell, la más grave entre España y Marruecos desde la independencia de este último país en 1956. Las anteriores crisis (por Tarfaya, Ifni y el Sáhara) enfrentaron a los dos países por territorios que el pueblo español no percibía como parte integrante de España. Los conflictos posteriores, pesca, inmigración ilegal, acceso de los productos agrícolas marroquíes a los mercados europeos, son el resultado de intereses contrarios. Pero el caso de Perejil —según ha comprendido el diario británico 'Financial Times' pero no algunos miembros de la Unión Europea—, iba a sentar un precedente sobre todo el contencioso territorial con el que Marruecos aún agobia a España, incluido, claro está, Ceuta y Melilla. Que Marruecos se haya podido lanzar a una aventura de este calibre sólo para lograr que España modifique su posición con respecto al Sáhara, como han pretendido algunos medios, incluso marroquíes, y se alinee con Estados Unidos y Francia a este respecto, es posible pero no suficiente. Sin descartar esta razón, el conflicto de Perejil hay que leerlo más en clave interna marroquí.
El ministro de Asuntos Exteriores marroquí, Mohamed Benaissa, que le ha dado una inflexión rotundamente pro norteamericana a la política exterior de Marruecos, podría haber pensado que la formidable cooperación que ha prestado a la política de Estados Unidos en aquellos escenarios donde Washington cuenta con pocos apoyos en el mundo árabe, le haría acreedor a una mayor comprensión tras el hecho consumado de la ocupación del Islote de Perejil.
¿Cuál es la situación de Marruecos tres años después de la llegada al trono de Mohamed VI? En primer lugar y a causa de la enorme reivindicación territorial con que el reino jerifiano llega a la independencia en 1956, Marruecos está enfrentado con todos sus vecinos. La independencia de Mauritania, que el nacionalismo marroquí consideraba parte integrante del Gran Marruecos histórico, no fue reconocida por Marruecos hasta los años setenta. La estabilidad interna mauritana sufrió por ese motivo y sólo se calmó cuando el país se convirtió en una especie de zona de influencia de Marruecos.
En el trasfondo del conflicto permanente entre Argelia y Marruecos no está únicamente la disputa por el Sahara occidental, sino el recuerdo de la guerra de 1963, lanzada por Marruecos contra una Argelia que acababa de lograr la independencia y a quien el rey Hassán II reclamaba entonces una parte importante de su territorio (el Tuat, Gurara, Tidikelt, la Saura y los Oasis, Tinduf). Los nacionalistas argelinos, de acuerdo con la hemeroteca de la época, creyeron que Hassán II les había declarado la guerra para agradar sobre todo a Francia, que veía un peligro en aquella Argelia anticolonialista y aglutinadora de la rebelión africana contra el neocolonialismo. Muchos progresistas marroquíes, como el actual Primer Ministro, Abderramán el Yussufi, fueron condenados a muerte por el régimen marroquí por desmarcarse de aquella aventura de Hassán II. La actual oposición entre Argelia y Marruecos por el Sahara occidental, que mantiene paralizada la unidad política del Magreb, tiene ese trasfondo.
Los problemas internos de Marruecos, que Perejil ha relegado por el momento a segundo plano, son graves y numerosos. El primero y más serio, señalado y denunciado varias veces por la prensa marroquí, es el asalto al auténtico poder, el del entorno del monarca, por parte de un núcleo militar dirigente implicado en los llamados "años de plomo" del reinado de Hassán II. Muchos de ellos figuran en listas de presuntos torturadores establecidas por las organizaciones marroquíes de derechos humanos. Esa cúpula militar cuyas cabezas más visibles son los generales Hosni Bensliman, jefe de la Gendarmería Real y Hamidu Lanigri, hombre fuerte de Marruecos y jefe de la Dirección para la Vigilancia del Territorio (DST en francés) y otros altos cargos como el jefe del Ejército sur (Sahara) Abdelazis Bennani, es también acusada de corrupción y de haber creado un entramado empresarial opaco, al amparo de sus cargos.
Con motivo de las próximas elecciones legislativas marroquíes los militares hicieron saber, a través de periodistas afines, que si bien ellos no votan porque el rey Hassán II había prohibido a los militares votar, el 'establishment' militar sí "tiene algo que decir en el futuro político del país".
La maniobra de Perejil, que tuvo como protagonista a una pequeña fuerza de la Gendarmería marroquí, tenía como objetivo, según algunos progresistas marroquíes, enrarecer la escena política, ahora que el país se prepara para las legislativas del próximo septiembre, las primeras bajo el reinado de Mohamed VI. La respuesta previsible de España a la acción de Perejil, hará que los partidos políticos se dediquen a denunciar al "colonialismo militarista español" y no a reclamar una auténtica democracia. Los militares temían que un eventual gobierno democrático, con mayores poderes y respaldo popular que el actual, pudiera llevar al enjuiciamiento de la cúpula militar. El aluvión de artículos, editoriales y comentarios de la prensa de estos días contra España anticipa que ésta será la estrella de las movilizaciones electorales de los partidos marroquíes. En ese ambiente poco propicio se reanudarán en septiembre las conversaciones entre Ana Palacio y Mohamed Benaissa para la normalización de las relaciones entre los dos países.
Los partidos políticos y la prensa progresista marroquí recogieron en los meses que precedieron a Perejil, la enorme desilusión popular por el frenazo que sufrieron las promesas de cambio hechas por el rey Mohamed VI al inicio de su reinado, en 1999. Por circunstancias que es probable que no sean todas imputables al rey, poco o nada ha cambiado sustancialmente, ni en el fondo ni en la forma del anacrónico poder real marroquí. El lujo dispendioso y costoso para el contribuyente marroquí del tren de vida de la monarquía sigue igual. Mohamed VI no sólo no ha renunciado a la veintena de palacios que su padre tenía a su disposición en todo el país, sino que se está construyendo otros más. Los privilegios que el rey Hassán II había concedido a los grandes propietarios agrícolas marroquíes, como la propia Casa Real, de no pagar impuestos, han sido mantenidos hasta ahora por su heredero. En un país cuya agricultura representa el 60% del PIB, la importancia para el Estado de la exoneración de impuestos al sector agrícola se comprende con facilidad.
Escándalos financieros como el del CIH (Crédit Inmobilier et Hotelier), CNCA (Caja Nacional del Crédito Agrícola) y CNSS (Caja Nacional de la Seguridad Social), que se multiplican, corren ahora el riesgo de pasar al olvido.
La mujer marroquí, cuya integración en la vida económica, política y social del país había sido prometida por el rey, ve ahora postergadas sus expectativas. La responsabilidad no es sólo del monarca sino de una sociedad masculina muy tradicionalista que se opone a la emancipación femenina, en gran medida porque sus privilegios están relacionados con la anacrónica situación de la mujer.
Los rumores, de que se ha hecho eco la prensa marroquí, de que el primer ministro, Abderramán el Yussufi, podría pagar el pato de la crisis del Islote de Perejil, de ser ciertos confirmarían que esa crisis provocada tenía un vasto diseño. A pesar de los errores que la prensa le ha atribuido, de que, efectivamente, se ha agotado aceptando la responsabilidad de las acciones de un Gobierno cuyas decisiones se tomaban y se toman en el entorno del rey Mohamed VI, la izquierda marroquí, los socialistas marroquíes, y los sectores más modernistas del partido del Istiqlal, representan la única y verdadera alternativa al integrismo totalitario, y no los militares. Para la clase dirigente de un país en que el 3% de la población acapara el 60% de la riqueza, la democracia es siempre un riesgo porque no existe posibilidad de satisfacer todas las reivindicaciones sociales acumuladas. Pero la opción militar, aunque en el extranjero pueda parecer menos aventurada, es mucho más arriesgada. El caso de Argelia lo confirma.
La crisis de Perejil puede haber abortado, como señalaba al 'Financial Times' el presidente de la Asociación de Trabajadores Emigrados Marroquíes, Abdelhamid Beyouki, que pasó 16 años como exiliado político en España, el creciente movimiento por una Constitución democrática en Marruecos que permitiera acabar con ese anacronismo de los 'dominios de soberanía' del monarca. Media docena de artículos de la Constitución marroquí actual sustraen lo esencial del poder en Marruecos, sea cual sea el resultado de las elecciones legislativas, al Gobierno y al Parlamento que salga de ellas, y se los concede al rey que, paradójicamente, no es responsable de sus actos.
Pero la institución monárquica marroquí no está ya al amparo de la crítica a pesar de la sacralidad que la Constitución le confiere. Antes de Perejil existía un embrionario movimiento ciudadano que reclamaba una constitución democrática y no una otorgada como la actual. Ese movimiento se iba estructurando en el interior de Marruecos, mientras que en el exterior el Príncipe Mulay Hicham, primo de Mohomed VI, había escrito que "la monarquía marroquí tiene que cambiar su forma de reinar si quiere sobrevivir" y había propuesto un pacto de familia a la saudí (reparto de poderes entre los miembros de la familia) y había animado un movimiento democrático marroquí en el exterior, que ya ha celebrado varios congresos.
El líder integrista Abdesalam Yassin, había osado, algo impensable en tiempos de Hassán II, señalar a Mohamed VI como el titular de la mayor fortuna de Marruecos y una de las más importantes del mundo y pedirle, puesto que entendía que esa fortuna había sido mal adquirida en detrimento del pueblo, que repatriase la parte que tiene en el extranjero y que junto con la que tiene en Marruecos, la devolviese a los ciudadanos. El movimiento islamista marroquí, que hoy se reparte entre cuatro o cinco agrupaciones o movimientos islamistas, ha cobrado una fuerza considerable en estos años y algunos analistas predicen que podrá lograr una importante representación en las próximas elecciones presentando a sus candidatos en las listas de otros partidos legales.
La transición democrática marroquí está, sin duda, en marcha. Las lenguas se desatan, los ciudadanos han perdido el temor a reclamar sus derechos, la mujer está decidida a imponer su emancipación y los partidos políticos, sobre todo la USFP y el Istiqlal y otros varios de izquierda, actualmente en la oposición, aunque más timoratos que los ciudadanos, abogan por una democracia homologable que tendrá que desembocar algún día en que el rey reine pero no gobierne. Lo único preocupante es que ni la monarquía ni la cúpula militar presten el acompañamiento que exigen esas aspiraciones populares. Crisis como la pasada con España —sin excluir que el Gobierno español haya contribuido con su autoritarismo y su escaso saber hacer a agravar—, pueden convertirse en la cortina de humo que necesita el conservadurismo marroquí para no avanzar. Dado el equilibrio de fuerzas en Marruecos puede, pues, que haya Perejil para rato.
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