El País, 16, 17 y 18 de noviembre de 1978
Reportaje: La crisis de Irán, una amenaza para la paz mundial
Persia, pieza clave y aliado imprescindible para Occidente
Durante cinco años, desde que la guerra árabe-israelí de octubre de 1973 cuadriplicara los precios del petróleo, el sha Mohamed Reza Pahlevi, ha tratado de convencer a sus conciudadanos de que para fines de este siglo Irán será una gran potencia mundial.
Con una población de 36 millones de habitantes que para el año 2000 será de sesenta a 65 millones y unos ingresos actuales por exportación de petróleo de 25.000 millones de dólares, que pueden haberse duplicado para la misma fecha, el mundo se ha convencido de que estos sueños del monarca persa en verdad podrían convertirse en realidad.
Tercera reserva mundial de cobre, con unos yacimientos importantes de oro negro aún no puestos a producir, con una notable variedad de otros minerales, y una industrialización en desarrollo que con todos los defectos que se le atribuyen es la única de proporciones considerables en la región, Irán realmente está creando las bases para jugar ese papel.
Su situación geográfica, como tapón entre el Asia Oriental y Menor, su enorme poderío militar y sus alianzas exteriores le han convertido en una pieza clave de la que depende toda la estabilidad de una veintena de países del mundo. Suráfrica, que importa el 90% del petróleo que consume de Irán; Israel, que le compra el 60%; Japón, que con los 812.000 barriles diarios que recibe de los pozos iraníes (un 16% de sus necesidades) es con mucho el mejor cliente de Irán, y otra media docena de países europeos, entre ellos España, que consume doce millones de toneladas de petróleo iraní al año (de un consumo total de 46 millones), pueden verse seriamente afectados en caso de una interrupción persistente de la exportación de crudos iraníes.
La capacidad de supervivencia de Israel, con toda la ayuda económica y militar que le puede ofrecer Estados Unidos en caso de guerra, se vería seriamente amenazada de producirse algún problema en los abastecimientos que recibe de Irán. De hecho, los recientes disturbios y las incertidumbres en este terreno, han llevado ya a Tel-Aviv a concluir contratos de suministro de petróleo con México.
Un reforzamiento del poder de los chiitas en Irán, en donde constituyen el 90% de la población, tendría repercusiones considerables en Irak, en donde los chiitas también son mayoría pero sin embargo el poder es detentado tradicionalmente por los sunitas. En Líbano, donde la población es también mayoritariamente chiita, gobierna la minoría maronita (cristiana) compartiendo el poder con los sunitas.
La India con diecisiete millones de chiitas, Pakistán con quince millones, Afghanistán con ocho, e incluso la propia URSS, en donde los correligionarios de esta secta alcanzan los tres millones y medio, se verían sometidos a presiones para que sean alteradas las actuales estructuras del poder si los chiitas de Irán alcanzaran influencia y mando.
Por el contrario, la perspectiva de un cambio de orientación política del régimen, de una adaptación de sus alianzas internacionales, sería -en opinión de la mayoría de los expertos norteamericanos en Irán- motivo suficiente para una tercera guerra mundial. En Teherán nadie duda de que si en algún momento este escenario fuese posible, la intervención militar norteamericana sería fulminante. Un debilitamiento de la alianza de Irán con Occidente, por ahora sólo teóricamente posible, arrastraría la caída de los regímenes de Arabia Saudita, Kuwait, Bahrein y los emiratos del golfo, y las rutas del petróleo hacia Europa y otros países occidentales quedarían definitivamente amenazadas.
Este país, tan importante y tan imprescindible para Occidente, está sin embargo gobernado por una monarquía que subsiste gracias a la fidelidad de la casta militar, que es, en el fondo, la que trajo al poder en 1925 a la dinastía de los Pahlevis. Frente a ese poder absoluto y represivo, sólo la religión musulmana está organizada con sus ayatollahs y mullahs (sacerdotes).
La estratégica posición de Irán en el mundo y las repercusiones que cualquier modificación de su equilibrio interno tendrían sobre una veintena de países han motivado que los incidentes actuales, que se prolongan desde primeros de año, sean considerados con una extraordinaria cautela, incluso por aquellos interesados en la desestabilización de la región. Esto, sin embargo, empieza a cambiar ante la posibilidad de la caída del sha y las grandes y pequeñas potencias comienzan a mover sus peones.
La rebelión de los ayatollahs, entre el Islam y la guerrilla
Ruy González Clavijo, embajador del rey de Castilla ante el gran Tamerlán, fue el primer europeo que habló con entusiasmo y conocimiento de Teherán, después de haber visitado la ciudad en 1404. La curiosidad de aquellos primeros emisarios de los reyes de España, grandes descubridores, contrasta con la de los que actualmente tienen que realizar funciones informativas similares. Son numerosos los Gobiernos, entre ellos el español, que se han quejado de la información puesta a su disposición al estallar la rebelión iraní.
El Gobierno norteamericano afirma haberse encontrado sin otra alternativa que la de apoyar a fondo al sha, debido a la carencia de sus servicios informativos, acusados de no haber anticipado la rebelión de los ayatollahs, ni informado de una manera solvente, sobre posibles alternativas. Sólo Francia, con una clase gobernante más ilustrada y experimentada, se ha atrevido a invertir en futuro y ofrecer respaldo al hombre que incuestionablemente controla desde París las calles de Teherán y las ciudades más importantes de Irán, ayatollah Ruhollah el Khomeiny.
Cuando el 8 de septiembre el Ejército dispara contra los manifestantes en la capital de Irán, y deja en la calle cerca de 1.500 cadáveres, los diplomáticos extranjeros se ven tan sorprendidos por la brutalidad de la represión como por la amplitud y profundidad de la revuelta. En pleno apogeo de la política de liberalización emprendida por el poder, cuando apostaban a una reconciliación del sha con el país, el descubrimiento de esa violencia asombra a las embajadas.
En enero, sin embargo, las violentas manifestaciones en la ciudad de Qom, en protesta contra una campaña de desprestigio organizada por el entonces ministro de Información contra el líder religioso en el exilio Khomeiny, deberían haberles alertado. Más aún, la muerte en circunstancias misteriosas, el 29 de octubre anterior, del hijo de Khomeiny debería haber sugerido que el hombre que dirigió la revuelta de junio de 1963 (de Moharram, mes de duelo religioso, que este año coincide en diciembre) iba a salir del silencio de su exilio. En 1963 la revuelta nacionalista quedó truncada. Quince mil personas perdieron la vida en esos días y Khomeiny fue encarcelado primero y luego forzado al exilio.
En 1978, y a pesar de la distancia en el tiempo, los motivos de aquella rebelión de 1963, que es la misma que la que en 1953 había llevado al poder a Mossadegh, derrocado por la CIA, siguen siendo válidos, pero a ellos se ha añadido la corrupción que trajo la bonanza del petróleo, el despojo del país por todos los que se han beneficiado de esas riquezas, principalmente la propia familia del sha.
La mayoría de los campesinos iraníes, arruinados en esos años a causa de las importaciones masivas de productos alimenticios, emigraron a la capital a la búsqueda de trabajo y constituyeron en ella una clase marginal y marginada que sólo tenía aspiraciones. La reforma agraria, iniciada a principios de la década de los setenta, sirvió al sha para despojar al clero chiita de sus tierras"
La mezquita, un centro movilizador
La represión de los partidos políticos convirtió a los mullahs y sus mezquitas en muros de lamentaciones populares. Las inversiones suntuarias del sha, muchas veces proyectos de prestigio, empezaban a ser criticadas. Por otra parte, la gratuidad de la enseñanza cuadruplicó en poco tiempo el número de alumnos secundarios y universitarios, principalmente en Teherán. Estos, hijos en su mayor parte de los catorce millones de analfabetos con que cuenta el país (de una población total de 36 millones), politizaron rápidamente los recintos universitarios.
Simultáneamente, el sha, al decidir demagógicamente que las empresas del sector privado vendiesen el 49% de sus acciones a los obreros (el 90% en el sector público) creó un gran descontento en un sector que empezaba a preocupar se de la industrialización. Estos mismos son los que hoy abandonan rápidamente al sha y niegan la legitimidad de la dinastía.
En estos últimos días de manifestaciones, 20.000 drogadictos de la ciudad de Rasht, al Norte, se lanzaron a las calles para solicitar mayores cuotas de drogas. Existen cerca de dos millones de drogadictos en todo el país, oficialmente protegidos y suministrados de droga. Entre la revuelta de 1962 y la de ahora Amnesty International ha registrado una población penal, por motivos políticos, de más de 50.000 personas.
Una radicalización creciente
Hoy, aunque la revuelta conserva su nacionalismo original, algunos sectores se han radicalizado. El partido comunista TUDEH, que alcanzó su mayor influencia en los tiempos de Mossadeq, dispuso, hasta que la URSS hizo las paces con el sha, de una emisora clandestina Peik e Irán (La voz de Irán) que transmitía, según se creía, desde las zonas rusas del Caspio.
En algunas ciudades pequeñas pero industrializadas, donde el TUDEH es fuerte, se ha llegado a solicitar en estos días la formación de una «república popular democrática». El TUDEH, que cuenta con grupos de choque, es siempre una carta en manos de los dirigentes del Kremlin, que por el momento actúan con una gran cautela. Aunque no existen evidencias claras de intervención soviética, en los últimos días antes de la íniplantación del Gobierno militar algunas informaciones parecían indicar que grupos de acción de la localidad de Karaj, próxima al Caspio, recibieron importantes cantidades de armas, En la década de los años sesenta, la represión de la SAVAK llevó a la constitución de grupos locales terroristas.
Los extranjeros ignoran en gran medida que todo el movimiento rebelde de los ayatollahs cuenta con un teorizador, el doctor Chayati, profesor de teología de la ciudad santa de Mashad, autor de cerca de cuarenta volúmenes y asesinado en Londres. También se desconoce que la guerrilla urbana tiene un teorizador en A. Pouyan, considerado el Che Guevara de Irán, que escribió un libro titulado Imperialismo, izquierda revolucionaria y movimiento guerrillero, y que ha proporcionado la base teórica a organizaciones hoy prácticamente desmanteladas como la ya citada, la Ideales del Pueblo, -el Partido de las Naciones Islámicas, Moudjahidine al Khaaq y quizá al propio Movimiento de Liberación de Irán, que forma parte del actual Frente Nacional de Karim Sandjabi.
Por Dios, por el pueblo, los chiitas contra el sha
Nada parece más difícil para Europa y sus embajadas, y las españolas no son una excepción, que penetrar el mundo islámico, llegar a conocerlo y más aún entenderlo. Durante la guerra de Argelia por su independencia, mientras el Gobierno francés combatía a los guerrilleros del FLN por creerlos -entre otras cosas- comunistas, los comunistas y socialistas franceses se solidarizaban con su Gobierno porque les aterrorizaba el fanatismo religioso que ellos creían ver en el FLN, que en vez de combatir bajo la bandera de Marx se recluía en el Islam y el Corán. Todavía hoy nuestro Gobierno se tira de los pelos en períodos alternos con Marruecos Y Argelia sin haber logrado trascender la idiosincrasia, para él críptíea, de nuestros vecinos.
En Irán, donde el 90% de la población es chiita, este desconocimiento es mucho mayor porque ahora ya no son los europeos, sino los americanos con sus computadoras y sus máquinas electrónicas los que asumen la responsabilidad de interpretar en «beneficio» de Occidente lo que ocurre en un país donde la mayoría pertenece al chiismo, una de las sectas menos conocidas del Islam. Sin embargo, es indispensable conocer el marco filosófico-político en que se desenvuelve ese chiismo, porque no parece exagerado decir que Irán pudiera dar origen a una tercera guerra mundial, o cuando menos a una guerra regional que a causa del petróleo fundamentalmente podría poner de rodillas a medio mundo occidental.
Nada de lo que ocurre en Irán debe -en determinadas condiciones, naturalmente- poner en peligro ni la alianza de ese país con Occidente ni los suministros de petróleo, como tampoco las enormes posibilidades de cooperación económica y tecnológica. Evidentemente se trata de una cooperación entendida como tal y no como despojo y servidumbre, que es lo que la dinastía de los pahlevis ha permitido hasta ahora.
Se puede apostar aún al mantenimiento del sha en el poder gracias a los militares y a un baño de sangre o una componenda de tipo civil. La revolución nacionalista y liberal frustrada tres veces -en 1921, cuando un general de cosacos entroniza a los pahlevis; en 1953 cuando los liberales de Mossadegh querían nacionalizar el petróleo y fracasaron, y en 1962, cuando el clero chiiita quiso remitir al sha al Papel que le concedía la Constitución- se abrirá camino de una manera o de otra porque lo retrógrado en Irán no es la rebelión de los chiitas, sino el pillaje y la opresión en que vive el país entero.
Por una monarquía constitucional
La Constitución de 1906, aún vigente, estipula en sus artículos 45 y 46 que «el rey está exento de responsabilidades. Los ministros de Estado son responsables ante las Cámaras de todos los asuntos. Todos los decretos y disposiciones reales sólo entrarán en vigor cuando los firme el ministro del ramo competente, que es responsable de la justeza del decreto o disposición».
El sha es hoy el Estado, el Gobierno, el Ejército, el poder económico y político. En ello radica la violenta oposición a la monarquía del clero chiita. El poder y la influencia sobre las masas de estos últimos se explica no como un auge de la religiosidad, sino porque las mezquitas, en medio del debilitamiento constante de todas las otras instituciones políticas bajo los pahlevis, se han convertido en instituciones político-religiosas, las únicas capaces por otra parte de movilizar al pueblo.
Esto ha sido posible también por las propias características del chiismo. Los chiitas, que siempre fueron minoritarios en los Estados islámicos, perseguidos y reprimidos en la mayoría de ellos, consideran a Ali Ibri Abí Taleb, sobrino del profeta Mahoma, heredero y sucesor inmediato de éste. De Ali descienden a su vez los doce imanes, que deben ser los doce modelos de conducta que garanticen al creyente la vida eterna. Ali, primer imán chiiita, fue sucedido por otros once imanes, sus descendientes varones.
El último, «Mehdi» Mohamed, no dejó descendencia masculina y con él comienza -una larga «ausencia» que terminará cuando su retorno anuncie el reino de «la justicia y la redención». Hasta ese día, la dirección de los chiitas, que se consideran una comunidad supranacional, corresponde a los vicarios del imán, los ayatollahs. Estos pueden cumplir esa función colectivamente o, como es el caso hoy con Ruhollah al Mussaui al Khomeini, uno de ellos destaca sobre los demás y es el líder. A ese liderazgo se llega de una manera realmente democrática: aquel que cuenta con más partidarios es el guía.
El chiismo se convirtió en religión del Estado en el siglo XVI con los safavitas, que quisieron así cohesionar al país frente a los otomanos sunitas. El clero chiita fue decisivo para la elaboración de la Constitución de 1906, aún vigente mediante la cual optan por una monarquía constitucional y colaboran con el poder para sentar las bases de instituciones políticas modernas como el Parlamento, el sufragio universal, el Gobierno civíl y el pluralismo.
La doctrina chiita deja al criterio del pueblo la selección de las instituciones que habrán de gobernarle. Esta es la razón principal por la cual la ola de manifestaciones contra el sha les llevó a exigir un referéndun sobre la monarquía. El chiismo ha contado con grandes reformadores humanistas y progresistas. Como doctrina propugna que la «sabiduría» y la realidad tienen precedencia sobre la tradición.
Jamal ed Din Asad Abadi combatió la utilización del determinismo por la dinastía de los qajars para afirmar su poder autoritario, e intentó demostrar que la divinidad desemboca en tres principios fundamentales: libertad, igualdad social y solidaridad humana. Otro reformador, Hassan Hanafi, escribía que «para mejorar .el mundo los hombres deben regirse por las leyes como las de la naturaleza y la vida social», y que por el contrario no todo está previsto de antemano, como pretendían los reyes, sino que el futuro hay que labrarlo.
Justicia social, una reivindicación preferente
El sunismo se basa en tres dogmas principales: - «Dios es sólo uno, revelación y juicio final». Los chiitas añaden otros dos: «justicía, e imamado». Para los chiitas Dios existe sólo si es justo y justiciero. El primer imán Ali decía: «No seas opresor ni oprimido. Combate a los opresores y no te resignes ante la opresión.»Estas enseñanzas llevaron a los chiitas en los siglos XIX y XX a oponerse al zarismo y al bolchevismo, ambos expansionistas.
Con la misma dedicación combatieron a los británicos, apoyaron la nacionalización del petróleo por Mossadegh, y han luchado en los últimos veinticinco años contra el poder absoluto de Mohamed Pahlevi. Sostienen que el poder de Irán está en su cultura y no en su Ejército y se han opuesto a la occidentalización forzada y a veces ridícula que le han impuesto sha Reza y sha Mohamed.
En 1935 se enfrentaron a sha Reza que acababa de decretar, para enfatizar la occídentalización -del país, el uso obligatorio para los hombres,del sombrero de fieltro inglés. Los chiitas de Mashad se negaron a obedecer, y el sha envió contra ellos al Ejército: 835 personas fueron fusiladas aquel día.
Los chiitas iraníes consideran que el sha ha explotado esa reivindicación de la personalidad iraní y la ha presentado como xenofobia de la misma manera que ha tratado de convencer a Occidente de que si los liberales y nacionalistas estuvieran otra vez en el poder, el país caería en manos del TUDEH (Partido Comunista).
La represión y la inflexibilidad del sha ha logrado que el clero chiita radicalice no sus ideas políticas, que siguen siendo esencialmente de búsqueda de una justicia social básica y una distribución de las riquezas más equitativa, pero sí sus métodos de lucha. Hoy el más seguido de todos los religiosos, seguido incluso por Khomeini, es el profesor de teología Alí Shariatí, asesinado en Londres y enterrado en Damasco, que llegó a la conclusión de que «la insurrección armada es la actitud que más conviene a las condiciones de Irán, dado que el poder absoluto de la monarquía ha cerrado todas las otras puertas». En definitiva, la sura 13 del Corán dice: «En verdad Dios no cambiará jamás la condición de un pueblo, a menos que ese pueblo la cambie por sí mismo.»
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