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Altaïr 9 enero-febrero 2001

Transición al estilo marroquí

Hassán II dirigió su paternalismo absolutista hacia una etapa de transición al topar con las demandas democráticas reclamadas desde Europa. El referéndum sobre la independencia del Sahara occidental es uno de los lastres políticos que ha heredado su hijo Mohamed VI

Los poderes y las instituciones estuvieron siempre en Marruecos asociados más a la persona de sus sultanes o de sus reyes que en las leyes y su espíritu, como preconizaba Montesquieu que, al menos en Occidente, constituyen el fundamento de la modernidad. Los cuarenta años de reinado de Hassán II, hasta su muerte en 1999, sugieren que una envoltura semántica europeísta no basta para ocultar la utilización anacrónica y personalista del Estado.

Su biografía, incluso la anecdótica aunque oficialista tira cómica sobre su reinado titulada "Érase una vez... Hassán II", ponen énfasis en ese personalismo al indicar que aún siendo príncipe quiso asesinar al Residente General francés; se puso al frente del Ejército para reprimir en 1957 las revueltas del Tafilet y del Atlas, o luchó al año siguiente contra las tropas españolas en Tarfaya. En 1961, a la muerte de su padre Mohamed V, es coronado rey y, según la misma tira, gracias a su heroísmo personal se van las últimas tropas extranjeras - españolas- de su país; se derrota a Argelia en la guerra de 1963; los americanos desmantelan sus bases militares, y se reprimen "las tensiones civiles de 1965 de las cuales resulta secuestrado" - en realidad asesinado- "por civiles en Paris el opositor Ben Barka".

El resto de su reinado está jalonado por varios estados de excepción, el primero de ellos de 1965 a 1970; intentos de golpe de estado de los que sale airoso en 1971 y 1972; elecciones de las que la oposición siempre dijo, hasta la década pasada, que habían sido trucadas por el ministerio del Interior, y una vida parlamentaria al menos cuestionable debido al tercio de la cámara de designación directa.

Los Arreglos de Hassan
La guerra del Sáhara de 1975 le permitirá posponer los contenciosos políticos pendientes y recluir en prisión a cualquier opositor político, entre ellos el más conocido en el exterior, Abraham Serfaty. Una docena de artículos de las sucesivas constituciones, por cierto no derogados por Mohamed VI, incluyen a la religión, la política exterior, el Ejército y la política militar, como "dominios reservados" del monarca. A ellos se añaden de vez en cuando los que el rey cree conveniente. Pero no sería equilibrado omitir que en los últimos años de su vida permitió una cierta normalización de la vida de las instituciones, acabó con lo más llamativo de las prisiones y prisioneros políticos y violaciones de los derechos humanos, e intentó sentar las bases para una sucesión ordenada, en unas reformas que en Marruecos se sostiene que constituyen una "transición a la española".

En esta parte más occidental, el Mediterráneo ha desempeñado una función casi territorial y ha facilitado, en todos los tiempos, flujos en ambas direcciones de fuertes contingentes humanos. En el presente, un millón de personas, en su mayor parte trabajadores marroquíes en Europa, efectúa todos los años en los meses estivales un viaje de ida y vuelta a su país de origen. A ellos se añade ahora el auge dramático de las pateras y su diaria carga de inmigrantes ilegales.

Cartagineses y Bereberes
Pero eso no es nuevo. Antes de la conquista musulmana de España, ya en el año 429 Genserico se instaló con 80.000 personas - un contingente extremadamente importante para su tiempo- en el Norte de África, llegó a Cartago en el 439 y saqueó Roma en el 456. Su poder duró hasta el año 533 en que Belisario, enviado por el emperador Justiniano, le aplastó y venció en Cartago, pero su semilla humana quedó para siempre en el Magreb.

Un siglo y medio después, en el 709, y en dirección contraria, tiene lugar la primera expedición bereber contra la Península ibérica instigada por el famoso conde Don Julián, gobernador de Ceuta. La historia posterior es bien conocida. Las dinastías bereberes del Magreb, principalmente Almoravides y Almohades y Merinidas, forjaron, iberos y bereberes mezclados, un imperio que llegó desde el Ebro a los rios Senegal y Níger. El jefe Tarik, el primero en pasar a la Península, era bereber como los zenetas, hauaras, masmudas, almoravides y almohades, que junto a los indígenas iberos fueron la principal base humana de los ocho siglos de dominación musulmana en España.

Las Capitulaciones de Santa Fé de Granada en 1492 acaban con esa dominación, pero las influencias recíprocas continuarán, tanto a través de los moriscos que permanecieron en España como de aquellos expulsados en 1609 por Felipe III, que emigran con su cultura y civilización andaluza a los reinos del Magreb y contribuyen a la formación de la personalidad política de estos.

Mientras todo ello ocurre, los pescadores andaluces recorren desde el siglo XIII las costas africanas y magrebíes; el rey Jaime I de Aragón firma en 1270 un Tratado de Paz y Comercio con el rey de Túnez, otro de Paz y Obediencia con los jefes de las tribus del Atlas en 1274; en el 1300 los reyes de Aragón y Granada reconocen los derechos de los reinos ibéricos en el Mediterráneo y en 1336 el Sultán de Egipto ratifica al magistrado municipal de Barcelona los derechos cristianos sobre el Norte de África.

Fueron precisamente las expediciones y la instalación de portugueses, catalanes, castellanos y andaluces en Canarias y en la costa africana enfrente de ella la que dio lugar a que los cherifes (descendientes de Mahoma) alauitas del Sus y del valle del río Draa proclamaran la "yihad" (guerra santa) contra los infieles cristianos y comenzará la gran aventura de la historia de los alauitas que después de acabar en el siglo XVII con las dinastías bereberes, aún reinan en Marruecos.

Mulay Ismail (1672-1727), uno de los más destacados alauitas, creó el primer ejército marroquí. La afirmación de algunos historiadores que pretenden que dio muerte a cerca de veinte mil personas con sus propias manos permite en cualquier caso acreditar la ferocidad con que unificó y controló su reino.

Territorio Español
Con los alauitas se rompe la formidable promiscuidad histórica y humana de iberos y bereberes, aunque España continuará en África gracias a sus posesiones en la costa del Rif (Ceuta, Melilla y las islas de Alhucemas, Chafarinas y Peñón de Vélez) y a sus intereses pesqueros y comerciales en la costa atlántica que la llevan a poder confirmar, ya en la etapa del Protectorado, su posesión de Cabo Juby (Tarfaya) desde 1485, de Ifni desde 1499, y del Sáhara occidental español (Saquia el Hamra y Rio de Oro) tras diversos avatares desde 1884.

Controlar una mayor parte del hinterland rifeño para mejor defender esos territorios estuvo siempre en el pensamiento africanista español y fue el origen de un buen número de importantes embajadas y tratados entre España y Marruecos durante los dos siglos y medio que transcurrieron entre la expulsión de los moriscos y la guerra de Tetuán de 1860, hasta desembocar en el Tratado de Protectorado franco-español de 1912. España recibe una mínima parte del territorio a proteger, el de los bereberes rifeños, reconocidos como su enemigo más temible de todos los tiempos. Gurugu, Arruit y sobre todo Anual, forman parte de los desastres militares de la historia de España con el mismo rango que Ayacucho, Manila o Santiago de Cuba. La influencia del caudillo Abdelkrim, fundador de la efímera república del Rif, no es menos importante que la de Bolívar, San Martín o Maceo.

El Protectorado de 1912 rompe la evolución natural de los pueblos del territorio protegido y cuando llegan las independencias en los años cincuenta y sesenta, la fisonomía política de aquel mundo mediterráneo del sur habrá cambiado radicalmente.

Marruecos, en cualquier caso, un mosaico de pueblos y tribus diferentes unidos por la religión pero políticamente autónomos la mayor parte de su historia, se habrá convertido gracias a la decisión del General Lyautey sobre todo, y del gobierno de Madrid, en un estado de tipo napoléonico fuertemente centralizado y controlado, en donde hasta tiempos muy recientes se dirá que el ministerio del Interior "es la única fuerza organizada presente en todas las ciudades, aldeas y duares".

La expansión territorial fue una constante del reinado de Hassán II apoyado en ello siempre por el nacionalismo marroquí. El actual territorio de Marruecos es mucho menos de lo que soñara el dirigente nacionalista Allal el Fasi, que situaba la frontera sur en el río Senegal y englobaba dentro de su Gran Marruecos a Mauritania y a una enorme porción del Sáhara argelino, pero todavía más de lo que la ONU, que exige un referéndum de autodeterminación para el Sáhara exespañol, parece dispuesta a admitir.

Los contenciosos territoriales han sido los de mayores repercusiones en las relaciones entre Marruecos y España porque al haber sido fraccionados a la independencia en 1956, se tradujeron en repetidas fricciones que dieron lugar a la salida de España de Tarfaya en 1958, de Ifni en 1969 y del Sáhara occidental en 1976. La reivindicación de Ceuta, Melilla y los islotes mediterráneos, no constituye ahora "un problema diario"en parte porque en las dos últimas décadas España se ha convertido en el segundo socio de Marruecos. Ello no impide que Rabat y sobre todo los partidos nacionalistas marroquíes mantengan esa reivindicación en estado de "conflicto latente".

Al rey Mohamed VI, llegado al trono en julio de 1999 a la muerte de su padre, se le atribuye un talante más liberal y moderno que el de su padre, pero aún debe traducirlo en hechos. Las circunstancias no le ayudarán. Medio siglo después de la independencia la agricultura marroquí sigue dependiendo de la climatología; el déficit de puestos de trabajo convierte en crónica a la insatisfacción social; el integrismo en auge comienza a constituir una preocupación, y el Ejército, al menos el estacionado en el Sáhara, que en algún momento tendrá que ser desmovilizado, añaden interrogantes sobre la estabilidad futura. La cuestión pendiente del Sáhara, como la del funcionamiento democrático de las instituciones y la vida política tras cuarenta años de régimen autoritario, constituyen las dos pruebas más importantes e inmediatas que Mohamed VI tendrá que superar.