Artículos sobre temas de periodismo y periodistas
La prensa española y el Magreb 1975-1992: Una visión apasionada :: 03/03/1993
Publicado en el libro colectivo coordinado por el Profesor Víctor Morales Lezcano Presencia cultural de España en el Magreb, colecciones Mapfre, Editorial Mapfre S.A., 1993
Domingo del Pino Gutiérrez

Proclamar que la prensa es el cuarto poder se ha convertido en un tópico tan al uso que nadie reflexiona sobre su correspondencia con la realidad. No es seguro, sin embargo, que Charles Louis de Secondat hubiese sido tan generoso como nosotros a la hora de situar a la prensa entre los poderes clásicos, como tampoco puede darse por descontado que, de haber vivido en nuestro tiempo, el barón de Montesquieu y de Breda se hubiese sentido inclinado a colocar a la prensa de una manera tan destacada entre ellos.
Los más recientes estudios sociológicos y políticos se inclinan por atribuir esa cuarta posición en el escalafón de los poderes a quienes poseen la información y tienen la posibilidad de reservársela, o liberarla a la prensa ya sea abiertamente o en privado, según les convenga. Esos estudios remiten, pues, a la prensa a un papel más modesto y devuelven el cuarto poder a quienes ya detentan los otros tres, y a aquellos que se les oponen.
Sin que ello implique minimizar en modo alguno el importante papel que desempeña una prensa libre en las sociedades democráticas, conviene no obstante mantener la valoración de su papel dentro de unos límites razonables. Planteada esta reserva, lo cierto es que la prensa española no parece confinada a un modesto papel de registrador de hechos, en lo que a su percepción y tratamiento de la información del Magreb concierne y para parte del período aquí estudiado, de 1975 a 1992.
Al contrario, por su explicación o crítica de la acción gubernamental, o su intervención en los grandes debates del período, descolonización del Sáhara Occidental, desacuerdos y acuerdos en materia de pesca, reivindicación marroquí de Ceuta y Melilla, independentismo canario, tránsito de cítricos marroquíes a través de territorio español, Ley de Extranjería, y otros asuntos, la prensa española asumió un papel protagonista y, a veces, dio lugar a actos de consecuencias políticas independientes.
El conflicto del Sáhara, iniciado con la solución que el régimen anterior dio en noviembre de 1975 a este contencioso, todavía no solucionado por no haberse llevado a cabo el referéndum de autodeterminación exigido por la ONU, acaparó una buena parte del esfuerzo económico y político de los principales implicados en él, Marruecos, Argelia y Mauritania, e impidió a España poder diseñar y sobre todo aplicar una política hacia el Magreb, por lo menos hasta la segunda mitad de la década de los años ochenta.
En los meses que precedieron a los Acuerdos Tripartitos de Madrid de noviembre de 1975 sobre el Sáhara, los enviados especiales de los diarios sobre el terreno, y las redacciones centrales, se concentran en el proceso de désengagement de España que iba a proporcionar, por la amplia insatisfacción y reprobación casi general a que dan lugar, el último argumento de importancia contra el régimen.
El escenario político español, y la prensa como reflejo de la sociedad, están muy politizados en esos años, y la cesión de la administración — como sostendrían los gobiernos posteriores de UCD —, o la descolonización, como pretendía el último gobierno del general Franco, polariza a los periodistas que se ocupan del Magreb.
Mayoritariamente contraria a esos acuerdos, la prensa y los periodistas los critican, y los periódicos abren sus páginas durante mucho tiempo a los representantes y portavoces del Frente Polisario, empeñado en sus primeros años en una guerra contra Marruecos entonces todavía de futuro incierto.
La prensa marroquí, que interpreta esa militancia de la prensa española a partir de 1976-1977 como parte integrante de una acción concertada del Gobierno español, responde a veces hasta con ataques personales a los periodistas y periódicos españoles.
El poder en Marruecos, que parece compartir esa valoración —si es que acaso no la sugirió — toma represalias contra los pescadores españoles en aguas saharianas, hostiga al Gobierno y a la opinión pública española con amagos sobre Ceuta y Mellilla, en el caso de Marruecos, o con apoyos abiertos al independentismo canario en el caso de Argelia.
El debate sobre Ceuta y Melilla
La gran habilidad de Marruecos es haber suscitado hasta más allá de 1985 un importante debate interno español, que alcanzará un destacado reflejo participativo en la prensa, sobre Ceuta y Melilla. Al amparo de este debate surgen figuras que vistas con la perspectiva del tiempo transcurrido, resultan estrellas fugaces.
Es el caso del líder de Terra Omnium, Omar Dudú, por breve tiempo subdirector general del Ministerio del Interior español y por una duración más larga y hasta el presente, funcionario del Ministerio del Interior marroquí.
La prensa reacciona contra la utilización de esos dos problemas, Ceuta y Melilla, y el independentismo canario, aunque es cierto que, probablemente debido a la politización de los actores, se muestra más indulgente con Argelia y los argelinos. Los numerosos periodistas que durante esos años pasamos por los hoteles Aletti o Saint George de Argel, camino de los campos de Tinduf, nos inclinamos más a ignorar el alcance político del apoyo argelino a Antonio Cubillo o las represalias contra empresas españolas, que los apresamientos de pesqueros, o los discursos de los políticos marroquíes y del propio rey Hasán II, reivindicando Ceuta y Melilla.
Asimismo, el enfrentamiento entre países magrebíes por el Sáhara, en el que la prensa —al igual que la clase política— tomó partido de forma apasionada, implicaría a España en el conflicto más de lo que la solución de 1975 dejaba prever, y tendría efectos inducidos sobre otros problemas latentes o presentes que fueron activados como medio de presión contra los diferentes gobiernos españoles.
La españolidad de las Canarias, puesta en tela de juicio durante una hora diaria desde 1976 por Antonio Cubillo a través de la antena que le concedió Radio Argel, el espacio marítimo y las zonas económicas exclusivas respectivas en el estrecho de Gibraltar y frente a las Canarias, Ceuta y Melilla, los apresamientos de pesqueros y secuestros de pescadores, apasionaron y enfrentaron a las prensas de España y de los países del Magreb.
Nacionalismo periodístico
Los periodistas españoles reaccionaron entre ellos de una manera típicamente nacionalista y según una polarización entonces al uso entre izquierdas y derechas. Aunque en el presente ya no es posible clasificar de esa manera primitiva ni a los españoles y sus partidos políticos, en 1975, cuando los cuarenta años de régimen anterior estaban aún muy presentes en el ánimo de todos, y en que la bipolaridad del sistema internacional se encuentra en pleno vigor, el militantismo político responde a los patrones tradicionales de la posguerra, y la prensa y los periodistas lo reflejan cuando escriben.
La prensa marroquí, que a sí misma no se considera independiente porque o es gubernamental, o propiedad de partidos políticos, entra con gusto en esas controversias no ya sólo con sus colegas, sino con los políticos e incluso gobernantes españoles. A un lado y otro del Estrecho, las prensas respectivas se observan y cada artículo suscita irremediablemente una reacción que a veces tiene su prolongación en la acción gubernamental.
Al igual que los escritos propolisarios de buena parte de la prensa española dan lugar a un endurecimiento de las condiciones para los pescadores españoles, la misma agencia oficial marroquí MAP contribuye con sus valoraciones desde Madrid — en las que acusa a algunos pescadores y armadores canarios de ayudar al Polisario y prestarse a secuestros falsos — a crear un clima enrarecido para la desigual coexistencia de éstos con la Marina Real marroquí, en los momentos de más difícil entendimiento entre ambos gobiernos en materia de pesca.
Los periodistas marroquíes parecen todos, en esa etapa, imbuidos del sentido de «misión» que el diario Le Matin atribuía en 1985 al periodismo: “Nuestra concepción del periodismo se basa en dos hadices (palabras atribuidas al profeta Mahoma): «Colócate del lado de tu hermano, tanto si es inocente como culpable» y «¿Cómo se puede estar Oh enviado de Alá, del lado del culpable? Prodigándole consejos».

Estado del Teatro Cervantes, emblema pasado de la cultura española en Marruecos, en 2007. Foto Domingo del Pino
Esos dos hadices que Le Matin afirmaba que constituían su guía, llevaban al editorialista a concluir que «Es por ese motivo que siempre estamos del lado del gobierno, porque, debemos decirlo, todo gobierno es gobierno de Su Majestad». La prensa marroquí no se saldrá de esos límites, y toda su actuación será una acumulación de militancias que excluirán en todo ese período de difíciles relaciones, cualquier apertura a políticos u opiniones españolas que no fuesen totalmente favorables a Marruecos.

El teatro Cervantes en 1913 poco después de su apoteósica inauguración
Reciprocidad ausente
La prensa española, y los medios de comunicación en general, abrirán por el contrario sus páginas a los interlocutores marroquíes, incluso, como con frecuencia es el caso, para exponer opiniones francamente contrarias a las del Gobierno o los grupos políticos españoles.
Recordemos a este respecto las numerosas entrevistas publica-das principalmente por el diario El País con los más importantes líderes políticos marroquíes, de la Unión Socialista de Fuerzas Populares, del nacionalista Istiqlal, del comunista Partido del Progreso y del Socialismo, que inevitablemente inciden, de una manera negativa para España y sus políticos, en los temas más sensibles de Ceuta y Melilla y las repetidas acusaciones de «piratería» lanzadas contra los pescadores españoles.
El País, el único periódico que esos años mantiene corresponsales permanentes en Argel y Rabat, a los que se añaden los numerosos enviados especiales a Tinduf y Mauritania, será lo que los sociólogos reconocerán poco más tarde, la «referencia dominante» para la opinión pública española, y también la más variada y plural.
Aunque no exenta de militantismo, que se equilibra no obstante a sí mismo afortunadamente por la pluralidad de voces que acoge, la información publicada por El País en esos años, constituye, considerada retrospectivamente, la mayor contribución al advenimiento de la «mayoría de edad» de la percepción de Marruecos por la opinión pública española. Sin esa comprensión, la importante implicación económica posterior del Gobierno en esa zona del Mediterráneo Occidental se habría desenvuelto en un entorno más incómodo y quizá hostil.
En el período aquí analizado, 1975-1992, se pueden distinguir muy a grosso modo, tres etapas en la manera de abordar la prensa española la información sobre el Magreb. La primera se extiende desde 1975 a 1983, cuando se firma el primer acuerdo de pesca a largo plazo (por cuatro años) y es la que podríamos calificar de conflictos y controversias, a veces verbalmente violentas.
Controvertido viaje a España del rey Hasán II
La segunda etapa se prolonga desde fines de 1983 hasta — por ponerle un límite — el primer viaje oficial a España del rey Hasán II de Marruecos en septiembre de 1989. Durante esa etapa, y una vez exorcizados los temores que despertó la llegada de un poder socia-lista al Gobierno en Madrid, se diseñan los futuros derroteros de las relaciones entre España y el Magreb.
Se concretan los proyectos de cooperación económica, y se actúa hasta dar la razón a aquella consigna tan en boga desde 1983 de que era necesario que España y Marruecos (y el Magreb por extensión) creasen un entramado económico entre ellos tan importante que todos los otros problemas, comparados, resultaran insignificantes.
La tercera etapa va desde 1989 hasta el presente, y es la de con-cesión de grandes créditos, de realización de grandes proyectos económicos comunes, y de confirmación del interés de España por el Magreb y afianzamiento de su presencia económica.
Los años de controversias a través de las prensas respectivas, de conflictos importantes en las relaciones bilaterales, tienen un hito en el viaje del rey Juan Carlos a Marruecos en junio de 1979. Esa primera visita suya al país vecino marcará el punto de partida de una lenta normalización, confirmada por el discurso de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo.
Esos dos acontecimientos, y el Convenio de Pesca de agosto de 1983, facilitarán el camino al primera viaje oficial a España del rey Hasán II en septiembre de 1989, y a la actual normalidad en las relaciones.
Para que el rey Juan Carlos pueda viajar a Marruecos en 1979, informa la prensa, el entonces embajador en Rabat, Alfonso de la Serna, tendrá que llevar a cabo una gestión urgente y personal ante el rey Hasán II para que sean liberados unos pesqueros españoles que se encontraban retenidos en puertos marroquíes. La opinión pública española no hubiera entendido que el rey viajara a Marruecos mientras hubiese pesqueros detenidos, en unas circunstancias, además, cuya legalidad era ampliamente cuestionada por la prensa.
El mismo diario El País había señalado que las relaciones entre España y Marruecos se encontraban en su peor momento, que la crisis del Sáhara era el principal punto de desacuerdo, pero también recordaba que existían grandes posibilidades de cooperación económica .
Al margen del viaje «equilibrador» del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, a Argel, que reduciría una buena parte del impacto de la visita del rey Juan Carlos a Marruecos, el viaje del monarca español estuvo precedido en 1978 por hechos máximos de enfrentamiento entre España y el Magreb. La presentación en la cumbre de la Organización para la Unidad Africana, OUA, de Jartum de la reivindicación de independencia de Canarias, que enfrenta a España con Argelia, despierta un enorme interés en toda la prensa .
Javier Rúperez secuestrado por el Polisario
El comunicado conjunto de un dirigente del partido gobernante tan importante como Javier Rupérez, luego desautorizado, con el Frente Polisario para obtener la liberación de los pescadores secuestrados del pesquero Las Palomas, suscita las iras de la prensa marroquí. El posterior asesinato, nunca esclarecido, de los ocho tripulantes del pesquero Cruz del Mar, enaltece a los medios de comunicación españoles.
Argelia reaccionó negativamente al comunicado hispano-marroquí que siguió a la visita del monarca español a Marruecos en el que se afirmaba, en contradicción con las tesis argelinas, que las responsabilidades de España en el Sáhara terminaron el 26 de febrero de 1976 (con la partida de las últimas tropas españolas de aquel territorio).
Las dificultades del momento hacen que pase relativamente desapercibido un editorial de El País con motivo de la visita del rey Juan Carlos a Fez y que releído quince años después resulta premonitorio: «Entre España y Marruecos no sólo pende la espada de Damocles de Ceuta y Melilla, el conflicto por la utilización pesquera de aguas jurisdiccionales, y las tensiones suscitadas por el acerca-miento a Argelia», afirma el editorial; «somos dos países unidos por la historia, la cultura, y la vecindad geográfica, con proyectos de gran envergadura que acometer juntos, el mayor ejemplo de los cuales, aunque sin duda utópico, es el túnel bajo el Estrecho».
Será, no obstante, a partir de 1983, con la entrada en funciones del primer gobierno socialista español, en teoría menos predispuesto a contemporizar con una monarquía conservadora como la marroquí, cuando la visión de la política exterior española hacia el Magreb, y como reflejo de ello de la prensa, comience a inclinarse por la razón de Estado e inicie una lenta y beneficiosa despolitización.
Y es que en esos años que siguen a 1983 ocurren hechos importantes, tanto en España como en el Magreb, o en la escena internacional, que terminarán haciendo innecesario el militantismo político de años anteriores.
En 1985, España ingresa en la Comunidad Europea, y a partir de 1986 sus relaciones con países terceros quedan incluidas en el marco más amplio de las relaciones de la CE con esos terceros países. Los conflictos y contenciosos del período anterior, muy en especial con la pesca, pierden violencia, y las relaciones comienzan a ser abordadas con una visión más pragmática.
Las preocupaciones de la prensa, como las de la sociedad misma, se dirigen ahora a familiarizarse con ese espacio comunitario en el que tan decididamente y convencidamente nos integramos.
Argelia y Marruecos se reconcilian …por el momento
En el Magreb, los encuentros de Akid Lotfi entre el rey Hasán II y el presidente argelino Chadli Benyedid, en 1983 y 1985, pero sobre todo el de enero de 1987, seguido por la visita de Chadli Benyedid a Marruecos, preludia el entendimiento de esos dos grandes países magrebíes, primero para evitar que el Sáhara les impida mantener relaciones normales, y luego para poder cooperar en el seno de la Unión del Magreb Árabe, UMA, que desde su fundación en Marrakech en febrero de 1989 agrupa a los cinco países magrebíes.
Aunque Argelia, Libia, Marruecos, Mauritania y Túnez, que la constituyeron, tardaran en ponerla en marcha debido primero a los reflejos condicionados del pasado enfrentamiento entre sus miembros, principalmente entre Argelia y Marruecos.
El retraso actual en los planes de cooperación entre la UMA y la CE, ya no tiene nada que ver con el conflicto del Sáhara, sino con la negativa de Libia a permitir que sean juzgados los presuntos auto-res o instigadores de los atentados contra el avión de la Pan Am sobre Lockerbie en 1988 y contra otro aparato de la UTA en República Centroafricana en 1989.
Las tendencias actuales de algunos países magrebíes a regresar a la idea de una UMA de tres miembros (Argelia, Marruecos y Túnez) tuvo su origen más en un afán de lograr que funcione esa institución, que en un conflicto entre países magrebíes. Aunque preocupa a la Comunidad, ya no es un tema que apasione a la prensa española.
La segunda mitad de la década de los años ochenta es también importante porque en ella se abordan las diferentes conversaciones de desarme entre la URSS y Estados Unidos, y con ellas el inicio del reconocimiento del fracaso de todo el sistema comunista europeo, hasta su derrumbe final.
Aunque nada definitivo ni estable ha sustituido todavía a aquella bipolaridad, es indudable que para los actores intermedios han desaparecido las posibilidades de referencia válida a aquel sistema como alternativa política, y la eventualidad de encontrar apoyo interesado o no en él.
Este hecho tuvo importantes consecuencias para Argelia y Libia, para el Polisario y la RASD, y, como reflejo de la situación, para la percepción y tratamiento por la prensa española de la problemática magrebí.
En nada limitada en su trabajo por presiones o consideraciones ajenas, la prensa española mantuvo una relativa capacidad, involuntaria y no deseada, de afectar a la política interior de los países magrebíes, o más bien de ejercer lo que los franceses llaman un pouvoir de nuisance.
La entrevista realizada en marzo de 1992 por el diario El País al secretario general de la Confederación Democrática del Trabajo (socialista), Nubir el Amaui, que tuvo como consecuencia el encarcela-miento de éste, y la consiguiente conmoción del mundo sindical y político marroquí, es un ejemplo de ello. Algo parecido a lo que ocurrió siete años antes con otra entre-vista del mismo diario El País al ministro, hombre del régimen, y destacado dirigente bereber, Mahyubi Ahardán, que perdió, como consecuencia de sus reproches, su puesto de ministro y su favor en palacio.
Ese pouvoír de nuisance o poder de irritar, que sólo lo era debido a la insuficiente capacidad de la prensa y los periodistas marroquíes de ocuparse de los asuntos internos de su país, se manifestaría de nuevo con mucha mayor envergadura durante las huelgas y disturbios «del pan» de 1984.
Las revueltas del pan
Con una revuelta en marcha en todo el país, principalmente en el norte por vez primera, en 1984 las restricciones y presiones sobre la prensa marroquí fueron importantes. A tal punto, que veinticuatro horas después de iniciada la revuelta, era calificada todavía de «producto de la imaginación de algunos periodistas extranjeros», por un periódico marroquí.
Numerosos actores de la revuelta o afectados por la represión, eluden el silencio de su propia prensa trasladándose a Ceuta y Melilla para informar a los diarios españoles de lo que no podían publicar los marroquíes.
La aparición de ciudadanos marroquíes encapuchados en Tele-visión Española para criticar la represión de la revuelta o explicar su interpretación de las causas de la misma, causó gran conmoción al poder en Marruecos por la amplia audiencia de las televisiones españolas en el norte del país, y daría lugar, según informó algún periódico, a una protesta marroquí.
Pero 1984 es también año difícil en las relaciones de España con Argelia, y por lo tanto de especial dedicación de la prensa española a explicar las dificultades suscitadas por el contrato del gas. Los diarios informan y comentan la suspensión por Argelia de ofertas de compra por 100.000 millones de pesetas, critican el riesgo financiero pendiente valorado en 2.000 millones de dólares, y las empresas acuden a la prensa para exponer sus dolencias.
Antes de finalizar el año, en junio, Argelia habrá suspendido la línea marítima Orán-Alicante, y en julio habrá llevado a España ante un arbitraje internacional sobre el contrato del gas. Incluso el Frente Polisario amenazaba en noviembre con romper con el PSOE, según una entrevista con sus representantes publicadas en la prensa.
Todo ello, a pesar de que el nuevo Gobierno acababa de estrenar una nueva política, calificada de «conjunto», hacia el Magreb en contraposición a la política de los anteriores gobiernos de UCD criticada como de «equilibrio y alternancia».
El vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, que viajó en marzo de 1983 a Argel para «equilibrar» el viaje que efectuaría a Rabat pocos días más tarde del presidente del Gobierno, Felipe González, a Marruecos un mes antes, definiría esa política de una manera muy singular: «Nuestra simpatía por el fenómeno argelino tiene una connotación más intensa que respecto a otros países de la zona, pero entendemos que debemos prestar una atención global a la zona.»
Sería el entonces embajador en Argel, Eduardo Zulueta, quien después de oír al vicepresidente en Argel describiría a esa política, a través de los micrófonos de Radio Nacional de España como «política de conjunto» y diría que el viaje del vicepresidente Guerra era una prueba de ello.
Las declaraciones de Alfonso Guerra en Argel no pasarían desapercibidas para la prensa española, una parte de la cual, entre ella el diario ABC; la calificaría editorialmente de «Retorno al punto de partida de una política de enunciados tercermundistas» .
Divertimento periodístico
Pero no sólo la prensa española tuvo esa capacidad de interferir en los asuntos internos del otro país. La marroquí también, al ser re-cogida por la española, causó importantes problemas al Gobierno español y creó incertidumbres en la sociedad española. Por ejemplo, la desproporcionada repercusión que tuvo un globo lanzado por el diario socialista marroquí Al Moharrer, que pretendía que el rey de España se había comprometido a restituir Ceuta y Melilla a Marruecos en 1981. Esa información fue recogida, entre otros, por los diarios El País y Diario 16 en sus ediciones del día 17 de junio de 1978.
Inmediatamente el resto de la prensa se hizo eco de ellos en los días siguientes. El 19 y el 20 de junio, los diarios Pueblo, El Alcázar y La Vanguardia, como probable resultado de consultas de sus periodistas, publican desmentidos de la información, que ya había sido ampliamente difundida en toda la prensa marroquí.
A pesar del desmentido, algunos diarios españoles comienzan a dudar, y ya el 22 de junio El Alcázar afirma que el artículo de El País está demasiado bien compuesto para ser un simple fruto de la cosecha de datos de un periodista, y se pregunta si es que acaso Exteriores no estará estudiando la cuestión.
Sin mayor verificación el diario añade que «Desde Godoy no había pasado España por un clima de abulia, pereza mental, desidia, laxitud y entreguismo, tan desmoralizado y escandaloso como el actual».
Ante la proporción que toman las repercusiones en la prensa, la Oficina de Información Diplomática se vio obligada a desmentir oficialmente la información marroquí, y el ministro dio a su vez instrucciones a la Embajada de España en Rabat para hacer lo propio. Por cierto, que a pesar de que todos los periódicos marroquíes se hicieron eco de la información de Al Moharrer, ninguno publicó el desmentido de la Embajada de España .
Los periodistas no tienen el privilegio exclusivo de crear problemas a los políticos. Estos utilizan a veces a la prensa para crearse problemas a sí mismos. Así, las declaraciones del entonces ministro marroquí del Exterior, M’Hamed Bucetta en la Universidad de Georgetown en la que afirma que Marruecos no habrá completado su integridad territorial hasta que no recupere Ceuta y Melilla. La violenta reacción sobre todo de la prensa española llevarán al ministro a explicar a El País que, según él, no dijo nada nuevo y se limitó a repetir una conocida postura marroquí.
Intencionadamente o no, Marcelino Oreja, titular cíe Exteriores en 1979, le devuelve el cumplido y afirma en Bruselas, en una declaración publicada por la prensa española el 5 de febrero de 1979, que la descolonización del Sáhara aún está por hacer.
La prensa marroquí reacciona ante esa manifestación con la misma violencia que la española a la de Bucetta, y Oreja se justifica con el mismo argumento empleado antes por el ministro marroquí, afirmando que no dijo nada nuevo, sino que sólo repitió una conocida actitud del Gobierno español.
La diferencia, importante, está en que el viaje del teniente general Tomás de Liniers a Ceuta y Melilla, en los días que siguen a las declaraciones de Oreja es saludada con bombas, que obviamente nadie reivindicó al principio.
Casos parecidos de declaraciones extemporáneas o innecesarias de este tipo se suceden en esa primera etapa posterior a los Acuerdos Tripartitos de Madrid, como por ejemplo el viaje del entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez a Argel, en abril de 1979, con entrevista con el secretario general del Frente Polisario, que exigirá después grandes esfuerzos diplomáticos para que la visita del rey Juan Carlos a Marruecos en junio no sea un fracaso.
La prensa, tanto en Marruecos como en España, contribuye a magnificar el sentido de la visita de Suárez y, por ejemplo, el enviado especial de El País, que la interpreta el 30 de abril de 1979 como un importante giro de España que, según él, coloca al Gobierno español del lado argelino-saharaui frente a Marruecos, llega incluso a predecir que «se aguarda una violenta reacción marroquí». Esa violenta reacción llegó, por supuesto, a través de la prensa marroquí.
Pero en España, comunistas y socialistas se solidarizaron con el viaje de Suárez a Argel y, a título ilustrativo, Manuel Azcárate, a la sazón responsable de relaciones internacionales del PCE, y pocos meses más tarde editorialista en el diario El País, escribe en Mundo Obrero que el rey de Marruecos está cada vez más aislado, y que con el viaje de Suárez a Argel se ha producido un claro apoyo a la autodeterminación de los saharauis.
El diputado socialista Luis Yáñez llega aún más lejos y afirma que Suárez hace en África una política socialista, mientras los dirigentes comunistas Marcos Ana y Solé Tura afirman, después de una visita a Tinduf, que el Polisario ya tiene ganada la guerra contra Marruecos .
1989 el año de la reconciliación hispano-marroquí
La visita del rey Hasán II a Madrid en septiembre de 1989, a pesar de las incidencias e incluso descalificaciones innecesarias al huésped por parte de algunos sectores políticos y de prensa, marca definitivamente la voluntad de los países de entenderse y de centrar sus relaciones en una cooperación económica.
Esa nueva orientación fue facilitada remotamente por el primer acuerdo de pesca a largo plazo de agosto de 1983, y por los contratos de cooperación económica que desde ese mismo año obtienen empresas española en proyectos marroquíes, como el contrato con-cedido al grupo FOCOEX para participar en el proyecto del complejo químico de Jorf Lasfar (Phosphore IV), la participación de Cubiertas y M’zov en la construcción de la represa de M’Jara, y otros.
La cooperación militar entre los dos países, menos publicitada en la prensa pero no por ello menos importante, transmite seguridad a los actores directos de esa cooperación económica. Curiosamente, y a pesar de su importancia incluso simbólica, será menos debatida en la prensa que otras cuestiones de menor entidad.
Cuando el rey Hasán II visita Madrid en 1989 la imbricación económica de los dos países es ya importante y España se ha coloca-do en los primeros lugares de países exportadores, importadores e inversores en Marruecos.
La pérdida de conflictividad en las relaciones entre España y Marruecos, acompañada por la pérdida de conflictividad en las relaciones de los países magrebíes entre sí, y la afirmación de la Unión del Magreb Árabe, contribuyen a la disolución de militancia en las prensas respectivas al abordar la información, pero también, desafortunadamente para el lector, a un descenso del interés por la información magrebí.
La prensa española y la magrebí ya no mantienen diálogos o enfrentamientos paralelos a los de sus Gobiernos, y los Gobiernos o los responsables directos de la gestión política diaria, o la oposición interna a éstos, han perdido interés en trasladar a los gobiernos o partidos interlocutores del Magreb sus preocupaciones a través de la prensa.
Ese cuarto poder, que según los sociólogos e investigadores modernos reside en quienes tienen la posibilidad de informar a los informadores, se manifiesta menos, y se limita a exponer los hechos, de una manera cada vez más simplificada y sintética, a una opinión pública que por otra parte no manifiesta una demanda de información detallada como en otros tiempos.
Los ministros o los altos responsables del Gobierno siguen viajando acompañados en sus aviones por periodistas que ahora se limitan a dar cuenta, sin necesidad ni deseo de explicación o contraste con la otra parte, de lo que esos responsables a su vez les transmiten.
La convergencia de opiniones entre todos los sectores políticos en la actualidad es grande en lo que concierne al énfasis colocado por los Gobiernos magrebíes y español en los aspectos económicos de esas relaciones, y la prensa informa de esa evolución que no conlleva ninguna carga conflictiva política.
Pero ello no significa que los medios de comunicación españoles hayan perdido su capacidad de «influir» en los asuntos de los vecinos. Ahí está la televisión española, visible en todo el norte de Marruecos sin necesidad, para el usuario, de incurrir en ningún gasto adicional para recibirla, que preocupa a todos los sectores políticos de Marruecos.
A los integristas, porque proyecta una visión fácilmente asimilable de un modo de vida diferente, de una participación social, política y económica de la mujer, y de un sistema de valores que, a fin de cuentas, puede resultar a los televidentes menos despreciable de como lo pintan los predicadores del extremismo islámico.
Preocupa también a los Gobiernos porque transmite la imagen de una democracia que concilia satisfactoriamente su teoría y su práctica, de unos poderes que confirman con su acción diaria la realidad de su separación e independencia, y de un Parlamento que demuestra que debate y legisla realmente con total soberanía sobre sus decisiones.
Influencia espontánea de TVE en el norte de Marruecos
Sólo las pateras, con los inmigrantes clandestinos y sus tragedias marítimas, y el avance del extremismo religioso, que encuentra su punto culminante con el triunfo electoral del Frente Islámico de Salvación, FIS, en Argelia en 1991, hizo que la prensa española se volviese a ocupar con cierta asiduidad del Magreb.
El interés que ahora despierta la información, que sugiere no obstante la percepción difusa de un riesgo, está muy por debajo de la importancia intrínseca de esos hechos para todo el Mediterráneo Occidental.
Los espacios que la prensa dedica en la actualidad a la información propiamente magrebí son escasos, aunque reflejan una inclinación insoslayable de las preferencias informativas de los españoles, más interesados en el presente en su integración en Europa, y más solidarios de los problemas de Occidente en general.
Sólo dos diarios españoles mantienen aún corresponsales en el norte de África, El País y ABC, con un corresponsal cada uno de ellos en Rabat con la misión teórica de abarcar todo el Magreb, además de la agencia EFE, que cuenta con delegaciones en Argelia, Marruecos y Túnez.
El resto de los diarios prefieren concentrar el esfuerzo económico que supone mantener corresponsales en el extranjero, hacia otras zonas del mundo, aunque no por ello se desinteresan de la información magrebí, que cubren con agencias o con enviados especiales para cuestiones precisas.
La idea inicial del diario El País de preferir los enviados especia-les a los corresponsales, que parecía acertada para una zona del mundo donde la permanencia implica servidumbres a veces contradictorias con la libertad e independencia de la información, no ha sido puesta en práctica a pesar de sus aparentes ventajas.
El lado positivo de esa decisión es que El País sigue siendo, junto con ABC, el único diario que informa sistemáticamente del Magreb, una zona a la que la atención informativa que le presta en el presente la prensa española, no guarda proporción con la importancia política y económica que le concede la Comunidad Europea, o al menos su Sur, no solamente como zona de expansión económica y cultural natural, sino de virtual integración, en preparación de un mundo que se piensa estará aglutinado alrededor de tres grandes polos económicos, Estados Unidos, Japón y la Comunidad Europea.
Asombra hoy, al reflexionar sobre ello, constatar hasta qué punto la información fidedigna se mezcló con los datos no comprobados logrando ambas la misma influencia en la opinión pública. Asombra también constatar cuán poco nos preocupamos los periodistas españoles por conocer a nuestros vecinos, a pesar de lo mucho que escribimos sobre los problemas comunes.
Esa falta relativa de interés se ve reciprocada con creces por una mayor falta de interés por parte de los medios magrebíes, en donde es mucho menos frecuente encontrar artículos sobre asuntos mera-mente españoles.
Esa ausencia de curiosidad por el vecino es la que motiva que, desaparecida la conflictividad en las relaciones entre España y sus vecinos del Magreb, la información sobre éstos haya desaparecido prácticamente de las revistas, y sea ocasional en los periódicos.
Un Tratado de Amistad poco tratado (en la prensa)
Ejemplo de ello es el escaso interés que despertó en la prensa la discusión, en septiembre de 1992, del Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación, presentado por el Gobierno a la aprobación del Congreso y del Senado, firmado en julio del año anterior en Rabat en presencia de los reyes don Juan Carlos y Hasán II.
El escaso reflejo que logra en la prensa el debate contrasta enormemente con el despliegue y la pasión colocada en febrero de 1978 para informar del debate en el Congreso del Tratado de Pesca firmado con Marruecos por el Gobierno español el año anterior.
Y sin embargo la discusión de 1992 no está exenta de interés, como señala el diario El País, por la polarización de fuerzas parlamentarias que sugiere con respecto a Marruecos y que parece indicar que los partidos siempre están de acuerdo con normalizar e institucionalizar las relaciones con Marruecos cuando están en el poder, y se oponen a ello cuando son oposición.
Al Tratado de Amistad se opusieron en septiembre de 1992 el Centro Democrático y Social, que en 1978, en el Gobierno entonces como UCD, firmó el Convenio de Pesca de 1977, Izquierda Unida y Eusko Alkartasuna, mientras que el Partido Popular se abstuvo, y Convergencia y Unión se dividió al respecto.
Contra el convenio de pesca a largo plazo
En 1978, la movilización contra el Convenio de Pesca la encabezó el Partido Socialista Obrero Español, entonces en la oposición, que paradójicamente obtendría su primer éxito en política exterior, después de llegar al poder en 1982, con la firma de un Convenio de Pesca con Marruecos de mayor envergadura que el rechazado en 1978.
Para socios que públicamente reconocen el interés mutuo que tienen en las actuales relaciones económicas y en ampliarlas, esa falta de información sistemática, sorprende. ¿Es que la opinión pública sólo se interesa por los conflictos? La pregunta es difícil de contestar, pero en cualquier caso la prensa actualmente no proporciona la oportunidad de constatarlo.
La prensa, una vez más, refleja un estado de hecho también entre gobiernos, en donde la escasa interacción cultural, y casi nula informativa, confirma que parecen definitivamente interesarnos el comercio y los negocios, pero menos los intercambios humanos, culturales y políticos.
Frente a los proyectos de integración o de creación de espacio euro-magrebí que para el futuro prevén los estados mayores comunitarios y magrebíes, frente al avance del Islam político en el Magreb, y de cara al inevitable choque demográfico de los próximos años, esta indiferencia actual resulta cuando menos inquietante.
Sobre todo a raíz del frustrado triunfo electoral del Frente Islámico de Salvación en Argelia, que no obstante ha dado lugar a la percepción, todavía difusa, de un riesgo para la seguridad exterior de España.
La deficiente y a veces pintoresca explicación y percepción del fenómeno del avance del Islam político, comúnmente calificado de integrismo o fundamentalismo, añade un plus innecesario a esa preocupada contemplación del problema.
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