79f0 txp page_title/> Domingo del Pino: Acción y no discursos, una forma mejor de ayudar

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Acción y no discursos, una forma mejor de ayudar :: 31/10/2005

Domingo del Pino. Fundación para la Cooperación Empresarial Solidaria. Diálogo Mediterráneo nº 39 Noviembre 2005

El drama de los subsaharianos candidatos a la emigración escenificado en las fronteras de Ceuta y Melilla ha llevado a la actualidad, una vez más, la cuestión de la extrema pobreza de Africa y con ella la del egoísmo de los países ricos.

El Continente donde surgió la primera forma de vida humana, parece camino de ser igualmente aquel de donde primero comience a desaparecer. África es solo noticia con motivo de catástrofes, enfermedades, golpes de estado, guerras tribales, y todo aquello que nos recuerda cuán inhumana puede ser la vida para la mayor parte de lo que llamamos humanidad.

España se ha colocado en el ojo de este huracán a causa de los sucesos pasados en las vallas de Ceuta y Melilla. A escala global, no obstante, estos incidentes constituyen solo un episodio de un hecho singular de las relaciones Norte-Sur que es común a todas las fronteras entre Europa y Africa en el Mediterráneo, y a las de otras partes del mundo donde convergen riqueza y la pobreza.

Huir de la pobreza

La cuestión de fondo es muy simple: la porción de la humanidad que vive en las condiciones de pobreza más extrema se rebela – o más bien conviene decir que huye porque se trata de una huida – contra un presente insoportable que no parece tener futuro.

Los motivos de esa pobreza y de esta riqueza, de éste desarrollo y aquel subdesarrollo, están sobradamente estudiados y documentados. Sabemos que 3000 millones de seres, la mitad de la población del planeta, viven con menos de dos dólares al día para su subsistencia; que uno de cada dos niños del mundo es pobre, y que casi 11 millones (30.000 por día) mueren al año de hambre y enfermedad.

Paradójicamente, cada niño que nace en un país pobre debe ya, por el solo hecho de nacer, miles de dólares a los niños de los países ricos. En 2001 casi el 47 % de la población del África subsahariana, de donde procede el grueso de los candidatos a la emigración ilegal que se agolparon en las fronteras de Ceuta y Melilla, dispone de menos de 1 $ diario para vivir.

Es conocido también que el 10% de la población mundial acapara el 70% de las riquezas del planeta; que las 500 personas más ricas del mundo tienen una renta combinada mayor que la de los 416 millones de seres más pobres; que la renta media real de los países más ricos es 50 veces superior a la de los países más pobres. Conocemos también cuánto costaría acabar con esa situación que interpela, a gritos ya, a la conciencia del mundo acomodado.

Los conflictos africanos y la degradación del medio ambiente añaden una variable negativa más a una situación que junto con el crecimiento demográfico es explosiva.

La inconstancia de los medios de comunicación

Los medios de comunicación, sin embargo, merecen la fama que han acreditado de inconstancia: para ellos un drama deja de ser noticia cuando desaparece el motivo sensacional casi siempre que lo puso de actualidad aunque no haya dejado de ser drama. La falta de perseverancia en el recordatorio y de sistematización en la presentación de las tragedias estructurales y sus causas, termina por banalizar lo que para otros es sencillamente cuestión de vida o muerte.

Resulta estremecedor porque remediar o aliviar la situación de Africa puede hacerse sin ningún esfuerzo realmente extraordinario para los gobiernos de los países ricos y sin afectar perceptiblemente el bienestar de los ciudadanos del primer mundo.

Pero entrar en el terreno de los remedios lleva inevitablemente a esos entornos difuminados de las utopías sobre la naturaleza humana, un dominio en el que la experiencia histórica no es estimulante. Siendo lo que son las grandes corporaciones y empresas, el capital financiero internacional, los grandes agrupamientos regionales de países y las grandes instituciones financieras y económicas internacionales, lo que procede es dejar de filosofar y ver que se puede hacer como ciudadano y como parte de la sociedad civil organizada.

Existe un movimiento esperanzador, novedoso, que es la creciente concienciación de las sociedades que llamamos civiles por estos problemas. Ellas ejercen una presión cada vez mayor sobre los gobiernos nacionales, que con frecuencia escudan su inacción tras el argumento de la pérdida de soberanía en favor de los gobiernos supranacionales.

En cualquier caso las sociedades civiles constituyen un elemento importante a largo o medio plazo, pero no dejan de constituir un factor de presión cuya eficacia depende de que las instituciones y los gobiernos sean receptivas a lo que aquellas proponen o denuncian.

¿Soluciones?

La llegada de un nuevo milenio el año 2000, dada la afición de las grandes instituciones internacionales por las fechas y los hitos simbólicos, comenzó con una cierta esperanza en lo que parecía una actitud más conciliadora de quienes tienen el poder real de incidir sobre el curso de los acontecimientos.

En septiembre de 2000 la Asamblea General de la ONU, aprobó la muy conocida Declaración del Milenio mediante la cual, la casi totalidad de los países miembros de la ONU que la suscribieron se comprometían a crear las condiciones para la eclosión de “un mundo más pacífico, más prospero y más justo”.

Entre sus múltiples buenos propósitos, que vistos en la retrospectiva parecen haber resultado utópicos, proclamaba su “firme decisión” de reducir a la mitad hasta 2015 la proporción de la población mundial con renta inferior a un dólar diario, de las personas que sufren hambre, y de las que no tienen acceso al agua potable ni medios para procurársela y otras buenas obras parecidas.

Añadían que se detendría la propagación del SIDA, se controlaría el paludismo y otras grandes enfermedades de la humanidad, y se mejoraría sensiblemente, aunque en este caso para el 2020, el nivel de vida de 100 millones de los muchos más millones de personas que viven en chabolas. No era precisamente el mundo ideal, pero sí probablemente el mundo posible.

Todavía con el impulso del nuevo milenio, en marzo de 2002 los países industriales y ricos se comprometían en Monterrey, en la Conferencia Internacional sobre la Financiación del Desarrollo celebrada en esa ciudad de México, a elevar progresivamente hasta el 0,7 por ciento de sus PIB en los próximos diez años la contribución para ayuda al desarrollo.

Antes y después del 11/S

Desgraciadamente, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington parecen haber proporcionado el pretexto para restar atención a este gran tema de la pobreza y constituyeron un nuevo punto de partida que ha reforzado una tendencia casi generalizada a dar prioridad a la seguridad y a la lucha contra el terrorismo.

Aunque no se pueda razonablemente objetar esa opción, si es necesario rescatar del olvido la relegación a que ha sido condenada la pobreza, que a fin de cuentas está íntimamente relacionada con el terrorismo y la creciente irritación del mundo pobre.

El avance en el cumplimiento de los objetivos establecidos en la Declaración del Milenio fue revisado, como había sido previsto en el 2000, en la Cumbre de la ONU del pasado septiembre, con los conocidos y decepcionantes resultados. Un buen número de países comprometidos con los Objetivos de Monterrey los han revisado o los revisan a la baja.

La próxima cumbre de la OMC de Hong Kong

Los llamados objetivos de Doha, establecidos en la cumbre celebrada en 2001 en esa ciudad del emirato de Qatar, al igual que los anteriores citados, también han sido revisados a la baja antes de dar ningún fruto. En materia de salud en Doha se estableció el principio de la primacía de la salud sobre las patentes de los productos farmacéuticos y los intereses comerciales. En los años siguientes a Doha los países industrializados, incluidos los de la Unión Europea, han trabajado en realidad por retroceder de esos principios.

El sida es la enfermedad más llamativa, pero no la única, de diezma a los pobres. En 2001 se calculaba en 36 millones el número de personas con la enfermedad y en 10000 el número de personas que morían diariamente a causa de ella. La cuestión era y es la misma: como acceder a los medicamentos genéricos y baratos que pueden salvar sus vidas. También a este respecto los remedios son tan conocidos como los obstáculos para ponerlos en práctica.

La cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio, que tendrá lugar en Hong Kong del 13 al 18 de diciembre constituye la última esperanza de introducir reformas en un sector que los países pobres consideran fundamental: el acceso a los mercados de los países ricos de sus producciones agrícolas.

El proteccionismo de los países desarrollados y las subvenciones de las agriculturas occidentales han sido desde hace años el caballo de batalla de las reivindicaciones de los países pobres. Algo parece que se mueve ahora. En todo caso, la Unión Europa ha anunciado su disposición a reducir en un 70 por ciento sus ayudas a la agricultura a condición de que los otros grandes países que subvencionan las suyas hagan algo parecido.

Francia, apoyada por España, Irlanda, Polonia y Portugal entre otros países, se opuso al mandato otorgado por la UE a Mandelson, pero el apoyo de Alemania, Holanda y la mayoría de los países a la propuesta de la Presidencia británica de la UE a este respecto fue decisivo para su aprobación.

Los subsidios a la agricultura suponen el 44 % del gasto de la Unión Europea (43000 millones de Euros) y cuestan a cada ciudadano europeo, según algunos centros de investigación, unos 24 euros a la semana. Para esos institutos, el precio de los productos agrícolas en la UE están artificialmente inflados en proporciones que según las diferentes evaluaciones oscilan entre el 25 % y el 80%. En algunos productos como el azúcar, el precio pagado por el consumidor europeo es unas tres veces superior al precio del mercado internacional.

Estados Unidos subsidia también unos 30 productos agrícolas que recibieron, según cifras norteamericanas, unos subsidios valorados en más de 16000 millones de $ al año entre 1996 y 2002.

Lo peor de esas agriculturas subsidiadas es que al basarse fundamentalmente en un precio mínimo garantizado y ser exportado el exceso al Tercer Mundo, impiden a los países pobres exportar sus producciones. Con ello contribuyen objetivamente a la pobreza del sur. Algún instituto ha señalado que una vaca lechera occidental recibe unos 913 $ de subsidio al año, mientras que la ayuda al Africa sub-sahariana, por ejemplo, no pasa de 8 $ por subsahariano al año.

Alianza de civilizaciones y ayuda al desarrollo

Por eso la alianza de civilizaciones propuesta por el gobierno español y acogida ya por la ONU, la Liga Árabe, la presidencia británica de la Unión Europea, la Cumbre de Río, y otros organismos internacionales o países, constituye una proposición humanista loable pero de escasa incidencia práctica en economía.

Es importante oponer la idea de alianza a una relación de civilizaciones que importantes intelectuales norteamericanos contemplan como “choque”, pero lo verdaderamente eficaz sería contribuir con políticas estatales menos egoístas, al desarrollo de ese mundo con el cual queremos, en tanto que civilización, dialogar.

Sin embargo, la proliferación de grandes, multitudinarios, y sin duda costosos encuentros de personalidades internacionales, la multiplicación de “grupos de sabios” o menos sabios que deben de nuevo dictaminar sobre lo que ya está suficientemente dictaminado, la creación de comisiones y más comisiones, hace temer lo que ya otros han valorado: que esos enormes gastos para imagen podrían estar mejor empleados en ayudas concretas para aquellos que son objeto de tan solicita atención.

Si a ello se añade que buena parte de las sumas destinadas a las ayudas se consumen en pagar a los expertos, transportistas, intermediarios, de los países ricos que las gestionan, la conclusión inevitable es que la movilización a favor de la pobreza es grande, que cada vez son más numerosas las importantes personalidades sensibilizadas por el tema, pero que la ayuda concreta que realmente llega a los pobres no guarda proporción con la importancia y el número de encuentros que se le dedican.

FCES, una modesta iniciativa española

La Fundación para la Cooperación Empresarial Solidaria, FCES, surge de varios convencimientos relacionados entre sí. Primero que mientras los países ricos e industrializados, que dominan las instituciones financieras y económicas internacionales, pasan de la palabra al acto y deciden ser auténticamente solidarios, el resto del mundo tiene necesidades urgentes que satisfacer y problemas agobiantes que solucionar. Esos problemas afectan a la posibilidad de que millones de seres tengan una vida digna y humana e incluso de que sobrevivan.

En segundo lugar, estamos convencidos de que entre el peso agobiante de la deuda, la nula disposición de las empresas y países inversionistas a invertir en sectores de lento o escaso retorno de la inversión, las enfermedades y las catástrofes naturales, los países más pobres se encuentran en la imposibilidad de poner en práctica políticas de desarrollo integral y de inclusión de todos sus ciudadanos en los circuitos productivos o sociales.

La FCES está convencida de que las empresas de los países industrializados implantadas en los países del sur y sus gobiernos tienen una obligación moral de cooperar al desarrollo de regiones y sectores sociales que nunca serán objeto de atención para unas empresas preocupadas por las cuentas de resultado y los beneficios.

No se trata de solucionar las enormes necesidades de los países subdesarrollados ni de suplir las carencias o la imposibilidad de sus gobiernos de generalizar el desarrollo en sus países. Se trata solamente de ayudar a solucionar, con pequeñas o grandes aportaciones solidarias de todos, muchos problemas urgentes que de otra forma quedarían sin solución.

Un aspecto muy importante de nuestra acción solidaria, según la entendemos, debe consistir en despertar y desarrollar en esos colectivos de hombres y mujeres olvidados el sentimiento de que de ellos mismos deben surgir ideas e iniciativas para salir de su condición económica y social, de emprender acciones por si mismos y asumir riesgos personales para cambiar sus destinos.

No pueden esperar que las empresas locales o extranjeras vengan a solucionarles sus problemas porque no vendrán si no existen expectativas importantes de beneficio. Tampoco pueden esperarlo todo de los gobiernos, que al fin y al cabo son máquinas burocráticas normalmente huérfanas de ideas de detalle si no median objetivos electorales claros.

Pero ¿cómo pedirle a quienes tienen como principal preocupación diaria la de sobrevivir; a las mujeres que han de combatir el prejuicio de que una mujer que trabaja le quita el puesto a un padre de familia; a los jóvenes y menos jóvenes que aún no tienen vida laboral; o a personas con minusvalías relativas, incluida la muy generalizada de no saber leer ni escribir, que sean emprendedores o empresarios?

Esos son los grandes retos que la FCES quiere asumir: promover en primer lugar la solidaridad de las grandes empresas y de los gobiernos para la financiación de auténticos proyectos empresariales pero sociales; crear tejido empresarial pero de vocación social; hacer que esas empresas sean además rentables y viables; suscitar entre los hombres y mujeres que en ellas trabajen el sentimiento de corresponsabilidad para el éxito de la empresa y proporcionarles la formación profesional y los conocimientos para gestionar las empresas.

Para ello la FCES intentará movilizar la solidaridad de las grandes empresas y de los gobiernos, estudiará conjuntamente con la sociedad civil de los países del sur cuáles son los proyectos de desarrollo de carácter social necesarios, ayudará a localizar a las empresas extranjeras o locales que los pongan en marcha, y buscará a los técnicos y expertos que puedan ocuparse de la formación profesional y técnica de los hombres y mujeres que los vayan a continuar.

Finalmente la FCES garantizará el traspaso ordenado de las empresas creadas a sus últimos propietarios cuando estos se encuentren en condiciones de continuar su gestión y defender su puesto en el mercado. Se trata de una apuesta y como toda apuesta incluye un porcentaje de riesgo.


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