6dcb txp page_title/> Domingo del Pino: Marruecos entre la tradición y el modernismo

Crítica de libros



Marruecos entre la tradición y el modernismo :: 30/11/1989

Biblioteca de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Granada, 1990

Por María Angustias Parejo Fernández

Marruecos. Entre la tradición y el modernismo

Con la tranquilidad que da hablar de lo que se conoce y de lo que se quiere, Domingo del Pino, corresponsal de El País y delegado de la Agencia Efe en Marruecos hasta los últimos acontecimientos de Oriente Próximo, nos abre las puertas de un universo de contrastes, donde las dualidades no sólo coexisten, sino que caminan en busca de su propia idea de progreso.

Nos encontramos ante una monografía que con tono ágil y profundo inicia una serie de publicaciones sociopolíticas sobre el Mediterráneo en la Universidad de Granada. Con ella se contribuye a enriquecer el hasta ahora escaso panorama español en este tipo de estudios. Su oportunidad y su calidad la hacen merecedora de nuestra «necesaria e imprescindible lectura », según la compartida opinión del ex ministro Fernando Morán, oportuno prologuista de la obra.

Los crípticos y fastuosos palacios pueden envolvernos, las mansiones lujosas y los complejos residenciales pueden engañarnos, las medinas alegres y coloristas pueden hacernos viajar en el tiempo, pero estas realidades no podrán por sí mismas, sin el auxilio de otras, revelarnos qué es Marruecos: ¿cómo se concibe y se articula el poder?, ¿qué tipo de relaciones ha mantenido?, ¿cuál es su posición en el ámbito magrebí y europeo?

Todas estas cuestiones encuentran reflexiva respuesta a lo largo de los diez capítulos de la obra, en un viaje que Del Pino comienza antes de la consecución de la independencia marroquí. Tres serán las paradas obligadas: el poder, la evolución del sistema político y las relaciones exteriores.

Monarquía, poder, y legitimidades

El poder, el estudio de sus legitimidades, la personalización en la figura del soberano, la constitucionalización e institucionalización del mismo ocupan los tres primeros capítulos. En ellos ya se inicia la peculiar evolución del sistema político que constituye el grueso de la obra, en la que el autor, entre líneas y con la complicidad de quien no es extraño al destino de un pueblo, plantea, de un lado, la capacidad de la monarquía alauita de absorber y satisfacer las demandas de reforma; de otro lado, si las legitimidades dinástica y religiosa generan espacios abiertos a la modernización.

La esfera de las relaciones exteriores se encuentra salpicada en los acontecimientos políticos internos, sin recurrir a dedicar capítulos separados más que en el caso de las relaciones hispano-marroquíes en el décimo y último.

En ningún país árabe se ha concebido un Poder civil independiente de la realidad religiosa. Marruecos, por razones históricas, es de los países del Norte de África el más susceptible de iniciar una vida de Estado con cierta autonomía. A las legitimidades del poder en sí mismo — dentro de las cuales se halla la religiosa —, se une la legitimidad de tipo operativo que reside en la funcionalidad del Estado.

De la dialéctica generada surge una relación operativa en la que la legitimidad del poder asentada en lo religioso no sólo no estorba a las otras, sino que se halla cómodamente ubicada en el aparato estatal, institucionalizada en el colegio de los ulemas. Este equilibrio de dinamicidad interna puede verse truncado por la emergencia de un geiser de gran magnitud, el fundamentalismo islámico. Basta escarbar muy poco en la conciencia individual y colectiva para que la Charia y el Corán aparezcan.

Allí donde se detienen las formas occidentales y modernizantes, allí aparece el Islam. Una sociedad que reacciona mejor a los símbolos que a cualquier razonamiento, hecho o demostración es un buen campo para simientes islámicas. Sin duda, Abdesalam Yasin intentó canalizar el potencial islámico y acceder al poder por medios democráticos.

El suyo fue sólo un intentó, pues al margen de sus prédicas apocalípticas atacó las legitimidades religiosa y dinástica del poder. Inquietaba que sostuviese que Dios no delega en nadie su autoridad, que el ejercicio del poder corresponde a la Umma, que no es admisible calificar al poder como hereditario. Con estas afirmaciones el porvenir político no podía ser otro que la cárcel y la represión.

Sin embargo, esta visible actitud hostil del poder constituido no hizo disminuir el número de asociaciones islámicas — alrededor de unas veinte —. Después de la revolución de Irán, el islam oficial y el islam militante luchan denodadamente y en disparidad de condiciones por el espacio religioso.

Marruecos, poder personal y casi absoluto

En Marruecos, el poder, lejos de consideraciones abstractas, tiene nombre y apellidos, es un poder personal y casi absoluto. Esta es la fuerza y la debilidad del sistema. Desde que su antecesor, Mohamed V (a quien se deben las primeras reformas legales y los primeros intentos de democratización), muriese en 1961, Hassan II ha ido progresivamente acaparando todas las legitimidades — jalifiana, sultaniana, cherifiana e histórica — y monopolizando el poder.

Uno de sus mayores logros (además de acabar con el poder de España en África y domesticar al movimiento nacional) ha sido el de positivizar, con rango constitucional y en un sinfín de disposiciones ordinarias, cuanto atañe al funcionamiento del Estado.

Utilizando categorías y conceptos constitucionales universalmente compartidos, les ha dotado de una operatividad sui generis, reservándose para sí la última palabra en materias tan diversas como: formar el gobierno, presidir el Consejo de Ministros, representar a la nación, firmar y ratificar tratados, intervenir en el proceso legislativo, disolver el parlamento, declarar la guerra y proclamar el estado de excepción, nombrar a los magistrados de la justicia secular y los de la justicia religiosa, etc.

Frente a este numerus apertus de derechos, sus obligaciones de consulta al presidente de la cámara y dirigir un mensaje a la nación, no resultan en absoluto gravosas. Ante tal acopio de competencias la utilidad de las instancias legislativa y gubernativa puede cuestionarse.

En los cuatro períodos legislativos habidos hasta el momento en el seno del parlamento no se han tratado cuestiones relevantes (para ello se celebraron Coloquios de Ifrán — sobre educación — y el de Economía Nacional — sobre la crisis —). Su marginalidad se agrava al no ejercer el control presupuestario, ni vigilar la acción del gobierno.

Al Ministerio del Interior, ni siquiera le queda la satisfacción de ver colmado su trabajo con un gabinete acorde con los resultados electorales obtenidos. El interés de un nuevo gobierno, además de su condena a tareas de administración o gestión, es el de promoción de determinados clanes familiares con los que se refuerza el Majzén.

Las redes del Majzen

El centro de decisión política sigue en las mismas manos. Sigilosa y operativamente, el «mazjén» va extendiendo sus redes asegurándose la fidelidad de cada uno de sus nudos. Domingo del Pino intenta aprehender esta institución tan escurridiza. Unas veces estilo de gobierno, otras aparato de vehiculación del poder. Sus raíces históricas nos lo presentan como la más sabia utilización de las relaciones individuales para legitimar, repercutir y amplificar la autoridad del sultán.

Del Pino no sólo nos ofrece este estudio del fenómeno del poder, sino que nos hace recorrer las sucesivas etapas de la evolución político-social marroquí: Progresiva consolidación. Después de instalarse en el trono, Hassan II comienza con una actitud de dualidad en su proceder que no abandonará nunca (de lo que hemos tenido buena muestra en el conflicto del Golfo). Si por un lado anticipaba la revisión de los órganos del Estado en base a la participación, por el otro promulgaba unilateralmente la «Ley Fundamental de Reino».

A esta ley le seguirían las Constituciones de del 62, 70 y 72. El estado de excepción y dos atentados harán que su liderazgo incuestionado busque causas de conciliación nacional. La excusa perfecta fue coger la antorcha de la reivindicación nacionalista a través de la marroquinidad del Sáhara, emprender la marcha verde y ocupar el territorio. El autor recoge los capítulos más decisivos de la descolonización del Sahara, la creación de la República Árabe Saharaui y el penoso e inacabado proceso de reconocimientos, amén de analizar la situación de los hechos en la actualidad.

La experiencia democrática se inicia con las elecciones del 77 como un ofrecimiento de reconciliación al movimiento nacionalista. El aperturismo llegaba en mal momento; lejos de lo esperado, el Sahara ocasionó más problemas de los previstos, era una herida de gran costo económico para unos bolsillos vacíos. A pesar de concesiones de todo tipo, la reactivación y la radicalización de los sindicatos volvió a aumentar la dureza de la represión.

El desencanto. La experiencia democrática se diluía. Las subidas anunciadas de cinco artículos de primera necesidad desencadena una ola de protestas que acabarían por convertirse en la huelga general del 81. Además de las controversias de interpretación constitucional, con esta huelga se inician una serie de disturbios que acabarían con el procesamiento y detención de destacados líderes de la Confederación Democrática de Trabajadores. Este período concluirá con el arresto domiciliario de los diputados socialistas ante su oposición a prolongar el mandato parlamentario, aduciendo la irretroactividad de las leyes (en concreto, la reforma constitucional aprobada por referéndum el 30 de mayo de 1980).

Ruptura blanda

La ruptura blanda se produciría por un acopio de descontentos, de raíz económica en su mayoría, que las maltrechas arcas no podían solventar. Los rumores de nuevas subidas llovían sobre mojado, la población (como ha vuelto a suceder el pasado diciembre del 90, respondiendo a la convocatoria de huelga general) salió a la calle a reclamar «su pan». La represión volvió a llenar las cárceles.

Nuevas elecciones generales y un nuevo gobierno a estrenar en el 85. De por medio una sorpresiva» unión con Libia que confundió al panorama internacional. La recuperación arranca de la ruptura de la boda con Libia y el restablecimiento de relaciones con Argelia. Se inicia un programa de saneamiento de la economía marroquí en cooperación con el Fondo Monetario Internacional. Los aires liberalizadores inciden en la privatización del sector público y en enormes ventajas para las inversiones extranjeras. En el campo de las libertades políticas que tan buena prensa tenía se vio dañado por los informes de Amnistía Internacional.

Los partidos políticos no logran conectar con la opinión pública. Un tercer gran bloque nos conduciría al capítulo de relaciones exteriores, que si bien inciden en la evolución política y en el fenómeno del poder, tiene autonomía propia. Las dotes diplomáticas del monarca alauita se han puesto de manifiesto en estos treinta años y muy recientemente con motivo de la Guerra del Golfo. Practicando amores y desamores a conveniencia se ha ido dejando caer en los brazos de Estados Unidos y Rusia.

Las relaciones con las antiguas potencias colonizadoras han cobrado distinto cariz, tanto por la cualidad de los contenciosos históricos, como por la de los presentes.

El esquema de actuación seguido por nuestro vecino marroquí ha sido reiterado, por tanto previsible pero indudablemente eficaz. Cada una de las tres crisis de relevancia con Francia, con la consiguiente suspensión de ayudas, ha ido seguida de un acercamiento a Estados Unidos.

Si la respuesta de los americanos era negativa o insuficiente, no había problema en acudir a las puertas alemana, kuwaití o soviética. Sin duda, saber estar en el momento justo y con los «amigos» justos dejándose guiar unas veces por la cabeza y otras por el corazón (o el monedero) es el mejor de los dones de este reputado estadista. En el caso de España, no ha faltado ningún ingrediente en nuestras relaciones para hacerlas difíciles. El diálogo entre ambos países se ha visto entorpecido por cuestiones poco pacíficas como la pesca, las reivindicaciones territoriales y la inconclusa problemática saharaui.

1983: Primer acuerdo de pesca a largo plazo

El primero de los obstáculos enumerado, tras beneficiarse escasamente de los Acuerdos pesqueros del 77, hubo de esperar al 83 para concluir un acuerdo a largo plazo; en estos momentos la Comunidad Económica Europea asume la negociación evitándonos puntos añadidos de fricción.

Ceuta y Melilla siguen siendo el talón de aquiles, un arma política de treinta y tres kilómetros cuadrados, sobre los que pesa una historia plagada de ocupaciones, cercos, conquistas, cesiones y tratados hasta llegar a ser lo que conocemos. Desde que en la Paz de Tetuán en 1810 se reconocieron definitivamente los límites de las dos ciudades, Marruecos no ha dejado de reivindicarlas.

En la dialéctica marroquí se han observado distintas etapas: antes della independencia y la iniciada en el 87 con la propuesta de una «Célula de Reflexión hispano-marroquí». Dormida la conciencia por el tiempo, la cuestión del Sahara aparece como una «historia interminable» de la que ni siquiera se sacó rentabilidad política ni económica.

En la actualidad, no sin optimismo de nuestro compañero de viaje, hay ánimos confesados por las dos partes de abordar las relaciones sin traumas (como están demostrando los hechos en la actualidad), con la madurez suficiente para mirar al horizonte y prever a largo plazo soluciones que cierren una página de más de dos siglos de enfrentamiento.

Domingo del Pino, a lo largo de estas páginas, pone de manifiesto cómo, a pesar de que la capacidad de iniciativa haya sido reducida a la mínima expresión, no se ha podido acabar con la reivindicación de una Constitución democrática y de un reparto más justo de la riqueza. Los iniciados en la materia y el lector ocasional dispondrán de una buena muestra de cómo rigor y estilo no están reñidos.


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