Reportajes varios
Príncipes herederos a la espera :: 24/08/2001
Domingo del Pino. La Clave 24-30 Agosto 2001
Bronceados, guapos, elegantes, altos, vestidos de boutique, en bella compañía y siempre rodeados de todo aquello que convierte esta vida en amable y placentera, un centenar de príncipes y princesas europeos atraen, en estos meses de estío más que nunca, la atención preferente de la prensa llamada del corazón. Príncipes y princesas herederos, herederos de los príncipes herederos y otros príncipes y princesas de familias reinantes o en el exilio, tanto las resignadas como las que aún creen en la posibilidad de recuperar parte de su antiguos patrimonios, muestran al mundo, ajenos a las preguntas que muchos ciudadanos se formulan hoy sobre la utilidad misma de la monarquía, la alegría de vivir en un nuevo siglo y milenio.
Los gestos, las palabras, los amores, las pasiones y las inclinaciones más íntimas de estos afortunados mortales son seguidos con fruición por miles de Cenicientas gorditas que se atiborran de helado y bocatas de jamón frente a la “caja tonta”. Sueñan, contemplándoles, que la carroza del hada madrina no se convertirá en calabaza al sonar las doce campanadas de la medianoche.
Amor y sexo, dos aficiones para las que estos príncipes se muestran muy dotados, poder y dinero, en definitiva las palancas que movían el mundo del Ancíen Régime y de éste, son mostradas en bandeja de plata en el “prime time” de las cadenas de televisión como si se tratase de la utopía necesaria con la que todos debiéramos soñar.
Las Casas Reales, satisfechas de la enorme publicidad que da la prensa a sus herederos por aquello que decía Walter Lipmann de que sólo existe lo que los medios recogen, suelen protestar no obstante ocasionalmente – bueno, protestan siempre – cuando un príncipe es fotografiado enlazado a la cintura de una exhuberante modelo, en estricto uniforme de Adán y Eva, o cada vez que la prensa escribe sobre alguna inclinación principesca políticamente incorrecta y en cualquier caso inadecuada para asegurar una descendencia.
Armonizar la imagen ideal del Príncipe, formal, simbólica y majestuosa que permita mantener las necesarias distancias que el futuro rey o reina cree necesitar para reinar, con la imagen real, familiar, próxima y humana de los actuales príncipes alegres y confiados, es asunto complicado. Muchos de los príncipes herederos en ejercicio deben preguntarse si vale la pena el sacrificio de sus vidas privadas por unos reinos que sus padres apuran al máximo y que a fin de cuentas, como gusta decir la reina Beatriz de Holanda, son “de naturaleza simbólica como representar al estado y al pueblo y ser el maestro de ceremonias por excelencia”.
Junto a una aparente despreocupación de los príncipes por el futuro, está en marcha una auténtica reflexión sobre la utilidad de las monarquías y, si utilidad existe, en qué consiste o debe consistir. Los hechos son testarudos. De unas cuarenta casas reales importantes reinantes en Europa a principios de siglo, sólo continúan en la actualidad en activo en el marco de monarquías constitucionales y regímenes democráticos.
El Continente americano parece inmune al monarquismo desde su irrupción en los tiempos modernos; en Africa sólo subsisten tres monarquías; en Oceanía dos en pequeñas islas del Pacífico; en el Asia no árabe, unas cinco o seis. Sólo en el mundo árabe, después de Europa, parece garantizada una cierta afición a este tipo de régimen. Aún así sólo una monarquía reinante, la marroquí, tiene más de cuatro siglos de existencia, lo que no impide que de entre la propia realeza, del Príncipe Mulay Hicham primo del rey Mohamed VI, surja la voz que pide que el rey reine pero no gobierne si quiere perdurar.
Casas reales diezmadas
Desde después de la II Guerra Mundial, sólo la casa real española consiguió ser restaurada en el trono y hacerse aceptar por una ciudadanía que en sus últimos cuarenta años hasta la restauración monárquica había vivido bajo una dictadura en sus postrimerías muy difícil de catalogar. Si las actuales casas reinantes parecen firmemente establecidas y no sujetas a imprevistos, lo cierto es que solo un ocho por ciento de los ciudadanos del planeta viven hoy bajo regímenes monárquicos a pesar de que la monarquía era la forma más extendida de poder y gobierno hasta el siglo XVIII e incluso hasta después de la I y la II guerras mundiales.
Es cierto también que los regímenes republicanos y democráticos europeos están igualmente sólidos y bien arraigados y que sus ciudadanos no parecen en ninguna manera desear o añorar el régimen monárquico.
El insólito caso del rey Simeón de Bulgaria, cuyo partido Movimiento Nacional obtuvo la mitad de los escaños del Parlamento búlgaro el pasado mes de junio ha dado lugar a reflexiones tan estériles como la preocupación medieval por el sexo de los ángeles sobre qué han votado en verdad los búlgaros. Mientras los hechos no lo desmientan, tan defendible es afirmar que Don Simeón de Sajonia-Coburgo-Gotha, como le llama la prensa búlgara para eludir su condición de rey, ganó las elecciones con un programa electoral y un partido político, en la más tradicional usanza de las democracias, como sostener que el hecho de ser rey ha coadyuvado a su triunfo.
Lo único incuestionable es, según un sondeo pos-electoral, que los búlgaros, tras cuarenta años de comunismo, prefirieron irse al otro extremo político con la esperanza de que mejoren sus condiciones de vida, una aspiración típicamente mundana y nada aristocrática. En cualquier caso tiene morbo que un rey sea elegido al presentarse como ciudadano ante el electorado que expulsó a la monarquía hace más de medio siglo.
Ello presupone que le considera apto para gobernar y tal vez no para reinar y que Don Simeón estará sometido a escrutinio popular, parlamentario y periodístico, como cualquier jefe de gobierno secular, muy lejos de esa condición que la realeza atribuye al rey de estar “por encima del pueblo en rango y dignidad”.
El caso del Príncipe Carlos de Inglaterra, a sus 54 años de edad decano de todos los príncipes pacientes de Europa, a quien la longevidad de sus familiares – la Queen Mum acaba de festejar llena de vitalidad su 101 aniversario y su madre Isabel II ya lleva 49 años en el trono- aleja la posibilidad de un pronto reinado y remite a la cuestión de si valió la pena seguir la férrea e inconmovible voluntad de la reina madre y casarse sin amor con la reina consorte más famosa de los tiempos modernos, la hoy fallecida Diana de Gales, y continuar unos amoríos, adúlteros según los criterios de la Iglesia Anglicana que su madre encabeza, con otra mujer casada pero amor de su vida. A un periodista que le preguntaba recientemente si estaba dispuesto ahora a considerar la posibilidad de matrimonio con Camila Parker-Bowles, Carlos respondió que “ a medida que envejezco otras cosas me preocupan más”.
Cuando la mayoría de los príncipes herederos actuales se rebelan en defensa de su derecho a casarse con quien les plazca, Felipe de Borbón, por ejemplo, resulta más complaciente con sus progenitores que los príncipes de antaño y de hogaño. Cómo no recordar aquí a un Eduardo VIII que gritaba en la Corte “No me casarán con una vaca” y que cegado por una violenta pasión por Ana Bolena, dama de compañía de su primera esposa, Catalina de Aragón, exigió al Papa que le divorciara.
Al no lograrlo separó a la Iglesia anglicana de la romana aunque luego terminó decapitando a la Bolena. Es igualmente cierto que los padres de antes se comportaban con mayor brutalidad que los de ahora. Alfonso IV, despechado porque su hijo Pedro se había casado en segundas nupcias con Doña Inés de Castro y no con la esposa que él le había escogido, ordenó a tres cortesanos que la matarán, orden que cumplieron con la crueldad añadida de degollarla antes su hijos.
¿Quién podría culpar a Pedro I por haber levantado a la nobleza contra su padre y ya coronado rey haber torturado a muerte a los asesinos, tomándose la justicia por su mano, un placer que sólo estaba permitido a los reyes?
Pero no hay que remontarse tanto en la historia para saber que en cuestiones de amor, los príncipes contrariados pueden llegar a ser muy expeditos. Ahí está el caso del Príncipe Dipendra que mató el pasado 2 de junio a sus padres los reyes de Nepal y sus hermanos porque su madre se oponía a su matrimonio con Devyani Rana, oriunda de una familia real nepalí pero de madre india.
Aunque una buena parte de los príncipes europeos herederos actuales tiene problemas con su familia por este mismo motivo, todos han expresado ya su intención de ser ellos quienes decidan sobre su vida privada. El príncipe Guillermo de Holanda se casará el próximo mes de febrero con la argentina Máxima Zorreguieta que suscitó una oposición de principio de la reina Beatriz por ser empleada de banca y por haber sido su padre ministro durante la dictadura del general Videla. Máxima tendrá que pagar el precio de que su padre no pueda asistir a los esponsales, pero Guillermo logró su deseo.
Una transigencia similar han tenido que mostrar las reinas Margarita de Dinamarca y Sonia de Noruega con sus hijos Federico y Haakon respectivamente que han escogido por compañeras a jóvenes plebeyas no del agrado de sus madres. En el caso del Príncipe Federico, un auténtico playboy real, la cuestión parece más sencilla porque el príncipe cambia de novia como de camisa, pero no lo fue así en el de Haakon que escogió como esposa a Tiessem Hoeiby, una madre soltera a la que conoció en la movida punk noruega, con una niña de tres años cuyo padre estuvo implicado en asuntos de droga. La relativa discreción que ha mostrado la prensa noruega con ella parece sugerir que los reales padres estaban más preocupados por el qué dirán que los noruegos por Tiessem.
Debate abierto sobre las monarquías
El debate sobre las monarquías, sobre su utilidad, sobre su coste para el contribuyente, está no obstante abierto claramente en algunos de los diez países europeos aún con régimen monárquico y subyacente en mayor o menor grado en casi todos los demás. Principalmente en Inglaterra en donde por orden de la reina Isabel II los portavoces del Palacio de Buckingham han explicado a la prensa que el estado británico paga por el mantenimiento de la monarquía bastante menos de lo que ingresa en concepto de alquileres por los bienes inmuebles y propiedades que la casa real ha venido cediendo al estado desde el siglo dieciocho.
Resulta curioso que sean los propios monárquicos quienes, dando actualidad al aforismo utilizado en derecho de “excusatio non petita accusatio manifesta”, parecen más preocupados que nadie en plantear la cuestión y sobre todo aportar argumentos que sustenten la pretensión de las excelencias de la función real. ¿Cómo es posible que una institución medieval y relativamente anacrónica tenga validez en los tiempos modernos? ¿Cómo explicar que un poder, que en su génesis fue autoritario y absoluto, ideado sobre todo para que un solo hombre pudiese a la vez reunir bajo su mano poder temporal, espiritual y sobre todo militar, que legitima su existencia remitiendo al derecho divino, a semejanza del poder pasado y actual en el Islam, pueda tener cabida en las modernas sociedades democráticas que tienden a remitirlo todo a la soberanía popular?, preguntan los monárquicos con la intención de responder favorablemente.
La utilidad del rey, es la respuesta más frecuente, está en su capacidad arbitral, en la simbolización de las tradiciones que se suponen atemporales e independientes de las circunstanciales exigencias democráticas y, como gustan decir los defensores de la concepción nórdica de las monarquías, en su indiscutible condición de supremo “magíster ceremoniorum” del estado. Para los indoblegables defensores de la monarquía como institución estas, las que realmente reinan, se encuentran en la actualidad respaldadas por la doble legitimidad clásica del derecho hereditario, es decir de ser porque están, y por la aceptación democrática consagrada en las constituciones. La cuestión así planteada tiene la ventaja de preservar el carácter superior y por encima de la “melée” ideológica y política e incluso religiosa de las monarquías al mismo tiempo de que se las adorna de una simbólica referencia popular legitimante, inevitable en los tiempos modernos.
Mientras los reyes que de verdad reinan se esfuerzan por hacer patentes la democratización y moderación de las monarquías, aquellos que no reinan pero a quienes el caso Simeón de Bulgaria ha despertado de un largo letargo y quizá con demasiada precipitación hecho concebir esperanzas, se afanan por hacer creer en la monarquización de las democracias. El rey Leka I de Albania, ya sexagenario que hace años se proclamó rey bajo el cielo de Paris, se ha mostrado más activo que ninguno y por supuesto más irrealista pues añade a su pretensión del trono la reivindicción de las que llama provincias albanesas de Montenegro, Macedonia y Kosovo.
El pretendiente al trono de Rumania, Mihail I, septuagenario, fue animado por los nostálgicos rumanos en 1992 a crear el Partido Nacional Liberal y al menos logró que la liberada exrepública comunista le concediese la mitad de la paga que le hubiera correspondido como jefe de Estado en ejercicio y parte de sus antiguas propiedades. Los monárquicos portugueses parecen desear igualmente que el Duque de Braganza, pretendiente al trono portugués haga incursiones tentativas en la política. La mayoría, sin embargo, como Giorgij Romanov, Alejandro Karadjordjevic de Yugoslavia, Constantino II de Grecia, Victor Emanuel de Saboya, parecen contentarse con la aspiración muy comprensible por otra parte de que se les permita regresar a los países donde ellos o sus familias reinaron, con la intención de si fuera posible recuperar parte de sus antiguos patrimonios.
Los menos motivados por este en parte artificial “come-back” monárquico son aparentemente los herederos del Imperio Austro-Hungaro como Otto de Habsburgo, que renunció a sus derechos sucesorios para poder regresar y se convirtió en eurodiputado, Felicitas la hija del último rey de Alemania Guillermo II y una docena más de pequeñas casas reales como la Hohenlohe-Langenburg, Montenegro, Thurn & Taxis, Toerring-Jettrenbach. Waldeck-Pyrmont, que pasan, las que pueden, sus días apaciblemente en su antiguos dominios.
Junto a lo que pudiéramos calificar de fascinación de la realeza por la democracia, existe una indudable fascinación de los republicanos por la realeza. De sobras es conocido el trasfondo sicológico monárquico de la “grandeur” de numerosos expresidentes franceses y de otros países. Otras presidencias de repúblicas comienzan a convertirse en hereditarias y los señores presidentes empiezan a preparar a sus hijos para la sucesión. El caso del presidente Bachar el Assad de Siria, que sucedió a su padre es paradigmático pero no único. Saddam Hussein de Iraq prepara a su hijo Uday para la sucesión, el presidente egipcio Hosni Mubarak entrena al suyo, Alaa, para lo mismo. Se trata de una ambición a la que no ha escapado Africa en donde el Presidente Teodoro Obiang Nguema de Guinea Ecuatorial confía en que le sucederá su hijo Teodoro Nguema Obiang Mangue. FIN
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