Reportajes varios
Viajes de 'placer' sexual: por un puñado de dólares :: 13/09/2001
Domingo del Pino
La Clave nº 21, de 7-13 de Septiembre 2001
Seiscientos cincuenta millones de personas viajaron de vacaciones en el año 2000 según datos de la Organización Mundial del Turismo. Para el 2010, las llegadas a los países de destino rondarán los 900 millones. Se trata de unos movimientos de población sin precedentes que han introducido ya un caos considerable en transportes, comunicaciones y servicios en general y que desde hace unos años, con el llamado turismo sexual, comienzan a causar estragos en la vida social y familiar, cultural, y en la dignidad de aquellos pueblos donde se ejerce.
Durante los meses del año en que se concentran esos desplazamientos masivos cambian la rutina de vida, los hábitos y los comportamientos de ese 10 por ciento de la población mundial en desplazamiento y, como mínimo, de una cifra similar de seres en los países de acogida turística.
Desde los años ochenta, una parte de ese turismo general concebido inicialmente para solaz y descanso de familias o personas individuales y que se pretendía que acercara las culturas de los diferentes pueblos, se transforma en turismo sexual. El 22 por ciento según algunas ONGs que lo han estudiado, busca en otros horizontes unas satisfacciones sexuales tarifadas. De ellos, un 3 por ciento de ese 22 por ciento se declara además pedófilo.
En términos cuantitativos serían pues 4 millones de pedófilos los que se lanzan todos los años a los destinos donde les es fácil satisfacer sus inclinaciones sexuales que los sicólogos consideran como un desorden de la personalidad. Las leyes suecas, que siguen en esto a las Comunitarias, recogen como añadido el internamiento en un centro de atención sicológica al pedófilo que haya sido condenado, después de cumplir su pena.
Como en el sexo organizado militarmente por el coronel Pantaleón del Pantaleón y las Visitadoras de Mario Vargas Llosa, esos niños/objeto sexual y esas prostitutas tienen siempre a la puerta a medio batallón pendiente de que el soldado de turno se desahogue de sus calores testiculares para pasar al siguiente. Esta nueva plaga, que causará sin duda mayores estragos que la droga, constituye ya un negocio floreciente.
Los pedófilos y pederastas ofrecen el lado más abyecto y despreciable de ese turismo sexual. Recorren miles de kilómetros para el en anonimato de la masa turística y en la impunidad de países que hasta hace poco hacían la vista gorda para no perjudicar al turismo, buscan mantener relaciones sexuales con niños y niñas menores de 18 años.
Iniciado en Asia, ese turismo ávido de sexo tarifado y en el caso de la pedofilia de niños y niñas en edad de jugar con la Barbie o Conan el Bárbaro, ha atraído ya a la prostitución a millones de niños vendidos unas veces a proxenetas por sus padres, secuestrados otras, engañados en la mayoría de los casos y siempre contra su voluntad. La mayoría de ellos muere de SIDA, de tuberculosis, de sobredosis y su destino es aparecer una mañana en un basurero de las grandes urbes. ç
La dificultad de establecer estadísticas en un comercio sexual por razones obvias semiclandestino y discreto debido a su represión creciente, hace que las cifras aportadas por las ONGs y otras organizaciones que lo combaten como la ONU y UNICEF y un sin fin de fundaciones e instituciones privadas, varíen desde las que afirman que en el mundo son ya más de siete millones de niños y niñas prostituidos, a las que dicen que un millón de niños son arrojados ahora todos los años a la prostitución.
La pederastia es tan vieja como la prostitución aunque no haya sido una profesión como aquella. La historia antigua está llena de casos de pueblos que no solo la toleraban sino que la consideraban casi como una especie de iniciación a la vida del niño por el maestro. La Ciropedia de Jenofonte refleja, en lo que a homosexualidad concierne, el convencimiento de que dos compañeros que se aman en las trincheras de los ejércitos en campaña mantienen al día siguiente mejores prestaciones en el campo de batalla.
Desde la gesta de Alejandro por Asia, la expansión del Islam por el mundo, las mesnadas de los Cruzados que iban a liberar unas tierras santas curiosamente ya libres, a la fascinación del colonizador que en los siglos XVIII y XIX descubre el encanto del sexo libre y sin barreras morales, la prostitución y la pedofilia han acompañado todas las empresas y gestas históricas.
André Gide expresa su pasión por este aspecto de la cuestión en El Inmoral y el escritor palestino Edward Said sostiene su libro sobre El Orientalismo que todos los escritores coloniales contemplaron al Oriente como si fuera un espacio libre de moral y barreras donde se podían concebir y luego poner en práctica las mayores y más complejas fantasías sexuales. Incluídas aquellas surgidas del rincón oscuro del alma, como las llama el escritor Francisco Umbral en un espléndido articulo publicado hace algún tiempo para aplaudir la condena de la pedofilia por el Papa Juan Pablo II.
¿De dónde salen turistas sexuales y pedófilos? En la mayoría de los casos de la más absoluta normalidad, de señores y señoras que en su lugar de origen ejercen un empleo respetable, que pueden incluso ser buenos padres o madres de familia y que como el John Travolta, el asesino a sueldo de Pulp Fiction de Quentin Tarantino, son señores a los que uno ayudaría a cruzar la calle de solicitarlo. ¿Su autojustificación? Generalmente por las diferencias de cultura sexual, reales aunque por conveniencia exageradas, cuando como en el caso de pedófilos que son detenidos por algún exceso.
Según ellos no transgreden ninguna ley porque en los países donde realizan sus actos esas costumbres son comúnmente admitidas. Además, argumentan, el dinero que proporcionan al niño o a la niña que les vende su cuerpo permite a éstos y a sus familia comer. Las justificaciones de ese tipo son tan variadas y ocurrentes que algunos jueces les han tenido que advertir que la pedofilia no forma parte de la ayuda al desarrollo.
Si recordamos que todavía en 1950 el turismo mundial sólo movía a 25 millones de personas, comprenderemos fácilmente la violencia del impacto turístico sobre un mundo que en ese mismo período de tiempo, entre 1950 y 2000, ha visto crecer en proporciones insospechadas el abismo que separa a países ricos de países pobres. Peor aún, ese medio siglo ha sido, para aquellos países de Asia y Africa que en los años cincuenta se liberaban de las metrópolis coloniales, el de la pérdida de toda esperanza.
Aquellos líderes revolucionarios de la lucha contra el colonialismo, aquella humanidad que había dicho basta y había echado a andar, es precisamente la que parece haber perdido el tren del progreso y la ilusión de alcanzar a los antiguos países coloniales.
La responsabilidad de Occidente está hoy claramente establecida y si como ciudadanos occidentales podemos enorgullecernos de la democracia, siempre mejorable por supuesto, de que nos hemos dotado, de los estados de derecho en que vivimos, y del confort material de que nos hemos rodeado, convendría ya comenzar a preguntarnos porqué somos tan diferentes cuando salimos de nuestras fronteras o cuando los problemas conciernen a pueblos que no son de nuestro ámbito. La pregunta última es si se puede ser civilizado y demócrata para si mismo y no para los demás.
El escritor libanés Farajallah Haik, en su Carta de un bárbaro a los civilizados, describe así la acción civilizadora occidental por el mundo: “Habéis despertado en nosotros necesidades que no podéis satisfacer y nos habéis creado problemas que no podéis solucionar, cuando lo único que queríamos era vivir en paz con dignidad”.
Los gobiernos de los países receptores de turismo, en especial los del llamado Tercer Mundo, sólo tienen medios para contemplar pasivamente –aunque con la mano recaudadora puesta- cómo gestiona esas avalanchas humanas la industria turística. El mundo entero está hoy al alcance fácil de los ciudadanos de los países ricos quienes durante una semana, quince días o un mes, van a dejar atrás sus inhibiciones y algunos se permiten regresar a la selva original de la que todos, en definitiva, procedemos.
La industria turística representa ya, de acuerdo con datos de la OMT y del Fondo Monetario Internacional (FMI) un negocio anual de 532 billones de dólares que equivalen al 7, 9 por ciento de toda la actividad económica mundial. Para muchos países pobres, el turismo es ya una forma de subsistencia prácticamente insustituible.
Turismo sexual es una definición que comienza a acuñarse a partir de los años ochenta. Hoy es un enorme problema de sociedad y un negocio en constante ascenso, que viene a unirse a otros muchos como la destrucción del medio ambiente, el tráfico de estupefacientes, la trata de seres humanos y el control mafioso de las migraciones de Sur a Norte. El comercio sexual con niños y niñas es doblemente inhumano precisamente porque son forzados y no pueden escoger ni defenderse.
En este mundo globalizado que todo lo somete a la ley de la oferta y la demanda, la demanda del cuerpo de niños confirma hasta qué punto el Mr. Hide de cada Dr. Jekyll tiene vihencia. El mapa de ese turismo sexual tan especial sigue exactamente los contornos del mapa de la pobreza en el mundo: Tailandia, donde se inicia, Filipinas, Camboya, Corea, Vietnam, Malasia, Indonesia, India, Pakistán y último pero no el último, el Continente Latinoamericano y los países de la Europa del Este ex comunista.
Los turistas sexuales españoles, incluidos los pedófilos, han encontrado su filón en Cuba, el Caribe y otros países latinoamericanos pobres donde se habla su idioma. El caso de Cuba, la única revolución socialista rancia, marxista “ancíen régime”, que subsiste, convertida en destino de turismo sexual en gran medida homosexual, si que sorprende.
Sobre todo teniendo en cuenta que al inicio de la revolución Fidel Castro procedía con singular dureza – fusilamiento incluido – contra los comandantes de la revolución que se ligaban a alguna campesina impúber o en años posteriores contra homosexuales y lesbianas, concentrados inhumanamente en la llamada Isla de la Juventud, Isla de Pino, para “regenerarlos”.
No sería justo, sin embargo, que los Europeos se flagelarán y se consideran únicos causantes de esta nueva plaga. Los ciudadanos de los ricos estados petroleros del Golfo tienen tan mala reputación en los países donde viajan precisamente por esa sensación superioridad que da el dinero de poder permitírselo todo.
Más observados, más controlados en los países occidentales de sus preferencias, esos magnates del petróleo se vuelven ahora paulatinamente hacia los países árabes de su misma cultura pero más pobres como Egipto, Marruecos o Túnez, países que en este campo de turismo sexual parecen especializarse por el turismo homosexual, en donde las cuestiones de sexo son cubiertas, como el rostro de la mujer, con un velo camuflador.
No se empezó a tomar auténticamente conciencia de este problema hasta que fue aprobada en 1989 por la ONU la Convención Internacional de los Derechos del Niño que ya han firmado 156 países pero cuya aplicación en los países destino de ese tipo de turismo encuentra aún innumerables obstáculos políticos, económicos, judiciales y de costumbres. El primer Congreso Mundial contra la Explotación Sexual de la Infancia, celebrado en 1996 en Estocolmo constituyó un importante paso de avance. España ha armonizado su legislación a este respecto con la de los otros países europeos.
La última reforma del Código Penal español establece penas para el turismo sexual y de prisión para los españoles que abusan sexualmente de niños en otros países, reintroduce el delito de corrupción de menores y establece penas mayores para los proxenetas. Pero en España, como en el resto del mundo y a pesar del número cada vez mayor de organizaciones que vigilan contra los abusos sexuales de menores y las ONGs dedicadas a la protección de la infancia, la prostitución infantil e incluso la pornografía infantil, goza de buena salud.
Internet ha aportado un espacio de impunidad para éste y otros delitos para cuya persecución la policía creó una Unidad de Investigación de Delincuencia en Delitos de la Información que ya ha pedido a todos los proveedores españoles de acceso a Internet que cierren las páginas que incluyan pornografía infantil. De acuerdo con la Guardia entre 1992 y 1996 desaparecieron 600 niños. Desde entonces a hoy y según las ONGs para la protección de la infancia. Los casos de desapariciones se cuentan ya por miles.
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