6e71 txp page_title/>Blog y sitio especializado en política exterior española Domingo del Pino: Oriente Medio: Sangre sudor y lágrimas ¿para qué?

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Oriente Medio: Sangre sudor y lágrimas ¿para qué? :: 31/08/2006

La guerra entre el Ejército israelí y el Hizbulá libanés confirma la fragilidad de un área impregnada de odio y violencia

Domingo del Pino. Revista Española de Defensa, septiembre de 2006

Un principio básico de estrategia indica que lo importante no es ganar batallas intermedias sino ganar la guerra. Desde hace casi un siglo ese principio está puesto a prueba todos los días en Oriente Medio. Las partes implicadas en el conflicto árabe-israelí, decano de los conflictos del mundo, se comportan siempre como si solo les interesara ganar batallas a toda costa. Esa aparente falta de visión estratégica les lleva a todos a pretender en cada ocasión que han ganado la contienda de turno.

A pesar de los cincuenta y ocho años de existencia de Israel como estado independiente, ninguna parte, sin embargo, puede pretender haber ganado la guerra de Oriente Medio. Las batallas son meros hechos de armas de resultado siempre aleatorio dependiente del equilibrio de fuerzas en un momento determinado.

La victoria en la guerra tiene siempre una dimensión política relacionada con la justicia y con el derecho. Dos conceptos estos últimos que las partes contendientes de Oriente Medio, como todas las partes en conflicto siempre, aprecian de forma contraria.

Desde el 12 de julio al 14 de agosto, la aviación israelí efectuó, según un resumen del propio ejército israelí, 15500 salidas sobre Líbano, atacó 7000 objetivos, realizó 10000 misiones de combate, 2000 misiones con helicópteros de combate, 1000 operaciones helitransportadas de rescate, etc. En números redondos, 1183 muertos, 4054 heridos, unos 500000 desplazados (970000 según el gobierno libanés), 31 puntos vitales dañados, 94 carreteras, 80 puentes, 15000 casas, 900 comercios, 25 estaciones de gasolina destruidos. En total 9400 millones de dólares en daños materiales según estimaciones de la ONU que añaden que el desempleo en Líbano alcanza ahora al 75 por ciento de la población.

Estas cifras las corregía al alza Fadl Shalak, presidente del Consejo para la Reconstrucción del Líbano quien el 16 de agosto precisaba que solo en el barrio de Haret Hreik de Beirut, de población mayoritariamente chií, 2500 casas habían sido totalmente destruidas y otras 5000 dañadas seriamente.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) evaluaba las pérdidas económicas sufridas por Líbano en 15000 millones de dólares, mientras que la UNIFIL, la Fuerza de la ONU en el sur de Líbano, en una constatación de la destrucción causada por Israel en esa región libanesa fronteriza con Israel señalaba el 15 de agosto que el 80 por ciento de la casas de la aldea de Tallabá, el 50 por ciento de las de Markaba y Qantara, el 20 por ciento de Maiz al Jebel, y así sucesivamente, habían resultado destruidas.

Hizbulá, por su parte, lanzó millares de cohetes contra diversos objetivos militares hebreos y las principales ciudades del norte de Israel, fundamentalmente Haifa. como consecuencia murieron medio centenar de civiles y cerca de 600 resultaron heridos; además, las cifras de bajas en el Ejército israelí fueron de 110 muertos y 300 heridos.

En resumen, nada que llame demasiado la atención en el mundo hostil que se está construyendo en esa turbulenta región, pero demasiada desproporción entre los motivos invocados para el ataque y los resultados obtenidos. ¿Cuáles son estos motivos? Según una nota del Ejército israelí del 14 de julio dar una lección “al gobierno libanés que viola abiertamente la Resolución del Consejo del Seguridad de la ONU que exige, entre otras cosas, desplazar a la organización terrorista Hizbulá de la frontera libanesa y es por lo tanto responsable de la situación actual”.

La Resolución a que se refiere la nota es la 1559 del 2 de septiembre de 2004 que recordaba al gobierno del Líbano la importancia de extender su control a todo su territorio, pedía a todas las fuerzas extranjeras que aún permanecían en el país que se retiraran, y a todas las milicias libanesas que se disolvieran y desarmaran. La Resolución 1701 del 12 de agosto que impuso el cese el fuego en los últimos ataques israelíes contra Líbano y de Hizbulá contra Israel, reitera esas exigencias.

Todo comenzó el 25 de junio

En una zona impregnada de violencia es fácil que cualquier chispa haga que todo estalle por los aires en apenas unas horas. En esta ocasión el detonante tuvo lugar Las hostilidades comenzaron el 25 de junio cuando un comando palestino se infiltró desde Gaza por un túnel en territorio israelí y secuestró al cabo Gilad Shalit. Tres grupos reivindicaron la acción: la Brigada Ezzedin al Kacem, brazo armado de Hamas, los Comités de Resistencia Popular y un grupo hasta entonces desconocido el Ejército del Islam.

Su objetivo: obtener a cambio la liberación de mujeres y niños palestinos detenidos en las cárceles israelíes. La reacción israelí no se hizo esperar. Desde el 28 de junio y en la operación llamada Lluvia de Verano el ejército israelí entró en la franja de Gaza con el propósito que no lograría de llevarse sano y salvo al soldado capturado e impedir el tiro de cohetes contra localidades israelíes vecinas al territorio palestino.

El 6 de julio murieron veinticuatro palestinos y un soldado israelí. El primer ministro palestino Ismael Haniyeh pidió a la comunidad internacional que interviniera para poner fin a un ataque que calificó de “castigo colectivo” y “crimen contra la humanidad”. El Secretario General de la ONU, Kofi Annan hizo por su parte un llamamiento a detener inmediatamente el uso desproporcionado de la fuerza.

La situación se complicó notablemente cuando el Hizbulá libanés interviene en la contienda a partir del 10 de julio y atacó la localidad de Shlomi en territorio israelí donde capturó a dos soldados y mató a otros tres. La cadena Al Jazira afirmó no obstante que el número de soldados israelíes muertos se elevaba a siete.

Veinticuatro horas más tarde Israel lanzó una ofensiva aérea y terrestre contra Líbano, y el día 13 impuso el bloqueo al país y destruyó el aeropuerto de Beirut. Los rimeros ataques israelíes causaron 27 muertos entre ellos diez niños. Francia los califica de “desproporcionados”. El 19 de julio, las Fuerzas de Defensa israelíes iniciaron las incursiones terrestres en suelo libanés. Durante las siguientes semanas, los ataques de uno y otro se convirtieron en guerra abierta ante la imposibilidad de la comunidad internacional de frenar la situación.

El día 25 de julio, un bombardeo israelí en Jiam provocó la muerte de cuatro cascos azules de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL). Kofi Anna denunció que en repetidas ocasiones había informado al Ejército israelí sobre la ubicación de su personal y la necesidad de detener los ataques. El Secretario General de la ONU exigió a Israel que investigase el “ataque aparentemente deliberado” de su Ejército y recriminó a Israel por la ofensiva aérea combinada con artillería contra un puesto de las Naciones Unidas “claramente delimitado y establecido”. En rueda de prensa Annan reclamó también al gobierno de Ehud Olmert que “detenga cualquier otro ataque dirigido a posiciones y al personal de la ONU”.

Pero la guerra continuó con mayor intensidad. El día 26, nueve soldados israelíes murieron en la ciudad libanesa de Bint Yebeil, bastión del Hizbulá. El 30 las bombas lanzadas por las fuerzas de Israel en la ciudad de Qana causaron la muerte a 30 civiles, 16 de ellos niños; el Gobierno de Ehud Olmert recibió serias criticas incluso entre sus propias filas. Sin embargo, poco después, el 4 de agosto, dos proyectiles israelíes impactaron sobre un mercado de Qana y mataron a 28 personas. Cuarenta horas más tarde, los misiles Katiusha de Hizbulá caídos en la ciudad de Kfar Giad provocaron 12 víctimas mortales entre los reservistas israelíes

Fueron los últimos coletazos de este nuevo episodio de horror del conflicto que desangra Oriente Medio. Gracias a la incansable mediación del secretario general de la ONU, Kofi Annan, – quien ha realizado una frenética agenda de viajes, diálogos y debates con los principales actores que, de una u otra manera tienen alguna influencia en la zona del conflicto – se consiguió allanar el camino hacia el alto el fuego.

El 7 de agosto, el Gobierno de Líbano comenzó el despliegue de 15.000 efectivos de sus FAS en la zona del sur del país para garantizar la seguridad en el área y supervisar el repliegue del Ejército israelí. El día 11 el Consejo de Seguridad aprobó por unanimidad la Resolución 1701 que, entre otras cosas, determina el cese completo de las hostilidades, el pleno respeto a las fronteras por ambas partes, la creación de una zona tampón entre la franja de protección y el río Litani, el refuerzo del mandato de la FINUL, hasta 15.000 soldados, y la liberación de los dos soldados secuestrados por Hizbulá.

Horas más tarde, el 12 de agosto, Hizbulá aceptó las condiciones (se han producido algunas manifestaciones en contra y versiones contradictorias soibre la opinión de los dirigentes de esta organización, pero lo cierto es que, hasta el momento, se ha respetado el alto el fuego). El 14, el Gobierno de Israel también manifestó su compromiso de acatar la Resolución de las Naciones Unidas. El 31 de agosto, la comunidad internacional se reunió en Estocolmo en una Conferencia de Donantes y ofreció 735 millones de Euros (31 de los cuales los aportará España) para reconstruir lo cuantioso y absurdamente destruido en el Líbano durante este fatídico mes.

Entretanto Hizbulá está distribuyendo miles de dólares a los afectados de las zonas de población mayoritariamente chií del Líbano, que son los más perjudicados, colmando las carencias recurrentes de un Estado que, también hay que reconocerlo, hace 50 años que tiene que hacer frente a batallas que otros libran en su territorio.

Percepciones diferentes sobre los combates

Puesto que ganar la batalla, cada batalla, parece tan importante para todos, veamos lo que dicen unos y otros después de los últimos ataques israelíes contra Líbano. Hizbulá, el partido de Dios libanés, en el origen del motivo del ataque israelí, pretende que ha triunfado porque a pesar del uso por Israel de toda su potencia militar, no ha logrado su objetivo declarado de liberar a los soldados israelíes y de destruir su infraestructura como cuerpo paramilitar. Israel entiende que la victoria le corresponde porque ha suministrado una lección a sus vecinos – que probablemente nunca olvidaran – y que ha logrado destruir la mayor parte de la infraestructura de ataque de Hizbulá.

Lo cierto es que, como sostienen en estos días buen número de comentaristas especializados en esa región, los meses y años venideros veremos cómo se pasa factura por unos hechos que constituyen un desafío a la razón y llenan de incertidumbre sobre los objetivos estratégicos de unos y otros.

Otro hecho constatado, como señalan los especialistas, es que cada batalla que Israel gana parece alejarla más de la victoria en la guerra. Nadie en el mundo árabe ni en Occidente parece apostar hoy por el diseño global que llevaba implícito las negociaciones de paz: un Oriente Medio estable, un mundo árabe pacificado y en paz con un Israel económicamente integrado en la región, y dos estados, uno palestino y otro israelí que, aunque definitivamente no sientan ninguna simpatía el uno por el otro, al menos aceptan cohabitar.

Israel y los árabes parecen resignados a aceptar que el futuro pasa por la existencia de un Israel protegido por un muro de hormigón armado, integrado o asociado económicamente de forma privilegiada a la Unión Europea, rodeado de estados y ciudadanos árabes hostiles y garantizada su existencia por Estados Unidos y Europa y en último extremo por el poder disuasorio de un arma nuclear que a fin de cuentas solo podría utilizar a muchos cientos de kilómetros de sus fronteras.

Nada mejor para concluir esta recapitulación del conflicto de Oriente Medio que lo que escribía en un magnifico artículo publicado en el semanario francés _ L’Express_ en octubre de 2000 el ex-consejero del ex-Presidente francés François Mitterrand, Jacques Attali. “Hacia donde quiera que se vuelva el Estado hebreo, todos los escenarios imaginables para el futuro constituyen amenazas para su existencia. Si es la guerra, será una guerra civil que opondrá a colonos israelíes y jóvenes palestinos, niños judíos contra niños palestinos, calle por calle, en las aldeas de Palestina e Israel. Si por el contrario y por un milagro se llega a la paz y se establece un mercado común con todos los países de la región (..) las identidades nacionales se disolverán poco a poco. En particular el Estado de Israel se convertirá en minoritario, demográficamente, culturalmente y será entonces invadido por poblaciones que le son hoy hostiles. Dejará de ser un Estado judío. En los dos casos, el sueño sionista de hace un siglo, está condenado.

Attali recordaba que la paz solo llegó a Europa después de que “los pueblos que la componen comenzaran a aceptar cohabitar después de siglos de matanzas y décadas de desplazamientos de población”. Se preguntaba a continuación si acaso la paz entre Israel y sus vecinos no pasa por escenarios parecidos a los ocurridos entre Alemania y Polonia o más recientemente entre Serbia y Croacia para llegar a entidades homogéneas. Para Jacques Attali los israelíes tendrían que “dejar de querer construir su identidad nacional solamente a través de la propiedad de la tierra y aceptar de definirse por su capacidad de promover una lengua, una cultura, un modo de vida, un Libro, y un sistema de valores en el cual la tierra no es más que una dimensión”.


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