73e8 txp page_title/>Blog y sitio especializado en política exterior española Domingo del Pino: Conflicto árabe-israelí: un paso adelante, dos pasos atrás

Artículos sobre Oriente Medio y el Golfo



Conflicto árabe-israelí: un paso adelante, dos pasos atrás :: 11/11/2010

Domingo del Pino. Publicado en Revista Española de Defensa de 2006

Un principio básico de estrategia indica que lo importante no es ganar batallas intermedias sino ganar la guerra. Desde hace casi un siglo ese principio está puesto a prueba todos los días en Oriente Medio. Las partes implicadas en el conflicto árabe-israelí, decano de los conflictos del mundo, se comportan siempre como si solo les interesara ganar batallas a toda costa. Esa aparente falta de visión estratégica les lleva a todos a pretender en cada ocasión que han ganado la contienda de turno.

A pesar de los cincuenta y ocho años de existencia de Israel como estado independiente, ninguna parte, sin embargo, puede pretender haber ganado la guerra de Oriente Medio. Las batallas son meros hechos de armas de resultado siempre aleatorio dependiente del equilibrio de fuerzas en un momento determinado. La victoria en la guerra tiene siempre una dimensión política relacionada con la justicia y con el derecho. Dos conceptos estos últimos que las partes contendientes de Oriente Medio, como todas las partes en conflicto siempre, aprecian de forma contraria.

Desde el 12 de julio al 14 de agosto, la aviación israelí efectuó, según un resumen del propio ejército israelí, 15500 salidas sobre Líbano, atacó 7000 objetivos, realizó 10000 misiones de combate, 2000 misiones con helicópteros de combate, 1000 operaciones helitransportadas de rescate, etc. En números redondos, 1183 muertos, 4054 heridos, unos 500000 desplazados (970000 según el gobierno libanés), 31 puntos vitales dañados, 94 carreteras, 80 puentes, 15000 casas, 900 comercios, 25 estaciones de gasolina destruidos. En total 9400 millones de dólares en daños materiales según estimaciones de la ONU que añaden que el desempleo en Líbano alcanza ahora al 75 por ciento de la población.

Estas cifras las corregía al alza Fadl Shalak, presidente del Consejo para la Reconstrucción del Líbano quien el 16 de agosto precisaba que solo en el barrio de Haret Hreik de Beirut, de población mayoritariamente chií, 2500 casas habían sido totalmente destruidas y otras 5000 dañadas seriamente. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) evaluaba las pérdidas económicas sufridas por Líbano en 15000 millones de dólares, mientras que la UNIFIL, la Fuerza de la ONU en el sur de Líbano, en una constatación de la destrucción causada por Israel en esa región libanesa fronteriza con Israel señalaba el 15 de agosto que el 80 por ciento de la casas de la aldea de Tallabá, el 50 por ciento de las de Markaba y Qantara, el 20 por ciento de Maiz al Jebel, y así sucesivamente, habían resultado destruidas.

Hizbulá lleva la guerra al interior de Israel

Aquí no es posible recurrir al eufemismo de los daños colaterales. Se trata de destrucción deliberada e intencionada que demuestra, según el calificativo empleado por medios norteamericanos tradicionalmente favorables a Israel, “la furia” empleada por el ejército israelí contra un país que por otra parte no se defendía. Solo el Hizbulá libanés, con los miles de cohetes lanzados contra los kibutzes israelíes hizo que por primera vez en la historia del conflicto los israelíes sintieran que los efectos de la guerra también les alcanzaban a ellos.

En resumen, nada que llame demasiado la atención en el mundo hostil que se está construyendo en esa turbulenta región, pero demasiada desproporción entre los motivos invocados para el ataque y los resultados obtenidos.

¿Cuáles son estos motivos? Según una nota del Ejército israelí del 14 de julio dar una lección “al gobierno libanés que viola abiertamente la Resolución del Consejo del Seguridad de la ONU que exige, entre otras cosas, desplazar a la organización terrorista Hizbulá de la frontera libanesa y es por lo tanto responsable de la situación actual”. La Resolución a que se refiere la nota es la 1559 del 2 de septiembre de 2004 que recordaba al gobierno del Líbano la importancia de extender su control a todo su territorio, pedía a todas las fuerzas extranjeras que aún permanecían en el país que se retiraran, y a todas las milicias libanesas que se disolvieran y desarmaran. La Resolución 1701 del 12 de agosto que impuso el cese el fuego en los últimos ataques israelíes contra Líbano y de Hizbulá contra Israel, reitera esas exigencias.

Las hostilidades comenzaron el 25 de junio cuando un comando palestino se infiltró desde Gaza por un túnel en territorio israelí y secuestró al cabo Gilad Shalit. Tres grupos reivindicaron la acción: la Brigada Ezzedin al Kacem, brazo armado de Hamas,
los Comités de Resistencia Popular y un grupo hasta entonces desconocido el Ejército del Islam. Su objetivo: obtener a cambio la liberación de mujeres y niños palestinos detenidos en las cárceles israelíes.

Operación “lluvia de verano”

La reacción israelí no se hizo esperar. Desde el 28 de junio y en la operación llamada Lluvia de Verano el ejército israelí entró en la franja de Gaza con el propósito que no lograría de llevarse sano y salvo al soldado capturado e impedir el tiro de cohetes contra localidades israelíes vecinas de Gaza. El 6 de julio murieron veinticuatro palestinos y un soldado israelí. El primer ministro palestino Ismael Haniyeh pidió a la comunidad internacional que interviniera para poner fin a un ataque que calificó de “castigo colectivo” y “crimen contra la humanidad”.

El Secretario General de la ONU, Kofi Annan hizo por su parte un llamamiento a detener inmediatamente el uso desproporcionado de la fuerza. La situación se complica notablemente cuando el Hizbulá libanés interviene en la contienda a partir del 10 de julio y ataca la localidad de Shlomi en territorio israelí donde captura a dos soldados y mata a otros tres. La cadena al Jazira afirma no obstante que el número de soldados israelíes muertos se eleva a siete.

El 12 Israel lanza una ofensiva aérea y terrestre contra Líbano y el trece impone el bloqueo al país. Los primeros ataques israelíes causan 27 muertos entre ellos diez niños. Francia los califica de “desproporcionados”. El resto es conocido incluido el bombardeo israelí contra la aldea de Cana en el que al menos 56 civiles, entre ellos 34 niños, mueren en un refugio según la Cruz Roja Libanesa.
Puesto que ganar la batalla, cada batalla, parece tan importante para todos, veamos lo que dicen unos y otros después de los últimos ataques israelíes contra Líbano.

Hizbulá, el partido de Dios libanés, en el origen del motivo del ataque israelí, pretende que ha triunfado porque a pesar del uso por Israel de toda su potencia militar, no ha logrado su objetivo declarado de liberar a los soldados israelíes y de destruir su infraestructura como cuerpo paramilitar. Israel entiende que la victoria le corresponde porque ha suministrado una lección a sus vecinos –que probablemente nunca olvidaran- y que ha logrado destruir la mayor parte de la infraestructura de ataque de Hizbulá.

Como sostienen en estos días buen número de comentaristas especializados en esa región, los meses y años venideros veremos cómo se pasa factura por unos hechos que constituyen un desafio a la razón y llenan de incertidumbre sobre los objetivos estratégicos de unos y otros. Entretanto Hizbulá distribuye miles de dólares a los afectados de las zonas de población mayoritariamente chii de Líbano, que son los más perjudicados, colmando las carencias recurrentes de un Estado que, también hay que reconocerlo, hace cincuenta años que tiene que hacer frente a batallas que otros libran en su territorio.

La Comunidad Internacional, como en ocasiones anteriores invitada a constituirse en donante de fondos para reconstruir una vez más lo que otros han destruido, se ha comprometido ya a aportar mil millones de dólares para la reconstrucción del Líbano en una dramática dinámica que después de Irak y Líbano corre el riesgo de repetirse con Siria e Irán.

¿Pero, quién ha ganado la reciente batalla de Líbano después de 34 días de ataques israelíes contra ese país? Esa constatación, militarmente e históricamente irrelevante, ha ocupado no obstante demasiado tiempo y espacio en los medios de comunicación árabes e israelíes que, más allá del hecho militar, parecen haber intuido la implicación simbólica de lo ocurrido.

En Israel el ataque a Líbano dio lugar a una crisis interna motivada por lo que en definitiva el israelí medio ha percibido por primera vez en la historia como una pobre actuación de su Ejército. En Líbano la crisis es más compleja en parte porque nada de lo que concierne a Líbano es sencillo. En cualquier caso, el líder del Hizbulá chií, Hassán Nasrallah, cree que su movimiento/partido ha ganado por dos motivos: porque con su capacidad de atacar a Israel ha logrado que por primera vez en Israel se sienta que la batalla también tiene consecuencias para los israelíes, y porque a fin de cuentas Israel no logró, por primera vez también, cumplir el objetivo declarado de su ataque de liberar a los soldados israelíes secuestrados por Hizbulá.

En verdad está batalla la ha perdido Europa ante la opinión pública árabe que la ha considerado como la confirmación definitiva de que nada se puede esperar de un una Europa y un Occidente que actúan “con manifiesto doble rasero”. La batalla la puede no obstante ganar Israel porque es muy probable que gracias a los esfuerzos de la ONU y de los 15000 hombres del contingente internacional de pacificación logre los dos objetivos que su Ejército esta vez no pudo alcanzar: la devolución de los soldados israelíes secuestrados, y su vieja reivindicación de que el Hizbulá desaparezca del territorio libanés comprendido entre la frontera de Líbano con Israel y el rio Litani.

El mandato de la FINUL legitimado por resoluciones de la ONU

De esa manera el territorio israelí quedaría fuera del alcance de las viejas katiushas de Hizbulá. Ello es posible porque el mandato de las fuerzas de pacificación de la ONU está legitimado por las Resoluciones de la ONU 1559 y 1701 que disponen ambas que Hizbulá sea desarmado. Pero esa actuación previsible de la fuerza de pacificación no dejará a su vez de tener consecuencias sobre el rechazo de Occidente por los árabes que ya se preguntan porqué la ONU envía inmediatamente tropas a imponer unas resoluciones de la ONU y no lo hace para otras.

Otro hecho constatado, como señalan los especialistas, es que cada batalla que Israel gana parece alejarla más de la victoria en la guerra. Nadie en el mundo árabe ni en Occidente parece apostar hoy por el diseño global que llevaba implícito las negociaciones de paz: un Oriente Medio estable, un mundo árabe pacificado y en paz con un Israel económicamente integrado en la región, y dos estados, uno palestino y otro israelí que, aunque definitivamente no sientan ninguna simpatía el uno por el otro, al menos aceptan cohabitar.

Israel y los árabes parecen resignados a aceptar que el futuro pasa por la existencia de un Israel protegido por un muro de hormigón armado, integrado o asociado económicamente de forma privilegiada a la Unión Europea, rodeado de estados y ciudadanos árabes hostiles y garantizada su existencia por Estados Unidos y Europa y en último extremo por el poder disuasorio de un arma nuclear que a fin de cuentas solo podría utilizar a muchos cientos de kilómetros de sus fronteras.

Lo verdaderamente relevante ha quedado una vez más escamoteado. Ha quedado relegado a un segundo plano el hecho de que el conflicto árabe-israelí sigue sin resolver, que acumula agravios constantemente que lo hacen en cada ocasión más insoluble, porque cada vez decenas, cientos o miles de personas pierden sus casas, sus medios de vida, y otros muchos simplemente mueren. Los potenciales terroristas o simples ciudadanos perjudicados, agraviados y probablemente afectados por la muerte de algún ser próximo, son cada día más numerosos.

Los donantes de la comunidad internacional han respondido al llamado efectuado por Suecia y ya han comprometido una importante ayuda para la reconstrucción del país, y
una fuerza de 15000 hombres para pacificar una región que ella no colocó en estado de beligerancia y sobre todo en la que poco parece poder decidir sobre sus guerras y sus batallas y sobre la posible solución del conflicto central.

En la percepción de los árabes, el conflicto árabe-israelí es quizá el caso más claro de utilización de un doble patrón de actuación por parte de la ONU o de quien en definitiva creen que hoy impone su ley en el mundo: Estados Unidos. Para los árabes, radicales o moderados, islamistas o laicos, el conflicto árabe israelí se origina en el contexto de la expansión colonial de Europa hacia Oriente, próximo y lejano y, con razón o sin ella, entienden que lo inicia la Declaración de Balfour de 1917 que otorga un Hogar Nacional para los judíos en una tierra, Palestina, que ya tenía dueño. Que la existencia de Israel haya sido posteriormente aceptada es un hecho que tiene más que ver con los compromisos necesarios para convivir que con los sentimientos íntimos. La reticencia de Hamas a aceptar la existencia de Israel, al igual que la del régimen iraní, tiene mucho que ver con esa persistente percepción de la historia.

Uno de los más relevantes expertos israelíes en seguridad, Efraim Halevy, repetía hace poco, como lo viene haciendo desde hace varios años, que cree que Israel y Estados Unidos cometen un error en sus intentos por derrocar a Hamas que en su opinión perjudican a los intereses vitales de Israel. Para él que Hamas reconozca o no la existencia de Israel es irrelevante porque la existencia de Israel es un hecho irrefutable desde 1948. Lo rlevante, afirmaba, es que cuarenta años después de la guerra de 1967 no existe un Estado palestino. Lo que importa saber, señalaba, es si Israel reconoce el derecho a la existencia de ese estado y no a la inversa.

¿Al precio de la fragmentación del país?

El resultado de todas las batallas libradas en los últimos años en Oriente Medio es que Irak vive actualmente en una situación en que no pocos iraquíes echan de menos al viejo dictador. La apuesta norteamericana en Irak prevalecerá tal vez, pero puede que lo haga al precio de la fragmentación del país en el que ya se puede distinguir un virtual estado kurdo, viable porque en su territorio se encuentran importantes riquezas petroleras, y dos potenciales estados, uno suní y otro chií, que no tienen posibilidad de subsistir separados porque la naturaleza ha repartido desigualmente la riqueza petrolera que ha dejado del lado donde viven las comunidades chiis del país.

Irán se ha convertido, en la percepción de la mayoría de los árabes, en el relevo de todas aquellas fuerzas y países que en la accidentada historia del conflicto árabe-israelí se opusieron a una claudicación sin condiciones frente a la colonización y a Israel que siguen contemplando como un instrumento de la dominación occidental sobre el mundo árabe. Para los comentaristas árabes este es un dato importante que desestiman los norteamericanos y parte de los europeos, cuando pretenden diseñar por si solos el futuro de la región.

Nada mejor para concluir esta recapitulación del conflicto de Oriente Medio que lo que escribía en un magnifico artículo publicado en el semanario francés L’Express en octubre de 2000 el ex-consejero del ex-Presidente francés François Mitterrand, Jacques Attali. “Hacia donde quiera que se vuelva el Estado hebreo, todos los escenarios imaginables para el futuro constituyen amenazas para su existencia.

Si es la guerra, será una guerra civil que opondrá a colonos israelíes y jóvenes palestinos, niños judíos contra niños palestinos, calle por calle, en las aldeas de Palestina e Israel. Si por el contrario y por un milagro se llega a la paz y se establece un mercado común con todos los países de la región (..) las identidades nacionales se disolverán poco a poco. En particular el Estado de Israel se convertirá en minoritario, demográficamente, culturalmente y será entonces invadido por poblaciones que le son hoy hostiles. Dejará de ser un Estado judío. En los dos casos, el sueño sionista de hace un siglo, está condenado.

Attali recordaba que la paz solo llegó a Europa después de que “los pueblos que la componen comenzaran a aceptar cohabitar después de siglos de matanzas y décadas de desplazamientos de población”. Se preguntaba a continuación si acaso la paz entre Israel y sus vecinos no pasa por escenarios parecidos a los ocurridos entre Alemania y Polonia o más recientemente entre Serbia y Croacia para llegar a entidades homogéneas. Para Jacques Attali los israelíes tendrían que “dejar de querer construir su identidad nacional solamente a través de la propiedad de la tierra y aceptar de definirse por su capacidad de promover una lengua, una cultura, un modo de vida, un Libro, y un sistema de valores en el cual la tierra no es más que una dimensión”.

Se han desactivado los comentarios a este artículo.

0