6424 txp page_title/> Domingo del Pino: Los islamistas radicales, Cruzados del Islam

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Los islamistas radicales, Cruzados del Islam :: 30/11/1995

Domingo del Pino. Conferencia en el Centro para la Paz de la Universidad de Granada, 1996

Por un curioso azar, en el preludio de la guerra civil del Líbano, fui a vivir pared con pared con la casa de Kamal Jumblat en el barrio de Mussaitbe, en la capital libanesa. El edificio donde mi esposa y yo habíamos alquilado un piso tenía cinco plantas y de alguna manera ahogaba por detrás a la casa de Jumblat, de sólo dos alturas. El patio interior de la casa de Jumblat ya no era lo que fue veinte años atrás porque las construcciones colindantes le privaban del sol gran parte del día.

En 1974, poco antes de estallar la confrontación civil, las milicias partidarias ya campeaban por sus respetos en todo el país y estaban mejor equipadas en armas que el propio ejército nacional. Los señores de la guerra libaneses, aquellos soberbios jefes de clan que hacían la ley y la trampa, se saludaban de vez en cuando con esas amables maneras que les hicieron famosos.

Saeb Salam, el gran padrino sunita, que vivía en Basta, no lejos de Jumblat, y en todo caso al alcance de un tiro de mortero, hacia disparar a sus hombres algún que otro morterazo en dirección de la casa del jefe druso, aunque sólo fuese para advertirle cariñosamente de su presencia.

Como nosotros ya llevábamos unos años en Líbano y sabíamos que estos señores no se tiran ellos mismos nunca a dar, temerosos de que alguna bala perdida cayera en nuestro piso, varias veces nos refugiamos en la casa de Jumblat, el lugar que creíamos más seguro.

Aquel hombre notable, pacifista, que gustaba de cultivar su imagen de vegetariano y admirador de Ghandi, tenía no obstante una ametralladora antiaérea en el patio de su domicilio con la cual, aunque sólo fuese por aquello de dejar a salvo el honor, contestaba al fuego de Saeb Salam apuntando su arma en una dirección inofensiva.

Todo lo que recuerdo de él hoy es que en esos días estaba extraordinariamente preocupado porque los libaneses pudieran llegar a matarse entre si más que nada, según pretendía aquel gran hombre, por pura incultura política. Sus encuentros con Pierre Gemayel y su gente en el Majlis al Nuab le ponían furioso y afirmaba que más de una vez le había tenido que gritar en medio de una discusión en el Parlamento: “Cheikh Pierre, a usted no le corresponde defender eso. Soy yo, el progresista y de izquierdas quien tiene que hacerlo”.

Kamal Jumblat creía que, por mera incultura política, Cheikh Pierre era capaz de enviar a sus hombres a morir, sin ni siquiera darse cuenta, por cuestiones que dada su ideología, no le hubiera correspondido defender. Claro que eso quedaba compensado porque sus opositores, palestinos, chiíes o musulmanes, estaban también dispuestos a morir sólo por llevarle la contraria a Cheikh Pierre.

Las guerras civiles son casi siempre así y si algo importante he aprendido de Jumblat es que los vegetarianos no comerán carne pero pueden llegar a matar igual que los carnívoros. La gente que asesina en las calles y en las trincheras de Líbano, a veces vecinos, hermanos o primos, lo hace con frecuencia empujada sólo porque pertenece a un grupo que está enfrentado al otro. Mata sólo porque el grupo propio le ofrece seguridad. Pero si encima se mata o se muere por ignorancia, el drama es doblemente grande.

Nuestra guerra civil española me ha parecido siempre un poco de eso. Mi bisabuelo paterno, que era del partido Republicano Radical, fue asesinado por alguien que teóricamente debió estar de su lado no entendió su anticlericalismo. Mi abuelo, a pesar de su poca inclinación por la política, tuvo que ser republicano porque su padre lo fue, y entonces era de buena educación heredar todo lo que el progenitor dejara.

Pero en 1940 salvó la vida porque un vecino falangista, que en los tiempos felices de la preguerra era tertuliano suyo del café, le vio por casualidad subido en un camión que llevaba una treintena de republicanos al paredón y llegó a tiempo para decirle: “¿Pero Don Domingo, hombre de Dios, qué hace usted subido ahí arriba?”. Mi abuelo, que a causa de sus negocios con Inglaterra había adquirido una cierta flema inglesa, le respondió con toda tranquilidad: “Ah, muchas gracias. Este camión ya empezaba a resultar incómodo”.

Aquel honrado hombre de negocios y rotario, que es lo que de verdad era mi abuelo, leía con republicana devoción a Nietzche, Kierkegaard y Schopenhauer, cuyos libros, por cierto, había hecho imprimir por millares la República, sin que se sepa muy bien por qué, en ediciones atractivamente ilustradas.

Los hijos de mi abuelo, mis tíos, después del triunfo de Franco quemaron la mayoría de aquellos libros que creían lecturas judías y masónicas para evitar ser perseguidos por tenerlos en casa.
Algunos ejemplares que se salvaron de la quema cayeron años después en mis manos. “El amor, las mujeres y la muerte”, como había sido traducido el traductor republicano el título de una obra de Schopenhauer, traía en portada como ilustración un dibujo de una “bailaora” de flamenco que enseñaba medio muslo.

Aquella lectura ha quedado grabada en mi mente como la primera novela pornográfica – o al menos así lo creí yo hasta hace poco – que leí en mi vida. A nadie extrañará, claro, que yo no experimentase jamás ninguna excitación libidinosa alguna con aquella lectura, pero la portada me había fascinado y lo leí.

Mis primeras inquietudes sociales me vinieron, curiosamente como comprenderán fácilmente por lo que sigue, leyendo un anónimo medieval, “Genoveva de Brabante”, encontrado un día en el desván, que me hizo derramar alguna que otra lágrima por aquella pobre Genoveva a la que la injusticia humana condenaba a vivir con su hijita en una cueva inhóspita.

En el presente intento no dejarme llevar tan fácilmente por las apariencias. Sobre todo le he tomado una cierta aversión al grupo a la tribu, al partido, a la congregación, que intentan sustituir en un planteamiento colectivo la capacidad de razonar y decidir individualmente. Detesto, sobre todo, juzgar el contenido de los libros por sus portadas.

Como periodista, evito guiarme por la idea que de las culturas, las religiones, los pueblos, los hechos, son buenos o malos según la relación que tengamos con ellos.

Después de veinte años de trabajo profesional en el mundo árabe lo que constato es un resurgimiento casi medieval de las intolerancias, la proliferación de los estereotipos, el reforzamiento de las ideas preconcebidas, y la lenta pero progresiva y constante separación mas que de las culturas de las civilizaciones de ambas orillas del Mediterráneo.

Quienes gobiernan, inspirados a veces por aquellos que leen los libros sólo por sus portadas, han hablado del “anclaje” político del Mediterráneo sur al Mediterráneo norte. Los economistas están preocupados por la Europa del 93, por las restricciones a los flujos migratorios y comerciales tradicionales, por el trasvase de capitales entre la Europa norte y sur, oeste y este, en detrimento del sur del Mediterráneo.

Sin negar la extraordinaria importancia de todas esas cuestiones, en mi opinión es necesario establecer urgentemente un diálogo mucho más amplio, más universal. No limitado a políticos y economistas, sino a quienes puedan y sean capaces de hablar en nombre de las dos civilizaciones que creo se distancian cada vez más: la judeo-cristiana, occidental, y la árabe-musulmana.
La xenofobia y el racismo se extienden por Europa.

La indiferencia, la oposición, la aversión a Occidente, son ya el motor ideológico en buena parte del mundo árabe musulmán. La ausencia generalizada de auténtica democracia, el fracaso de todas las grandes aventuras ideológicas que han emprendido, nacionalismo, baasismo, naserismo, socialismo, el trauma inacabado de Palestina, y la sospecha de cooperación con Occidente que pesa sobre las elites árabes occidentalizadas y sobre los gobiernos actuales, convierten al islamismo radical en un refugio intelectual y práctico contra occidente, una civilización que desde las Cruzadas, o desde la pérdida de Granada para la Dar al Islam en 1492, vive en la memoria colectiva como una civilización hostil.

Los acontecimientos más recientes no son susceptibles de hacernos abandonar ese prejuicio. La coalición occidental contra Irak bajo el liderazgo de Estados Unidos, al margen de las razones que la motivan, las actuales amenazas contra Muamar el Gadafi, sean cuáles fueren sus fundamentos, no constituyen precisamente elementos que inviten a cambiar ese estado de ánimo.

Se habla actualmente con gran insistencia, del nuevo orden internacional, pero para la mayoría de los árabes es simplemente el orden de Estados Unidos y de Occidente, el de los países ricos y poderosos. Los medios de comunicación occidentales son además tan influyentes y poderosos que una atractiva presentación de los hechos puede seguir haciendo parecer a Schopenhauer como un autor pornográfico.

En Occidente nos contentamos hoy con la cubierta de los libros o de los motivos y no nos preocupamos de su contenido ni del fondo de las cuestiones. Pero las ideas que los pueblos se hacen sus intereses y de sus objetivos históricos sobreviven casi siempre a quienes gobiernan. Los hechos no son lo que objetivamente representan, sino la idea que seres humanos se hacen de ellos.

Un hombre tan celebrado hoy que se habla de nuevo de la paz en Oriente Medio, como el asesinado Anuar Sadat, no gozaba de gran simpatía entre su pueblo precisamente por esa primera paz que él firmó con Israel. Incluso una voz tan autorizada como la del premio Nobel de literatura, Neguib Mahfuz, pone en boca de Aluan Fawaz Mohtachemi, uno de los tres personajes de su novela “El día del asesinato del líder”, los siguientes comentarios: “La muerte era él. Él, el dictador en toda su realidad…La muerte le ha salvado de la locura…Que se vaya al diablo…De todas maneras tenía que irse”.

Los árabes, colocados por la fuerza de los hechos en una situación de “feminidad” en la escena política internacional, me decía hace un tiempo Fatima Mernissi, “compran, para compensarlo, el 40 por ciento de las armas que se venden en el mundo. Las asignaturas pendientes que deben aprobar, añadía, son demasiadas. Primero tienen que reconciliarse con sus propias mujeres, luego consigo mismos, y por último con el mundo. Si no hubiesen ignorado siempre a Freud, por ser judío, se habrían tendido ya en el sillón del siquiatra para ver qué les pasa. Pero mientras los intelectuales árabes no se planteen el problema de la laicidad, no hay solución”.

La laicidad es demasiado pedir a una civilización construida sobre la promiscuidad entre lo divino y lo humano, lo temporal y lo espiritual, sobre la base de un libro al cual se atribuye la facultad de responder a todas las cuestiones que se plantee el ser humano.

Ese Islam, el de andar por casa, el de lo cotidiano, el que practican diariamente los musulmanes, ¿es realmente tolerante? ¿Está realmente abierto al diálogo? Esta es también una cuestión a la que debemos responder con objetividad pero sin complacencia.

En Occidente hemos reducido al Islam al problema del velo para la mujer, del vestir, de la manera de comer, de la ostentación de las creencias a través de las oraciones colectivas y en plena calle. Pero el mundo musulmán ha reducido también a Occidente a lo que un colega marroquí calificaba hace poco de “civilización gastro-anal”. En algún punto medio tenemos que encontrarnos.


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