El robo a España de las Islas Marianas :: 31/01/1999

Domingo del Pino. La Aventura de la Historia, Año 1, nº 4, Febrero de 1999

El Robo de las Marianas

GUAM, La mayor de las catorce minúsculas islas que integran el archipiélago de las Marianas, fue la primera posesión colonial española obtenida por los Estados Unidos en la guerra hispano-norteamericana de 1898. El Tratado de París, de 10 de diciembre de aquel año, la incluyó entre el botín que Estados Unidos obtuvo de la guerra, pero la Marina norteamericana había tomado posesión formalmente de aquel territorio cinco meses y medio antes, cuando todavía no había caído Manila ni había capitulado Santiago de Cuba, y la guerra estaba aún por decidir.

La lejanía del territorio y el abandono en que los propios españoles, absortos en Cuba y en Filipinas, lo tenían, hicieron que el hecho pasara inadvertido. Pedro Duarte, capitán del Ejército español destacado en aquellos momentos en Agaña, la capital de aquel exigüo territorio, dejó un relato, hasta ahora inédito, de aquellos hechos.

Pedro Duarte, un hombre afortunado

Pedro Duarte Andújar se consideraba un hombre muy afortunado. Mucho más de lo que podía esperar un capitán del Ejército español en aquellos duros meses de 1898. La guarnición española allí destacada, de 54 soldados y tres mandos, vivía tranquila, sin grandes problemas con los nativos y lejos de la guerra. Pedro se había casado y tenía tres hijos, poseía 400 hectáreas de terreno sembradas de cocoteros y cafetales y había ahorrado casi dos mil dólares, una suma importante para la época. Su familia era originaria de San Sebastián; su padre había emigrado a Manila cuando se casó y allí había nacido él.

Aquella mañana del lunes 20 de junio de 1898, Pedro se levantó temprano como de costumbre y, todavía adormilado, bajó a la playa para dar un largo paseo. Le gustaba entrar suavemente en el mundo real después del sueño, contemplando cómo la luz del sol iba reanimándolo todo al surgir por el horizonte. A esa hora, las brumas marinas dibujaban formas caprichosas que parecían surgir de los arrecifes de coral que protegen el puerto de Apra, más al sur.

La víspera había ido con su esposa, María, y sus hijos a misa, a la iglesia del Dulce Nombre de María, la más antigua del archipiélago, construida por el padre Diego Luis de San Vitores, el primer religioso que, en 1669, puso pie en Guam.

Los domingos, el gobernador de las Marianas, general Juan Marina, con su esposa; Pedro Duarte con la suya; el teniente de navío Francisco García Gutiérrez, capitán del puerto de Apra, y el médico, Romero, pasaban el día juntos con sus respectivas familias. Aquel 19 de junio, no hubo nada especial que comentar, excepto la extrañeza por el largo silencio que mantenían los superiores de Manila.

Las últimas noticias, traídas por el buque Isla de Luzón, eran optimistas. Los periódicos que había dejado el capitán del buque, fechados el 14 de abril de 1898, indicaban que los problemas con los norteamericanos estaban a punto de solucionarse gracias a la intervención de las potencias europeas.

Una extraña mañana

Pero esta mañana del día 20, Pedro Duarte tenía la sensación de que algo extraordinario ocurría. Esforzó la vista a la búsqueda de las canoas de los pescadores que de costumbre se situaban cerca de los arrecifes, pero no las vió. En la bahía, se dibujaban las siluetas de cuatro grandes barcos, o así se lo parecía…

Se restregó los ojos, por si estaba aún dormido y entonces los pudo observar con claridad. No cabía duda: cuatro buques de guerra, a juzgar por los cañones que parecía armar el que tenía más cerca. Como si se sintieran descubiertos, los barcos empezaron a lanzar humo por sus chimeneas, maniobraron y pusieron rumbo al puerto de Apra.

Pedro dio media vuelta, corrió hacía su casa, pidió agitado a María que le preparase un café muy cargado bién había visto los barcos, le estaba esperando. Al poco rato, un soldado les traía una nota del teniente García: “En es-tos momentos, 8 de la mañana, entra en el puerto un buque de guerra americano y saluda al cañón. Salgo a verificar la visita sin demora. Disculparé a VE por no contestar a las salvas de saludo”.

El teniente García, que vivía en Piti, era el único que no había visto los barcos americanos hasta que el crucero Charleston entró en el puerto. Con el médico, Romero, en un bote de la Capitanía, se dirigió al buque norteamericano para las cortesías de rigor. Llegados al costado del Charleston, el doctor Romero preguntó al segundo comandante, que les observaba desde el portalón, si había alguna novedad sanitaria a bordo. El oficial contestó que ninguna y les invitó a subir a bordo, conduciéndoles ante el capitán del navío, Henry Glass.

Con toda cordialidad, éste les invitó a sentarse, sacó una pitillera de plata y les ofreció cigarrillos. Antes de que los españoles pudieran darle las gracias, dijo: “Como ustedes saben, señores, ha sido declarada la guerra entre nuestras dos naciones y yo vengo a tomar posesión de esta isla en nombre de mi gobierno”. Los españoles, asombrados, respondieron que nada sabían, pues las últimas noticias que tenían en la isla eran del 14 de abril y entonces todo parecía arreglado.

Ignoraban que la guerra había estallado

Glass les explicó amablemente que la guerra había sido declarada el 25 de abril, que la escuadra española había sido totalmente aniquilada en Cavite y que la guerra prometía ser muy corta. Después, les preguntó: “Ustedes tienen aquí una guarnición de 54 hombres, ¿no es cierto?”. El teniente García asintió e inquirió a su vez: “Y usted, señor, ¿qué fuerzas trae?”

El norteamericano cogió un trozo de papel y, de su puño y letra, escribió: “Crucero protegido Charleston, con 2 cañones de 20 centímetros, 6 de 15 centímetros, y unos 14 de otros calibres, y 600 hombres, y transatlánticos Ciudad de Pekin, Australia y Ciudad de Sidney, conduciendo una División del Ejército americano al mando del general Anderson”.

Sin saber qué contestar, García pidió balbucean-te a Glass que les disculpara por no haber respondido a sus salvas de saludo, debido a que los cañones de los fortines del puerto, dado que hacía más de un siglo que no se usaban, estaban muy erosionados por el salitre marino y nadie quería dispararlos por miedo a que reventasen, “y, además, no tenemos municiones para ellos”.

Glass le dijo, sonriendo: “No tiene importancia, teniente. Pero no eran salvas, sino fuego real”. El capitán, que no conocía muy bien el estado en que se encontraban las baterías del puerto, había entrado en él disparando contra el abandonado fuerte de Santa Cruz, por si acaso. Antes de despedirse de los españoles, les pidió que dijeran al gobernador de la isla que “como militar y como caballero” quería tener con él inmediatamente una conferencia a bordo del Charleston.

Alrededor de la una de la tarde, el teniente García informaba al gobernador de su visita al buque norteamericano. Marina se mostró enormemente contrariado. Para sus adentros, pensaba que era una fatalidad que esto le ocurriera a él, cuando le faltaba tan poco para jubilarse. A pesar de la enorme desigualdad de fuerzas, el hidalgo español que llevaba dentro prevaleció, y redactó una nota para el capitán Glass, disculpándose porque su deber le impedía ir a bordo. Le ofrecía, a cambio, ir a Punta Piti, para celebrar allí, en tierra, la conferencia. Le garantizaba asimismo, por su honor, que podría regresar a su barco sin ningún daño para él, fuese cual fuese el resultado de la conversación.

El alférez al mando del destacamento de infantería de marina llevó la nota a Glass, que la recibió de buen humor: “Dígale al señor gobernador que mañana a las 9 en punto estaré personalmente, o un oficial que yo designe, en Punta Piti para conferenciar con él”.

Marina reúne a sus huestes

Aquella noche del 20 de junio, ningún español pudo conciliar el sueño en Agaña. El general Marina convocó a todos los militares a la sede del Gobierno y les fue preguntado, uno por uno, si se les ocurría algún medio de defender la isla. La discusión fue tumultuosa; algunos recordaron Sagunto y Numancia para sugerir que un español no se rinde.

Pedro Duarte puso las cosas en su sitio: “No tenemos más que 54 hombres de confianza, armados con Mausers; nuestra única munición son los cartuchos de la dotación de cada hombre; no podemos armar a los chamorros porque sobre los 600 fusiles Remington que pedimos al anterior capitán general hace tres años, nadie nos ha contestado; fortificaciones no hay en la isla y por su extensión, tan sólo 500 kilómetros cuadrados, no podemos lanzarnos al monte pues en menos de dos días seríamos
cazados; frente a nosotros tenemos, entre tropa y marinería, a unos 4.500 a 5.000 norteamericanos.

No hay ninguna posibilidad de que lleguen en nuestra ayuda: tardarían ocho días y, si ni siquiera nos han dado aviso de la declaración de guerra, ¿como vamos a esperar auxilio?”.

Pedro Duarte se retiró a su casa a las 4.30 de la madrugada. A las siete en punto del 21 de junio, ya estaba en el Gobierno, junto con el teniente García y el doctor Romero, para acompañar a Marina. A la hora fijada, vestidos con sus mejores galas y desarmados, estaban en Punta Piti. A las 9.30, un bote con la bandera americana a popa y la blanca a proa, atracaba en el pantalán del puerto. De él saltaron a tierra varios infantes de marina armados, que se desplegaron en círculo alrededor de la comitiva española. El tercer teniente de navío del Charleston se acercó al gobernador Marina, le tendió un pliego, miró su reloj y en mal castellano le dijo: “Tiene usted treinta minutos para contestar”.
La nota decía: “Al salir de América, mi Gobierno me ordenó tomara posesión de esta isla. Es preciso que se rinda usted con todos los oficiales al servicio de España y que entreguen sus armas, municiones y banderas. El oficial portador de esta carta tiene orden de esperar solamente treinta minutos”. El general Marina quiso ganar tiempo y dijo al oficial que Agaña estaba a ocho kilómetros y medio de allí y que en media hora no tenía tiempo de ir, contestar y regresar. A lo que el oficial americano respondió: “Pues conteste usted aquí mismo”.

El gobernador no tuvo más remedio que hacerlo:“Sin defensas de ninguna clase, ni elementos que oponer con probabilidad de éxito a los que usted trae, me veo en la triste precisión de rendirme, bien que protestando por el acto de fuerza que conmigo se verifica y forma en que se ha hecho, pues no tengo noticia de mi Gobierno de haberse declarado la guerra entre nuestras dos naciones”.

Pedro Duarte escribe a su familia

Pedro Duarte entregó la nota al oficial norteamericano que, en lugar de llevarla al Charleston, la abrió allí mismo y se hizo traducir muy despacio su contenido. A continuación, dijo: “
Necesito que ustedes venir conmigo”. Llamó al gobernador, que se disponía a subir a su carruaje para regresar a Agaña, y le dijo lo mismo. Don Juan le indicó, irritado, que protestaba por la detención que se verificaba en un acto de parlamento, a lo cual el oficial americano respondió en un mal español: “La güerra es la güerra, senior. Necesito sean venidos todos a bordo. Capitán Glass resolvirá”.

Según Pedro Duarte, “nos trajeron un tazón de caldo de tortuga y una gran copa de vino de California. Luego nos llevaron a cubierta, al reducto de popa y a las cinco de aquella tarde, los oficiales del Charleston nos dejaron completamente solos para disparar las salvas y lanzar los hurras de ordenanza por la toma de posesión de la Isla”.

El acto formal de ocupación de Guam tuvo lugar en Punta Piti: una compañía del Regimiento de Oregón bajó a tierra, izó la bandera norteamericana y recogió las armas de los 54 soldados y los dos alféreces españoles, llevándoles a todos a bordo como prisioneros. A las seis de la tarde del 21 de junio, los oficiales españoles fueron invitados a bajar a cenar con los oficiales americanos.

Les sentaron con todo protocolo, el gobernador a la derecha de la presidencia y el capitán del puerto de Apra a la izquierda. “No perdonaron medio de hacerse amables y hasta colocaron en el centro de la mesa un pequeño ‘grafófono’ (sic) eligiendo los cilindros que contenían aires y canciones españolas que cantaban y coreaban ellos mismos”, escribía Duarte a su esposa desde el buque norteamericano.

El Charleston y los tres transatlánticos alcanzaron la bahía de Manila el 30 de junio, en plena ofensiva de los tagalos para ocupar las posiciones españolas. La llegada de la división que mandaba el general Anderson Mac Arthur permitió al general Dewey lanzar un ultimatum contra la plaza.

El 5 de julio, el capitán Glass envió a los prisioneros españoles al Arsenal de Cavite, preocupándose personalmente de que no fueran entregados a Aguinaldo. “Nos trataron bien y con sobra de ración”, recuerda Duarte, “y fuimos visitados con frecuencia por los oficiales del Charleston. A la caída de Manila fuimos puestos en libertad”.

Pedro Duarte regresó a Agaña a finales de año, después de haber recibido ofertas de varias firmas norteamericanas y alemanas para que les representase allí en el negocio de la copra. La primera familia americana que llegó a Guam, un matrimonio con nueve hijos, venía de Alameda, cerca de San Francisco, y se hospedó en casa de los suegros de Duarte.

El Ejército le concedió la situación de supernumerario, que era la que deseaba. Los precios de la propiedad rústica, que habían subido desde que algunos japoneses comenzaran a instalarse en la isla, se dispararon con la llegada de los orteamericanos. Pedro Duarte tenía una buena casa y su propiedad estaba plantada de cocoteros y cafetales. Con los dos mil dólares que tenía ahorrados y los mil más que le adeudaba el ejército, una auténtica fortuna para la época, se dedicó a la compraventa de los productos locales, actividad que, según contaría a su hermano de San Sebastían, rendían cada seis meses el importe del capital invertido.

A medida que sus hijos iban haciendose mayores, Pedro los iba enviando a San Diego, Los Angeles o San Francisco o alguna otra de las ciudades que antes habían sido mexicanas; en ellas se hablaba español, la enseñanza era gratuita y, al terminalo, era fácil hallar trabajo. Para los Duarte había comenzado una era de prosperidad económica y una nueva vida, materialmente unida a Norteamérica.


Las Marianas, un descubrimiento casual


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