Artículos sobre Islam e Islamismo
Control de mezquitas ¿un falso debate? :: 08/05/2004

Mezquita de Damasco
Domingo del Pino. ABC, 8 de mayo de 2004
La posibilidad de que el Gobierno controle los sermones de las mezquitas ha suscitado un importante debate interno. Así explicada por el ministro del Interior la estrategia que desea seguir a través de los departamentos bajo su jurisdicción para combatir o prevenir el terrorismo, la verdad es que el debate iniciado tiene justificación.
Controlar los sermones de las mezquitas, aparte de la dificultad que conlleva no sólo verificar el texto en tiempo útil sino, sobre todo, comprobar que el sermón se adapta realmente al texto presentado, parece, como ya han sugerido los jueces, que puede conculcar libertades fundamentales. Eso sin contar con el problema que implica someter a una religión a un control de sus expresiones y eximir a las otras de un requisito parecido. La cuestión es que al presentarlo así el ministro del Interior ha iniciado un debate por el único derrotero que no debía haberlo abierto.
Probablemente hubiera sido más práctico y más efectivo comenzar por explicar que los términos mezquita, sermón, religión, en el universo del Islam, nos remiten a un conjunto semántico que no corresponde bien a lo que las mismas palabras significan hoy en nuestra cultura. Entiendo que el término Islam no es equivalente de Cristianismo, por ejemplo, como no lo es Mezquita de Iglesia, ni la khotba de las mezquitas a los sermones de las iglesias.
La khotba ha sido siempre en el Islam una manera privilegiada de la contestación política. El jeque marroquí Abdessalam Yassine, en su libro Minhaj Nabaui (La vía Profética) afirma que el Profeta Muhammad era un khatib (director de la khotba) que iniciaba a sus compañeros en los métodos de la predicación y corregía sus errores.
Mucho más preciso, el egipcio Mohamed Tahar Darwich, en un libro titulado La khotba en el Islam, sostiene que los predicadores tradicionales no tuvieron éxito porque cuando hablaban de religión a sus fieles dejaron de interesarles. «Es necesario», decía, «tratar asuntos que les interesen», y preconizaba nuevos métodos de predicación, seguidos después en todo el mundo islámico, que «recojan de la realidad que vive la gente y los introduzcan en los argumentos de la predicación».
Como es lógico, en tiempos modernos los Estados árabes y musulmanes toleraron mal esa concepción de la predicación que se aparta de las cuestiones puramente religiosas para concentrarse en las políticas.
Marruecos es un caso paradigmático de cómo el poder intentó e intenta aún controlar mezquitas, predicadores y sermones. La experiencia marroquí también sirve de pedagogía de cómo las innovaciones en la predicación introducidas por Kichk, la utilización masiva de cassettes pregrabadas con sermones, pudo burlar las prohibiciones.
Numerosos hadices (palabras y hechos atribuidos al Profeta) han servido en todos los tiempos, pero sobre todo a los efectos de lo que nos interesa, en tiempos recientes y en la actualidad, a los islamismos radicales para legitimar su pretensión de prevenir todo aquello que ellos consideran Munkar (el mal como fenómeno público que afecta a toda la comunidad).
Uno de esos hadices fundamentales, el de Abu Said al Khudri dice que «es deber de cada musulmán detentor del saber religioso difundir la palabra divina y luchar contra el munkar». El otro y decisivo hadiz dice que «no hay obediencia posible en la desobediencia de Dios».
Aunque de ello no se deriva necesariamente poner en cuestión el orden establecido ni el regicidio, es indudable que en él se encuentra el origen de una posible desobediencia civil. La mezquita es, en esta concepción, el horm (espacio, lugar) ideal para movilizar a los creyentes.
Un experto en estas cuestiones como el marroquí Mohamed Tozy, señala que «la persecución de los ulemas sunitas por los fatimitas, la anarquía que reinaba en las mezquitas marroquíes en la época de los omeyas de Al Andalus, de los fatimitas de Egipto y abasidas de Bagdad, son testimonio de la importancia de la mezquita en tanto que lugar de realización de la soberanía política».
El presente y el futuro reclaman una auténtica colaboración entre las comunidades islámicas y el Estado español
La da’wa islámica, la invitación que Dios dirige a los hombres a través de su Profeta a creer en la verdadera religión, que consiste en atraer al mayor número posible de personas al Islam, la verdadera religión, cobra un particular significado en España, por su historia y su pasado islámico y la convierte en un espacio de atención y de acción preferente para el Islam.
En Marruecos Hassan II incluyó en la función del Estado a los ulemas, mientras que las mezquitas estaban colocadas bajo la autoridad del ministerio de _Habu_s (Bienes Religiosos) que prohibía y prohibe el acceso a ellas de los predicadores no funcionarizados. La proliferación de mezquitas u oratorios privados financiados y gestionados por mecenas, tenía y tiene como objetivo escapar al control oficial del ministerio.
El Islam es lo que todas las religiones han pretendido ser en su origen, una manera de vivir y un conjunto de normas destinadas a adecuar la acción de los creyentes a esa forma de vivir. De ello no se desprende obviamente que en las mezquitas españolas pueda surgir o exista ningún conato de desobediencia civil ni mucho menos, pero esa posibilidad está latente en algunos de los oratorios clandestinos que ya existen y de los que el Estado español no puede desinteresarse.
El problema, no obstante, no es el control de los sermones y ni siquiera de las mezquitas. Los problemas que deben ser previstos y preparados son los que se derivaran de los importantes cambios de la estructura de la población española que se están produciendo -un estudio de Funcas advierte que para 2020-2025 el porcentaje de población española de origen inmigrante será del 20 ó 25 por ciento de la población total-.
No es España únicamente la que está amenazada por los radicalismos eventualmente terroristas que con el 16 de mayo de 2003 (Casablanca) y 11 de marzo de 2004 (Madrid) han confirmado que no existe nación ni régimen a salvo.
También están amenazados, por el efecto destructor de imagen que supone para su existencia pacífica en nuestra sociedad, ese Islam español que desde que en 1986 se aprobara la primera ley de libertad religiosa se propaga con cierta vitalidad, y el otro Islam inmigrante que tiende a proporcionar a las comunidades huéspedes islámicas ese paraguas cultural que atenúe el choque con una cultura diferente y facilite la integración en la vida social y política del país.
Lo que el presente y el futuro reclaman es una auténtica cooperación entre las comunidades islámicas en España y el Estado, y sólo en esa cooperación el Islam podrá tener un estatuto aceptable para todos, sobre todo en un país que ha forjado su personalidad cristiana en lucha contra el Islam, y una función positiva de enlace y amortiguador entre comunidades. Incluso el terrorismo, que por razones culturales y prácticas puede buscar aparcamiento entre esas comunidades, será más fácil de detectar en colaboración con ellas.
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