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Norte-Sur: ¿Contra la pobreza o por el desarrollo? :: 31/03/2005
Economia social y solidaria, otra forma de ayudar y cooperar
Domingo del Pino. Economía Exterior Nº 34. Otoño 2005
Introducción
Un siglo después de inventado el marxismo, la globalización ha proporcionado a Adam Smith una aplastante victoria póstuma. El llamado neoliberalismo, la dictadura del mercado, se impone en el mundo en ausencia de rival teórico que demuestre en la práctica su excelencia.
La reconocida eficacia de la iniciativa privada y la de nuevo incuestionada honorabilidad de la búsqueda de beneficio como finalidad primera y última, le confieren legitimidad. Al orden económico planificado, dirigido y controlado por el Estado omnipotente y omnipresente, sucede el caos económico que supuestamente terminará convirtiendo en racionalidad estable la demanda, teóricamente consecuencia de necesidades humanas razonables.
La primera victima ha sido el estado, que ha visto menguar su soberanía y capacidad reguladora, y los primeros beneficiarios el “capital financiero sin fronteras”, las grandes corporaciones trasnacionales, y las empresas que emigran, sin necesidad de saltar vallas de espino, a países que les ofrecen costes laborales y de servicios más baratos y fiscalidad amistosa.
Superado este siglo de confrontación entre comunismo y capitalismo, la globalización se extiende como heredera lejana de la gran revolución industrial de los siglos XVIII y XIX. La brutalidad de las consecuencias iniciales que la revolución industrial tuvo para los ciudadanos de Europa, parece ya superada con creces por la que supone la globalización para la parte más pobre del planeta.
Los economistas, convencidos como siempre de que solo lo suyo es ciencia, hacen valer que de aquella violencia económica surgió un mundo occidental, industrial y desarrollado que ha alcanzado cotas de creación y distribución de riqueza y bienestar nunca antes soñadas. Pero al igual que la revolución industrial está en el origen de las guerras y revoluciones sociales del siglo XX, la globalización es el detonante de los grandes movimientos de oposición social incipientes del siglo XXI.
La economía social y solidaria
Lo que ya se conoce como economía social y solidaria se está convirtiendo en la respuesta pacífica, razonable y práctica de la sociedad civil a los desgarros que produce la globalización. Varios gobiernos europeos la han cooptado y creado ministerios o secretarias de estado para la economía social, y la Comisión europea la considera un elemento importante en su política de empleo. Según datos de la Comisión, uno de cada tres europeos está integrado en alguna estructura de la economía social, y el peso de ésta en la economía europea alcanza ya el 7.5/8 por ciento del PIB europeo y proporciona más del 6 por ciento del empleo privado.
De acuerdo con la definición de la Comisión Europea, cuatro tipos de actores constituyen principalmente la economía social: las cooperativas, las asociaciones, las mutualidades, y las fundaciones.
La definición no es, obviamente, excluyente y numerosas acciones de la sociedad civil, principalmente solidarias, no encajan en esos cuatro tipos retenidos. Algunas ONGs y asociaciones españolas trabajan desde hace tiempo en el extranjero en acciones humanitarias y solidarias con los países más pobres del mundo y en relación con los colectivos más vulnerables.
Una nueva forma que se abre camino consiste en asumir proyectos de desarrollo de los países vecinos más próximos en los cuales las empresas tradicionales no entrarán por su bajo retorno. La idea no es solamente solucionar necesidades urgentes de colectivos que normalmente tendrían dificultades para su inserción en la economía productiva, sino hacerlo de acuerdo con los sanos criterios empresariales de rentabilidad, en este caso para los beneficiarios de la solidaridad, garantizando la viabilidad de los proyectos y su continuidad, y su utilidad como creadores de tejido empresarial local. Pero veamos como se ha llegado a ello.
Pobreza y desarrollo
En las últimas décadas nada está más estudiado y documentado que la pobreza y la riqueza, el desarrollo y el subdesarrollo. Se sabe con aceptable exactitud cuántos millones de seres humanos disponen de menos de un dólar diario, dos dólares según los casos, para subsistir.
Conocemos con igual precisión cuántos niños mueren por minuto antes de cumplir los cinco años por falta de alimento, o cuántos millones de seres no tienen acceso a medicamentos ni a atención médica, ni a agua potable o educación. Las rentas per cápita de los distintos países, aún sin ser ilustrativas de la desigualdad entre ciudadanos de un mismo país, constituyen un indicativo fiable de la enorme desigualdad existente entre países desarrollados y aquellos que las instituciones internacionales llaman eufemísticamente “en vías de desarrollo”.
Está calculado el número de ricos que tienen una renta anual comparable a la de cientos o miles de millones de seres. Con parecida exactitud conocemos cuánto costaría erradicar la pobreza del mundo en diez, veinte o veinticinco años, una suma que a escala individual vendría a ser algo así como suprimir el croissant en el desayuno o algunos armamentos prescindibles para nuestros ejércitos.
Sabemos también los efectos devastadores de un cambio climático que al parecer podemos describir pero no evitar ni prevenir. Los científicos, que lo diagnosticaron en una fecha tan remota ya como 1896, no han logrado convencer a los gobiernos de la importancia de la influencia del hombre en la aceleración de un fenómeno que solo se producía naturalmente cada mil años como consecuencia de cambios mínimos imperceptibles en el eje de rotación de la tierra.
Tanto trabajo costó convencerles, que sólo este año de 2005 ha reconocido George W. Bush, Presidente del país que por sí sólo es causante del 24,3 % de la emisión mundial de gases de efecto invernadero, la influencia del hombre en el cambio climático. Pero no nos dejemos llevar por la tendencia cómoda a culpar a Estados Unidos de todos los males del presente: el resto de países contamina en proporciones relativamente similares a las de Norteamérica: la Unión Europa es responsable del 15.3 % de la emisión de gases de efecto invernadero; Rusia del 5.9 %, Japón del 5 % y así sucesivamente.
Nunca la ONU y otras instituciones internacionales le han dedicado tantas cumbres, tantos proyectos, tantas comisiones, ni han fijado tantos plazos para alcanzar tal o más cual objetivo en el camino de la eliminación de la pobreza y por el desarrollo. Incluso nunca la sociedad civil ha parecido, afortunadamente, más movilizada a favor de objetivos solidarios como en el presente.
Pero la pasión por la estadística no parece, desgraciadamente, suscitar en los políticos pasión por cambiar las cosas ni en las sociedades civiles del Norte una auténtica reflexión sobre la responsabilidad subyacente de no aceptar que las comodidades, las necesidades, el consumo, deberían tener un límite razonable.
Entre las muchas responsabilidades por el estado del planeta y su futuro no solo están las de los gobiernos de los países industrializados y de las multinacionales con su obsesión por los beneficios y las cuentas de resultados. El ciudadano de a pié, incluido el que se lanza a las calles cuando se reúne el G-8, y se manifiesta en contra de la pobreza y a favor del desarrollo y por todas las otras causas nobles, debe saber que comportarse amistosamente con los recursos naturales del planeta y el medio ambiente, con la pobreza y con el subdesarrollo, requiere compromisos y sacrificios individuales que van más allá de una mera manifestación y una simple pancarta.
Las opiniones públicas, las sociedades que de manera redundante calificamos de civiles, solo han comenzado muy recientemente a preocuparse por todos los problemas enumerados en relación con el estado general del planeta. La culpa no es solamente de los medios de comunicación que informan parcialmente de esas cuestiones, ni de la frialdad intrínseca de la presentación de las tragedias humanas en datos estadísticos, que tienden por sí mismos a camuflar bajo la presunta objetividad de los análisis documentados todo el dramatismo de las situaciones que gente “lejana”, vive individualmente.
Todo parece estar tan predeterminado y todas las servidumbres consumistas adictivas tan encadenadas las unas con las otras que a escala personal la sensación es de impotencia para cambiar nada.
Todos vulnerables
Cada década, cada período escogido para hacer balance, no obstante, confirma cómo se agrava todo aquello que se nos advierte, y cómo el abismo entre quienes tienen y quienes no tienen se agranda de una etapa a otra. La novedad de los últimos años reside en que nuestras torres de marfil comienzan a ser también vulnerables.
Desde el 11 de septiembre de 2001, el terrorismo ha dado sus golpes más duros entre los ricos (Nueva York y Washington en 2001, Madrid en 2004, y Londres en 2005) y sus amigos más próximos (Casablanca 2003). Israel/Palestina e Irak nos recuerdan cada día que el monopolio de la violencia ya no lo tienen en exclusiva los más fuertes. La pobreza inhumana de los demás llama a nuestras puertas a través de una emigración incontenible desde unos países y unos seres humanos para quienes morir de una sola vez en el intento parece más digno que hacerlo poco a poco de hambre y miseria en sus tierras natales.
Las fronteras, el mar, los visados, los contingentes, los acuerdos de admisión o de devolución serán, si no lo son ya incapaces de disuadirles de emigrar. Los cadáveres que dejan en el mar, o al pie de los muros y las vallas levantados para detenerles, interpelarán por mucho tiempo a la conciencia de la humanidad.
Finalmente, las catástrofes naturales parecen en los últimos años repartir más equitativamente sus efectos letales. Un tsunami como el del Pacífico de 2004 puede matar a 300000 personas y dejar sin medios de subsistencia a millones; dos huracanes, como Katerina y Rita han mostrado las debilidades del país más poderoso del mundo.
Algo tan poético en el pasado como la migración anual de las aves representa hoy una amenaza potencial para millones de confiados europeos. Los aumentos de temperatura y los descuidos o la intervención criminal humana pueden hacer que el fuego destruya en horas reservas forestales centenarias. La lista es muy extensa y sería demasiado prolijo seguir enumerando las nuevas inseguridades. Lo cierto es que ahora todos estamos amenazados y que la seguridad ya no la garantizan en exclusiva los ejércitos y las armas.
Eliminación de la pobreza, objetivo de las instituciones internacionales
A principios del año 2000, fecha clave que anunciaba la llegada de un nuevo milenio, al menos para la parte de la humanidad que se guía por el calendario gregoriano, los países industrializados parecieron tomar conciencia de la tragedia humana que acompaña desde hace décadas al bienestar de una parte del mundo y expusieron las medidas que estarían dispuestos a aplicar para ayudar a remediarlo. En septiembre de ese mismo año la
Asamblea General de la ONU, aprobaba lo que desde entonces se conoce como la Declaración del Milenio que, enfáticamente como siempre, aseguraba que « Nosotros, jefes de Estado y de gobierno, reunidos del 6 al 8 de septiembre en la sede de la ONU en Nueva York, en los albores de un nuevo milenio, proclamamos nuestra fe en la ONU y en su Carta, fundamentos indispensables de un mundo más pacífico, más prospero y más justo”.
Entre otras muchas ambiciones, que luego resultaron utópicas, expresaban su fe en el refuerzo de la ONU, del Tribunal Internacional de Justicia, de hacer aplicar los tratados en materia de desarme, de lograr que todos los estados firmaran el Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional, de luchar de manera concertada contra el terrorismo, contra la criminalidad transnacional, y otros varios objetivos igualmente importantes pero sobre los cuales no tenían ningún poder real de decisión como la eliminación total de armas nucleares y otros asuntos parecidos.
La parte III de la Declaración, Desarrollo y Eliminación de la Pobreza, la más interesante a los efectos de este articulo, proclamaba el compromiso de reducir a la mitad hasta 2015 la proporción de la población mundial con renta inferior a un dólar diario, de las personas que sufren hambre, y de las que no tienen acceso al agua potable ni medios para procurársela.
Se añadía que para esa misma fecha el conjunto de niños y niñas del mundo podrían completar un ciclo completo de estudios primarios, se detendría la propagación del SIDA, se controlaría el paludismo y otras grandes enfermedades de la humanidad, y se mejoraría sensiblemente, aunque en este caso para el 2020, el nivel de vida de 100 millones de personas de los muchos millones más que viven en chabolas.
La Declaración, por supuesto, incluía otros objetivos no menos importantes para un mundo ideal como promover la igualdad de sexos, estrategias para proporcionar un trabajo decente y útil a todos los jóvenes del mundo, para que las industrias farmacéuticas hicieran accesibles para los países en desarrollo todos los medicamentos necesarios; lograr que las nuevas tecnologías, especialmente las de la información y la comunicación, fuesen asequibles para todos, etc.
El medio ambiente, los grupos vulnerables, las necesidades especiales de Africa, el refuerzo de las Naciones Unidas, completaban la amplia panoplia de propósitos cuyo progreso debería ser controlado en la Asamblea General de la ONU celebrada el pasado septiembre cuyos resultados decepcionantes son de sobra conocidos.
Con la oposición, como era de esperar, de buena parte de los países pobres, la reciente Asamblea General de la ONU de septiembre puso sobre el tapete algunos conceptos nuevos e inquietantes como la “soberanía responsable” que puede despejar el camino a la intervención en cualquier país sin necesidad del aval del Consejo de Seguridad y ha disminuido los Objetivos del Milenio.
Éstos parecían en buen camino tras el compromiso contraído por los países industriales y ricos en lo que se conoce como el Consenso de Monterrey, tomado en la Conferencia Internacional sobre la Financiación del Desarrollo celebrada en esa ciudad mexicana entre el 18-22 de marzo de 2002, de elevar progresivamente hasta el 0,7 por ciento de su PIB en los próximos diez años la contribución de los estados firmantes de ayuda al desarrollo.
Preparada durante mucho tiempo, la conferencia se celebró, para su fatalidad, a tan sólo seis meses de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra Nueva York y Washington que han dado lugar a un nuevo punto de partida que ha reforzado tendencias muy ancladas en las diferentes administraciones norteamericanas y muy especialmente defendidas por la Administración del Presidente George Bush.
Aunque el objetivo es el mismo, entre la Europa de los 25 (globalmente y no para todos los estados miembros por igual) y Estados Unidos se ha producido una gran diferenciación en la percepción de las estrategias necesarias para ese combate. La primera traducción de esa diferencia ha tenido lugar en el convencimiento de que el terrorismo no tiene ninguna justificación (Estados Unidos) o que el terrorismo tiene no obstante causas que hay que tratar (Unión Europea).
Está también subyacente en dos proposiciones formalmente contrarias y simbólicas como son el “choque” y la “alianza” de civilizaciones que, sin ser funcionales como tales, están llamadas a marcar la diferencia del trato presente y futuro de Estados Unidos y de la Unión Europea con el mundo árabe-islámico.
Los países pobres prefieren ayuda al desarrollo
La pobreza, a pesar de los discursos y la retórica oficial, parece ser tratada en la práctica como culpable de su propia existencia. El mundo desarrollado, rico, se atrinchera con frecuencia detrás de planteamientos teóricamente razonables como el que sugiere la máxima de “no des limosna a un pobre, dale trabajo” para terminar no dándole ni limosna ni trabajo.
A la preocupación de las instituciones internacionales de acabar con la pobreza, los economistas de los países en vías de desarrollo oponen la preferencia por que sus países sean ayudados a desarrollarse. Con frecuencia India, China y otros países del sudeste asiático, con crecimientos sostenidos superiores al 6/7/8 por ciento anuales son presentados por algunas instituciones internacionales como ejemplos exitosos de la globalización. ¿Lo son en realidad?
Un interesante libro del economista argelino Abdelkader Sir Ahmed arroja un poco de luz al respecto. Japón, recuerda Sid Ahmed, creció a un ritmo del 10 % anual entre los años 50 y 70 para seguir después al 5 % hasta los años ochenta. Corea, Taiwán, Hong Kong y Singapur iniciaron un crecimiento rápido a partir de los setenta, y Tailandia, Indonesia y Malasia lo hicieron a partir de los años ochenta, seguidos por China que alcanzó crecimientos promedios del 10 % hasta 1997. La crisis de ese año afectó el crecimiento, pero dio lugar a reformas que permitieron a Corea, Taiwán y China recuperar ritmos de crecimiento cercanos a las dos cifras.
¿Las razones del éxito del modelo asiático? Para Sid Ahmed están en la creación de industrias de sustitución de importaciones; en la ayuda que el estado prestó en materia de financiación, de marketing internacional y de ayuda a la exportación, en una integración selectiva en la economía mundial, y en una excepcional e inusual disminución progresiva de la desigualdad en el reparto de la riqueza como consecuencia de las reformas introducidas en la posguerra y de la expansión del empleo. “Los países con menos desigualdades”, añade, “tuvieron mejores oportunidades de lograr crecimientos elevados”. Clave en todo ello fue, según indica, la relación entre salarios y beneficios.
Sid Ahmed señala asimismo, como características importantes del éxito del modelo de desarrollo asiático, la aceptación del concepto de eficacia colectiva entre los asiáticos, y el que los intercambios entre países asiáticos creciera más rápidamente que con el resto del mundo. Todo ello bajo un decisivo denominador común de la “existencia de un aparato administrativo público excepcionalmente competente”.
¿Qué enseñanzas aportan los modelos de desarrollo asiáticos para los países árabes? Para A Sid Ahmed son fundamentalmente tres; un modelo amistoso hacia el mercado; un modelo de política industrial; y un modelo basado en el beneficio de la inversión. De acuerdo con el primer modelo, los gobiernos garantizan la estabilidad macroeconómica, la transparencia de las reglas del juego, y la resistencia a las presiones del mundo de los negocios cuando demanda subvenciones y protecciones tarifarias que distorsionan los mercados. El segundo modelo exige una cierta dirección política de la industria para privilegiar a los sectores portadores de crecimiento y sustraer capital de los sectores con pocas perspectivas de crecimiento.
Para que la experiencia asiática sea transferible al mundo árabe se necesita, según el economista argelino, reconstruir y reformar las instituciones del estado y de la sociedad civil. Ahora que estamos inmersos, escribe, en un objetivo de convergencia duradera de las dos orillas del Mediterráneo, el mecanismo de desarrollo subyacente en el proceso de Barcelona debe ser revisado.
Es urgente volver a obtener índices de crecimiento globales y sectoriales, duraderos y elevados para iniciar la convergencia entre socios. Eso presupone la reforma del estado y la puesta en práctica de políticas dirigidas hacia cambios estructurales e institucionales y a la dinamización de la oferta local.
Comunismo vs. Capitalismo
Durante el siglo XX y lo que va de XXI los países pobres, antaño colonizados en su mayoría, idearon sin éxito diversas estrategias para tomar en sus manos sus destinos económicos y políticos. Durante la etapa de las luchas de liberación de la colonización, que ocupa más de la mitad del siglo XX, los países colonizados intentaron sobrevivir aliándose con uno u otro de los dos bloques entonces antagonistas, soviético y occidental.
Esa alianza implicaba una apuesta por el futuro que muchos, por razones obvias, perdieron. Otros países, se atrincheraron en una cierta neutralidad que supusieron les iba a permitir recibir ayuda de los dos grandes bloques sin comprometerse a fondo con ninguno de ellos.
Grosso modo, los países que prefirieron cooperar con Occidente se encuentran hoy en una situación relativamente mejor que los que lo hicieron con el bloque soviético. El pasado colonial sigue constituyendo uno de los denominadores comunes del origen de la pobreza en el mundo pero tampoco se trata de un dogma inatacable.
Lo que parece defendible es que la colonización y sobre todo la cooperación con las exmetrópolis posterior a las independencias, ha llevado a los países antaño colonizados a una mejor situación administrativa, política, y económica que el comunismo a aquellos países que quisieron incluirse en su orbita. Un comentario muy de moda entre los “revolucionarios” de la Cuba de los años sesenta era que “si el imperialismo norteamericano no existiera lo habríamos tenido que inventar para poder culpar a alguien de nuestra propia incapacidad”.
Fidel Castro se empeña aún hoy, patéticamente, en mantener la esencia “yihadista” de lo que dijeron los padres fundadores del marxismo en el siglo XIX de que el único patrono que no explota es el estado popular, y que todo trabajo asalariado por cuenta de otro implica una forma de explotación. Como consecuencia de ello La Habana se cae literalmente a pedazos y problemas cotidianos de fácil solución que aliviarían el rigor que el régimen impone a la vida cotidiana de los ciudadanos, se eternizan por el empecinamiento del dictador en que solo el estado provea unos servicios que no provee.
Sin minimizar para nada la responsabilidad del Fondo Monetario Internacional (FMI), del Banco Mundial (BM), de la Organización Mundial del Comercio (OMC), de los acreedores públicos y privados, y del egoísmo natural de los ricos, parece empíricamente demostrable que revolucionarios y revoluciones han cooperado eficazmente con las instituciones antes citadas al desastre general del subdesarrollo y la pobreza.
La Europa actual de 25 estados miembros se encaminaba en parte a una suerte de compromiso social, político y económico, tácito, entre el liberalismo de Adam Smith y el marxismo de Carlos Marx para vencer no solo militarmente sino en el corazón de los europeos, al totalitarismo alternativo que las grandes revoluciones europeas introducían periódicamente en sus rupturas sucesivas del continuum de la historia de Europa. En este hecho fundamental puede residir, en parte, la diferencia de percepción del pasado, del presente y del futuro, que parece haberse instalado, de forma estructural, entre la Unión Europa y el aliado norteamericano.
El enfrentamiento con el comunismo no implicó para Estados Unidos ninguna ruptura ni ningún compromiso con su propia historia y el sistema norteamericano ha funcionado relativamente bien desde la Declaración de Independencia de 1776. Norteamérica ha vivido desde su aparición como nación con una notable estabilidad y continuidad política interna.
La economía social y solidaria extendida también al mundo pobre y subdesarrollado, puede ser un buen medio para que el siglo XXI no tenga que repetir los errores y los dramas del siglo XX.
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