A V I S O
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Quién soy, de dónde vengo, y a dónde voy :: 05/08/2012
De mi biografía sé bastante y de dónde vengo también, pero de a dónde voy lo ignoro casi todo. Me contó mi padre que nací en Martorell, Barcelona, donde él se encontraba a causa de aquella guerra que hemos convenido en llamar civil y que no acabamos de enterrar. Lo demás, al menos en lo profesional, ha sido pura casualidad.
Mi madre murió a los ocho meses de yo nacer pero antes ambos tuvimos tiempo de estar en la cárcel por encontrarnos en el lugar equivocado en el momento inadecuado. A los seis meses de edad fuí el preso político más joven de España.
Soy hijo, nieto y bisnieto de una familia republicana por eso me resulta paradójico que mi padre siempre prefiriera para mí una educación religiosa. Estudié en el Colegio Santo Tomás de Aquino de Sevilla y en los Marianistas –Pilar– de Tánger. Pasé primero por el Liceo francés de Sevilla, pero eso no se lo debo a mi padre, sino a mis tías que eran muy religiosas.
Aunque pueda sorprender, hasta 1936 o 1938 ser republicano no tenía nada de excepcional. Incluso bajo los diferentes regímenes monárquicos ser republicano era algo normal. Tan normal como ser liberal o esperantista. Nadie pensaba hasta entonces que eso pudiera convertir a algunos españoles en diferentes.
En mi familia y hasta la guerra civil, lo de ser republicanos se llevaba con total naturalidad. Vivíamos igual bajo la República que bajo la Monarquía; los varones eran anticlericales y las hembras muy religiosas, como en casi todas las familias españolas. El personaje de mi juventud, mi tío Felipe González, era republicano y esperantista convencido, pero trabajó toda su vida como profesor en un colegio religioso o “de curas”, como decíamos en Sevilla por aquel entonces, en la mejor armonía con sus patronos y compañeros.
Mi tatarabuelo fue militar y tomó parte en todas las guerras exteriores de España desde la de Cuba a partir de 1895 a las de Marruecos, hasta su jubilación en 1936. Mi bisabuelo era médico y responsable del partido republicano en la sierra onubense; mi abuelo, hombre de negocios, era amigo y socio de Diego Martínez Barrio y republicano y liberal como él.
Las dos generaciones siguientes son vidas más o menos frustradas por la guerra civil pues con mi abuelo y con la guerra terminó la vida normal en mi familia. A partir de entonces comenzamos a ser republicanos, es decir diferentes y sobre todo perdedores. Pero ¿qué era mi abuelo en realidad? Después de contrastadas numerosas fuentes he llegado a la conclusión de que tan solo era Rotario, pertenecía a varias sociedades filantrópicas y a una especie rara de seres que ya no existen a los cuales la política les costaba dinero.
Mi gran suerte – para mi padre y mi familia no fue lo mismo – fue que la mayor parte de nuestro exilio trascurriera en Tánger en la mejor época de la historia de esa ciudad. Los niños vivimos allí una especie de limbo extraterrenal y anacrónico porque mientras en España la posguerra era muy dura para los vencidos, en Tánger vivíamos en libertad y relativamente bien.
Judíos, cristianos, musulmanes, hijos de republicanos, de falangistas, de cenetistas, de comunistas, de liberales y de franquistas, íbamos a los mismos colegios, jugábamos a los mismos juegos y competíamos por las mismas rivalidades infantiles de siempre. Nuestros orígenes políticos y las ideas en que creyeron nuestros padres nunca afectaron nuestras relaciones cotidianas. De hecho sólo cuarenta años después comienzo a saber de la afiliación política de las familias de algunos de mis mejores amigos.
Aunque sospecho que para nuestros padres pudo ser diferente, no recuerdo que jamás me hubiese venido al pensamiento la idea de que mis compañeros fueran distintos por ser judíos o musulmanes, falangistas o comunistas, marroquíes, italianos o franceses, zurdos o diestros. Pienso que si entonces no hubo ninguna diferencia entre nosotros por esas circunstancias, tampoco las debe haber hoy.
¿Cómo fue posible aquella convivencia singular y única que se dio en Tánger? Pues quizá porque nadie se tenía que proponerse ser tolerante, liberal o lo que fuera, y a los niños y jóvenes la política no nos dividió porque al igual que en los liceos de Tánger, en los Marianistas, un auténtico colegio pluriconfesional y pluricultural, como en todos los colegios de Tánger, la divisa – tácita porque a mi nadie nos la impuso- era dejar la política era que la política y la religión se quedaban a las puertas del establecimiento.
Otra razón puede que sea que en la ciudad había pocos políticos y poco gobierno, pero sí trabajo y negocio. Una Administración internacional encomendada a once países poco puede administrar; sólo lo justo para mantener la ley y el orden. Digo que es posible convivir porque convivimos.
En los años sesenta me marché primero a Alemania porque me parecía y lo era un país más serio y civilizado, y después a Cuba donde una revolución en marcha, percibida a través de un gran cubano como fue mi amigo Enrique Rodríguez-Loeches, se convirtió en llamada irresistible para mí.
Admiré a los alemanes porque a pesar de una experiencia histórica también traumática como el nazismo y la división en dos de Alemania, allí todos arrimaban el hombro para sacar el país adelante. Por encima de toda frontera ideológica y física, todos se consideraban alemanes.
Solo puedo hablar bien de los cubanos, siempre alegres, optimistas, divertidos, ocurrentes. Incluso la revolución en aquellos primeros años todo se lo planteaba como nuevo y a todo le ofrecía una respuesta original alejada de la rigidez soviética y del populismo chino posteriores. A situaciones inéditas respondía con soluciones inéditas. Por qué se torció después no lo sé pero tengo la sensación, como en Tánger, de que las historias buenas no duran.
En Cuba conocí historias de republicanos españoles a quienes el exilio llevó a aquella alegre isla caribeña. Ningún exiliado había perdido su afán de libertad y de democracia. Conocí a Alberto Bayo, convertido en “comandante” de la revolución por la ayuda que había prestado a Fidel Castro a organizar la expedición del Granma. Supe de las historias de Daniel Martín Labrandero y de los hermanos Carlos y Eloy Gutiérrez Menoyo y de decenas de republicanos españoles anónimos.
Pasé, junto con miles de cubanos horas, días, meses, en trabajos voluntarios; recorrí media África y la mitad de Oriente Medio sin reparar en horarios vacaciones sueldo o vida familiar para contar la historia de un mundo que entonces pugnaba por colocarse entre las naciones libres y prósperas. Quería, con la modestia de mis medios ayudar a darles a conocer.
Ahora no puedo trabajar sin intentar cobrar las horas extras, y
solo siento que aquello que decíamos con petulancia en la redacción de El País – lo que no publica El País no existe- parece ser cierto. Una parte del mundo, aquella de la que no habla El País y no está nunca en el menú informativo de las grandes agencias y televisiones, que son las que ponen fronteras al mundo que podemos o debemos conocer, no existe.
Hoy sigo siendo un español raro, de los que les gusta la música clásica y no soporta los “reality shows”, de los que prefieren ver los debates políticos franceses o americanos, porque le aburren los españoles. También me gusta ser europeo y espero que las nacionalidades históricas, las recientes, las poéticas y las otras no lo impidan.
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