8d27 txp page_title/>Blog y sitio especializado en política exterior española Domingo del Pino: Medios de Comunicación: La especificidad de las relaciones de Europa y el Magreb

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Medios de Comunicación: La especificidad de las relaciones de Europa y el Magreb :: 23/09/1993

Mi intervención en el Seminario El mundo árabe y su imagen en los medios, patrocinado por Telefónica. Madrid 23 de Septiembre de 1993

No hay nada más arriesgado en política que hacer predicciones de futuro. Había preparado mi intervención en este coloquio a partir de los datos existentes en Agosto de 1993, pero el 13 de septiembre, la OLP e Israel firmaron en Washington un acuerdo de reconocimiento mutuo, y una declaración de principios que deben regir las relaciones entre ambos durante el período transitorio de la autonomía palestina. Ello modifica todas las hipótesis de trabajo.

La historia, en esta década, se hace demasiado de prisa, y apenas si da tiempo a asimilar un cambio, cuando se produce otro nuevo. La caída del muro de Berlin y el derrumbe del sistema soviético restablecieron para Europa la situación que prevalecía a principios de siglo, de la misma manera que la Restauración restableció en Francia parte de lo que la Revolución de 1789 había destruído.

Ahora, el reconocimiento mutuo OLP-Israel viene a ser para el conflicto árabe israelí una especie de restauración de la situación existente antes del inicio de la revolución palestina en la segunda mitad de este siglo.

Tanto el comunismo, como la paz árabe-israelí, fueron – y digo fueron aún a sabiendas que nada es definitivo todavía en ninguno de los dos casos – los dos principales asuntos de la civilización occidental en este siglo.

Los dos, cada cual en su medida y en su marco geográfico y estratégico específico, condicionaron toda la evolucion económica, política, científica y cultural de los actores durante todo el siglo. Para pensar en ellos ahora, hay que volver a los orígenes.

Naturalmente que los datos de la evolución de la humanidad se han modificado sensiblemente desde que esos dos problemas principales para Occidente surgieron. Sin embargo, esta es probablemente la primera vez en la historia en que sus actores, o parte de ellos, tiene la posibilidad de rehacer dos de sus capítulos en presencia de unos espectadores que van a tener derecho a dos versiones de la misma obra.

En 1917, o en 1947, era posible hacer otra historia diferente de la que se hizo. Pero, en 1993, ¿hasta qué punto es posible que los interesados decidan hoy sus propios destinos? Hoy todo ocurre como si los estados, tan celosos siempre de sus soberanías, fueran incapaces de controlar sus planes y sólo pudiesen, como máximo, administrar las consecuencias que el sistema internacional tiene para ellos. La evolución política, económica, cultural, medio ambiental, parecen estar tan subordinadas a su propia dinámica, que no existe mucho margen de maniobra para los actores individuales.

Los grandes movimientos internacionales de capitales, el crecimiento demográfico, la instantaneidad y la universalización de la información, la transnacionalidad de las empresas, las agresiones al medio ambiente, la deuda exterior y la influencia creciente de los organismos financieros internacionales en los países deudores, restan a estos una parte considerable del dominio sobre si mismos.

La globalización, o la trasnacionalidad, por emplear términos de moda, se ha extendido a todos los ámbitos del área de la política y la economía, con la misma impersonalidad que las administraciones de los estados gestionan los asuntos de la sociedad.

Vamos siempre, con respecto a los asuntos internacionales, con una reflexión de retraso. En el caso del conflicto árabe-israelí, no habíamos terminado aún de estudiar sus efectos devastadores para las relaciones entre Islam (entendido como área de civilización y cultura) y Occidente.

El reconocimiento mutuo entre OLP e Israel debería invitar a meditar sobre las consecuencias benéficas de un giro de esta envergadura. Pero ya no hay tiempo para ello: la paz hay que darla por supuesta, y la reflexión debe ser la viabilidad de ambos estados a la luz de las modificaciones de los equilibrios demográficos en esa región del mundo dentro de 25 años, en una zona del mundo sedienta, donde el agua es mas escasa que el petróleo, donde la agricultura es insuficiente para alimentar a sus poblaciones, y donde, en Israel o en la futura entidad Palestina, sólo hay espacio hacia arriba para construir viviendas para sus ciudadanos.

La firma del acuerdo OLP-Israel sobre la autonomía palestina, aún tan reciente, sobre cuyo desarrollo resulta hoy difícil hacer valoraciones prospectivas, está destinada, al menos en teoría, a tener consecuencias sobre la visión del Mediterráneo por la
Comunidad Europea. Ésta, sin haber concretado su política renovada, y mucho menos institucionalizado los propósitos de la
Declaración de Lisboa de junio de 1992, ya se ve solicitada por esos nuevos hechos que invitan a una consideración más global.
Libre de las diferencias de apreciación que el conflicto árabe-israelí había suscitado entre sus países miembros, la CE puede ahora elaborar una política mediterránea de conjunto, o poner en práctica la que ya tenía.

Teóricamente también, el Diálogo Euro-Árabe, y la conferencia Cinco más Cinco, no tienen por delante ningún obstáculo político mayor. El llamado nuevo orden mundial, que la guerra del Golfo polarizó demasiado en torno de Estados Unidos, puede encontrar un cierto reequilibrio ahora. Aunque el acuerdo OLP-Israel se ha escenificado en el césped de la Casa Blanca, o dicho de otra manera, aunque la CE no ha sido solicitada como garante de los acuerdos de paz, no tiene por qué resistir la tentación de desempeñar un papel importante para la paz misma, la estabilidad, y la cooperación económica con esa región del mundo tan vital para sus intereses.

Riesgos y amenazas desaparecidos

Durante años todos los diálogos mediterráneos han estado supeditados a la necesidad para Occidente de garantizar la supervivencia y la seguridad de Israel y, en el caso de Europa, de que fuesen garantizados los derechos palestinos.

Ahora es lógico que se defienda la necesidad de que Israel se integre en la región, como consecuencia inevitable de la paz, y de que los palestinos puedan constituir la forma de organización que libremente decidan, sea ésta un federación con Jordania, con
Jordania e Israel, o un estado independiente.

La estrategia de Occidente hacia esa zona estuvo subordinada a ese fin y a la necesidad imperiosa de asegurarse los suministros de petróleo. La CE, que nunca dejó de reconocer a la OLP y de mantener con ella un diálogo permanente, debe tener en esta etapa un pasaporte especial para cooperar con un futuro Oriente Próximo en paz e integrado. Pero la paz, que proporciona la posibilidad de proponerse nuevos objetivos de cooperación, no elimina la preocupación por garantizar los abastecimientos energéticos.

Hasta tiempos muy recientes, sobre el Mediterráneo pesaban varias hipotecas importantes. Era el escenario previsible preferente de una confrontación Este-Oeste, y el teatro de confrontaciones nacionales motivadas en gran parte por el hecho de ser una zona del mundo de minorías que aspiran a sobrevivir. Ninguna de ellas, en el presente tal vez menos que nunca, tiene garantizada de antemano la superviviencia. Los cristianos del Líbano, los kurdos de Irak, Irán y Turquía, son los casos más evidentes.

Las guerras árabe-israelíes, aún siendo el factor principal de inestabilidad en la región, no fueron ni mucho menos el único. Numerosos de sus conflictos localizados subsisten, aunque ninguno tiene para Occidente la importancia del árabe israelí. La guerra del Golfo, que permitió devolver la libertad a Kuwait, ha creado sin embargo un nuevo temor para la seguridad de los países árabes de esa zona con la supremacía que ha dado a Irán.

Los países petroleros del Golfo, agrupados en el Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Bahrein, Emiratos Arabes Unidos, Kuwait, Omán, y Qatar), bajo la euforia del resultado de la guerra contra Irak decidieron crear sus propios mecanismos de defensa, tomando como núcleo central de la futura fuerza de disuasión a las tropas sirias y egipcias que habían tomado parte en la guerra junto a la coalición occidental.

Pero como ocurre casi siempre, una vez pasada la amenaza, se difuminan los temores de que la agresión pueda repetirse. Por eso, la proyectada fuerza de disuasión para el Golfo no pasó del estado de proyecto. La paz árabe-israelí puede contribuir a disminuir aún mas su necesidad, y en consecuencia a dejar la seguridad de los países petroleros exclusivamente en manos de sus aliados occidentales.

Por eso, con la paz árabe-israelí en marcha y garantizados a medio plazo sus suministros energéticos, la CE puede lanzarse a una cooperación amplia con los países de la región, que incluya también el apoyo a la estabilidad de sus socios, aunque ésta,
desde un punto de vista militar, descanse durante un tiempo casi exclusivamente sobre el poderío militar de Estados Unidos.

El precedente de la Guerra del Golfo

La guerra del Golfo creó un precedente de solución de crisis que no es posiblemente, afortunadamente habría que decir, repetible. Se habló demasiado pronto de un “nuevo orden mundial” consistente en la solidaridad occidental, Rusia incluída, en respaldo y apoyo de la acción o acciones militares de Estados Unidos.

Uno de los resultados, a mi modo de ver negativo, de ese
precedente, es que el mundo árabe-musulmán, asiático, africano, y magrebí afectado, percibe ahora a la CE sin ninguna consideración diferencial con respecto a su aliado atlántico.
Lo que en la imaginería árabe musulmana era antes el imperialismo americano, ahora es el imperialismo occidental. Desgraciadamente, ello coincide en Europa con el desarrollo de actitudes xenófobas y racistas, aunque sean minoritarias, y con tendencias proteccionistas e introvertidas por una parte de sus empresarios e inversores.

En algunos países donde la presencia extranjera es significativa, como Alemania y Francia, los gobiernos ponen en tela de juicio no ya la inmigración, clandestina sobre todo pero también la que se deriva de la llamada “reagrupación familiar”, sino la factibilidad misma de integración de las comunidades extranjeras, sobre todo musulmanas.

No en vano en Francia, con cuatro millones de inmigrantes y unos 400.000 más todos los años, se recuerda ahora que ya Aristóteles decía que “la estabilidad de un país depende de la homogeneidad de su población”. De hecho, mientras hace diez años se calculaba que hacia falta una generación para que se produjera integración, ahora son tres las generaciones necesarias.
La coexistencia de los estados y gobiernos con esas comunidades extranjeras, sobre todo la musulmana que es probablemente la única que se presenta en un bloque cultural y de civilización homogéneo, ha sido siempre difícil.

Los socialistas en Francia estimularon la creación de una especie de consistorio de la religión musulmana para poder disponer de un interlocutor, y la nueva mayoría, encabezada por el ministro del Interior Charles Pasqua, entiende que la Constitución francesa necesita ser revisada a ló, luz de los acuerdos europeos en esta materia.

En Alemania, dividida hoy entre sus remordimientos con unas comunidades extranjeras que prestaron una considerable contribución al renacimiento económico de la posguerra, y sus obligaciones para con los alemanes del Este, las opiniones contra musulmanes y turcos son aún más radicales.

La presencia de las comunidades extranjeras, en particular la musulmana, tiene en España todavía una incidencia marginal, pero no está excluido que la crisis económica haga surgir sentimientos hasta ahora desconocidos de racismo y xenofobia. Sobre todo porque como decía hace poco un ministro francés, las fronteras de Francia (y por extensión de la Europa Comunitaria), están ahora en Algeciras y el Oder.

Aunque el modelo “guerra del Golfo” pretende hacer escuela, la crisis de Yugoslavia e incluso la de Somalia, confirman hasta qué punto es difícil encontrar una plataforma común entre aliados occidentales.

Pero por inercia se habla todavía de ese nuevo orden, como varios años atrás se habló de la “nouvelle cuisine”, hoy parcialmente abandonada en beneficio de los viejos y buenos hábitos de la cocina tradicional mediterránea, cuyas virtudes la dietética moderna vuelve a elogiar.

La política mediterránea de la CE

La caída del imperio soviético, y la derrota de Sadam Husein en la guerra del Golfo, parecían encajar con las teorías del Profesor Francis Fukuyama de que la historia ha muerto. El acuerdo OLP-Israel ha venido a sacarnos de esas ilusiones del pensamiento y nos ha devuelto a la realidad mas pura y simple. La historia, en Oriente Próximo, no sólo no ha muerto, sino que parece comenzar.

Los analistas norteamericanos describieron en su momento el verdadero significado de aquella guerra del Golfo: la confirmación de la supremacia militar de Estados Unidos. Ahora, sin la amenaza del comunismo, y sin las exigencias estratégicas del conflicto árabe-israelí, la sociología estadounidense presenta la transnacionalidad o globalidad como fenómeno inevitable que requiere a su vez una autoridad transnacional única.

Sin que ello signifique negar la realidad de los problemas planteados por el Profesor Paul Kennedy en su libro Hacia el Siglo XXI, la idea de la autoridad única resulta, como le resulta también al Profesor Kennedy, por cierto, tan hipotética en el presente como la de la muerte de la historia de Fukuyama.

Pero existe una fuerte tendencia a considerar, desaparecidas las amenazas tradicionales en el Mediterráneo, como riesgo principal del presente al islamismo radical (comúnmente llamado integrismo, fundamentalismo, radicalismo islamico), que tiende a ser confundido cada vez más con el islam como área de religión/civilización.

La Comunidad Europea, que es por otra parte el grupo regional que más se vería afectado por ello, debido sobre todo a la presencia en su suelo de diez millones de musulmanes la mitad de ellos árabes magrebíes, es a su vez la que menos debe dejarse llevar por la tentación de sustituir la amenaza exterior antes simbolizada en el comunismo, por el integrismo islámico.

Más que nunca, parece necesario distinguir entre Islam religión y forma de vida, con el cual, es necesario y probablemente posible convivir en los tiempos modernos, y el integrismo radical, que tanto confunde el legítimo afán de preservar la identidad y la diferencia con los asaltos violentos contra el poder y contra la sociedad.

Se trata de evitar una fractura entre civilizaciones y ayudar a los países islámicos a superar sus propias crisis internas. La experiencia de la CE, que no ha sucumbido a ese “facilismo” de crearse un enemigo único al cual combatir como amenaza exterior, en el caso de sus relaciones con el Magreb parece positiva/y probablemente es extrapolable.

Los verdaderos enemigos, los auténticos riesgos, para la CE y para la estabilidad del Mediterráneo sur, están en la creciente desigualdad de ingresos y rentas, en la explosión demográfica, en la ausencia de libertades de expresión y democráticas,y en la imposibilidad de relevos generacionales, y alternancias en el poder.

La Declaración de Lisboa de 1992, al igual que la Política
Mediterránea Renovada de 1989, la Cumbre de los Nueve de 1990 en Roma, y la Cumbre de los Diez de 1991 en Argel, al insistir sobre el reforzamiento de las libertades democráticas y económicas, sugiere que la CE así lo entiende.

Sin embargo, la realidad presente comporta dificultades para que se pueda hacer esa distinción entre Islam /religión, e islamismo radical, político y revolucionario, ante la confusión que los propios intelectuales árabes mantienen sobr el islam religión/ política/
sociedad, y las necesidades de modernización que imponen los regímenes y que implican el abandono de la ambición del IslaM de regentear todos los aspectos de la vida, y su disposición a limitarse a administrar lo espiritual.

Los añadidos a la dimensión religiosa de los conflictos son cada vez más frecuentes. Incluso la paz con Israel incluye un nuevo e inesperado aporte religioso al introducir al judaísmo como dato hasta ahora ausente de las preocupaciones de Oriente Próximo y del Mediterráneo.

El futuro de la OLP, y el del gobierno laborista israelí, y con ellos el de la paz, está curiosamente en manos de los grupos extremistas religiosos judíos o palestinos. Los primeros porque ellos dominan a esos diputados que aunque minoritarios pueden dar un vuelco al precario equilibrio de la Knesset. Los segundos porque el integrismo palestino, representado por Hamas, Yihad y Hizbulá palestinas y otras organizaciones internacionalizadas, puede. convertirse en la zancadilla que destruya o perturbe la paz.

La especificidad del Magreb para Europa

Pero la existencia de una nueva situación internacional que permite a la CE poner en práctica una política mediterránea de conjunto, no le resta especificidad a las relaciones de la CE con el Magreb.

Los principales problemas sociales a que tiene que hacer frente la CE, o parte de sus países, tienen que ver con el Magreb,
porque son mayoritariamente magrebíes los nuevos inmigrantes, como los viejos, integrados o no. La explosión demográfica en el mediterráneo sur occidental, con 57 millones de magrebíes en 1989 (Argelia, Marr uecos y Túnez) y 114 millones en 2025, se traducirá en presiones migratorias durante todo ese tiempo sobre la CE.

Las presiones migratorias que genera la explosión demográfica en el Mediterráneo sur oriental, fundamentalmente la egipcia, y en menor medida y por otros motivos la palestina y libanesa, se dirigieron tradicionalmente hacia los estados árabes productores de petróleo y ricos, como Irak en el pasado, Libia, y todos los Golfo.

En lo económico, la CE es ya el primer proveedor y el primer cliente de los países del Magreb, cuyos intercambios exteriores son en más de un 65 por ciento con la Comunidad Europea. Esa “integración”, que tiene ya un carácter estratégico con el gasoducto mediterráneo que une Argelia con Italia a través de Túnez, se verá reforzada considerablemente en los próximos años con el segundo gasoducto que unirá en una primera etapa a España con Argelia a través de Marruecos.

El proyecto de extender esta segunda red a Portugal, Francia, y Europa central, que aumentará notablemente esa integración con el Magreb, permite suponer además el gran interés de la CE por la estabilidad del Magreb en general y de Argelia en particular.
La especificidad está también implícita en el convencimiento de que es posible crear un espacio económico común euro-magrebí.

La idea aparece por primera vez en una comunicación de la Comisión al Consejo, al Parlamento Europeo, y al Comité Económico y Social, a iniciativa del exComisario español Abel Matutes, de abril de 1992. En ella se afirma que “ha llegado la hora de pasar de una lógica de cooperación al desarrollo, a una lógica de asociación (partenariat) política, económica y social”.

El primer paso concreto en la dirección de la creación de ese espacio euro-magrebí es la Declaración del Consejo Europeo de Lisboa, de junio de 1992, que puede ser considerada constitutiva de esa especificidad de las relaciones entre la CE y el Magreb.

La Declaración de Lisboa proclama en siete artículos los principios políticos de esa cooperación específica que no ha podido avanzar desde entonces debido en gran medida al bloqueo que supone el contencioso no apurado entre Libia y la CE a propósito de los atentados terroristas contra un avión de la Pan Am sobre el cielo de Lockerbie en 1988, y otro contra un avión de la UTA, sobre la Níger al año siguiente, en los que murieron 270 y 171 personas respectivamente.

En abril de 1992 el Consejo de Seguridad de la ONU, a la demanda de los países interesados, exigió a Libia la entrega para ser juzgados de los dos ciudadanos libios, Abdel Baset Megrahi y Amin Khalifa Fhema, de los cuales se sospecha que planearon y en los atentados.

Cada seis meses, y sin que Libia diera cumplimiento a la exigencias del Consejo de Seguridad, éste renovó el bloqueo aéreo decretado contra ese país magrebí, y uno de los cinco miembros de la Unión del Magreb Arabe.

Siete países árabes, Egipto, Argelia, Marruecos, Túnez, Siria y la propia Libia, constituyeron un llamado Comité de los Siete, con la intención den encontrar una solución a la crisis. El propio Secretario General de la ONU, Butros Butros Ghali, ha afirmado que llevará a cabo una nueva misión acerca del gobierno libio antes de Octubre, fecha limite dada por el Consejo de Seguridad para iniciar una etapa más radical de sanciones contra el régimen de Muamar el Gadafi.

La postura de Libia parece ser aceptar que esos dos ciudadanos se entreguen, siempre que quieran hacerlo voluntariamente, pero no entregarlos. Si se logra una solución, el diálogo entre la CE y Magreb con vistas a la constitución de ese espacio euro-magrebí, podrá realmente comenzar.

Pero ese espacio euro-magrebí no es posible sin la voluntad de sus miembros de cooperar a la estabilidad y la seguridad de todos. Las amenazas del pre,ente sobre esa estabilidad y seguridad son comunes a todos, y lógico es que exista una voluntad comjln de hacerles frente. El interes de la CE en esa estabilidad no necesita ya confirmación, como tampoco su deseo de participar en esos mecanismos colectivos no sólo para la gestión de los conflictos, sino eminentemente para su prevención.


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