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Nunca en mi larga vida profesional, que ha transcurrido en una dictadura, en una revolución, y en una democracia, había visto a mi profesión de periodista en un estado más lamentable que en el presente y al mismo tiempo tan resignada. Desde cualquier mirador que se la contemple, laboral, profesional, retributivo, político, social, moral y ético, o de dignidad reconocida de la función, el balance es desastroso.
Nuestro destino y nuestra reputación estuvieron casi siempre ligados al destino y a la reputación de los políticos. Cuando la sociedad se irritaba contra ellos, se irritaba contra nosotros, cuando desconfiaba de ellos, desconfiaba de nosotros. Ahora que los ciudadanos pasan de ellos, pasan también de nosotros. sin embargo, la profesión de periodista tiende a desaparecer, mientras que la de político está en expansión
Desde hace años la profesión no tenía más utilidad que la que le concedían los políticos y los políticos primero creían y luego fingían creer en la utilidad de los periodistas que a su vez se auto-titulaban el cuarto poder. En los últimos años y en especial en los dos últimos de una crisis que sirve para justificarlo todo, los periodistas se encuentran aún más en precario. En estos dos últimos años han perdido casi 4.000 puestos de trabajo, una proporción respetable si como dice la Federación de periodistas FAPE los afiliados totales son 14.000.
Los políticos, por el contrario, sin haber mejorado su imagen corporativa, sin que hayan disminuido sus intentos de patrimonializar al estado, han logrado que su supervivencia dependa cada vez menos de su reputación entre los ciudadanos, y por el contario tienen a su disposición, al margen o en contra de todos los discursos, cada vez a mayor número de puestos de trabajo y mejor retribuidos.
Ahora ya no necesitan tampoco a los periodistas para demostrar su utilidad o falta de ella. Cada cuatro años los ciudadanos tienen que votar a los dos partidos dominantes y por supuesto a cualquier otro que testimonialmente quieran votar. Da igual lo que el político haya hecho o deje de hacer: mientras figure en las listas de su partido, puede ser elegido.
El gobierno central – exceptuada cualquier supresión coyuntural de puestos-, los gobiernos autonómicos, los gobiernos locales, el gobierno de la Unión Europea y sus numerosas instituciones y agencias especializadas de que dispone y constantemente crea, y las Naciones Unidas cada vez más inclinada a multiplicar comisiones, observatorios, fuerzas y misiones especiales y grupos de trabajo ad hoc, son los grandes proveedores de puestos de trabajo político bien retribuidos que no necesitan ningún aval social.
Podríamos preguntarnos para qué sirve votar al PP o al PSOE o a cualquier otro partido, si luego sobre los asuntos económicos, políticos, civiles e incluso militares van a legislar un Parlamento europeo y una Comisión cada vez con mayores competencias y cuya composición política y orientaciones no tienen por qué coincidir con las del partido que hayan votado los españoles. Pero este no es el tema de esta reflexión, aunque el día que se publicó que el Presidente Zapatero se había decidido finalmente a imponer las medias para salir de la crisis después de que el Presidente Obama le instara a ello, me sentí realmente perplejo.
Admito que en el mundo globalizado se está mejor dentro de un gran grupo de países que fuera y que ello impone limitaciones a la soberanía nacional. Creo que nuestra seguridad está mejor garantizada dentro de un gran conjunto militar y un gran espacio de seguridad común, pero no siempre veo con claridad que los talibanes afganos, al Qaeda, Hamas, Hizbulá, o el Irán de los ayatolas extremistas contra el que existe un empeño de atacarlo que seguramente será realizado, amenacen la seguridad española o europea si españoles o europeos no amenazamos a nuestra vez la seguridad de sus países.
Para retomar el hilo de lo que ha motivado esta reflexión, la realidad es que los políticos ya no necesitan someterse al escrutinio de la sociedad a través de los periodistas y tampoco necesitan que periodistas y medios legitimen, sometiéndolas a crítica, sus actuaciones. Los grandes designios internacionales se cumplen inexorablemente; los ciudadanos cada vez tienen que reaccionar más a hechos consumados y, a pesar de las apariencias, con menos información cualificada y contrastada que nunca. Los periodistas no están en condiciones de alertar sobre esas grandes maniobras a tiempo ni de prevenir sobre lo que se preparaba.
Solo unos cuantos periodistas “iniciados” tiene a su disposición todas las tribunas, todos los espacios radiofónicos y televisivos, todas las columnas de los periódicos, porque nunca van a poner en tela de juicio nada importante y nunca se van a permitir salir de ese castrante círculo de tiza brechtiano de a “a favor o en contra” del gobierno en el que tan complacientemente se han dejado instalar.
El resto de la profesión vivaquea en condiciones laborales y salariales precarias, pierde cada vez más puestos de trabajo, y en realidad no se da cuenta de que el periodismo que conocíamos y practicábamos hasta hace muy poco, ha muerto. Mientras la profesión de periodista tiende a desaparecer, la de político está en auge porque es cada vez más atractiva por la abundancia de puestos de trabajo a su disposición, por las excelentes retribuciones que ellos mismos a veces se asignan y por las compensaciones “colaterales” que con frecuencia se atribuyen.
Que la prensa ya no les someta a escrutinio, que los ciudadanos estén cada vez peor informados o más sesgadamente informados de las actuaciones de los políticos, que éstos, que han inventado el esperpento de conferencias de prensa sin preguntas, cada vez dialoguen menos con los ciudadanos, no es ningún indicio de su im/popularidad. Pero deberían asomarse de vez en cuando a Internet y sobre todo a los crecientes intercambios a través del correo electrónico para darse cuenta de la importancia, de la cantidad y del calado de las críticas al gobierno o a la oposición. Resulta difícil predecir qué impactos electorales pueden tener esos estados de opinión virtuales que circulan por la red, pero seguro que lo tendrán.
Lo peor de todo es que la profesión no reacciona como tampoco reacciona la ciudadanía ante estas cuestiones que le conciernen. Salvo por las pasiones que despierta el fútbol y los deportes, afortunadamente, el país y sobre todo los periodistas y los políticos, parecen atravesar otro período como aquel que siguió a la guerra de Cuba de 1898 que D. Francisco Silvela tan acertadamente describió como “sin pulso”.
Actualizado el © Domingo del PinoEmail - Correo