Reportajes varios
La Aceña de Alcolea del Río :: 01/06/2009
Recuerdo de una visita a Alcolea del Rio: Mayo 2009
La verdad es que nadie tiene derecho a enterrar los sueños ajenos. He visitado dos veces Alcolea del Río en los últimos seis años y he comprobado como aquellos escenarios de hace sesenta años, donde los niños de la Plazoleta jugábamos y soñábamos, han desaparecido o están a punto de desaparecer.

La Aceña está lastimosamente abandonada, el Cascajal ha quedado sepultado bajo los lodos y las tierras de aluvión traídas por el rio, aquella barca histórica con la que se atravesaba el río como desde tiempos de los romanos, ya no existe. El río se está tragando a la Aceña y puede que sea la causa de los que imagino sucesivos desprendimientos de la pared de la Mesa. La Mesa me parece ahora la mitad de ancha de lo que era.

El río todo lo devora. Ya no existe el Cascajal, no existen los tragantes, las piedras de los molinos están rotas y el interior de las aceñas en ruinas, sucio y con pintadas. Paseando ahora por la plazoleta de la iglesia me he preguntado cómo podíamos caber allí tantos niños, cómo podíamos hacer de ella un “gigantesco” campo de fútbol en donde en realidad solo le dábamos patadas a pelotas hechas por nosotros mismos con trapos, o cómo había sitio para tantos guás como escarbábamos en el suelo para jugar a las bolas. Entonces no había coches, ni motos y jugábamos hasta el agotamiento físico.
En las tardes calurosas del verano nos tendíamos en la lanchas a hablar de miles de cosas, un deporte que se ha perdido. Hoy los niños no hablan: solo le dan a los botones de sus consolas o de sus maquinitas de matar marcianitos o extraterrestres.

Nuestras familias sacaban sillas e incluso butacas a la calle y allí pasaban las horas hasta que de magrugada refrescase un poco, algo que en mi memoria no ocurría nunca en verano. No había televisión para suerte de la convivencia humana y el primer cine, que se instaló destrás de la botica de don Angel el boticario tardó varios años en llegar.
En el pueblo había varios maestros pero mi padre me envió a estudiar con el de Villanueva. Todas las mañanas salía yo con mi tortilla de patatas hacia Villanueva, a través de La Mesa. Era una distancia que entonces me parecía enorme. No sé cuánto tardaba en llegar pero me conocía la mesa palmo a palmo. Sabía reconocer el ruido de los lagartos que salían por la mañana a tomar el sol, y tenía localizadas a todas las matas de palmitos porque a la vuelta siempre recogía las palmichas.

Desde la Mesa la vista del Guadalquivir y sus recodos, de la dehesa y del Tarajal, eran impresionantes. Sobre todo cuando el río venía crecido. En esas ocasiones se veía flotar todo tipo de objetos y de animales que arrastraba la corriente. La mayoría quedaban parados detrás de la Aceña mientras que en la lagunilla que existía entre los tragantes, el Cascajal y la Mesa se amontonaban peces ahogados que flotaban con sus vientres plateados al aire.

Nos bañábamos en la piscina natural que se embalsaba detrás de la Aceña ahora desaparecida y a la derecha de los tragantes que, por cierto, están también bajo tierra. Allí es donde realizábamos la gran proeza de atravesarlos a contra corriente cuando río estaba crecido.
La Iglesia de entonces, como nosotros mismos, era mucho más pobre pero quizá más amable. Ahora no la reconozco. Cuando yo vivía en Alcolea sólo había bancos corridos donde se sentaba la gente del pueblo que asistía a misa, que no era mucha. Detrás, casi debajo del coro, se levantaba una especie de estrado donde se colocaban las autoridades para guardar distancias del pueblo.
Los niños de la Plazoleta nos colabamos allí en verano para estar al fresco o subíamos a la torre cuando el Cano se preparaba para el repique de vísperas. A mi me impresionaba mucho el trastero que había debajo del coro, sobre todo ver las virgenes y santos sin brazos o piernas que allí se acumulaban. En el silencio de la iglesia en el trastero eran perceptibles los ruiditos que hacía los lagartos, las culebras o los ratones al desplazarse.
Juguetes no había, pero juegos no faltaban. Uno de mis preferidos era atar una avispa con un hilo e introducirla en los agujeros del suelo donde suponíamos que había arañas para que las sacara. Jugábamos al palo-uno y cuando llovía nos haciamos zancos con latas de leche condensada vacias para pasar por los charcos sin mojarnos los pies.
Jugábamos también en una era que había detrás de la Iglesia, donde terminaba el Lejío, y que ahora ha desaparecido. En la época de trilla nos disputábamos el trillo para pasearnos a medida que iban trillando.

El orden lo ponía Zapata que si no recuerdo mal era a la vez sacristán y alguacil o municipal como le decíamos entonces. En todo caso le veo aún recorriendo la Plazoleta a grandes zancadas detrás de los niños, con el vergajo en la mano. Los motivos para esgrimir esa amenaza no los recuerdo pero probablemente sería porque molestábamos a los feligreses con nuestras voces y nuestros juegos.
Yo debía ser un niño bastante solo en casa porque nada más levantarme me iba en ca Josefita, enfrente, donde la familia me acogía siempre con mucho cariño. Mi cara debía dar bastante pena porque recuerdo el tazón de café con leche y pan migao que casi siempre me daban. Tenía unas chumberas estupendas en el corral. Daban unos chumbos deliciosos que cogíamos con una caña a la que le habíamos hecho previamente dos cortes transversales en una punta, separados por trocitos de caña, con los cuales atrapábamos el chumbo.
Por las noches yo estaba casi siempre de pupilo en casa de Juan el Cachejo hasta que regresaba mi padre del trabajo y también allí he compartido sus cocidos decenas de veces. Que yo recuerde, en la plazoleta de la Iglesia se comía cocido a mediodía, cocido por la noche, y cocido todos los días de la semana y todos los meses de todos los años. La verdad es que no los he vuelto a comer después tan buenos como aquellos.
Como éramos pobres desayunábamos un pan integral redondo y aplastado como las kesras marroquíes, pan negro, que entonces no querían los ricos. Hoy es más caro y sobre todo más sano que el blanco. Le hacíamos varios cortes cruzados, lo poníamos al fuego a tostar y luego le untábamos ajo y le echábamos aceite de oliva. No se ha inventado aún un desayuno mejor.
No había biblioteca y apenas si se leían los libros de la escuela. En mi casa se compraban los cuadernillos de unas novelas por entregas que empezaron a vender en Alcolea a partir de los años cuarenta. Las traían unos gitanos que o los vendían o los cambiaban por hierros viejos. Aunque la mayoría eran pura propaganda política, yo leí así Genoveva de Brabante, Ivanhoe y otros relatos.
Los niños recogiamos hierros viejos durante la semana o la quincena porque nunca se sabía cuando venian los gitanos y los guardábamos para luego cambiarlos por bolas, cigarritos de matalauva, algarrobas y otras chucherías. Supongo que todo esto también ha desaparecido.
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