8f83 txp page_title/>Blog y sitio especializado en política exterior española Domingo del Pino: Sudáfrica: Un país de otro siglo

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Sudáfrica: Un país de otro siglo :: 09/11/1986

Al aproximarse el siglo XXI una minoría blanca trata a los negros de Sudáfrica como siervos y esclavos de la Edad Media

Domingo del Pino. El País Semanal 09/11/1986

Aunque estamos muy cerca del siglo XXI, en Suráfrica una minoría blanca trata a la mayoría negra como si subsistiera la sociedad medieval de siervos y esclavos. La vida de los negros está codificada, desde que se levantan hasta que se acuestan y desde que nacen hasta que mueren, de una manera tan absurda e inhumana que parece el sueño de un gran loco.

Debajo del hotel Carlton de Johannesburgo, donde se aloja la mayoría de los extranjeros que visitan la capital económica de Suráfrica, existen dos pisos subterráneos de galerías comerciales. En las escaleras que conducen a ellas, flechas pegadas a la pared señalan el camino hacia retretes y urinarios: unos para negros y otros para blancos. En los aeropuertos, las estaciones de tren y de autobuses y la mayoría de los lugares públicos se advierte la misma discriminación urinaria, que parece ser una auténtica obsesión blanca.

Entre los liberales surafricanos, esa rara avis que sólo se manifiesta cuando hablan con extranjeros, se cuenta como anécdota real que en marzo de 1976 el embajador norteamericano en Pretoria se negó a asistir a un concierto de la orquesta de la televisión surafricana porque era sólo para blancos. Las autoridades surafricanas consideraron esta actitud como una ridiculez y una mezquindad por parte de su excelencia. Un portavoz oficial de la televisión lo explicaba así a un periodista: “No hubo tal discriminación. El mismo concierto iba a ser dado días después para los negros, pero no podíamos invitar a blancos y negros juntos porque nuestra sala de conciertos no dispone de urinarios separados”.

Si el apartheid no fuera muchas cosas más, estaría tentado de afirmar que, a fin de cuentas, se trata de que blancos y negros no orinen juntos. Este_ petty apartheid_, desde un punto de vista estrictamente sexual, no sólo impide que un blanco y un negro puedan atisbar por encima de la placa divisoria de los urinarios de pared sus respectivos músculos primos, sino que prohíbe la casi siempre gratificante relación sexual, o el matrimonio, entre seres de color diferente.

Esta aventura de la discriminación racial comenzó a mediados del siglo XVII, cuando el holandés Van Riebeek, calvinista hasta los huesos y testarudo como cualquier calvinista de aquella época, mandó edificar empalizadas de madera alrededor de la pequeña colonia de El Cabo para proteger a los colonos blancos de los bosquimanos y hotentotes, que por cierto no eran exactamente negros, que poblaban la región, y que corrían desnudos por los campos. La dureza sin límites de los calvinistas provendría, si se da crédito a algunos cronicones,de la notable diferencia dimensional de las partes de los nativos con respecto a las de los blancos.

Pero los piadosos y piadosas calvinistas, aquellos primeros colonos holandeses, no dejaron de sucumbir a los encantos de nativos y nativas. Fruto de ello son los tres millones de mestizos con que hoy cuenta Suráfrica entre una población total de casi 32 millones de seres.

Las consecuencias de un naufragio

Los holandeses comenzaron a llegar a El Cabo — bautizado de Buena Esperanza por Vasco de Gama en 1497 — a partir de 1648. Un navío holandés de la ruta de las Indias naufragó ese año, y los marinos que lograron sobrevivir se sintieron tan a gusto en esas tierras que decidieron permanecer en ellas para siempre. Hubo que quitarles algunas tierras a hotentotes y bosquimanos y empujarles un poco hacia el norte pero eso no importaba.

La Compañía de las Indias holandesa, que tenía enormes problemas de competencia con los portugueses en Mozambique, decidió a su vez fundar un establecimiento allí, y encomendó esa tarea al aventurero Jan van Riebeek.

En menos de una década, los encantos y maravillas de aquellas tierras vírgenes alcanzaron fama en la metrópoli. A finales de siglo, la colonia contaba ya con varios miles de sacrificadas y calvinistas almas. Cuando Luis XIV de Francia revocó el edicto de Nantes, decenas de hugonotes, temerosos de caer víctimas del celo de los católicos — que en aquellos siglos cortaban por lo sano, es decir, por la cabeza —, cogieron tal miedo que en la huida llegaron a las lejanas tierras de El Cabo. Aquellas dos componentes, hugonote francés y calvinista holandés, fanáticos, convencidos de poseer la verdad absoluta y de ser pueblo elegido deDios, establecieron una consistente solidaridad entre ellos y constituyen el componente de la nación surafricana que hoy conocemos con el nombre de afrikaners.

Como en toda nación joven, sus apellidos — Van de Merwe, Van Buuren, Van der Walt, Van der Westhuizen, Pretorius, por los holandeses; Du Plessis, Du Toit, Marais, Jubert, Fouché, De Villers, por los hugonotes — existen por millares en la Suráfrica de hoy, y algunos constituyen auténticas dinastías que harían palidecer de envidia a Falcon Crest. Pero en aquellos tiempos originales, Suráfrica no era nada, y blancos y negros vivían con sus rebaños de bueyes en condiciones económicas relativamente similares, aunque, eso sí, orinando en lugares separados.

Los primeros boers (granjeros, en holandés), hambrientos de tierra para sus ganados, se enfrentarían en numerosas ocasiones con las tribus bantúes, ngunis y otras que, a partir del siglo XVIII sobre todo, invadieron el África austral por el Noroeste y llegaron hasta el Océano Indico. Los xhosas, del grupo bantú, son quienes sostuvieron los más cruentos enfrentamientos con los boers. Negros, bosquimanos y hotentotes, holandeses y hugonotes constituyen el primer mosaico de pueblos y etnias de Suráfrica, aunque incompleto.

Llega el colonialismo francés

Después de que los ejércitos de la Revolución Francesa ocuparan Holanda en 1795, la Compañía de las Indias holandesa solicitó protección a Inglaterra. Barcos ingleses cargados de soldados y misioneros anglicanos — la espada y la cruz en aquella época siempre iban juntas y golpeaban con el mismo entusiasmo —, con ideas liberales en relación con hugonotes y calvinistas, desembarcaron en El Cabo y comenzaron a imponer el orden a la habitual manera británica.

La esclavitud, que era el negocio de los otros, fue abolida en 1807; negociaron tratados con los jefes de tribus negras, y, en definitiva, los afrikaners decidieron huir de aquella plaga inglesa que les había enviado el Señor. Para desgracia de ellos, al frente de los zulúes estaba ahora el gran jefe Chaka, a quien algunos historiadores han llamado el Napoleón africano porque introdujo en la manera de combatir de los negros transformaciones que en su contexto equivalieron a las llevadas por Napoleón a sus guerras europeas. La más importante de ellas es que prohibió a sus huestes lanzar la jabalina desde prudentes distancias, como venían haciendo hasta entonces, y estableció el sistema del cuerpo a cuerpo, de tan terrible efecto psicológico para los blancos. Pero Chaka no sólo luchó contra los boers, sino contra las otras tribus negras. En la década que pasó en el mando, de 1818 a 1828, en que le asesinó su hermano Dingan, causó un millón de víctimas.

En 1837, unos 2.000 boers, descontentos con el libertinaje que imponían los gobernadores británicos, recogieron sus bueyes y carromatos entoldados e iniciaron lo que se conoce en la historia blanca de Suráfrica como el Gran Trek (o gran viaje), a la busca de nuevas tierras y para liberarse de la infernal tutela de su graciosa majestad británica. En el Museo de Historia de Johannesburgo se conservan amorosamente daguerrotipos de la época. Algunos _boers_llegaron hasta lo que luego fue Rhodesia y hoy es Zimbabue, sustrayendo amablemente pastos y tierras a los negros. Pieter Retief, un caudillo afrikaner, intentó negociar con el jefe zulú Dingan, pero fue asesinado. Su sucesor, Andries Pretorius, en cuya memoria la capital de Suráfrica fue llamada Pretoria, mató en venganza a Dingan y fundó en 1838 la República Independiente de Natal.

Pero Inglaterra entendía que los afrikaners eran súbditos de la corona y envió a sus tropas a anexionar aquella república. Otro trek comenzó al mando de dos caudillos: Potgieter, que fundó la República de Potchefstroom, y Pretorius, que fundó tres repúblicas independientes, Lydenberg, Zoutspanberg y Utrecht. Los británicos volvieron a anexionar estas tres últimas, y Pretorius se refugió en Potchefstroom, donde fue proclamado presidente.

La Convención de Sand River

Los británicos no reconocerían a estas repúblicas independientes hasta la Convención de Sand River, en 1852 y 1854. Aquellas repúblicas formaron en 1860 una especie de confederación, que desde entonces se conoció como Unión Surafricana. Para entonces, en aquellos territorios vivían ya suficientes británicos como para que pudiesen ser considerados como parte importante de Suráfrica. Debido a la abolición de la esclavitud por los británicos, éstos habían traído a su vez indios y paquistaníes de las otras posesiones británicas para que trabajaran sus tierras. Ellos constituyen hoy otra de las minorías étnicas surafricanas.

La población de Suráfrica se reparte así aproximadamente, según clasificación de las autoridades: 3,2 millones de blancos de origen holandés o francés (_afrikaners_), 2 millones de blancos de origen británico, 6 millones de negros zulúes (la etnia más numerosa), 5,5 millones de negros xhosas, 2,5 millones de negros tsuanas, 2,3 millones de negros sothos del Norte, 2,3 millones de negros sothos del Sur, 3 millones de mestizos, 1 millón de asiáticos y 3 millones de negros de otras etnias; es decir, un total de 21,6 millones de negros, 5,2 millones de blancos y4 millones de mestizos y asiáticos.

Los blancos, preocupados por este evidente desequilibrio demográfico — que tiende, obviamente, a acrecentarse con el paso del tiempo, ya que el índice de crecimiento de la población negra de Suráfrica es del 3,1% —, han basado sus últimas
y descafeinadas reformas — para implantar las cuales han tardado más de una década — en asociarse a mestizos y asiáticos, que desde 1984 integran un Parlamento separado y un Consejo Presidencial informal con los blancos.

El tercer país más rico en minerales del mundo

En este enorme país, que por sus riquezas minerales es el tercero del mundo, después de Estados Unidos y la URSS, 21,6 millones de negros viven, y legalmente son, extranjeros, y en realidad deberían viajar siempre con su abogado, si lo tuviesen, para abrirse camino en la madeja laberíntica de leyes y reglamentos que codifican hasta los más mínimos actos de su existencia. Unos 14 millones de esos negros residen en los llamados homelands, o Estados independientes, según las autoridades blancas surafricanas, mientras que los restantes viven fuera de ellos como trabajadores inmigrantes, porque los blancos consideran extranjeros a todos los negros que viven fuera de los homelands, aunque no hayan nacido ni puesto jamás los pies en ellos.

La ciudad de Soweto, a 15 kilómetros al suroeste de Johannesburgo, sirve de ciudad-dormitorio para los dos millones de negros que trabajan en la región de la capital económica de la República, y es la ciudad más grande del mundo sin luz eléctrica, y al mismo tiempo, un ejemplo típico de esos galimatías legales surafricanos, porque la mayoría de los negros que allí residen pertenece a este grupo de trabajadores inmigrantes.

Las guerras orginales entre británicos y afrikaners y el liberalismo interesado de aquellos primeros británicos es el motivo profundo del odio hacia los anglófonos, aún ostensible en el presente, por parte de los _ afrikaners_. Ambos tienen una comunidad de intereses frente a los negros desde la fundación de la República Surafricana, pero ello no impide que sus respectivas estrategias para mantener la dominacion blanca en Suráfrica difieran considerablemente.

El destino de Suráfrica cambió radicalmente desde que en 1867 un niño de Hopetown, jugando en territorio de los grikuas, encontró unas piedras que brillaban mucho y que resultaron ser diamantes. Desde entonces comenzó el asalto al poder político y económico en el sur de África, Suráfrica se convirtió en el tercer productor mundial de minerales (per cápita), después de Estados Unidos y la Unión Soviética.

Las piedras brilantes que descubrió un niño

Junto con Namibia, es el primer productor mundial de diamantes. El oro, descubierto a finales del siglo pasado, se convirtió en la base de su actual riqueza. Es también el primer productor mundial de platino, del que posee las reservas conocidas más importantes. Por sí sola, Suráfrica tiene el 80% de las reservas africanas de carbón y el 40% de las mundiales, y produce el 4% del cobre que se utiliza en el mundo.

Pero lo más importante, y la razón por la que tanto cuesta a los países occidentales tomar sanciones económicas significativas contra ella, es la abundancia de minerales estratégicos, como el cromo (70% de la producción mundial), manganeso (la reserva más importante del mundo después de la URSS), vanadio (40% de la producción mundial), antimonio (21% de la producción mundial), asbestos, feldespato, etcétera. Según un informe de las Naciones Unidas, más de dos millones de trabajadores alemanes occidentales de la cuenca del Ruhr perderían su empleo si la importación de minerales surafricanos se viese interrumpida tan sólo tres meses. La industria aeronáutica occidental sufriría considerablemente si dejara de recibir algunos minerales estratégicos surafricanos empleados en la fabricación de aviones.

Otro informe publicado en Londres en 1976 por el Foreign Affairs Research Institute subraya la importancia creciente del cromo en materia de armamentos modernos. Estados Unidos importa todo el cromo que necesita. El 66% de los yacimientos de este mineral está en Suráfrica. Este país produce también el 25% mundial de manganeso, indispensable también para la industria armamentística, y más del 12% de la producción occidental de uranio procede de Suráfrica. Estos datos son quizá los que hacen que los afrikaners se sientan tan confiados en la ineficacia de las sanciones que de manera recurrente intentan imponerle los países occidentales.

Pero la aventura más interesante de todas las emprendidas por los blancos, que haría palidecer de envidia al J. R. de Southfork, es la conquista del poder político planeada desde principios de siglo, y obstinadamente llevada a cabo, por un grupo de superafrikaners que desde 1918 constituyeron la sociedad secreta conocida como _ Broederbond_, que alcanzó, como quería, el poder político con el triunfo del Partido Nacional en 1948. También es verdad que mientras los afrikaners se hacían con todas las palancas en Suráfrica, los anglófonos la emprendieron con el poder económico, una buena parte del cual controlan. Baste como ejemplo el caso de la Anglo American Corporation, que llegó a disponer de 31 entidades financieras de las más importantes, 17 minas de carbón, 9 de diamantes, 5 de cobre, 16 de oro, 11 de extracción y 16 fábricas, controlando el 40% del oro del país y el 30% del carbón y el uranio.

Los superafrikaners

Los periodistas Ivor Williams y Hans Strydom, en su libro _Los superafrikaners, desde dentro del Broederbond afrikaner_, citan 7.500 nombres de miembros de esa secretísima sociedad, entre los cuales figuran los representantes de las grandes dinastías económicas y políticas, todos los presidentes de Suráfrica — incluido el actual, Pieter W. Botha —, la mayoría de los primeros ministros, ministros, jefes de los servicios de espionaje y del Ejército, los políticos más importantes y los miembros del Parlamento.

Cuando los negros despiertan y comienzan a reclamar la abolición, primero, del petty apartheid, y luego, ante el permanente y radical rechazo de los blancos, del apartheid duro y a reivindicar un reparto del poder, la Broederbond crea una rama paramilitar clandestina, la Ossewabrandwag, en recuerdo de aquel romántico carromato tirado por bueyes de los treks boers. Desde los años treinta la Broederbond comienza a interesarse por el nazismo alemán. A tal punto que Hitler les envió en 1934 como embajador al Graf von Duerckheim Montmartin, con la intención de identificar los sectores que Alemania podía conasiderar. Por cierto que Graf von Duerckheim fue liquidado más tarde por las SS nazis porque se le descubrió una abuela judía. Los superafrikaners apoyaron a Hitler porque pensaron que su triunfo les liberaría de la tutela británica, pero el general Jan Smuts, en contra de la Broederbond, hizo finalmente entrar al país del lado aliado.

La ominpresencia de la broederbond

No obstante, nada se ha hecho en Suráfrica desde los años treinta que no haya estado inspirado por la Broederbond; ninguna reforma del -apartheid_, por mínima que fuese, ha salido de otro lugar que de los despachos secretos de estos superafrikaners, y ellos decidirán, con sus actitudes, si los blancos pueden seguir viviendo en el futuro en una Suráfrica plural o si el país tendrá que conocer una de las revoluciones más sangrientas de la historia de la humanidad. En el presente todo apunta hacia esto último.

Desde que las Naciones Unidas decidieron en 1960 el derecho de todos los pueblos colonizados a la independencia, el militantismo negro ha ido creciendo en Suráfrica, las grandes organizaciones — African National Congress (ANC) y Pan African National Congress (PAC), creadas entre 1912 y los años cuarenta —, incapaces de arrancar ninguna concesión de los blancos, optaron en 1960 por la violencia. Las más grandes explosiones sociales, que dejaron una importante secuela de muertos negros en la represión, fueron las de Sharpeville, en 1960, después de la cual fueron prohibidos el ANC y el PAC; la de Soweto, en 1970, y la de El Cabo, en 1980.

Nelson Mandela, el preso de Robben Island

Desde 1983, en que las presuntas reformas del apartheid emprendidas por Botha parecen insuficientes incluso a aquellos jefes negros colaboracionistas que financiaban los industriales anglófonos en previsión del futuro, como Gatsha Buthelezi o Nthato Motlane, los choques y muertos han sido constantes. Un hombre sexagenario, de pelo encanecido y físicamente erosionado por la prolongada prisión que sufre desde 1962, Nelson Mandela, sigue siendo hoy clave, desde su celda en Robben Island, para el futuro de Suráfrica.

El presidente Pieter W. Botha le ha ofrecido ahora la libertad a cambio de que su organización, el ANC, proclame que renuncia a la violencia sin condiciones. Después de tantos años de prisión, Nelson Mandela, que ve quizá el problema de Suráfrica en el último tramo del camino, no se ha doblegado.

Los cerebros más lúcidos de los blancos, incluso de los más acérrimos partidarios del apartheid, como el profesor Niuewoudt, de la universidad de Pretoria, creen que el error de los blancos ha sido no permitir que se forme una clase media negra que hubiera podido aliárseles. Hoy, dice, no nos podemos permitir la confrontación con los negros porque terminaríamos en una revolución.

El Ejército surafricano, con las fuerzas paramilitares Boer Army y Citizen Force, es dos o tres veces más fuerte que los ejércitos reunidos de los siete países negros vecinos de Suráfrica. Ha desarrollado incluso una capacidad nuclear. Y, sin embargo, la mayoría de los blancos son conscientes de que esa fuerza y esa capacidad nuclear son absolutamente insuficientes para hacer frente a una insurrección nacional generalizada de 23 millones de negros. Pero en casi un siglo de controversia sobre el apartheid sólo se ha logrado que los blancos acepten, y ello por razones tácticas, la creación de un Consejo Presidencial de blancos, mestizos y asiáticos, y que en algunos lugares se pueda hacer pipí juntos.

Con ello demuestran que para ellos el problema de los negros sólo puede encontrar solución fuera de la República Surafricana, en los homelands o bantustantes. Y aunque en Europa parezca una aberración, una locura, dentro de Suráfrica las discusiones entre los políticos más serios tienen por lo menos tres siglos de antigüedad, y no está excluido que un pueblo tan fanático como el afrikaner pueda incluso preferir el holocausto antes que vivir en este siglo.

EJEMPLOS DE LEGISLACIÓN RACISTA

Unión Act (1910): incorpora la segregación a la Constitución.

Bantu labour regulations Act(1911): trabajo obligatorio para negros.

Bantu Law Amendment Act: los negros no tienen derecho a residir en zonas blancas.

Land Act nº 27 (1927): imposibilita a los negros ser propietarios de tierras.

Native Labour Act II’/ 48 (1950): prohibida la sindicación y huelgas a los negros.

Industrial conciliation Act: los negros no pueden formar parte de los sindicatos bancos.

Group Areas Act nº 41: los negros deben vivir en reservas o en los bantustanes.

Population Registration Act: la clasificación racial registral es obligatoria.

Mixed Marriages Act (1949): los matrimonios mixtos están prohibidos.

Inmortality Act (1957): las relaciones entre razas diferentes constituyen delito.

General Law amendment Act 37 (1963): los negros pueden ser detenidos preventivamente durante 90 días prorrogables.

Influx control legislation: ningún negro puede permanecer más de 72 horas en zonas blancas urbanas sin permiso especial y contrato de trabajo estable.


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