6a3d txp page_title/> Domingo del Pino: Canadá: la atracción de los espacios vacíos

Reportajes varios



Canadá: la atracción de los espacios vacíos :: 07/09/1986

Donde los árboles no dejan ver el bosque y las manadas de patos alteran el funcionamiento de los radares

Domingo del Pino. El País Semanal de 7 de Septiembre de 1986

Bosque canadiense

Canadá, el segundo país más grande de la Tierra, está habitado por sólo 25 millones de habitantes. En un territorio en que los árboles no dejan ver el bosque y las bandadas de patos son capaces de alterar el funcionamiento de los radares de guerra, los ciudadanos tienen buen cuidado de proteger los retoños de árboles recién nacidos o de parar su lancha para no alterar la paz de las aves acuáticas.

Todos los años, cuando el invierno canadiense comienza a demostrar su inclemencia, miles de patos y gansos abandonan las tranquilas aguas de los lagos, que pronto se congelarán. Una tradicional peregrinación a través de Estados Unidos les llevará hasta las cálidas playas y lagunas de México y otros países del Caribe.

Por bandadas de miles, volando en V, como los cazas alemanes durante la II Guerra Mundial, atraviesan las fronteras de Estados Unidos. Los radares norteamericanos han aprendido a distinguir entre patos canadienses y Backfires rusos, con lo cual el peligro de una guerra nuclear a causa de una lata de foie-gras volante parece hoy alejado.

Probablemente ningún país del mundo, Gobierno y ciudadanos, posee mayor sentido, y hasta podría decirse obsesión, por la conservación de la naturaleza. En el millón de lagos que posee el país los hombres detienen el motor de sus lanchas para no perturbar la tranquilidad idílica de los patos.

En un bosque en muchos puntos inextricable, un canadiense que vive aislado todo el año protege con piedras el tallo de escasos centímetros de un pino recién nacido que dentro de poco se confundirá con los millones de pinos del espacio circundante que asfixia su cabaña.

En el aeropuerto internacional de Toronto, algunas vitrinas muestran bolsos, zapatos o cinturones de piel de cocodrilo, figurillas de marfil o abrigos de piel de tigre. No se trata de la publicidad de tiendas de lujo, sino de una seria advertencia del Gobierno a sus nacionales, mediante ejemplos concretos, para que no compren ni intenten luego introducir en el país artículos de estos materiales.

Unos carteles bien visibles avisan seriamente que estos objetos les podrán ser confiscados y que además podrán ser multados por haberlos adquirido. La filosofía de esta medida es que tigres, elefantes y cocodrilos, tres especies animales que Canadá sólo posee en sus parques zoológicos, corren peligro de extinción, y que quien adquiere objetos fabricados con piel o colmillos de éstos contribuye a “estimular la avidez de cazadores desaprensivos y, por tanto, aumenta el peligro de extinción”.

Hasta hace poco no se me había ocurrido preguntarme qué es un canadiense. La respuesta me parecía obvia. Después de visitar el país, aunque sólo sea la provincia de Ontario, una de sus enormes provincias, la cuestión cobra nuevos matices porque los propios canadienses se la formulan con obsesiva frecuencia.

Algunos, como el escritor Pierre Berton, definieron al canadiense como “alguien que es capaz de hacer el amor en una piragua”. Después de pertinente aunque somera verificación, se puede afirmar que ello es científicamente improbable. Andrew H. Malcolm, autor del libro The Canadians (Los canadienses), parece inclinarse por considerar que canadiense es un no-norteamericano. El novelista Hugh MacLennan habla de las “dos soledades de Canadá, francesa e inglesa, que viven juntas y separadas en la misma tierra”.

Canadá es, por su extensión, casi diez millones de kilómetros cuadrados, el segundo país del mundo, precedido solamente por la Unión Soviética. Pero todo el Norte, en una franja de 1.000 kilómetros de anchura de Este a Oeste, es territorio helado e in-hóspito, con miles de lagos, un millón — mil lagos más o menos —, dicen los canadienses.

Se tardan 36 horas de conducción ininterrumpida en llegar desde Toronto, la capital de Ontario, a Winnipeg, la próxima gran ciudad hacia el Oeste. En la provincia de British Columbia cabe cuatro veces el Reino Unido; en Quebec, casi tres veces Francia, y en Ontario tres veces Japón y dos veces España.

Los dos territorios del Norte, que aún no están plenamente incorporados en el país, son tan grandes como Alemania Occidental, Francia, Reino Unido, Italia, España, Austria, Portugal y Egipto juntos. El Northwest Territories se extiende sobre 3.426.320 kilómetros cuadrados para una población de solamente 49.400 personas.

Imaginar a Canadá sin patos y espacios nevados es casi tan difícil como pensar en una civilización americana sin Coca-Cola. La inmensidad del espacio es la característica dominante de esa personalidad de Canadá, cuyos 25 millones de habitantes viven en su inmensa mayoría concentrados en una franja de no más de 200 kilómetros de ancha pero de 3.000 kilómetros de longitud, que se extiende a todo lo largo de la frontera norteamericana.

Un millón de lagos

El millón de lagos y los enormes y numerosos ríos que comunican a unos con otros hacen de Canadá un país donde casi tan importante como poseer un coche es disponer de un barco o una piragua. Los canadienses se trasladan de un lugar a otro por formidables autopistas la mayoría de las veces solitarias, por canales que comunican los lagos entre sí o por los lagos mismos.

Por encima de esa franja colindante con EE UU, hacia el Norte, el bosque se espesa, y las cabañas de madera, el modo de vivir preferido de los canadienses, se vuelven más escasas. Al atardecer, las figuras en la lejanía se confunden y nunca se sabe si se trata de osos o de hombres.

Aunque todos los países del mundo quieren cada día más turistas, los hoteleros y hosteleros de la provincia de Ontario, sin embargo, parecen sentirse satisfechos con los 23 millones y medio de norteamericanos que les visitan al año — según cifras oficiales — y que aportan aproximadamente un equivalente al 5% del producto interior de la la provincia. Tan sólo les gustaría, tal vez, cambiarlos por suecos, ingleses o españoles.

Ontario es tan enorme, posee tantos lagos e islas, que los millones de turistas apenas si se notan. Buena parte del turismo se adapta a los patrones de vida del país. Acampar perdido en los bosques es probablemente la forma más atractiva de recorrer Ontario. Se pueden alquilar casas flotantes para vagar por ríos y lagos, o hidroaviones que por 70 dólares depositan a toda una familia en una cabaña en plena selva y sólo vuelven a recogerla al término del plazo estipulado.

Los canadienses son pocos, pero se creen ya bastantes. Sus inmensos bosques están vigiladísimos por las oficinas de turismo, que no sólo informan, sino que controlan el número de vehículos que se encuentran en cada momento en un parque, el número de personas en una playa o el número de tiendas de camping en un bosque. Más de 100 familias acampando en un bosque del tamaño de la provincia de Sevilla puede parecerles susceptible de alterar el equilibrio ecológico del lugar.

Resulta que en un país de escasa población, donde viven — al margen de las grandes ciudades — muy aislados y solitarios, la gente busca aislarse aún más. El amor por la vida en una cabaña solitaria, sin más horizonte que el bosque, la nieve, y sin otros seres vivientes próximos que los patos o los osos grises, despierta en los canadienses un apego y unos sentimientos muy parecidos a los que despierta la inmensidad de la arena de un desierto en quienes se han acostumbrado a él.

El Canadá de los grandes espacios vacíos, de la naturaleza semisalvaje, comienza ya en Peterborough, a tan sólo 300 kilómetros al norte de Toronto. Al norte de Peterborough, en la ciudad de Lakefield, 2.374 habitantes según se lee en el panel a la entrada, se encuentra el Lakefield College, donde pasó un curso académico el príncipe Felipe. Un exiliado polaco, Nick Florian, dirige esa conservadora institución que cobró fama desde que el príncipe Andrews de Inglaterra cursara allí estudios. Lakefield es desde tiempos remotos una ciudad de cultura.

La realeza francesa en el Domaine de Quillien

Al norte de Lakefield, cerca de Haliburton, sobre el lago Drag, se encuentra el Domaine of Killien, en francés Domaine de Quillien, propiedad de los condes de Moustier. El Domaine of Killien es uno de los muchos centros vacacionales de la región. El lago Richie, propiedad exclusiva de los Moustier, sólo lo frecuentan por el momento felices patos que pasan en él la temporada de primavera a otoño.

Los condes de Moustier son como los patos: en invierno emigran a las Antillas para practicar la vela, alternándola con un par de semanas en París “para ver a la familia y asistir a cócteles y cenas”. Al conde Edouard de Moustier, propietario del Domaine, le seduce, sin embargo, el invierno canadiense. “Un buen verano lo hay en cualquier parte, pero un invierno canadiense es incomparable”. La mayoría coincide, no obstante, en que la época más bella de Canadá es el otoño, cuando la explosión de colores le hace parecer, según un folleto turístico de la provincia de Ontario, a un cuadro de Brueghel.

Los Moustier de la última hornada,Renaud, Georges y Edouard, son hijos de Auderic de Moustier y Marie Louise Antoine Besiade d’Avary. Proceden del Santo Imperio francés del siglo XVII, y el marqués de Moustier, jefe de la familia, pasa su tiempo entre París y el Franco-Condado de Borgoña, de donde son originarios.

Un primer Moustier, según la genealogía que figura en cuadros que cuelgan de las paredes del Domaine, fue monsieur Desle de Moustier, “capitán de 100 hombres a caballo”, caballero de San Jorge en 1593, elegido gobernador de la Orden en 1608. “Mi familia decidió”, afirma el conde de Moustier, “que era necesario disponer de un rinconcito en América por si las cosas se ponían mal en Europa”.

El rinconcito de los Moustier en Canadá es una enorme propiedad de 30.000 kilómetros cuadrados. Una hermosa guadalupeña, Agnese de Moustier es la condesa consorte. Tiene varios hijos de un anterior matrimonio. Uno de ellos, Dante Larcade, es quien lleva la gestión del Domaine.

Los condes de Moustier y Dante Larcade han introducido el gusto por la cocina y los vinos franceses en un lugar frecuentado por adinerados americanos que tiemblan de placer cuando por las noches los condes, que llevan magistralmente las relaciones públicas del Domaine, les reciben con sus galas puestas, besando manos de señoras de industriales de Buffalo o mayoristas de Delaware.


Edouard de Moustier y su esposa martiniquesa Agnèse, emigrados a Canadá después de que François Mitterrand ganará las elecciones en Francia (Foto 1986. Archivo Fotográfico Domingo del Pino)

A tal punto se desvelan por su Domaine, que uno de los empleados decía: He is becoming a working count (Se está convirtiendo en un conde que trabaja). Dante Larcade, el chef viaja dos veces por semana a Toronto para comprar carnes, pescados y verduras frescas y recoger el pan y los cruasán que les envían directamente de París porque “la levadura en Canadá no es la misma, y si los hacemos aquí no tienen el mismo sabor”.

En el río San Lorenzo, que sirve de frontera este entre Estados Unidos y Canadá, se encuentra uno de los paraísos turísticos de la provincia de Ontario: las famosas 1.000 islas. En realidad son exactamente 1.839 islas, afirma la voz pregrabada del vapor de la Gananoque Boatline que recorre el río. Estas islas fueron cedidas al Gobierno canadiense por los indios iroqueses, según reza el acuerdo, “mientras que el agua corra y la hierba crezca”.

Como el agua corre abundante por el río San Lorenzo y la hierba no falta, los indios de Canadá, que viven ahora en reservas en su mayoría situadas en sus antiguos territorios, como la de Deseronto, tienen razonablemente pocas esperanzas de recuperar sus tierras. Además, Estados Unidos y Canadá se han repartido esas islas. Los dos tercios son hoy canadienses, pero la superficie que correspondió a Canadá y Estados Unidos, respectivamente, es idéntica.

Los europeos se esfuerzan por integrar la naturaleza entre los hombres, su asfalto y su contaminación. Se plantan arbolitos en las esquinas, en invernaderos protegidos y en las terrazas de las casas. En Canadá ocurre todo lo contrario: el bosque se esfuerza por integrar al hombre que parece perdido en él. De la misma manera que en Europa se colocan plantas artificiales allí donde las auténticas no pueden sobrevivir, en Canadá se plantan literalmente seres humanos de madera o de trapo. Parejas de ancianos, matrimonios, niños jugando, de tamaño natural, que se venden para ser colocados en el salón de una cabaña o en el jardín.


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