757d txp page_title/> Domingo del Pino: Hawaii, el exotismo del trópico, reclamo para el yen y el dólar

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Hawaii, el exotismo del trópico, reclamo para el yen y el dólar :: 08/03/1986

Donde Dios instaló el paraíso terrenal, según la Oficina de turismo hawaiana.

Domingo del Pino. El País Semanal de 9 de marzo de 1986

Como no podía ser menos, tratándose de un archipiélago situado en el Pacífico, sobre el mismo trópico, se dice que en Hawai estuvo el paraíso terrenal. No hay pruebas de ello, pero así parecen creerlo los magnates del petróleo de Dallas, los rancheros de Arizona o los ejecutivos de la Mitsubitshi o la Nissan que eligen estas islas como lugar de vacaciones. Desde “la salida del sol más bella del mundo” hasta las mejores playas para practicar el surf pasando por la marihuana, todo es terreno abonado para un negocio en el que florecen el yen y el dólar.

La leyenda dice que a Dios le había gustado este rincón del Pacífico y había colocado por aquí al primer hombre y a la primera mujer. Un día, mientras pescaba, el semidiós Maui — en aquella época todos eran dioses o semidioses — enganchó su anzuelo en una roca del fondo del mar y al tirar para, liberarlo, sacó a flote una montaña, que quedó fuera del agua para siempre. Maui, cuyo nombre lleva hoy una de las ocho grandes islas, divertido por la experiencia, repitió el tirón en días sucesivos y arrancó del fondo del mar más de 100 islas, arrecifes e islotes, que constituyen hoy el archipiélago de las Hawai. Los navegantes británicos las llamaron Sandwich, en honor del lord del almirantazgo de ese mismo nombre.

El archipiélago de las Hawai — situado a 5.000 kilómetros de la costa norteamericana — constituye en el presente, y desde 1959, un Estado más de Estados Unidos, que lleva el cariñoso nombre de Aloha. Aloha es la palabra que usan los nativos para casi todo lo bueno, y significa, según las circunstancias, buenos días, bienvenido, hola e incluso te amo.

De Dios y semidioses anda la cosa

Esas 100 islas arrancadas del mar por el semidiós Maui alcanzaron una dimensión suficiente para figurar en los folletos turísticos. En la isla principal, O’Ahu, se encuentra la famosa ciudad de Honolulú y la bahía de Pearl Harbour, donde el 7 de diciembre de 1941 la flota norteamericana del Pacífico fue prácticamente destruida en un ataque por sorpresa japonés. En O’Ahu viven más de 800.000 personas, casi los dos tercios de la población total de las Islas. Al igual que el rancho de South Fork, Falcon Crest, Flamingo Road, el Empire State Building, la Fifth Avenue y las cataratas del Niágara, Honolulú forma parte del american dream (sueño americano). Es un lugar en donde todos , norteamericanos, japoneses y otros muchos quisieran pasar aunque sólo fuera unas vacaciones en toda su vida.

Hawai y Honolulú evocan a los ojos del mundo occidental y de muchos orientales un estado de ánimo en permanente placidez y bienestar. Para que los españoles participen en ese misterio gozoso universal, algunas agencias de viajes norteamericanas ofrecen billete de avión de ida y vuelta, estancia de siete días en un apartamento — la mitad del tiempo, en Honolulú, y la otra mitad, en Maui —, más automóvil de alquiler por siete días, por algo menos de 190.000 pesetas. Los españoles son considerados por los operadores norteamericanos y las oficinas turísticas de Hawai lo suficientemente ricos como para que puedan pagarse unas vacaciones a la americana. En consecuencia, hacia los españoles irá dirigido en 1986 un cierto esfuerzo promocional de esas islas.

A O’Ahu sigue la isla de Hawai propiamente dicha, que todos conocen como la Gran Isla porque es efectivamente la más grande y la más septentrional. Maui, Lanai, Molokai, Kauai, Ni’ihau y Kaho’olawe completan el archipiélago. Todas, con la excepción de las dos últimas, son centros turísticos importantes para norteamericanos, japoneses y canadienses, principalmente. En O’Ahu, el 80 por ciento de los hoteles, restaurantes y lugares de placer son propiedad de empresas privadas japonesas, cuyo único objetivo consiste en proporcionar una estancia inolvidable a los famosos ejecutivos de la electrónica y la robótica.

Ni’ihau no figura en ninguna reseña turística porque es propiedad privada de la familia Robinson, que la compró hace más de un siglo y vive allí en su plantación con unos 200 hawaianos auténticos, sin permitir que turista alguno ponga sus pies en ella. Kaho’olawe, situada frente a la costa turística de Maui, a menos de cinco kilómetros de sus centros hoteleros y comerciales, es una isla deshabitada, utilizada sólo por la Marina de guerra norteamericana como objetivo en sus prácticas de tiro. Algunos afirman que no existe ningún peligro en ello, “porque, como se trata de americanos, nunca yerran el tiro”, aunque despierten algunas madrugadas del año a los visitantes con unos cañonazos que llevan a pensar irremediablemente en un nuevo ataque por sorpresa japonés.

La contundencia con que las oficinas oficiales de turismo niegan que la US Navy ponga en peligro la vida del turista visitante de Maui contrasta con lo que afirman algunos guías locales, quienes, al saber que en España el Ejército, a veces, durante sus prácticas, deja caer algún que otro misil en los edificios de apartamentos, exclamaban, no sin cierto regocijo: “Aquí también, sir; aquí también. La Navy ha bombardeado Maui por error siete veces”. En la oficina de turismo precisaron luego que se trataba de siete veces desde 1947.

Charlie Chan, héroe nacional

De la misma manera que Agatha Christie consagró en sus novelas al Orient Express y al detective Hércules Poirot, Earl Derr Biggers, que pasó largas temporadas en Honolulú a principios de este siglo, inmortalizó a Hawai con su famoso detective Charlie Chan. Al parecer, el personaje de Charlie Chan está inspirado en un detective honoluleño real, llamado Charlie Apana, que allá por 1919 acostumbraba a tomar el aperitivo con el sheriff Arthur Morgan Brown, bajo los cocoteros de la casa de éste, situada a escasos metros del hotel Halekulani —en la actualidad, uno de los mejores de la ciudad —, donde Biggers pasaba sus vacaciones. La casa sin llave (The house without a key), El loro chino (The chinese parrot),_ Detrás de esa cortina (Behind that curtain_), El camello negro (The black camel) y El guardián de las llaves (Keeper of the keys) son algunas de sus novelas más famosas que tienen como escenario a Honolulú. Walter Oland, Sidney Toler y Peter Ustinov han interpretado para el cine al detective Charlie Chan.

Hoy día, perdidos en sus bosques privados y chalés tipo Hollywood, viven en la isla de Maui más famosos del cine o la canción que en Beverly Hills. El metro cuadrado de terreno cuesta más caro que en Wall Street y el precio mínimo de un chalé prefabricado en una parcela de unos 800 metros cuadrados no baja de los 150.0000 o 200.000 dólares (de 22 a 30 millones de pesetas). Los folletos turísticos de Hawai no tienen ningún problema con los superlativos: “En O’Ahu se encuentran tres de las 10 playas para surfing más importantes del mundo; en la isla de Hawai está el Parkers Ranch, uno de los mayores de Norteamérica, y los volcanes Mauna Loha y Kilauea, parcialmente activos; en Lahaina, antaño capital de las Hawai, se encuentra el ex puer to ballenero más típico del planeta, y en el parque de Heluakala, de la isla de Maui, se contempla la salida de sol más bella del universo”.

Los hoteles despiertan a los turistas a las cuatro de la madrugada para trasladarlos en traje de baño, pero cubiertos con mantas, a la cima del volcán extinguido de Heluakala, desde donde pueden admirar ese escándalo de la naturaleza a 3.000 metros de altura.

Después del turismo, la marihuana es uno de los negocios más prósperos de las islas, y deja unos 300 millones de dólares de beneficio, en primera venta, al año. Muchos de los famosos de Hollywood cultivan la yerba para su propio consumo o han instalado sus viviendas cerca de alguna plantación para poder adquirir la droga a precio de mayorista.

Mejor que el paraíso

A pesar de que cuando el paraíso terrenal estaba en el archipiélago no se pasaba mal, las oficinas turísticas hawaianas pretenden que en el presente todo es mucho mejor. En tiempos de Adán y Eva no había los maravillosos frutos enlatados o los estupendos bañadores de marcas acreditadas. Se trasladaban con mucho esfuerzo de isla en isla en frágiles esquifes de madera; pero ahora disponen de un centenar de vuelos diarios entre ellas y de otro número igual de taxis marítimos. Luego tuvieron que dedicarse al pastoreo y a la ganadería para comer carne, y ahora los T-bo nes steaks vienen congelados y listos para el consumo directa mente de Tejas o Buenos Aires.

En los magníficos hoteles de las islas se codean magnates del petróleo de Dallas, rancheros de Arizona tocados con su inseparable Stetson, prósperos comerciantes de Wisconsin o Wichita, ejecutivos de la Mitsubitshi o la Nissan, y en las aglomeraciones y en los atardeceres con cena en barco en medio de la bahía de Honolulú se codean dactilógrafas y empleados de Tokio o Nueva York que quieren vivir una aventura y contar luego a sus amigos cómo es este paraíso del dólar. De los primeros, nadie posee menos de una cadena de restaurantes en Milwaukee o varias lavanderías en Bronx. Algunos hoteles han gastado una auténtica millonada en crear ambientes exóticos, de película: el Hyatt Regency, de Wailea (Maui), invirtió tres millones de dólares en cisnes negros, flamingos rosados y toda una amplia gama de pájaros raros de África para sus jardines.

En Honolulú, destino vacacional preferente para japoneses, éstos desembarcan de los aviones en grandes grupos, llenos sus pechos de cámaras fotográficas; van a todas partes en procesión y juntos, como si echaran de menos las aglomeraciones y los tumultos de Tokio y Osaka; les acompañan guías japoneses, que les alojan en hoteles propiedad de japoneses y les llevan a comer cocina japonesa. Han conquistado pacíficamente Pearl Harbour 30 años después de la II Guerra Mudial y, en definitiva, no dejan en las islas ni un solo yen. Los norteamericanos — más acostumbrados a los grandes espacios, los holgados colas-de-pato y las excursiones personalizadas — les rehúyen y pasan sus vacaciones en las otras islas, donde pueden estar entre ellos, comer hamburguesas como en Nueva York y batidos de fresa.

En la isla de Maui, por ejemplo, no les han querido vender tierras a las grandes empresas turísticas japonesas para evitar que se instalen allí y les inunden. Los japoneses, afirma un turista norteamericano, son “gente avasalladora. Les comprendemos, porque para coger un taxi o el metro en Tokio tienen que abrirse camino a codazos, pero aquí queremos descansar”.

La cultura norteamericana está orientada por excelencia a la acción, muy lejos del dolce far niente de los latinos. Para que no se aburran sus clientes, los hoteles les programan las jornadas desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, al que lo desea, naturalmente. Clases de hula para las señoras con el fresco de la mañana, tenis o buceo para los hombres; paseos a caballo, en helicóptero, en bus panorámico refrigerado, excursiones en yates para pescar o simplemente contemplar, si hay suerte, a las ballenas, que de diciembre a abril, cuando el frío es demasiado intenso y congela las aguas del Ártico, bajan al cálido Pacífico para incubar entre las islas del archipiélago y se dejan ver con una consideración tal hacia el turista que a veces parece que cobraran comisión del Hawai Tourist Office.

Veinte mujeres por cada hombre

En el siglo XIX, como resultado de las grandes guerras entre islas, llegó a darse una proporción de 20 mujeres por hombre. Marinero que llegaba extraviado a las costas de Hawai, era secuestrado o cazado por aquellas vestales deseosas y pasaba a formar parte de la escudería masculina de la afortunada que le había capturado. Todavía en el presente, la proporción de mujeres y hombres es de ocho a uno, aunque los marineros o sus sucedáneos, los turistas, llegan o se quedan por sí solos. La mayoría permanecería gustosa en las islas, pero las leyes de inmigración de Estados Unidos no toman en consideración estos factores humanos. Diezmados los hombres, las mujeres reinaron durante largo tiempo.

A pesar de que la historia considera a James Cook el descubridor de las Hawai, el 18 de enero de 1778, hoy parece proado que los primeros en descubrir las islas fueron los conquistadores españoles de América, pero éstos prefirieron mantener su descubrimiento en secreto para mejor defender la ruta de Acapulco y Filipinas.

Lo que trajo a Hawai a los conquistadores españoles, 222 años antes de que llegara el capitán Cook, fue el agua fresca abundante y los frutos. La presencia de los españoles está demostrada por hallazgos arqueológicos, objetos españoles encontrados en las tumbas de los reyes hawaianos, así como por una cierta mezcla racial visible en las islas a principios del siglo pasado. De hecho, a los vaqueros de los numerosos ranchos actuales de las islas, los nativos les llaman paniolos, en recuerdo de aquellos españoles que fueron los primeros en llevar el caballo a las islas. En los hoteles se ofrece todavía a los turistas un _paniolo’s breakfast _o desayuno español.

Poco tiempo después de que Kamehameha unificara las islas, en 1800, e hiciera de Lahaina, en Maui, su capital, comenzaron a llegar, en 1802, los primeros misioneros calvinistas. Con ellos, las islas dejaron de ser paraíso para convertirse en purgatorio. Aquellos nativos liberales y sin inhibiciones sexuales iban a saber muy pronto quiénes eran los calvinistas. Lo primero que hicieron los misioneros fue quedarse con todas las tierras de los nativos.
“Nos decían que eleváramos los ojos a Dios y le adoráramos”, explicaba un guía nativo, “y cuando bajamos la mirada ya no teníamos tierras”. Aquellas primeras familias misioneras constituyen aún hoy las grandes fortunas de Hawai.

Los misioneros obligaron a las nativas a llevar faldas hasta los tobillos y a ocultar sus desnudeces superiores. Acabaron con la libertad sexual prematrimonial y llegaron al extremo de prohibir que las mujeres comieran plátanos, porque el plátano les parecía un abominable símbolo fálico. “Por eso”, afirmaba nuestro guía,
“cuando misioneros católicos se establecieron también en las islas, todos nos hicimos católicos, porque éstos nos parecían más divertidos y menos estrictos que los calvinistas”.

El turismo está ya hoy en todas las islas. Actualmente, para un español que quiera viajar a Hawai, es necesario ir a Londres; de Londres, a Dallas, y de Dallas, a Los Ángeles, para tomar allí un nuevo vuelo hacia Honolulú. Honolulú está perfectamente comunicado por avión y barco con todas las demás islas, pero visitarlas supone obviamente nuevos vuelos.

En total son casi 26 horas completas de vuelo. A partir de este año, este recorrido puede simplificarse notablemente, porque las compañías aéreas norteamericanas, que encuentran poco rentable la línea Madrid-Miami, han solicitado a la Secretaría de Transporte que inicie negociaciones con el Gobierno español para ampliar el servicio de las compañías aéreas estadounidenses a España, y ello incluye conexiones directas entre Madrid y el aeropuerto de Dallas-Forth Worth, con lo cual los trayectos se acortarán enormemente.


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