 Quién soy, de dónde vengo, y a dónde voy
Bueno, de mi biografía yo sé muy poco. De dónde vengo sé bastante, pero de a dónde voy lo ignoro casi todo. Me ha contado mi padre que nací en Martorell, Barcelona, donde él se encontraba a causa de aquella guerra que hemos convenido en llamar civil y que no acabamos de enterrar. Lo demás, al menos en lo profesional, ha sido pura casualidad.
Mi madre murió a los ocho meses de yo nacer pero antes ambos tuvimos tiempo de estar en la cárcel por encontrarnos en el lugar equivocado en el momento inadecuado. Fui, pues, con seis meses de edad, el delincuente político más joven de España.
Para ser hijo, nieto y bisnieto de republicanos resulta paradójico que mi padre siempre prefiriera para mí una educación religiosa. Por eso estudié en el Colegio Santo Tomás de Aquino de Sevilla y Marianistas de Tánger, salvo un paréntesis, que por cierto no se lo debo a mi padre, en que pasé por el Liceo francés. Esto requiere una aclaración: hasta 1938 ser republicano, incluso bajo regímenes monárquicos era algo normal: como ser liberal y demócrata. Para mi familia ser liberales no era contradictorio con ser constitucionalistas, como ser anticlericales tampoco lo era con ser religiosos. Como prueba, el personaje de mi adolescencia, mi tío Felipe González, republicano y esperantista convencido, trabajó toda su vida como profesor en un colegio religioso, "de curas" como decimos cariñosamente en Sevilla, en la mejor armonía con sus patronos y compañeros.
Mi tatatarabuelo fue militar y tomó parte en todas las guerras exteriores de España desde la de Cuba a partir de 1895 a las de Marruecos, hasta su jubilación en 1936. Mi bisabuelo era médico y responsable del partido republicano radical en la provincia de Huelva y mi abuelo hombre de negocios, amigo de D. Diego Martínez Barrio y republicano y liberal como él. Las dos generaciones siguientes son vidas más o menos frustradas por la guerra civil. En cuanto a mi abuelo, con quien termina la normalidad política en mi familia, después de contrastadas al menos tres fuentes, como exige todo buen periodismo, he llegado a la conclusión de que lo que de verdad era es Rotario, hombre bueno, andaluz y español.
Mi gran suerte - la historia de mi padre y mi familia es otra cosa- fue que la mayor parte de nuestro exilio trascurriera en Tánger en la mejor época de la historia de esa ciudad. Los niños vivimos allí una especie de limbo extraterrenal y anacrónico porque mientras en España la posguerra era muy dura para los vencidos, en Tánger vivíamos en libertad. Judíos, cristianos, musulmanes, hijos de falangistas, de cenetistas, de comunistas, liberales y franquistas, íbamos a los mismos colegios, jugábamos a los mismos juegos y competíamos por las mismas rivalidades infantiles de siempre. Nuestros orígenes políticos y las ideas en que creyeron nuestros padres nunca afectaron nuestras relaciones cotidianas. De hecho sólo 40 años después comienzo a saber de la afiliación política de las familias de algunos de mis mejores amigos.
Aunque sospecho que para nuestros padres pudo ser diferente, no recuerdo que jamás me hubiese venido al pensamiento la idea de que mis compañeros pudieran ser judíos o musulmanes, falangistas o comunistas, marroquíes, italianos o franceses, zurdos o diestros. Si entonces no sentí ninguna diferencia entre nosotros por esas circunstancias que ignoraba, hoy que las conozco tampoco voy a inventarme diferencias artificialmente.
En los últimos años me he preguntado cómo fue posible aquella convivencia singular y única en el Mediterráneo que se dio en Tánger. Se me ha ocurrido pensar que fuimos tolerantes porque nadie se tenía que proponerse serlo, que la política no nos dividió porque en mi colegio, los Marianistas, un auténtico colegio pluriconfesional y pluricultural, como en todos los colegios de Tánger, la divisa - tácita porque a mi nadie me la impuso- era dejar la política y la religión en casa.
Otra razón puede ser que en la ciudad había pocos políticos ejercientes y menos gobierno, pero sí trabajo y negocio. Una Administración internacional encomendada a once países, como comprenderán, poco puede administrar; sólo lo justo para mantener la ley y el orden. Pero no estoy tratando de encontrar aquí, en esta biografía, las claves de la convivencia entre culturas y aficiones políticas. Sólo digo que es posible convivir porque convivimos.
Yo, sin embargo, me marché primero a Alemania pensando que aquel era un país más serio y civilizado, y después a Cuba donde una revolución en marcha, percibida a través de un gran cubano como fue mi amigo Enrique Rodríguez-Loeches, se convirtió en llamada irresistible para mí.
Admiré a los alemanes porque a pesar de una experiencia histórica también traumática, del nazismo y de dos Alemanias, allí todos arrimaban el hombro para sacar el país adelante. Por encima de toda frontera ideológica y física, todos se consideraban alemanes.
Solo puedo hablar bien de los cubanos de a pié, siempre alegres, optimistas, divertidos, ocurrentes. Incluso la revolución cubana, en aquellos primeros años, todo se lo planteaba como nuevo y a todo le ofrecía una respuesta original alejada de la rigidez soviética y del populismo chino posteriores. La consigna parecía ser "A situaciones inéditas, soluciones inéditas". Por qué se torció después no lo sé. Solo tengo la sensación, como en Tánger, de que las historias buenas no duran.
En Cuba precisamente conocí historias de republicanos españoles a quienes el exilio llevó a aquella alegre isla caribeña. Ninguno había perdido su afán de libertad y de democracia aunque lo expresasen de diferente manera. Conocí a Álvarez del Vayo, convertido en "comandante" de la revolución por la ayuda que había prestado a Fidel Castro a organizar la expedición del Granma. Supe de las historias de Daniel Martín Labrandero y de los hermanos Carlos y Eloy Gutiérrez Menoyo y de decenas de republicanos españoles anónimos.
Algunos de esos republicanos debieron participar con los jóvenes del Directorio Estudiantil Revolucionario, que les veneraban como maestros, en el asalto al Palacio Presidencial del dictador Fulgencio Batista en 1957, pero fallaron. Se había constituido con ellos un grupo de apoyo que debía crear confusión disparando una ametralladora contra los pisos altos de Palacio desde un edificio colindante, mientras Faure Chomón atacaba por la puerta principal y Enrique Rodríguez-Loeches ocupaba Radio Reloj con José Antonio Echevarria para leer una proclama a los cubanos anunciándoles la caída del dictador.
Pasé junto con miles de cubanos horas, días, meses, en trabajos voluntarios; recorrí media África y la mitad de Oriente Medio sin reparar en horarios vacaciones sueldo o vida familiar para contar la historia de un mundo que entonces pugnaba por colocarse entre las naciones libres y prósperas. Yo quería, en la modestia de mis medios, ayudar a lograrlo dándole a conocer. Ahora no puedo trabajar sin intentar cobrar las horas extras, y solo siento que aquello que decíamos con cierto petulancia en la redacción de El País cuando comenzamos - lo que no publica El País no existe- es cierto. Es decir, una parte del mundo parece que no tiene nada que darnos o nada que podamos "pedirle" y no está nunca en el menú informativo de las grandes agencias y televisiones que son las que ponen fronteras al mundo que podemos conocer.
Ahora he vuelto a ser españolito de a pié, ya saben, bandera, cocido, vino de Rioja, fútbol, pero me acuso de que me gusta la música clásica y no soporto los "reality shows". Tampoco está mal eso de ser europeo y espero que las nacionalidades históricas, las recientes, las poéticas y las otras no lo dificulten.
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